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La función cultural del autor ha tenido dos tratamientos: uno de tipo popular, lo encumbra al estatus de “figura”, es decir, persona privilegiada, con capacidades de percepción, de inspiración, de expresión tan especiales que hacen que ese encumbramiento genere un tipo de recepción de la obra sesgada por lo que podriamos llamar el efecto “figura”. Pero existe también el tratamiento académico que precisamente ha  deconstruído esa figura y la ha reducido al rol de mediador, una más entre las diversas dinámicas culturales.

La empresa editorial aprovecha sobre todo la dimensión popular del autor: a las empresas poseedoras de la tecnología del libro, que invierten en el libro, les conviene mucho una manera de entender la literatura como conjunto de figuras especiales cuya expresión se les vende a los lectores que finalmente cumplen el rol de consumidores de los productos de estas figuras; es una dimensión del mercado, tecnológica, de industria cultural que no es reciente, viene desde el siglo XIX cuando las primeras editoriales empiezan a extenderse y a masificar su producción. Es un asunto muy complejo que impacta todavía hoy al imaginario más general, que termina incorporando la idea de que hay una figura que es especial y privilegiada en su expresión y que nosotros los lectores lo que debemos hacer es acercarnos a su obra para tratar de entenderla, venerarla a veces, como una gran obra y frente a la cual sólo podemos hacer venias o comentarios marginales

Esa dimensión es fuertemente afectada cuando aparecen las nuevas tecnologías que ofrecen facilidades de publicación. A través de estos medios ya no es necesario pasar por la editorial, ni por el editor, ni por la revisión de nadie; ahora se puede abrir un blog sin que nadie le diga a uno cómo se debe hacer, casi sin controles de calidad. Eso crea un efecto, rompe con una manera de entender la expresión como el encargo a unas figuras especiales, capaces de percibir y de dar una expresión a la realidad en términos literarios. Desde el punto de vista técnico, cualquiera puede escribir y eso crea condiciones que generan dinámicas muy distintas: la dinámica de la calidad, por ejemplo, ya no pasa por la editorial que hasta hoy es la que decide qué tipo de libros y con qué criterios se van a publicar, porque está haciendo una inversión que tiene que recuperar. La calidad en los nuevos medios la decide en principio el autor en su convencimiento propio y posiblemente con base en el contacto con los criterios heredados de la tradición literaria. Pero también los nuevos lectores inciden, a través de los comentarios, en las revisiones, extensiones o nuevos pronunciamientos del autor del blog y lo hacen de una manera más directa, pues basta con hacer uso de las plantillas de edición de comentarios para que este aparezca inmediatamente. Esa eficacia del impacto, esa facilidad de publicar, hacen que el lector mismo se anime a convertirse en autor.

En síntesis, toda esa facilidad con la que se pueden ahora publicar las cosas destroza la dinámica de filtros de selección, de calidad, de sublimidad, establecidos por la “lógica” editorial que siempre ha basado su estrategia en mostrar como escasa la posibilidad de publicar (y por derivación de producir textos de calidad) y por eso establecen todos los filtros mencionados. Cuando la figura de la escasez del recurso desaparece, esos filtros desaparecen así como todas las dinámicas amarradas a esa lógica.

Ahora, es inevitable pensar y hasta sentir (en) el efecto “figura” cuando se tiene tan cerca a uno de esos “dinosaurios” literarios, que se han hecho entrañables (casi se diría inevitables) a fuerza de leerlos, de escuchar sus nombres, de verlos en las portadas de los libros, en los estantes de las librerías y hasta en los programas de radio y de televisión. Es un poco lo que sucedió con la visita que hiciera el escritor mexicano Carlos Fuentes el pasado 13 de febrero a Bogotá. De un lado la asistencia al evento de firma de libros obedeció al deber, a la oportunidad, de ver y al menos saludar a un tipo que a lo mejor nos deja este mundo en pocos días (¡¡Fuentes ya cumplió 82 años!!) ; pero de otro, es un impulso casi ineludible: saludar al maestro, al gran escritor, honrar la figura. Y como eso, como figura fue su tratamiento. La cantidad de gente reunida en la librería del Fondo de Cultura Económica, la infaltable entrevista para la televisión, la fila para pasar a la mesa y encararlo, la sensación de aura que contagia; todo estaba preparado para asegurar el efecto figura. ¡Ah! y también para asegurar una venta mínima de sus libros (?).

Pero; ¿hasta cuándo las editoriales aguantarán económicamente basadas exclusivamente en un efecto que se difumina cada vez, ya sea porque las figuras escasean, ya sea porque se están encontrando otras maneras de asegurar las ventas? Del autor ya nadie se preocupa o, por lo menos, se preocupan menos. El día que las editoriales encuentren maneras para deshacerse de la cada vez más insostenible estrategia del efecto figura, pues el autor será abandonado. Así como surgió, así como sirvió para una eficaz y prolongada estrategia de mercado, así el mercado lo desechará cuando la formula ya no funcione. Libros colectivos, wikinovelas, remixes, serán las formas que las editoriales capitalizarán muy pronto para encontrar quién haga contenidos (baratos) y quien los consuma (convencido tal vez de que ha participado como un “casi  autor”).

Tal vez esto no deba llenarnos de nostalgia ni de alarmas, pero si nos obliga a preparar adecuadamente un honroso réquiem por el autor. Un réquiem que se sume al del editor mismo, al del lector y tal vez al de la literatura o al menos al de la ficción.

La nueva novela de Álvaro Pineda Botero El esposado, (Bogotá, Fundación Literaria Común Presencia, colección Los conjurados, 2011) nos ofrece una gama de posibilidades lectoras tan amplia como la que va de la novela histórica al relato policíaco, de la novela de aventuras al drama jurídico, del ensayo a la auto reflexión literaria. Se distinguen dos partes. La primera (130 páginas) corresponde al relato pormenorizado y secuencial de la vida de Juan de Urbina, un vizcaíno de fines del siglo XVI “de los afortunados que tenían letras”, aficionado a la lectura y ávido de aventuras, que logra cumplir su sueño juvenil de viajar a las Indias y después de unos pocos ires y venires se instala, primero en Cartagena de Indias y luego en “Tierra adentro”, más exactamente en Santafé de Bogotá y luego en Santiago de Tunja, para pasar más tarde a Cáceres de Indias (Antioquia), donde, como administrador de minas, se hace a una considerable fortuna. Al final de esta parte, vemos a un Juan de Urbina, ya maduro, realizado en todas sus demensiones, tranquilo por la labor cumplida, instalado de nuevo en una Cartagena de Indias que ahora es toda una metrópoli y la sede del Tribunal de la Inquisición (por el que él mismo había abogado unos años antes, cuando redactó la “súplica” que unos notables de Tunja le enviaron a Felipe II).

Hasta ahí la novela de Pineda Botero podría calificarse como novela histórica, un género sobre el que el propio autor ha reflexionado y que ya ha ejercido antes (me refiero a su magnífica, aunque poco ponderada, novela sobre Bolívar: El Insondable). Un relato que nos presenta una estampa muy completa de la Colombia de la época desde la perspectiva de Juan de Urbina. Relato que mezcla biografía con aventuras y reflexiones, muy bien desarrollado. Para destacar la narración de dos acontecimientos: el enfrentamiento naval entre la Armada española y los corsarios ingleses (paginas 30 a 35), en el que participa Urbina y que está descrita como para ser llevada a la pantalla grande;  y luego, años más tarde, otra acción en la que participa el portagonista: la guerra contra los “Pijaos” (páginas 79 a 87) y en la que se relata la muerte del mítico cacique Calarcá.

También resulta llamativa la relación que Pineda Botero novela entre Juan de Urbina y Juan de Castellanos el famoso autor de una de la crónicas de indias más conocidas: Elegías de varones ilustres de indias. Así también es bien interesante el intertexto que sirve para novelar uno de los episodios claves en la vida de Urbina: su relación con Arsenio de San Pablo, Ermitaño de los alrededores de Tunja a quien acude Urbina en busca de un milagro. Es un aspecto interesante de la novela de Pineda, pues él ha sido uno de los pocos estudiosos de la “primera novela latinoamericana (donde aparece el famoso ermitaño)”: El desierto prodigioso y prodigo del desierto, de Pedro Solis de Valenzuela, a la que Pineda Botero le dedicó un estudio muy importante para la historiografía de la novela colombiana.

Pero una vez agotado el esquema biográfico, la novela en su última parte cambia de ritmo y de formato, y en las 66 páginas finales se dedica a relatar los pormenores del juicio que le siguió, durante siete años, el Tribunal de la Santa Inquisición al pobre de Juan de Urbina por el delito de bigamia y que le da sentido al subtítulo de la novela: Memorial de la inquisición. Cartgena de Indias - Sevilla 1633.

A todas luces, se trata de un malentendido y de un complot con visos de chantaje del que sin embargo y debido a la manera como estaban diseñados los procesos del Tribunal no se pudo zafar el héroe, que aquí se transforma en vícitma que puede ser villano para la historia. Tiene en efecto todo a favor, incluso amigos en Cartagena. No obstante, todo indica que una vez que alguien es incorporado a los procesos de la inquisición no es nada fácil salir invicto de ellos. Los cuatro breves capítulos en los que se desarrolla esta última parte sirven no sólo para recapitular la vida de Juan de Urbina, sino para mostrar que no se podía terminar con un final feliz, porque, como afirma el propio narrador: “las historias que en las novelas tienen un final feliz, en la vida real continúan, a veces por senderos impredecibles”. Y en efecto, al final esperado,  justo y concluyente, se le sobrepone uno totalmente inesperado y sobre todo ambiguo.

Aquí unas últimas reflexiones. El drama jurídico que sufre Urbina, con todos los enredos entre jueces, abogados, testigos y demás elementos de la parafernalia inquisitoria,  y que necesitó de la parte biográfica extensa para crear el ambiente que hará participar al lector muy seguramente en favor del “esposado” (que por lo demás vive situaciones deplorables e injustas), resulta ser en realidad un memorial, una síntesis, una estrategia requerida por los jueces que en la instancia final reciben un caos de folios  que ya nadie entiende. Aparece entonces en todo su esplendor el poder del relato, la capacidad de la narrativa para hacer inteligible los hechos, más allá de toda consideración técnica o de cualquier racionalidad jurídica e incluso histórica. Pero, y con esto termino, ¿no es acaso excesivo otorgar todo el poder de la intelección al relato, no es a eso precisamente a lo que los historiadores (entre ellos Roger Chartier) reaccionan, a su reducción a la figura de simples narradores de hechos?

Estamos ante una obra maestra, no sólo por su confección impecable, por su estilo depurado y por su estrategia narrativa, incluso por la belleza del objeto mismo (el libro y su hermosa caratula), sino por el tremendo trabajo de investigación que hay detrás, por la diversidad de lecturas que exige y sobre todo por lo inquietante de su propuesta.

PD. Mi amigo Jaime Gonzalo Cordero, nos cuenta que la novela tiene versión e-book de Amazon para Kindle.

La conferencia con la que el poeta y profesor Carlos Fajardo Fajardo inauguró el primer semestre académico del 2011 del posgrado en educación y comunicación de la Universidad Distrital, me dejó a la vez impresionado e inquieto. Impresionado por la manera como Fajardo demuestra que lo sublime en arte no es, como lo afirmara Lyotard, una prerrogativa de lo moderno, sino que llega incluso hasta lo mediático (lo “sublime mediático”), siempre y cuando se admita que el hombre (moderno) necesita “sublimar” (atrapar, finitizar) aquéllo que lo sobrepasa: la naturaleza y la historia (hasta  ahí lo usual, lo consabido), pero también la condición sobrecogedora del mercado, de lo mediático y espectacular.

En efecto, el artista “sublima”, domestica lo que al hombre (occidental) sobrepasa y nosotros, los espectadores del arte, sentimos y admiramos (¿cómo dudarlo?) esa capacidad del artista y de alguna manera, también aliviamos nuestra pequeñez.

La pregunta, sin embargo, la que “por razones de tiempo” no le pude hacer a Carlos allí, en vivo, pero le hago ahora, es: ¿hay lugar para lo sublime en esta época en la que nos sobrepasa es lo tecnológico? Una respuesta lógica es sí, claro para eso está el artista, esa es su función, estaríamos entonces (lo ha dicho Fajardo, claro), ante una estética de la cibercultura; el artista hace alianza con la tecnología de punta y así domeña la nueva dimensión sobrecogedora y nosotros, los espectadores podemos sentirnos tranquilos (pequeños, pero tranquilos); hay manera, otra vez, como siempre, para inmanentizar lo trascendente, así la tendencia hoy sea la incapacidad para el sentimiento de lo sublime.

Pero, ¿y si hoy estamos ante una nueva posibilidad?

Lo sublime implica dos cosas: admitir que hay un trascendente (aunque éste sea histórico, mutable al parecer) y que hay seres privilegiados (los artistas) que son capaces de reducirlo, sea cual sea su faceta y que, por lo tanto, nosotros, los seres normales (¿incapaces?) tenemos la estética para aliviarnos.

Ahora, si seguimos a Lévy y su teoría de los espacios antropológicos, habríamos entrado a un cuarto espacio radicalmente inmanente en el que el imperativo no es ya el alivio que nos da el genio, sino la posibilidad de que cada quien tome el toro por los cuernos: la inteligencia colectiva. La inteligencia colectiva es una fuerza inmanente que nos permite asumir la terrible impotencia ante el frenético ritmo del cambio tecnológico, y que de otro modo nos aplastaría. La inteligencia colectiva, veneno y remedio de la cibercultura

Cito largamente a Lévy:

El cíberespacío como soporte de inteligencia colectiva es una de las principales condiciones de su propio desarrollo. Toda la historia de la cibecultura testimonia ampliamente este proceso de retroacción positiva, es decir, del automantenimiento de la revolución de las redes digitales. Este fenómeno es complejo y ambivalente. En un principio, el crecimiento del ciberespacio no determina automáticamente el desarrollo de la inteligencia colectiva, solamente le facilita un entorno propicio.

En efecto, comienzan a verse en la órbita de las redes digitales interactivas toda clase de nuevas formas…

- de aislamiento y sobrecarga cognitiva (estrés de la comunicación y del trabajo en la pantalla);

- de dependencia (adicción a la navegación o al juego en mundos virtuales);

- de dominación (refuerzo de centros de decisión y de control, dominio casi monopolistico de potencias económicas sobre importantes funciones de la red, etc.);

- de explotación (en ciertos casos de teletrabajo vigilado o de deslocalización de actividades en el tercer mundo);

- e incluso de tontería colectiva (rumores, conformismo de red o de comunidades virtuales. amontonamiento de datos vacíos de información, «televisión interactiva)

Después, cuando algunos procesos de inteligencia colectiva se desarrollan efectivamente gracias al ciberespacio, tienen notablemente por efecto acelerar de nuevo el ritmo del cambio tecnosocial, lo que hace tanto o más necesaria la participación activa en la cibercultura si uno no quiere quedarse atrás, y tiende a excluir de manera aún más radical a aquellos que no han entrado en el ciclo positivo del cambio, de su comprensión y de su apropiación. Por su aspecto partícípatívo. socializante, abierto y emancipador, la inteligencia colectiva propuesta por la cibercultura constituye uno de los mejores remedios contra el ritmo desestabilizador, a veces excluyente, de la mutación técnica. Pero, con el mismo movimiento, la inteligencia colectiva trabaja activamente en la aceleración de esta mutación. En griego antiguo, la palabra pharmakon (que ha dado la palabra castellana fármaco) designa tanto el veneno como el remedio. Nuevo fármaco, la inteligencia colectiva que favorece la cibercultura es a la vez veneno para aquellos que no participan (y nadie puede participar en ella completamente por lo vasta y multiforme que es) y remedio para aquellos que se sumergen en sus remolinos y consiguen controlar su deriva en medio de esas corrientes.

Hay entonces dos caminos: 1) el recurso a lo sublime que sería el camino tradicional, el que siempre hemos tenido a la mano, pero que deja las cosas como están: sobrecogimiento ante lo trascendente, domesticación de lo sobrecogedor por parte del artista y contemplación terapéutica por parte de los demás; y 2) la inteligencia colectiva como remedio a los sentimientos de aislamiento, dependencia, explotación,  dominación e incluso trivialidad (los nuevos síntomas, la nueva cara de lo trascendente)

Se trata en últimas, de los dos modos de la apropiación: la que hacen, la que han hecho siempre, los poderosos (sublimando), o la que podemos hacer nosotros, los mortales, el hombre común (mediante actos de inteligencia colectiva, mediante la conformación de colectivos inteligentes, participando).

Sólo con este último modo, las energías que hoy emergen en el ciberespacio pueden volver (bañar) nuestra cotidianidad…

Se equivocan quienes creen que el ciberespacio es un invento de hace unos pocos años
En 1984, casi diez años antes del desarrollo de la telaraña informática que conocemos como Internet, el escritor William Gibson utilizó el término ciberespacio en su novela Neuromante, y lo hizo anticipando lo que efectivamente hoy reconocemos como esa realidad virtual que se encuentra dentro de los ordenadores y redes del mundo.

En 1987, la holocubierta, una instalación de realidad simulada con hologramas que anticipa las actuales tecnologías de realidad virtual inmersiva, fue vista por primera vez en el primer episodio de Star Trek: la nueva generación.

En 1996, Neal Stephenson, publica la utopía novelada “La era del diamante”, en la cual imagina “la cartilla”, un artefacto de texto dinámico que se adapta contantemente a la personalidad y a las necesidades cambiantes del usuario y que le ofrece simulaciones de la vida real como estrategia educativa.

Mucho antes, en 1941, el argentino Jorge Luis Borges había ya imaginado la novela hipertexto en su famoso relato “El jardín de los senderos que se bifurcan”. Allí se lee a propósito del libro laberíntico de Sui Pen: “La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Sui Pen, opta —simultáneamente— por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también, proliferan y se bifurcan”.

Y en 1963, Julio Cortázar anticipa la escritura interactiva con la publicación de su novela “Rayuela”, en la que aboga por una creación colectiva de la literatura


Escritores y artistas imaginaron e inventaron muchas de los artefactos y prácticas que hoy configuran la llamada ciberliteratura, pero escritores y lectores tradicionales no acaban de acomodarse al nuevo panorama.

En un relato de 1940, del escritor argentino Adolfo Bioy Casares que fue calificado de perfecto, Faustine es una mujer que habita una isla perdida a la que llega un fugitivo que escapa de su condena a muerte y de la cual este hombre se enamora, sin que ella reaccione a su devoción. Sorprendidos descubrimos que la bella y enigmática Faustine es apenas una imagen viviente, un simple producto de los experimentos de Morel, un científico que prefigura los investigadores de la técnica holográfica de hoy.

Un hombre administra una biblioteca singular, la biblioteca de babel: en ella se encuentra reunido todo el conocimiento.


Otro, inventa un procedimiento para desintegrar los libros en partículas elementales con las cuales se pueden ensamblar infinitamente los contenidos que antes estaban confinado a un objeto clausurado. Llama a este procedimiento los libros de arena.

Hace 70 años, Borges nos regaló este par de imágenes de lo que hoy conocemos como internet, la biblioteca universal y el libro digital o más bellamente, el libro de arena

Quizá la literatura tenga mucho más que anticipar y nos siga regalando bellas y sorprendentes imágenes e ideas para el futuro. Esa seguirá siendo su principal función. Pero hoy se han abierto para ella nuevas posibilidades culturales y de expresión y quizás así se esté cumpliendo su verdadero destino

La membrana se hizo pedazos, ella emergió de entre los añicos y extendió sus brazos. Voló, voló como sólo en sueños recordaba haberlo hecho, sintió punzadas maravillosas de lluvia sobre su cara, se elevó más allá de los techos más altos, planeó como un pájaro sin peso, como un animal sin arraigos. Fue mariposa, fue abeja, fue colibrí, fue halcón, fue águila, fue cóndor y luego, extrañamente se transformó en una torpe gallina que ya no pudo controlar su vuelo

Sólo entonces miró hacia abajo, hacia su destino inevitable, y vio el auto volcado boca arriba al lado del puente y el vidrio panorámico hecho añicos y a su alma enredada todavía entre las telarañas del pánico. A punto de caer, recordó lo que Ángel, su novio, le dijera unos minutos antes de abordar el auto, “no olvides ponerte el cinturón de seguridad”.

Gabriella Infinita responde

Recuerdo esa noche. Estaba tan triste como ahora y tú llegaste. Recuerdo tu camisa blanca, tus labios ansiosos y tus manos inquietas. Recuerdo que en la mesa aguardaban la cena y dos velas azules, también las bandejas limpias y los cubiertos de plata; y en la sala se juntaban los ecos de una música perfecta. Recuerdo tu cuerpo sudoroso y el sabor de tus dedos y hasta el olor de tus heridas. Afuera, la noche furiosa golpeaba la puerta, como si quisiera advertirnos de alguna desgracia; pero nosotros resolvimos ignorarla. Adentro, como si el tiempo se hubiera detenido, tú, guardián soberano, me abrazabas con fuerza para contener el desborde de mis ansias. Recuerdo nuestro amor y nuestro deseo, recuerdo tus besos de esa noche, pero también la luz desconocida de tus ojos que, implacable, anunciaba tu próxima partida.

No mencionamos el asunto. Quizá tú estabas demasiado asustado, y yo no pensaba sino en la irremediable tortura de tu ausencia. Tal vez por eso —aquélla noche que tanto se parece a ésta de hoy— el amor fluyó tan limpio; sin la premura de otros tiempos, sin el miedo de otras noches. Aún tiemblo al recordar las osadas maniobras con que nuestras manos ardorosas exploraban las galerías ignoradas de nuestros cuerpos; como si supiéramos que ya no tendríamos una nueva oportunidad. Entrabas y salías como si te hubiera entregado todas las llaves de la casa. Yo, mientras tanto, regaba tu piel con mis besos. Quería —sí— impregnarte con mi savia, quería embadurnarte con mi alma diluida, quería envolverte en mi telaraña. Aunque ya supiera que no podía retenerte, aunque ya supiera que no volverías, aunque afuera la noche siguiera rugiendo furiosa por nuestra desvergüenza.

En la alcoba todo ahora es desorden. Una cama angosta, endeble y vieja, que apenas si puede tenerse en pie. Un anaquel destartalado que alberga unos cuantos libros. Tu ropa sucia, regada por toda la habitación. Sobre la pequeña mesa del comedor, varios pocillos manchados por dentro con un chocolate remoto, trozos de pan duro y algo enmohecido, y un mantel marchito. En el baño, un ducha que aún gotea, y tus utensilios ya gastados. Y papeles, muchos papeles por todos lados. ¿Cómo pudiste vivir en esta pocilga?

Hace frío. Afuera, varios vagabundos se reúnen alrededor de una fogata que han instalado en mitad de la calle. Al fondo, como sobre un telón oscuro, se traslucen por momentos los fogonazos de la artillería; pero aquí, adentro, no se escucha nada. No escucho nada, como si estuviera protegida por una suerte de burbuja. Es como si, de golpe, todo se hubiera silenciado. Como si las luces y las voces del escenario hubieran sido apagadas, como si los actores se hubieran replegado ya a sus camerinos y el público se hubiera retirado, y yo, alma privilegiada, transitara sola por las despojos apenas abandonados de la función.

Pensar que hace apenas un momento tuve que esquivar las bombas y los disparos; pensar que, en medio del pánico que aún producen los esporádicos enfrentamientos fui arrastrada por una multitud que, como turba de locos, corriendo de un lado para otro, trataba de refugiarse. Pensar que hace apenas unas horas la vida y la muerte jugaban en la calle, como hermanas envidiosas, a ganarse el amor de su común enamorado. Y Pensar que yo, ahora, sin la premura de otros tiempos, sin el miedo de otras noches, sin saber cómo he llegado de nuevo hasta aquí, me dejo llenar de recuerdos y de imágenes que luchan por conseguir un sitio en mi memoria.

Quizás la casera todavía se pregunta qué hago yo aquí. Quizás todavía mira desde la recepción con esos ojos paralizados con que me vio llegar, o tal vez ya se ha ido como los demás y entonces me encuentro sola en este edificio medio arruinado, a dónde llegaste, Jaime, hace unos meses, huyendo de esa vida tuya que había agotado todos sus sentidos. ¿Cómo pudiste vivir en este tugurio? ¿Qué te llevó a refugiarte aquí? ¿Acaso sabías en qué iba a terminar todo? ¿Conocías este final absurdo?

Hace apenas unos momentos, corría yo como loca por entre autos amontonados y gente consternada. Hace apenas unas horas, caminaba yo por entre las calles rotas de una ciudad que ya no parecía la mía; ciudad herida y mal oliente que exhala su angustia por las alcantarillas atoradas, que llora como si no pudiera soportar más la incertidumbre. Ciudad de dolores paralelos que no sabe tampoco qué es lo que ha pasado en estos meses. Ciudad que dejó —desdichada—, igual que yo, que otros moldearan su destino. Ciudad consentida y medrosa que ahora se revuelve en sus temores; ¡ahora, cuando ya no hay nada qué hacer!

¿Si sabes que, desde la última vez que nos vimos, un pequeño gato entra a media noche por la ventana del baño, corre hasta mi cuarto y se acurruca al lado de mi cama? La verdad es yo no lo he visto nunca, porque antes de que pueda percatarme de su presencia penetra en mis sueños y allí me adormece con sus apacibles maullidos. Pero cuando despierto, mi cama está llena de pelusas blancas y grises. Entonces las recojo y las guardo en el armario. Hace unos días quise arreglar la casa, pero las motas de pelo de mi gato flotaban por toda la estancia y no me dejaron hacer nada. Me puse inquieta, pues no sabía qué decirle a mamá que había prometido visitarme. Por suerte no llegó. Claro que quizás ella no se habría dado cuenta de nada o tal vez se habría puesto a barrer las pelusas.

Los objetos también hoy me miran, pero han dejado de incriminarme con sus mensajes inauditos. En las playas abunda el amor y las palabras han dejado de esparcir su estela de resentimiento. Frente a mí veo tus ojos, pero no alcanzo a reconstruir tu rostro. Es por eso que la tina se desborda y en la puerta alguien sigue golpeando sin fe. Es por eso también que la casa cruje sin razón y el perro le ladra otra vez a la luna nueva.

Estábamos allí, en el parque, posando para la fotografía de los viernes. Don Manuel sonreía como en los viejos tiempos y, como en los viejos tiempos, tú lucías un sombrero inmenso. Atrás, los arboles se habían acomodado y los edificios esperaban ansiosos el momento. Los alrededores estaban tan nutridos de gente como en otras ocasiones. Yo me había puesto el maquillaje que hacía de mi boca una caja de sonrisas. Tú permanecías taciturno y esquivo. Don Manuel se cansó de hacer bromas y apresuró las cosas. Así quedó registrado, sobre la banca del parque, el momento preciso en que una pareja deja de amarse. La foto muestra ya, inobjetable, el dolor que habitaba en tus ojos.

Eran como las ocho, cuando alguien golpeó a la puerta. Sabía que no podías ser tú, pero mi corazón saltó como en los viejos tiempos. Mi perro ladró furioso y yo me puse el abrigo de pieles. Por el ojo mágico vi un hombre desconocido. Volvió a golpear dos veces más y hasta acercó el oído a la puerta. Mi perro no paraba de ladrar. El hombre desistió al fin, pero al otro día regresó a la misma hora. Después de un mes de idéntica rutina, mi perro ya le bate la cola y yo no pongo la mesa para la cena si él no llega. Hasta he calculado el número de sus pasos y el momento justo en que se retira. Ahora no podría vivir sin él.

No sé cuánto tiempo más podré soportar esta ausencia. Afuera la gente corre como loca. En el barrio ya no hay nadie que recuerde los viejos tiempos. Mi madre se ha vuelto paranoica. Tú ya no respiras como antes, al lado de mi oído, y la cocina está invadida de cucarachas roñosas. En los estantes del armario guardo todavía tus medias y tus camisas y la calma de los cuartos. Las noches están frías, las cortinas se han llenado de polvo, mis ojos se niegan a llorar. Es hora de pensar en la mudanza.

Eras tan sensible a las injusticias que muchas veces el empuje de tu corazón le ganaba en el forcejeo a la intrepidez de tu mente. Pero yo nunca reproché nada, porque en el devenir posterior de las cosas se hacían presentes las recompensas. Y al final resultaba todo tan maravilloso que las piedras del estanque enmohecían más rápidamente y en tus ojos volvía a brillar esa luz impetuosa de tus certezas. Así eras, aún en tus más insolentes declaraciones.
Los caminos secretos de tu cuerpo resultaban tan aparatosos que a veces teníamos que detenernos para no caer en los abismos. Entonces me besabas largamente y yo me quedaba dormida sobre tu ombligo. Pero al rato volvíamos a emprender el viaje, hasta que por fin alcanzábamos la dicha. Tú metías la cabeza entre mis senos y llorabas sin contenciones. Y yo me refugiaba bajo la sombra de tus dedos. Hasta que el amanecer abría de nuevo las puertas y también las dudas.

Nunca quisiste contarme nada de tu pasado. Según tu extraña lógica, nada podía haber en él que mejorara o empeorara lo nuestro. Hoy, cuando veo tu rostro salpicado por la viruela de la amargura, me pregunto si ya es demasiado tarde para soportar tus enigmas. En nuestra casa, las ventanas siempre han estado cerradas, excepto aquella tarde en que llegaste tan contento porque te habían ofrecido no sé qué cargo en tu trabajo. Estabas tan entusiasmado que propusiste una cena especial y las abriste de par en par. Al otro día, sin embargo, la dicha se había esfumado. Yo pensé que si en la noche no hubiéramos dejado abiertas las ventanas, tal vez algo de aquella efímera felicidad se habría podido mantener un tiempo más dando vueltas en la casa. ¿Qué más da, pues, tenerlas hoy cerradas?

Los niños juegan afuera con el balón que les regalaste. Todavía creen en tu heroísmo, en la piadosa mentira que les conferimos. Era fácil y también conveniente. Pero a veces creo que no seré capaz de sostener para siempre el engaño, a veces siento que desde tu tumba se levanta una energía que exige la verdad, y entonces me revuelco en la cama toda la noche, y en la mañana, soy incapaz de sostenerles la mirada. Tal vez el infierno tenga fin o tu regreses para decirles toda la verdad.

Me consuela saber que soy, de alguna manera, la viuda de un guerrero. Es cierto, no es ninguna locura decirlo. Así ha sobrevivido mi alma durante estos seis largos meses que han seguido a tu muerte, jugando con la loca idea de que soy la viuda de un guerrero, de que no podía exigir otro destino en esta ciudad ingrata. De esa manera me he incorporado a la mayoría, de esa manera, enarbolando la loca idea de que soy la viuda de un guerrero, he logrado pertenecer a una comunidad: la de las madres viudas de guerreros de esta ciudad. De esa manera, también mis hijos han soportado con orgullo tu ausencia. Pero yo sé la verdad, y la verdad es que soy, simple y terriblemente, la mísera mujer de un traidor.

Recuerdos plasmados

Soñé de nuevo… a veces con un pésame de indiferencia, pero otras con un sentido de debilidad, mantengo la calma al abrir los ojos, miro atentamente a mí alrededor aun desconcertado, rompo esquemas y abro mi mente hacia un pensamiento insólito de lo que vendrá mañana, todo juega en mi subconsciente, por instantes siento la caricia ya olvidada, otras el rozar de tu boca. Es difícil no soñar contigo, no escuchar el infinito eco de tu voz, y lograr apagar el recuerdo que aun sigue vivo, pero es más difícil aun entender tu partida…
Lejos de mi camino aun escucho tus pasos como en el pasillo que juntos recorrimos varias veces, el viento logra enternecerme al susurrar a mi oído algunos caprichos que aún vacilan dentro de mí, solo para hacer compañía en instantes de reflexión. Intento no mirar atrás y aceptar lo que la vida decidió, una posición estática de mis sentimientos que logren encerrar esa bella historia que quiero este plasmada en el pabellón de mis recuerdos, grabada en cada pieza de madera un fragmento de lo que fue, sin dejar a un lado esos séquitos momentos de vana idolatría que rondaran sin descanso hasta encontrar la anhelada compañía…

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