La función cultural del autor ha tenido dos tratamientos: uno de tipo popular, lo encumbra al estatus de “figura”, es decir, persona privilegiada, con capacidades de percepción, de inspiración, de expresión tan especiales que hacen que ese encumbramiento genere un tipo de recepción de la obra sesgada por lo que podriamos llamar el efecto “figura”. Pero existe también el tratamiento académico que precisamente ha deconstruído esa figura y la ha reducido al rol de mediador, una más entre las diversas dinámicas culturales.
La empresa editorial aprovecha sobre todo la dimensión popular del autor: a las empresas poseedoras de la tecnología del libro, que invierten en el libro, les conviene mucho una manera de entender la literatura como conjunto de figuras especiales cuya expresión se les vende a los lectores que finalmente cumplen el rol de consumidores de los productos de estas figuras; es una dimensión del mercado, tecnológica, de industria cultural que no es reciente, viene desde el siglo XIX cuando las primeras editoriales empiezan a extenderse y a masificar su producción. Es un asunto muy complejo que impacta todavía hoy al imaginario más general, que termina incorporando la idea de que hay una figura que es especial y privilegiada en su expresión y que nosotros los lectores lo que debemos hacer es acercarnos a su obra para tratar de entenderla, venerarla a veces, como una gran obra y frente a la cual sólo podemos hacer venias o comentarios marginales
Esa dimensión es fuertemente afectada cuando aparecen las nuevas tecnologías que ofrecen facilidades de publicación. A través de estos medios ya no es necesario pasar por la editorial, ni por el editor, ni por la revisión de nadie; ahora se puede abrir un blog sin que nadie le diga a uno cómo se debe hacer, casi sin controles de calidad. Eso crea un efecto, rompe con una manera de entender la expresión como el encargo a unas figuras especiales, capaces de percibir y de dar una expresión a la realidad en términos literarios. Desde el punto de vista técnico, cualquiera puede escribir y eso crea condiciones que generan dinámicas muy distintas: la dinámica de la calidad, por ejemplo, ya no pasa por la editorial que hasta hoy es la que decide qué tipo de libros y con qué criterios se van a publicar, porque está haciendo una inversión que tiene que recuperar. La calidad en los nuevos medios la decide en principio el autor en su convencimiento propio y posiblemente con base en el contacto con los criterios heredados de la tradición literaria. Pero también los nuevos lectores inciden, a través de los comentarios, en las revisiones, extensiones o nuevos pronunciamientos del autor del blog y lo hacen de una manera más directa, pues basta con hacer uso de las plantillas de edición de comentarios para que este aparezca inmediatamente. Esa eficacia del impacto, esa facilidad de publicar, hacen que el lector mismo se anime a convertirse en autor.
En síntesis, toda esa facilidad con la que se pueden ahora publicar las cosas destroza la dinámica de filtros de selección, de calidad, de sublimidad, establecidos por la “lógica” editorial que siempre ha basado su estrategia en mostrar como escasa la posibilidad de publicar (y por derivación de producir textos de calidad) y por eso establecen todos los filtros mencionados. Cuando la figura de la escasez del recurso desaparece, esos filtros desaparecen así como todas las dinámicas amarradas a esa lógica.
Ahora, es inevitable pensar y hasta sentir (en) el efecto “figura” cuando se tiene tan cerca a uno de esos “dinosaurios” literarios, que se han hecho entrañables (casi se diría inevitables) a fuerza de leerlos, de escuchar sus nombres, de verlos en las portadas de los libros, en los estantes de las librerías y hasta en los programas de radio y de televisión. Es un poco lo que sucedió con la visita que hiciera el escritor mexicano Carlos Fuentes el pasado 13 de febrero a Bogotá. De un lado la asistencia al evento de firma de libros obedeció al deber, a la oportunidad, de ver y al menos saludar a un tipo que a lo mejor nos deja este mundo en pocos días (¡¡Fuentes ya cumplió 82 años!!) ; pero de otro, es un impulso casi ineludible: saludar al maestro, al gran escritor, honrar la figura. Y como eso, como figura fue su tratamiento. La cantidad de gente reunida en la librería del Fondo de Cultura Económica, la infaltable entrevista para la televisión, la fila para pasar a la mesa y encararlo, la sensación de aura que contagia; todo estaba preparado para asegurar el efecto figura. ¡Ah! y también para asegurar una venta mínima de sus libros (?).
Pero; ¿hasta cuándo las editoriales aguantarán económicamente basadas exclusivamente en un efecto que se difumina cada vez, ya sea porque las figuras escasean, ya sea porque se están encontrando otras maneras de asegurar las ventas? Del autor ya nadie se preocupa o, por lo menos, se preocupan menos. El día que las editoriales encuentren maneras para deshacerse de la cada vez más insostenible estrategia del efecto figura, pues el autor será abandonado. Así como surgió, así como sirvió para una eficaz y prolongada estrategia de mercado, así el mercado lo desechará cuando la formula ya no funcione. Libros colectivos, wikinovelas, remixes, serán las formas que las editoriales capitalizarán muy pronto para encontrar quién haga contenidos (baratos) y quien los consuma (convencido tal vez de que ha participado como un “casi autor”).
Tal vez esto no deba llenarnos de nostalgia ni de alarmas, pero si nos obliga a preparar adecuadamente un honroso réquiem por el autor. Un réquiem que se sume al del editor mismo, al del lector y tal vez al de la literatura o al menos al de la ficción.


















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