Gabriella Infinita responde
Recuerdo esa noche. Estaba tan triste como ahora y tú llegaste. Recuerdo tu camisa blanca, tus labios ansiosos y tus manos inquietas. Recuerdo que en la mesa aguardaban la cena y dos velas azules, también las bandejas limpias y los cubiertos de plata; y en la sala se juntaban los ecos de una música perfecta. Recuerdo tu cuerpo sudoroso y el sabor de tus dedos y hasta el olor de tus heridas. Afuera, la noche furiosa golpeaba la puerta, como si quisiera advertirnos de alguna desgracia; pero nosotros resolvimos ignorarla. Adentro, como si el tiempo se hubiera detenido, tú, guardián soberano, me abrazabas con fuerza para contener el desborde de mis ansias. Recuerdo nuestro amor y nuestro deseo, recuerdo tus besos de esa noche, pero también la luz desconocida de tus ojos que, implacable, anunciaba tu próxima partida.
No mencionamos el asunto. Quizá tú estabas demasiado asustado, y yo no pensaba sino en la irremediable tortura de tu ausencia. Tal vez por eso —aquélla noche que tanto se parece a ésta de hoy— el amor fluyó tan limpio; sin la premura de otros tiempos, sin el miedo de otras noches. Aún tiemblo al recordar las osadas maniobras con que nuestras manos ardorosas exploraban las galerías ignoradas de nuestros cuerpos; como si supiéramos que ya no tendríamos una nueva oportunidad. Entrabas y salías como si te hubiera entregado todas las llaves de la casa. Yo, mientras tanto, regaba tu piel con mis besos. Quería —sí— impregnarte con mi savia, quería embadurnarte con mi alma diluida, quería envolverte en mi telaraña. Aunque ya supiera que no podía retenerte, aunque ya supiera que no volverías, aunque afuera la noche siguiera rugiendo furiosa por nuestra desvergüenza.
En la alcoba todo ahora es desorden. Una cama angosta, endeble y vieja, que apenas si puede tenerse en pie. Un anaquel destartalado que alberga unos cuantos libros. Tu ropa sucia, regada por toda la habitación. Sobre la pequeña mesa del comedor, varios pocillos manchados por dentro con un chocolate remoto, trozos de pan duro y algo enmohecido, y un mantel marchito. En el baño, un ducha que aún gotea, y tus utensilios ya gastados. Y papeles, muchos papeles por todos lados. ¿Cómo pudiste vivir en esta pocilga?
Hace frío. Afuera, varios vagabundos se reúnen alrededor de una fogata que han instalado en mitad de la calle. Al fondo, como sobre un telón oscuro, se traslucen por momentos los fogonazos de la artillería; pero aquí, adentro, no se escucha nada. No escucho nada, como si estuviera protegida por una suerte de burbuja. Es como si, de golpe, todo se hubiera silenciado. Como si las luces y las voces del escenario hubieran sido apagadas, como si los actores se hubieran replegado ya a sus camerinos y el público se hubiera retirado, y yo, alma privilegiada, transitara sola por las despojos apenas abandonados de la función.
Pensar que hace apenas un momento tuve que esquivar las bombas y los disparos; pensar que, en medio del pánico que aún producen los esporádicos enfrentamientos fui arrastrada por una multitud que, como turba de locos, corriendo de un lado para otro, trataba de refugiarse. Pensar que hace apenas unas horas la vida y la muerte jugaban en la calle, como hermanas envidiosas, a ganarse el amor de su común enamorado. Y Pensar que yo, ahora, sin la premura de otros tiempos, sin el miedo de otras noches, sin saber cómo he llegado de nuevo hasta aquí, me dejo llenar de recuerdos y de imágenes que luchan por conseguir un sitio en mi memoria.
Quizás la casera todavía se pregunta qué hago yo aquí. Quizás todavía mira desde la recepción con esos ojos paralizados con que me vio llegar, o tal vez ya se ha ido como los demás y entonces me encuentro sola en este edificio medio arruinado, a dónde llegaste, Jaime, hace unos meses, huyendo de esa vida tuya que había agotado todos sus sentidos. ¿Cómo pudiste vivir en este tugurio? ¿Qué te llevó a refugiarte aquí? ¿Acaso sabías en qué iba a terminar todo? ¿Conocías este final absurdo?
Hace apenas unos momentos, corría yo como loca por entre autos amontonados y gente consternada. Hace apenas unas horas, caminaba yo por entre las calles rotas de una ciudad que ya no parecía la mía; ciudad herida y mal oliente que exhala su angustia por las alcantarillas atoradas, que llora como si no pudiera soportar más la incertidumbre. Ciudad de dolores paralelos que no sabe tampoco qué es lo que ha pasado en estos meses. Ciudad que dejó —desdichada—, igual que yo, que otros moldearan su destino. Ciudad consentida y medrosa que ahora se revuelve en sus temores; ¡ahora, cuando ya no hay nada qué hacer!
¿Si sabes que, desde la última vez que nos vimos, un pequeño gato entra a media noche por la ventana del baño, corre hasta mi cuarto y se acurruca al lado de mi cama? La verdad es yo no lo he visto nunca, porque antes de que pueda percatarme de su presencia penetra en mis sueños y allí me adormece con sus apacibles maullidos. Pero cuando despierto, mi cama está llena de pelusas blancas y grises. Entonces las recojo y las guardo en el armario. Hace unos días quise arreglar la casa, pero las motas de pelo de mi gato flotaban por toda la estancia y no me dejaron hacer nada. Me puse inquieta, pues no sabía qué decirle a mamá que había prometido visitarme. Por suerte no llegó. Claro que quizás ella no se habría dado cuenta de nada o tal vez se habría puesto a barrer las pelusas.
Los objetos también hoy me miran, pero han dejado de incriminarme con sus mensajes inauditos. En las playas abunda el amor y las palabras han dejado de esparcir su estela de resentimiento. Frente a mí veo tus ojos, pero no alcanzo a reconstruir tu rostro. Es por eso que la tina se desborda y en la puerta alguien sigue golpeando sin fe. Es por eso también que la casa cruje sin razón y el perro le ladra otra vez a la luna nueva.
Estábamos allí, en el parque, posando para la fotografía de los viernes. Don Manuel sonreía como en los viejos tiempos y, como en los viejos tiempos, tú lucías un sombrero inmenso. Atrás, los arboles se habían acomodado y los edificios esperaban ansiosos el momento. Los alrededores estaban tan nutridos de gente como en otras ocasiones. Yo me había puesto el maquillaje que hacía de mi boca una caja de sonrisas. Tú permanecías taciturno y esquivo. Don Manuel se cansó de hacer bromas y apresuró las cosas. Así quedó registrado, sobre la banca del parque, el momento preciso en que una pareja deja de amarse. La foto muestra ya, inobjetable, el dolor que habitaba en tus ojos.
Eran como las ocho, cuando alguien golpeó a la puerta. Sabía que no podías ser tú, pero mi corazón saltó como en los viejos tiempos. Mi perro ladró furioso y yo me puse el abrigo de pieles. Por el ojo mágico vi un hombre desconocido. Volvió a golpear dos veces más y hasta acercó el oído a la puerta. Mi perro no paraba de ladrar. El hombre desistió al fin, pero al otro día regresó a la misma hora. Después de un mes de idéntica rutina, mi perro ya le bate la cola y yo no pongo la mesa para la cena si él no llega. Hasta he calculado el número de sus pasos y el momento justo en que se retira. Ahora no podría vivir sin él.
No sé cuánto tiempo más podré soportar esta ausencia. Afuera la gente corre como loca. En el barrio ya no hay nadie que recuerde los viejos tiempos. Mi madre se ha vuelto paranoica. Tú ya no respiras como antes, al lado de mi oído, y la cocina está invadida de cucarachas roñosas. En los estantes del armario guardo todavía tus medias y tus camisas y la calma de los cuartos. Las noches están frías, las cortinas se han llenado de polvo, mis ojos se niegan a llorar. Es hora de pensar en la mudanza.
Eras tan sensible a las injusticias que muchas veces el empuje de tu corazón le ganaba en el forcejeo a la intrepidez de tu mente. Pero yo nunca reproché nada, porque en el devenir posterior de las cosas se hacían presentes las recompensas. Y al final resultaba todo tan maravilloso que las piedras del estanque enmohecían más rápidamente y en tus ojos volvía a brillar esa luz impetuosa de tus certezas. Así eras, aún en tus más insolentes declaraciones.
Los caminos secretos de tu cuerpo resultaban tan aparatosos que a veces teníamos que detenernos para no caer en los abismos. Entonces me besabas largamente y yo me quedaba dormida sobre tu ombligo. Pero al rato volvíamos a emprender el viaje, hasta que por fin alcanzábamos la dicha. Tú metías la cabeza entre mis senos y llorabas sin contenciones. Y yo me refugiaba bajo la sombra de tus dedos. Hasta que el amanecer abría de nuevo las puertas y también las dudas.
Nunca quisiste contarme nada de tu pasado. Según tu extraña lógica, nada podía haber en él que mejorara o empeorara lo nuestro. Hoy, cuando veo tu rostro salpicado por la viruela de la amargura, me pregunto si ya es demasiado tarde para soportar tus enigmas. En nuestra casa, las ventanas siempre han estado cerradas, excepto aquella tarde en que llegaste tan contento porque te habían ofrecido no sé qué cargo en tu trabajo. Estabas tan entusiasmado que propusiste una cena especial y las abriste de par en par. Al otro día, sin embargo, la dicha se había esfumado. Yo pensé que si en la noche no hubiéramos dejado abiertas las ventanas, tal vez algo de aquella efímera felicidad se habría podido mantener un tiempo más dando vueltas en la casa. ¿Qué más da, pues, tenerlas hoy cerradas?
Los niños juegan afuera con el balón que les regalaste. Todavía creen en tu heroísmo, en la piadosa mentira que les conferimos. Era fácil y también conveniente. Pero a veces creo que no seré capaz de sostener para siempre el engaño, a veces siento que desde tu tumba se levanta una energía que exige la verdad, y entonces me revuelco en la cama toda la noche, y en la mañana, soy incapaz de sostenerles la mirada. Tal vez el infierno tenga fin o tu regreses para decirles toda la verdad.
Me consuela saber que soy, de alguna manera, la viuda de un guerrero. Es cierto, no es ninguna locura decirlo. Así ha sobrevivido mi alma durante estos seis largos meses que han seguido a tu muerte, jugando con la loca idea de que soy la viuda de un guerrero, de que no podía exigir otro destino en esta ciudad ingrata. De esa manera me he incorporado a la mayoría, de esa manera, enarbolando la loca idea de que soy la viuda de un guerrero, he logrado pertenecer a una comunidad: la de las madres viudas de guerreros de esta ciudad. De esa manera, también mis hijos han soportado con orgullo tu ausencia. Pero yo sé la verdad, y la verdad es que soy, simple y terriblemente, la mísera mujer de un traidor.












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