Fuentes web
Entradas
Comentarios

Gabriella Infinita responde

Recuerdo esa noche. Estaba tan triste como ahora y tú llegaste. Recuerdo tu camisa blanca, tus labios ansiosos y tus manos inquietas. Recuerdo que en la mesa aguardaban la cena y dos velas azules, también las bandejas limpias y los cubiertos de plata; y en la sala se juntaban los ecos de una música perfecta. Recuerdo tu cuerpo sudoroso y el sabor de tus dedos y hasta el olor de tus heridas. Afuera, la noche furiosa golpeaba la puerta, como si quisiera advertirnos de alguna desgracia; pero nosotros resolvimos ignorarla. Adentro, como si el tiempo se hubiera detenido, tú, guardián soberano, me abrazabas con fuerza para contener el desborde de mis ansias. Recuerdo nuestro amor y nuestro deseo, recuerdo tus besos de esa noche, pero también la luz desconocida de tus ojos que, implacable, anunciaba tu próxima partida.

No mencionamos el asunto. Quizá tú estabas demasiado asustado, y yo no pensaba sino en la irremediable tortura de tu ausencia. Tal vez por eso —aquélla noche que tanto se parece a ésta de hoy— el amor fluyó tan limpio; sin la premura de otros tiempos, sin el miedo de otras noches. Aún tiemblo al recordar las osadas maniobras con que nuestras manos ardorosas exploraban las galerías ignoradas de nuestros cuerpos; como si supiéramos que ya no tendríamos una nueva oportunidad. Entrabas y salías como si te hubiera entregado todas las llaves de la casa. Yo, mientras tanto, regaba tu piel con mis besos. Quería —sí— impregnarte con mi savia, quería embadurnarte con mi alma diluida, quería envolverte en mi telaraña. Aunque ya supiera que no podía retenerte, aunque ya supiera que no volverías, aunque afuera la noche siguiera rugiendo furiosa por nuestra desvergüenza.

En la alcoba todo ahora es desorden. Una cama angosta, endeble y vieja, que apenas si puede tenerse en pie. Un anaquel destartalado que alberga unos cuantos libros. Tu ropa sucia, regada por toda la habitación. Sobre la pequeña mesa del comedor, varios pocillos manchados por dentro con un chocolate remoto, trozos de pan duro y algo enmohecido, y un mantel marchito. En el baño, un ducha que aún gotea, y tus utensilios ya gastados. Y papeles, muchos papeles por todos lados. ¿Cómo pudiste vivir en esta pocilga?

Hace frío. Afuera, varios vagabundos se reúnen alrededor de una fogata que han instalado en mitad de la calle. Al fondo, como sobre un telón oscuro, se traslucen por momentos los fogonazos de la artillería; pero aquí, adentro, no se escucha nada. No escucho nada, como si estuviera protegida por una suerte de burbuja. Es como si, de golpe, todo se hubiera silenciado. Como si las luces y las voces del escenario hubieran sido apagadas, como si los actores se hubieran replegado ya a sus camerinos y el público se hubiera retirado, y yo, alma privilegiada, transitara sola por las despojos apenas abandonados de la función.

Pensar que hace apenas un momento tuve que esquivar las bombas y los disparos; pensar que, en medio del pánico que aún producen los esporádicos enfrentamientos fui arrastrada por una multitud que, como turba de locos, corriendo de un lado para otro, trataba de refugiarse. Pensar que hace apenas unas horas la vida y la muerte jugaban en la calle, como hermanas envidiosas, a ganarse el amor de su común enamorado. Y Pensar que yo, ahora, sin la premura de otros tiempos, sin el miedo de otras noches, sin saber cómo he llegado de nuevo hasta aquí, me dejo llenar de recuerdos y de imágenes que luchan por conseguir un sitio en mi memoria.

Quizás la casera todavía se pregunta qué hago yo aquí. Quizás todavía mira desde la recepción con esos ojos paralizados con que me vio llegar, o tal vez ya se ha ido como los demás y entonces me encuentro sola en este edificio medio arruinado, a dónde llegaste, Jaime, hace unos meses, huyendo de esa vida tuya que había agotado todos sus sentidos. ¿Cómo pudiste vivir en este tugurio? ¿Qué te llevó a refugiarte aquí? ¿Acaso sabías en qué iba a terminar todo? ¿Conocías este final absurdo?

Hace apenas unos momentos, corría yo como loca por entre autos amontonados y gente consternada. Hace apenas unas horas, caminaba yo por entre las calles rotas de una ciudad que ya no parecía la mía; ciudad herida y mal oliente que exhala su angustia por las alcantarillas atoradas, que llora como si no pudiera soportar más la incertidumbre. Ciudad de dolores paralelos que no sabe tampoco qué es lo que ha pasado en estos meses. Ciudad que dejó —desdichada—, igual que yo, que otros moldearan su destino. Ciudad consentida y medrosa que ahora se revuelve en sus temores; ¡ahora, cuando ya no hay nada qué hacer!

¿Si sabes que, desde la última vez que nos vimos, un pequeño gato entra a media noche por la ventana del baño, corre hasta mi cuarto y se acurruca al lado de mi cama? La verdad es yo no lo he visto nunca, porque antes de que pueda percatarme de su presencia penetra en mis sueños y allí me adormece con sus apacibles maullidos. Pero cuando despierto, mi cama está llena de pelusas blancas y grises. Entonces las recojo y las guardo en el armario. Hace unos días quise arreglar la casa, pero las motas de pelo de mi gato flotaban por toda la estancia y no me dejaron hacer nada. Me puse inquieta, pues no sabía qué decirle a mamá que había prometido visitarme. Por suerte no llegó. Claro que quizás ella no se habría dado cuenta de nada o tal vez se habría puesto a barrer las pelusas.

Los objetos también hoy me miran, pero han dejado de incriminarme con sus mensajes inauditos. En las playas abunda el amor y las palabras han dejado de esparcir su estela de resentimiento. Frente a mí veo tus ojos, pero no alcanzo a reconstruir tu rostro. Es por eso que la tina se desborda y en la puerta alguien sigue golpeando sin fe. Es por eso también que la casa cruje sin razón y el perro le ladra otra vez a la luna nueva.

Estábamos allí, en el parque, posando para la fotografía de los viernes. Don Manuel sonreía como en los viejos tiempos y, como en los viejos tiempos, tú lucías un sombrero inmenso. Atrás, los arboles se habían acomodado y los edificios esperaban ansiosos el momento. Los alrededores estaban tan nutridos de gente como en otras ocasiones. Yo me había puesto el maquillaje que hacía de mi boca una caja de sonrisas. Tú permanecías taciturno y esquivo. Don Manuel se cansó de hacer bromas y apresuró las cosas. Así quedó registrado, sobre la banca del parque, el momento preciso en que una pareja deja de amarse. La foto muestra ya, inobjetable, el dolor que habitaba en tus ojos.

Eran como las ocho, cuando alguien golpeó a la puerta. Sabía que no podías ser tú, pero mi corazón saltó como en los viejos tiempos. Mi perro ladró furioso y yo me puse el abrigo de pieles. Por el ojo mágico vi un hombre desconocido. Volvió a golpear dos veces más y hasta acercó el oído a la puerta. Mi perro no paraba de ladrar. El hombre desistió al fin, pero al otro día regresó a la misma hora. Después de un mes de idéntica rutina, mi perro ya le bate la cola y yo no pongo la mesa para la cena si él no llega. Hasta he calculado el número de sus pasos y el momento justo en que se retira. Ahora no podría vivir sin él.

No sé cuánto tiempo más podré soportar esta ausencia. Afuera la gente corre como loca. En el barrio ya no hay nadie que recuerde los viejos tiempos. Mi madre se ha vuelto paranoica. Tú ya no respiras como antes, al lado de mi oído, y la cocina está invadida de cucarachas roñosas. En los estantes del armario guardo todavía tus medias y tus camisas y la calma de los cuartos. Las noches están frías, las cortinas se han llenado de polvo, mis ojos se niegan a llorar. Es hora de pensar en la mudanza.

Eras tan sensible a las injusticias que muchas veces el empuje de tu corazón le ganaba en el forcejeo a la intrepidez de tu mente. Pero yo nunca reproché nada, porque en el devenir posterior de las cosas se hacían presentes las recompensas. Y al final resultaba todo tan maravilloso que las piedras del estanque enmohecían más rápidamente y en tus ojos volvía a brillar esa luz impetuosa de tus certezas. Así eras, aún en tus más insolentes declaraciones.
Los caminos secretos de tu cuerpo resultaban tan aparatosos que a veces teníamos que detenernos para no caer en los abismos. Entonces me besabas largamente y yo me quedaba dormida sobre tu ombligo. Pero al rato volvíamos a emprender el viaje, hasta que por fin alcanzábamos la dicha. Tú metías la cabeza entre mis senos y llorabas sin contenciones. Y yo me refugiaba bajo la sombra de tus dedos. Hasta que el amanecer abría de nuevo las puertas y también las dudas.

Nunca quisiste contarme nada de tu pasado. Según tu extraña lógica, nada podía haber en él que mejorara o empeorara lo nuestro. Hoy, cuando veo tu rostro salpicado por la viruela de la amargura, me pregunto si ya es demasiado tarde para soportar tus enigmas. En nuestra casa, las ventanas siempre han estado cerradas, excepto aquella tarde en que llegaste tan contento porque te habían ofrecido no sé qué cargo en tu trabajo. Estabas tan entusiasmado que propusiste una cena especial y las abriste de par en par. Al otro día, sin embargo, la dicha se había esfumado. Yo pensé que si en la noche no hubiéramos dejado abiertas las ventanas, tal vez algo de aquella efímera felicidad se habría podido mantener un tiempo más dando vueltas en la casa. ¿Qué más da, pues, tenerlas hoy cerradas?

Los niños juegan afuera con el balón que les regalaste. Todavía creen en tu heroísmo, en la piadosa mentira que les conferimos. Era fácil y también conveniente. Pero a veces creo que no seré capaz de sostener para siempre el engaño, a veces siento que desde tu tumba se levanta una energía que exige la verdad, y entonces me revuelco en la cama toda la noche, y en la mañana, soy incapaz de sostenerles la mirada. Tal vez el infierno tenga fin o tu regreses para decirles toda la verdad.

Me consuela saber que soy, de alguna manera, la viuda de un guerrero. Es cierto, no es ninguna locura decirlo. Así ha sobrevivido mi alma durante estos seis largos meses que han seguido a tu muerte, jugando con la loca idea de que soy la viuda de un guerrero, de que no podía exigir otro destino en esta ciudad ingrata. De esa manera me he incorporado a la mayoría, de esa manera, enarbolando la loca idea de que soy la viuda de un guerrero, he logrado pertenecer a una comunidad: la de las madres viudas de guerreros de esta ciudad. De esa manera, también mis hijos han soportado con orgullo tu ausencia. Pero yo sé la verdad, y la verdad es que soy, simple y terriblemente, la mísera mujer de un traidor.

Recuerdos plasmados

Soñé de nuevo… a veces con un pésame de indiferencia, pero otras con un sentido de debilidad, mantengo la calma al abrir los ojos, miro atentamente a mí alrededor aun desconcertado, rompo esquemas y abro mi mente hacia un pensamiento insólito de lo que vendrá mañana, todo juega en mi subconsciente, por instantes siento la caricia ya olvidada, otras el rozar de tu boca. Es difícil no soñar contigo, no escuchar el infinito eco de tu voz, y lograr apagar el recuerdo que aun sigue vivo, pero es más difícil aun entender tu partida…
Lejos de mi camino aun escucho tus pasos como en el pasillo que juntos recorrimos varias veces, el viento logra enternecerme al susurrar a mi oído algunos caprichos que aún vacilan dentro de mí, solo para hacer compañía en instantes de reflexión. Intento no mirar atrás y aceptar lo que la vida decidió, una posición estática de mis sentimientos que logren encerrar esa bella historia que quiero este plasmada en el pabellón de mis recuerdos, grabada en cada pieza de madera un fragmento de lo que fue, sin dejar a un lado esos séquitos momentos de vana idolatría que rondaran sin descanso hasta encontrar la anhelada compañía…

Las noches pasan lento, cada olor me lleva a casa, cada suspiro me recuerda el calor de tu piel, cada cosa que pasa por mi mente es acerca de ti…

Como aborrezco el recuerdo de amar, la traición juega ante mi sellándome el corazón, abro la puerta y te veo en un mar silencioso, solo porque no estoy abordo de tu balsa de papel, ya que en él un ser inmundo perturbó aquel cantar de las aves, en los amaneceres junto a ti, después de sudar sin contención, desenfrenados por las ganas de hacer el amor.

Llévate el maldito recuerdo de las noches frías junto a tu ser, quítame el deseo de tu cuerpo porque es el dulce veneno que destruye cada célula en mi y maldice mi querer porque es la razón de odiarte con amor…

Miras la hora. La esperabas mucho más tarde, pero te apresuras de todos modos a leerle el documento, invadido por una conjunción, no sólo rara sino imposible, de felicidad y lucidez. Cuando terminas, ella quiere abrazarte, pero de inmediato echa su cuerpo hacia atrás y te mira como quien ve a un loco. ¿Cómo pedirle que sienta lo mismo? Tu felicidad en realidad le es ajena y la lucidez es su estado menos habitual, dada su tendencia más al caos que al orden, más al desenfreno que a la discreción.
- Este viejo se enloqueció del todo, dice, saliendo del asombro, mientras seca las lágrimas con el envés de sus manos-. ¿Cómo ha sido capaz de planificar todos esos detalles? Yo estaría hundida, yo le habría delegado eso a otro, pero no, usted tiene que hacerlo todo, controlarlo todo. ¿Quién lo entiende? Ahora si se chifló. Me largo antes de que me pesquen.
Margot tiene razón, lo que pasa es que desde que decidiste dejar los asuntos en orden encontraste en esa actividad, pragmática y sombría a la vez, una especie de oportunidad para evadir el futuro que te acecha, y por eso te has obsesionado hasta el punto de parecer feliz.
Haz cerrado el plan con tanta precisión que al exponérselo a Margot lo has hecho como si le relataras a tu editor el final perfecto de una de tus novelas. Ella ha querido ser solidaria, lo sabes, sin embargo no ha tardado en sentir fastidio de tu actitud y por eso ha salido así de la habitación, jurando que es la última vez que la verás y que no irá al funeral ni reclamará nada de lo que le has asegurado en la última versión del testamento que acabas de leerle. No le haces ningún reproche. Es sólo uno de sus arranques. Lo más seguro es que vuelva la próxima semana, como lo ha hecho sagradamente durante los últimos seis meses desde que contrataste sus servicios.
Dejó la puerta abierta, pero no tienes ánimos para ir a cerrarla, un poco por el desconcierto que te ha causado su ímpetu y sobre todo porque un aroma de lo más agradable que viene de afuera, mezcla de floral y campiña, ha empezado a colarse en la habitación, llenándola de sosiego. Permaneces un rato más contemplando el escenario del desastre.
Poco a poco el departamento alquilado se pobló con esos fetiches que fueron acumulando. Todo comenzó con el delicado estuche que ella misma trajo para depositar los preservativos que te obligaba a usar sin falta, después vinieron las velas aromáticas que prendían justo después del amor en un ritual de purificación que se hizo fácilmente imprescindible. Trajiste, lo recuerdas, una diminuta cava para guardar las botellas de vino que degustaban siguiendo sus indicaciones y ella adornó la chimenea con utensilios y pequeños cachivaches. Cuando te diste cuenta, habías convertido el austero y frio ambiente de los primeros encuentros en todo un hábitat personalizado del que dependías cada vez más para alcanzar el placer. Hablaban incluso de la posibilidad de vivir juntos, de casarse, de ser felices de verdad. Pero la sombra del inevitable y próximo final se erigía como un muro contra el que se estrellaban todas las quimeras y entonces las palabras se tornaban hirientes, directas y tú tomabas a la fuerza a Margot, quien sólo entonces te sabía complacer.
Hace frío, te sientes cansado. La tarde es joven. Aún así, te guardas entre las cobijas y dejas que el sueño te lleve por sus laberintos.
Según los médicos, tienes todavía unas semanas antes de que el cáncer acabe de estallar, una expectativa de vida que podrías ampliar si resolvieras por fin entrar en tratamiento. Pero no: has decidido no hacerlo y pese a todo, al deterioro creciente, a los fuertes dolores que cada vez se hacen menos tolerables, te has mantenido, viejo chiflado, en tu determinación. Consideras una fortuna no haber tenido hijos y aunque te duele la suerte de Sara, te consuela el hecho de que ella no tendrá que pasar por flagelos económicos y su vejez podrá ser así más llevadera.
Quieres levantarte de la cama, pero el aroma se hace más intenso, te petrifica. Los efluvios del sueño, justificas.
Y comienzan a desfilar imágenes juguetonas parecidas a los recuerdos. Una de ellas muestra a Claudia, desnuda sobre una playa extraña. Fresca y bella como en sus mejores años, te tiende los brazos, invitándote a sus misterios, como sólo ella sabía hacerlo. Sonríe y desaparece sin darte tiempo para indagar por la tristeza que había en sus ojos. Desde un rincón de la alcoba, surge ahora Francisco. Al comienzo sólo escuchas sus carcajadas, pero después lo ves cerca de la cama y puedes apreciar su rostro, joven y enérgico todavía. Cuenta chistes y anécdotas de nuevo repertorio y se despide con un nos vemos chico que rebota en las paredes como un eco enloquecido. En seguida entra Marta y te atiende con un vaso de agua. Se sienta al borde de la cama y susurra palabras cariñosas. Luego te besa con ternura, con esa ternura que siempre brotó de su mirada. Cuando ella se levanta y se dirige a la puerta, quieres alcanzarla, pero entonces emergen Miguel y Clara tomados de la mano. Han regresado hace poco, según dicen, de modo que hablan largo rato de su vida de tantos años en Europa. Tras su despedida, el cuarto queda sumido en la oscuridad y en el silencio y sólo puedes percibir el aroma empotrado, obstinado, en alguna parte.
Abres los ojos, la noche termina de instalarse. Miras la hora y comprendes: hace rato tu reloj se ha detenido.

El mundial del 2010 no es que se destaque por ahora como un buen canmpeonato.Pero al ver lo que están haciendo los equipos americanos sólo siento nostalgia de lo que alguna ves fumios capaces de hacer:

El empate épico ante alemania

El histórico 0-5 frente a Argentina

Todo se debe tal vez a que en mi alma hoy sólo hay lugar para la saudade..

El adjetivo más suave para calificar el reciente fallo que condena por plagio a la poetiza y escritora Luz Mary Giraldo es DESPROPORCIONADO. Fui alumno de Luz Mary y luego colega suyo, y fue profesor de la demandante y hasta actué como testigo durante el proceso, por eso puedo afirmar lo que afirmo hoy totalmente convencido: el fallo es más un espectáculo, un chiste de mal gusto que el producto de una reflexión justa.

¿A quién se le ocurre que una estudiante juiciosa, si, pero nada brillante, que además omite en su trabajo de grado (de grado, es decir, no estamos hablando de tesis doctoral, ni mucho menos) referencias a los trabajos previos que Luz Mary realizó sobre el poeta en cuestión, cometiendo por omisión plagio de las ideas de Luz Mary, pueda ser considerada como la autora de la que se pueda uno copiar nada? Basta comparar las dos trayectorias para ver quién es el que sabe y quién es el epígono en este caso. Basta hacer el simple ejercicio de teclear en los buscadores de Internet los dos nombres para ver una de las más crudas caras de la desproporción.

La justicia jurídica no es justicia académica. Infortunadamente la primera es la que pone los fallos y las multas y el castigo, mientras la segunda se somete. Pero las reacciones de la academia no se han hecho esperar: Mario Rey muestra cómo es por lo menos insólito que alguien pueda ser plagiado a partir de una obra incipiente, si se quiere inocua:

Tampoco me explico cómo pudo ser plagiada una persona que no ha producido ni publicado nada significativo, ni antes ni después de su grado en licenciatura −período que comprende ya varios años− por otra cuya gran creatividad y productividad en el ramo es de dominio público. “Nadie puede dar lo que no tiene”, decía mi abuelita… Tampoco puedo entender cómo ni por qué la supuesta plagiada, en vez de solicitar que se resarciera su autoría y prestigio se empecinó que su maestra fuera castigada obligándola a darle varios millones de pesos y su casa.

Mario Mendoza, por su parte, muestra cómo la dinámica de las clases en las aulas universitarias favorece una transmisión del conocimiento que circula desde la oralidad y por lo tanto, es un conocimiento público que a veces, como en este caso, es apropiado indebidamente y luego mostrado como propio, en una jugada que no hace sino sacarle provecho a un criterio jurídico que no sabe leer las especificidades.

Yo dicto una conferencia sobre cualquier tema en el cual vengo trabajando. Alguien toma notas en esa conferencia, escribe un texto, lo registra en la oficina de derechos de autor, lo incluye en su tesis de grado o publica algún artículo. Cuando yo vaya a publicar el resultado de mi investigación, esa persona que estuvo en mi conferencia me demanda por plagio, y, según este fallo, gana. Aunque la idea, la estructura y el ritmo sean míos, yo pierdo el juicio. El otro registró y publicó primero. Punto. No tengo cómo defenderme. No existe la posibilidad de explicarle a la justicia de este país que el conocimiento, en su gran mayoría, se transmite en la academia oralmente, en clase, a partir de notas que el profesor no registra en la oficina de derechos de autor. Luego el contagio de esa idea se expande, se riega, se recicla, pasa de sujeto en sujeto hasta desvanecerse la autoría.

De otro lado, Laura Moreno es quien mejor ha descrito el tamaño de la desproporción:

…algunos párrafos de la tesis de grado de una discípula, acerca de la obra del poeta Giovanni Quessep, habrían sido pronunciados por la profesora en una charla en México, que fue desgrabada y publicada sin remuneración en la revista La Casa Grande, sin las pertinentes comillas. Se le ratifica una condena a 2 años de cárcel y a una multa de 5 salarios mínimos mensuales. Amén, pienso, de la indemnización que exigiere la presuntamente estudiante saqueada en sus inalienables derechos de autor por la profesora. Y la inhabilidad para ejercer derechos y funciones públicas en el mismo lapso privativo de libertad.

¿Qué tal que a estos magistrados les diera por admitir demandas por asuntos de intertextualidad como los que nos recuerda Álvaro Pineda en el apéndice de su obra Teoría de la novela y que es apenas un somero repaso de la rica dinámica de dialogo de textos que define al ejercicio literario? ¡Que mal entendemos hoy el plagio! ¡Qué mal lee la justicia técnica las realidades de hoy!

Reclamo por eso justicia, no la técnica, no, esa ya se pronunció torpemente (y de paso perdió la oportunidad para poner la jurisprudencia a tono con los tiempos contemporáneos), sino la académica. Pongo mis manos al fuego cuando afirmo que lo que ha hecho Luz Mary, y lo ha hecho siempre, con la más honesta actitud intelectual, es facilitar y promover eso que en literatura es su más noble esencia: un diálogo de saberes, y no una mera práctica comercial, donde cada quien reclama los pesos que suelta el inmundo intestino del mercado.


***

Algunos enlaces para mayor información:

http://www.vanguardia.com/pais/pais/63472-condenan-a-profesora-de-la-javierana-por-violacion-de-derechos-de-autor-

http://www.revistamefisto.com/articulos-opinion-06.htm

Muchachos: quizás hoy sea mi último día sobre la tierra. El deterioro ha alcanzado, por fin, órganos vitales. Es cuestión de horas, según ha dicho el médico. Así que espero acompañarlos muy pronto, donde quiera que estén ahora, para hacer el balance de las cosas que han sucedido en estos últimos tiempos. Tal vez, descarados, estén gozando de una cerveza fría, como en los viejos tiempos o, lo más seguro, de una ardorosa temporada de verano en los infiernos. Lo cierto es que la suerte que ustedes han merecido es la misma que me tocará padecer muy pronto. No existió diferencia esencial en nuestras vidas, no tiene por qué existir ahora en el más allá. La cuestión era, más bien, quién habría de llegar primero y qué ventajas tendría esa presteza. Me imagino por eso a Raúl preparando el camino y a Enrique pelando allá, sólo por llevarle la contraria. La suerte que tengo, creo, consiste en haber partido de último, en haber resistido un poco más que ustedes, muchachos, pues me evito así abrir trocha, actividad que, ustedes lo saben, nunca fue compatible ni con mi condición física ni con la espiritual.

De modo que también es la última oportunidad que tengo para notificarles (utilizando esta primitiva herramienta llamada escritura, propia de algunos de los más necios mortales que todavía habitamos la tierra) que hicimos parte de una raza en extinción: los últimos humanistas. Ni siquiera sé por qué lo hago, si ustedes ya debieron darse cuenta de tan flagrante hecho (o no habrían partido tan pronto, dejándome aquí como al último idiota). Creo que es una cuestión de consuelo (de tontos, si quieren), más que de revelaciones.

El asunto, muchachos, es que he descubierto que el fracaso de mi obra ha obedecido menos a mi propia incapacidad personal para producir resultados sublimes, que a la imposibilidad objetiva para hacerlo. Sin una confianza extrema en el poder de la escritura, sin una fe a toda prueba en el arte creador como una vocación sagrada, sin la seguridad en el poder visionario del escritor, sin la certeza de que la imaginación, la forma perfecta y la verdad del texto literario, constituyen una presencia inalienable, sin la apuesta por la superioridad epistemológica de la literatura imaginativa sobre la ciencia o sobre cualquier otra forma de discurso empírico, no hay posibilidad de llegar a resultados sublimes.

Pero hoy, por hoy, muchachos, a lo más que se puede llegar es a la basura que se produce todos los días en la televisión o en la publicidad. Nosotros los poetas y los novelistas nos encontramos a diario con circunstancias nuevas e impredecibles que están desalojando a la literatura (y sus valores) del mundo social en formas sumamente dolorosas y frustrantes. El mundo ha cambiado, pese a que nosotros pensábamos que lo estábamos impulsando con nuestros egos poderosos. Y ha cambiado de manera que ya no podemos reconocerlo, de manera que nunca esperamos y que probablemente ya no comprenderemos. El cambio es más poderoso de lo que habíamos pensado.

Por eso, muchachos, la literatura pertenece ahora a ese basurero de los sueños de la historia. Y nosotros que creíamos que estábamos haciendo una tarea importante, y nos portábamos, por eso, arrogantes y seguros, incapaces de percibir los signos verdaderos. Hoy me siento como aquél personaje de Borges (en su relato El muerto, ¿lo recuerdan?) al que por lástima (pues estaba condenado, y todos, menos él, lo sabían) le dejaron jugar a la soberbia y al poder. El pobre se sintió poderoso de verdad, pues su entorno se comportaba como respondiendo a la lógica de su autoridad. Hasta la mujer del verdadero Patrón fue su mujer, y los subalternos obedecían sin rechistar, y él no dudaba de su poder y de su influencia. Hasta que el Patrón (que él había creído muerto por sus propias manos) apareció y volvió a poner las cosas en orden. Y el desdichado fue ejecutado y enviado al basurero, de donde jamás debió salir.

¿No es eso lo que nos ha pasado, muchachos? ¿No nos creímos acaso siempre los patrones, los dueños de la verdad, mientras los otros, por lástima, leían nuestras páginas y nos hacían comentarios benévolos, y nosotros nos tragábamos entero el cuento?

La verdad, muchachos, es que durante los últimos años hemos vivido, sin darnos cuenta, una época de disturbios radicales: los valores del romanticismo y del modernismo han sido completamente trastocados. Al autor, cuya imaginación creadora se la tenía como fuente de la literatura, se le declara muerto o un simple ensamblador de diversos retazos de lenguaje y de cultura; los escritos ya no son más que collages o textos. A la gran tradición literaria se la ha descompuesto de diversas maneras. La propia historia queda descartada como pura ilusión. Se sostiene que la influencia de los grandes poetas no sólo no es benéfica, sino más bien una fuente de angustia y debilidad. Las grandes obras carecen de sentido: están plagadas de infinidad de sentidos, pues todo sentido es siempre provisional. La literatura, en vez de ser vehículo y modelo de experiencias, se la considera un discurso autoritario: la ideología de un patriarcado etnocentrista. La crítica, otrora la sirvienta de la literatura, ha proclamado su independencia e insiste en que ella es también literatura.

Como sobrevivientes del viejo orden, se nos vio desconcertados, refunfuñones y furiosos, pues para nosotros el cambio no era más que otra traición de los escribanos, a los cuales identificábamos a menudo (¿o no?) como un grupo de críticos radicales que practicaban la hermenéutica de la sospecha, y entre los cuales incluíamos a los estructuralistas y a los posestructuralistas; a todo proclamador del supuesto engaño de las concepciones tradicionales de la literatura, a todo promotor de una poética militante, destinada a atacar la sociedad burguesa, socavar su ideología y denunciar toda autoridad como ilegítima y represiva. Entre los escribanos englobábamos también a las feministas quienes denunciaban nuestra literatura como instrumento del dominio masculino. Pero también a los neomarxistas (otros más de la lista), para quienes la literatura era una institución capitalista, un aparato disfrazado de su hegemonía. Y, finalmente a los freudianos, para quienes la literatura era una forma de represión de la libido y de los instintos revolucionarios. Pero, muchachos: pese a nuestras pataletas y a nuestro discurso reaccionario, estábamos más empotrados en medio de ese mundo de escribanos, los verdaderos dueños del poder, quienes nos miraban con rareza y benévola compasión, pero que, a la hora de la verdad, a la hora de cortarnos el paso, actuaban sin la menor piedad.

La sospecha no sólo florece en las universidades o en las academias, y tú, Raúl, lo sabes muy bien; al fin y al cabo ésa fue la causa de tu desgracia. Hace parte de un cambio cultural mucho más profundo y extenso: no sólo las artes, sino nuestras instituciones tradicionales, la familia, la ley, la religión y el estado, se han descompuesto. Y la gravedad de estos cambios hacen que la muerte de la literatura romántica parezca baladí. Lo que pasa es que observar qué le ha ocurrido a la literatura como parte de la revolución social llamada laxamente posindustrialismo, que ha venido transformando la vida moderna en occidente, proporciona a la vez un marco histórico para entender el cambio literario y una escala que mide con precisión el papel interesante pero limitado que ha desempeñado en lo que está ocurriendo. Es cierto, muchachos, admitámoslo, la muerte de la literatura podría resultar interesante sólo por la manera esquemática y precisa en que representa cambios que suceden en otros escenarios (la familia por ejemplo) en formas más complicadas y menos obvias. Ofrece casi un ejemplo de laboratorio del modelo de cambio institucional (la extraña y compleja inversión de valores, por ejemplo) y del viraje paradigmático de nuestros tiempos.

De ese dramático viraje que nos ha dejado por fuera, conocemos los síntomas: la transformación de la economía manufacturera en una de servicios, el paso de un modo de almacenar y obtener información basado en la imprenta a un modo electrónico, de una economía de la escasez y el ahorro a la “sociedad de la abundancia” consumista, de una política de la representación a una política del activismo social individual y grupal, de una concepción positivista de los hechos a una concepción relativista de la imagen, de una aceptación de la autoridad a la libertad individual de elegir, y de una disciplinada autonegación del hedonismo, a la permisividad, la autoindulgencia y el culto del narcisismo.

Un dato más, muchachos: la pérdida de la confianza artística (del artista, del sentido de sus actos), empieza ya a reflejarse en las obras mismas, como en esa imagen terrible de la novela de Bernard Malamud: The Tenants, en la que la indiferencia del público y el sentimiento cada vez más fuerte de que el escritor no tiene nada que decir, sume al protagonista-escritor de la novela en el silencio. De ahí que los narradores seamos ahora tan proclives a inventar cuentos humanistas sobre cómo los literatos se encuentran con circunstancias nuevas e impredecibles que los están desalojando del mundo social.

La crítica literaria reconoció la muerte de la literatura y en el mundo de todos los días el asunto se nos complicó. La vieja literatura del romanticismo y el modernismo murió en parte por suicidio, en parte por asalto criminal. Se podrían echar culpas particulares, muchachos, pero es mejor entender esto como parte de un cambio cultural, de una alteración social más amplia.

Visto este contexto no resulta extraño que la literatura se derrumbe. No se sabe que será de ella en el futuro, a lo mejor desaparezca con la imposición de una cultura electrónica o a lo mejor quede reducida a un papel ceremonial o, en tanto acontecimiento histórico, quizás termine, como lo he dicho ya, en el basurero de los sueños de la historia.

Sigue habiendo la esperanza de encontrar función a esa manera distinta de escribir y pensar, pero por ahora, los intentos han caído en una simple acción propagandista de las causas de las minorías. Los nuevos enfoques parten del desprecio de la tradición y del acervo literarios: los escribanos muestran el vacío de los textos y del lenguaje literarios, los marxistas muestran cómo las obras literarias han sido utilizadas como instrumentos de poder. De esta manera a la literatura se la vacía de contenido para servir a causas sociales y políticas consideradas más importantes que los propios textos. Hay un valor de choque en estos ataques contra la integridad del texto y contra sus valores positivos, que hacen difícil que la literatura a largo plazo pueda considerase digna de leerse o interpretarse.

Es cierto, chicos, nos tocó vivir, en pleno, la fase apocalíptica del viejo orden literario que se desmorona sobre sí mismo en una época de cambio social, y nosotros apenas si nos dimos cuenta de todo eso. Basta hacer un balance sincero de cuánto estuvieron dispuestos nuestros mejores amigos a leernos. Tendrán que perdonarme este tono solemne que he utilizado, pero era la forma menos complicada de hacerlo. La urgencia del mensaje lo exigía. Y no podía quedarme callado. Tenía que decirlo antes de emprender el viaje definitivo. Sigan riéndose muchachos de mis frasesitas: no saben ustedes cuán grato es escuchar sus risotadas desde la eternidad. Ese es mi consuelo: pensar que allá podemos seguir riéndonos de todo.

Hasta muy pronto, muchachos.

Tenía seis años cuando me enteré: David, de siete, entonces mi primo mayor, había muerto tras un feroz ataque de leucemia, un tipo de cáncer que cuando se ensaña con las criaturas es fulminante. La verdad es que no recuerdo si fui a su entierro, si pasé por todo el ritual de su muerte; los eventos que transcurrieron entonces se fueron enredando en mi mente hasta quedar convertidos en una especie de sueño o fantasía cuyo estatus de realidad nunca me atreví a verificar. Recuerdo vagamente los comentarios de mis padres y de mis tíos, las habladurías de la gente, pero el asunto se fue quedando relegado al espacio misterioso y secreto de los temas familiares dolorosos.

No sé dónde se encuentra la tumba de David, supongo que fue enterrado en el cementerio central y que sus cenizas están guardadas en la galería de alguna iglesia o simplemente fueron ya esparcidas. No hay fotos en casa de sus padres, y sus hermanos, mis otros primos, jamás hablaron del tema conmigo: David se esfumó sin dejar ni siquiera el rastro de su recuerdo.

Qué actitud tan distinta ésa frente a la que tienen los mexicanos con sus muertos. Tuve la suerte en el 2004 de estar en el DF, justo para las fechas tradicionales en que ellos celebran el día de muertos (31 de octubre a 2 de noviembre), expresión de verdadero fervor por lo mágico, lo histórico, lo maravilloso que viene de tiempos ancestrales. Se trata de varios días consagrados  a la memoria de los queridos muertos, a quienes se les consisera huéspedes ilustres a los que hay que agasajar y atender con la mayor generosidad.

Las llamadas ofrendas o altares que se instalan para homenajear a los difuntos incluyen desde platos de comida típica tan comunes como el mole, el chocolate, los tamales, el pan de muerto y las calaveras de azúcar, que se juntan a las imágenes religiosas, a las fotografías del difunto y a las flores de cempasúchil , así como a los cirios y a las lámparas de aceite. Verdaderas obras de arte popular con una diversidad realmente impresionante.

El altar se divide en dos niveles marcados por una mesa y el suelo que según la tradición popular representan el cielo y la tierra respectivamente. En la mesa se colocan por eso las imágenes de los muertos y los símbolos de fe, así como los elementos del agua (pulque, agua) y del fuego (las velas, las lámparas de aceite), mientras que en el suelo se colocan los elementos que simbolizan el aire y la tierra: incienso, sahumerios, frutas y semillas.

Creo que fue el 31 de octubre que estuve en el Museo Dolores Olmedo Patiño y fui testigo de una maravilla: el gigantesco altar dedicado a la memoria de la prestigiosa dama que da nombre al lugar. Un recinto de 6000 m2 ubicado en la llamada Finca La Noria (Xochimilco), que cuenta con 12 salas dedicadas a distintas colecciones de arte  y que se ha hecho célebre por los famosos perros xoloitzcuintles que pasean por sus prados.


View Larger Map

El 31 de octubre al medio día se suelen colocar sobre una mesa aquellos objetos destinados al culto de lo niños difuntos o Angelitos como los llaman los mexicanos. Por la tarde se ofrece una merienda a los niños y al día siguiente por la mañana se les sirve el desayuno, antes de que sus almas regresen al lugar al que pertenecen. Al medio día, la mesa se adorna con flores amarillas con las que se indica la llegada de los difuntos adultos. El 2 de noviembre al medio día las almas de los difuntos adultos se depiden con una comida en donde se puede encontrar una gran variedad de recetas, entre las que se destacan el arroz, el mole, los frijoles, las tortillas, lo tejocotes, junto a aperitivos como la cerveza, el pulque o el tequila.

***

Pero David se ha borrado con su muerte. No es un angelito, ni siquiera es un muertito.

Haciendo eco de las palabras de William Ospina en su famoso ensayo Colombia en el planeta, tal vez lo que ha ocasionado que en nuestro país la venganza recurra al crimen para dirimir los conflictos es esa idea de que los seres humanos se borran con la muerte. Tal vez, como dice Ospina, ha llegado la hora de despertar a los muertos: “pedirles que sigan vivos en el corazón de quienes los amaron, que nos acompañen en una larga fiesta por la vida. Cuando hayamos cumplido esa labor poética y mítica de despertar a los muertos, de convertirlos en aliados de la vida, cuando hayamos demostrado que no es tan fácil matar del todo a un ser humano, la venganza tendrá que inventarse otras formas de dirimir sus conflictos, y no podrá creer que se elimina una contradicción eliminando a los contradictores”.

Hoy siento que David, mi primito, no mereció nunca ni su suerte terrena, pero mucho menos nuestro olvido.

Otras referencias:

Libros

imágenes

imágenes Oaxaca

información tuíisitca

Monografía

Desde la ventana del segundo piso del edificio “A” que da al patio interior, veo la escuadra de esmads que, habiendo ingresado por la entrada lateral de la Once, empieza a tomar posición enfrente a la puerta principal. No veo a los muchachos que se han apostado allí, porque están justo debajo del pasillo desde donde observo la acción, pero escucho sus arengas. Piden que el Rector salga de su oficina y dé la cara. Están cansados de las malas condiciones con las que la universidad funciona últimamente y tienen razones para creer que todo se debe al desmedro administrativo que se origina desde las más altas esferas. Exigen explicaciones de primera mano.

Los policías se forman en tres hileras. los muchachos los abuchean, les gritan que se vayan, que la protesta es pacífica y que se han asegurado de que no haya capuchos entre ellos. Esta vez es distinto.

La tensión se toma el ambiente incluso en el segundo piso a donde llegan algunos estudiantes. Hay una especie de calor inverosímil que empieza a impregnar hasta las ropas. Yo y otros docentes tratamos de dialogar con los alumnos, pero ellos están furiosos ante el inesperado giro de los hechos. Unos momentos antes, el delegado del Rector les había pedido esperar unos minutos para preparar las condiciones de la rueda de  explicaciones que los directivos ofrecerían a los estudiantes. Pero Ahora corre el rumor de que el Rector ha escapado de su oficina por un túnel que lleva a otro edificio y que ha autorizado la entrada de la policía antidisturbios al campus, en un acto francamente cobarde e irresponsable. Ahora ellos  han quedado sin protección y al capricho de los esmads.

Veo a los muchachos desesperados llevando pupitres al primer piso para bloquear la entrada. Se sienten traicionados y vulnerables.  Los esmads empiezan a golpear sus cachiporras contra los escudos. Se oye de pronto un grito que no se sabe bien de dónde sale: ¡¡TERRORISTAS!! La confusión es total y comienzo a ponerme nervioso.

Cuando los smads empiezan a avanzar hacia la entrada principal sin dejar de golpear sus bolillos, me asusto de veras y me retiro de la ventana; pero entonces veo que una chica vestida de negro camina sola hacia el escuadrón de policías. Algo dice ella que no se alcanza a escuchar por el barullo de arengas y gritos. Ella sigue adelante, caminado muy despacio y golpeando con su mano el bolso que lleva colgado de su lado derecho. Los policías no se detienen, ella tampoco. Entonces los estudiantes callan y así puedo escuchar lo que la chica dice: NO-SOY-TERRORISTA NO-SOY-TERRORISTA NO-SOY-TERRORISTA.

 

View Larger Map
 

La chica camina, los esmads no se detienen, la distancia entre ellos se acorta, temo que le hagan algo, pero no puedo hacer nada más que observar. Recuerdo a Alcira, mi personaje. casi la veo como la imaginé en mi novela. Ella sigue con su canto, con sus golpes mudos. Se ve tan pequeña junto a los fornidos policías. David contra Goliat.

Están a unos pasos, se encuentran, ella pasa por entre las filas, los esmads no la tocan, los estudiantes lanzan un grito, como de victoria y entonces sucede la magia.

Las filas del escuadrón se distorsionan, se desbaratan, los muchachos salen de su trinchera y rodean a los policías que ahora se ven diminutos, miserables. Pero no hay gresca, no hay insultos, no hay violencia. Por uno de los flancos de la masa de estudiantes, veo que se forma una fila negra que ahora avanza hacia la entrada lateral de la Once. Son los esmads que se retiran. En medio de la masa que queda, alcanzo a ver a la chica de negro. Como un imán todos la siguen ahora hacia la entrada del edificio de enfrente.

Los pierdo de vista, ya no están, ya no estoy…

Acabo de leer esto en el blog de Babellia

“Un refugio, un lugar donde todo puede ocurrir, donde se puede reaccionar con violencia o sublimidad, donde es bueno sentir melancolía o temor, o incluso fracasar, o equivocarse, o amar a alguien, o desear algo profundamente, y no llamarlo por otro nombre, no sentir vergüenza por ello. Es un lugar para sentir profundamente”.

Es la respuesta de la premio nobel de literatura Tony Morrison a la pregunta ¿Y qué es la literatura?

Pero si no supiéremos la pregunta, la respuesta podría servir para describir el mismísimo ciberespacio, lo que confirma mi idea de que la literatura es una anticipo del arte de la cibercultura

« Entradas Recientes - Entradas antiguas »

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.