Archivos para la Categoría 'mùsica'

Bogotá es como Buenos Aires (Para leer escuchando La ciudad de la furia, de Soda Stereo)

Me verás caer sobre terrazas desiertas, me refugiaré antes que todos despierten.

Con su letra, entre poética y patética (como es toda expresión urbana), esta canción se llena de imágenes y sentimientos que confirman mi naturaleza citadina, esa que me impide quizá reconocer los valores de los mundos pequeños de los que habla Berman cuando se refiere al Fausto; naturaleza citadina que me lleva a veces a tomar riesgos innecesarios como cuando camino por lugares peligrosos, laberínticos, en esta otra ciudad de la furia que es Bogotá. Bogotá, como Buenos Aires, es también un ser susceptible, es también un destino de furia, es también un lugar par dormir al amanecer entre las piernas de esa mujer que necesitamos más como refugio que como compañía; una Bogotá donde también niebla, donde también hay hombres alados que vuelan de noche, donde la oscuridad es el mayor vínculo; una ciudad que sólo recibe seres desesperados, angustiados, felices en su miseria, necesitados de un sexo duro y fugaz que oculte nuestras vulnerabilidades

De la euforia a la melancolía (para leer escuchando Soledad, de Jorge Drexler con María Rita)

Esa soledad que se siente al alejarse de aquello que más quieres. De esa soledad implacable, que a base de convivencia acaba siendo una compañera de viaje refunfuñona, pero a la que te acostumbras. De esa soledad, habla y siente esta canción que me inunda de soledad.

Digamos que de la euforia a la melancolía median pocos escalones: Cuando la euforia deja de nublar al resto de los sentidos se percibe una ligera inquietud. Esta deja paso al realismo, que suele venir acompañado de cierta dosis de tristeza. De ahí a la melancolía sólo queda un peldaño más. En cambio, el camino inverso es mucho más corto. De la melancolía a la euforia sólo hay un paso: el que separa a tus ojos de los míos.

En esa distancia, tan corta y tan infinita a la vez, sólo me acompaña la soledad.

“Ya pasó
ya he dejado que se empañe
la ilusión de que vivir es indoloro.
Que raro que seas tú
quien me acompañe, soledad,
a mi, que nunca supe bien
cómo estar solo”.

(Soledad. Jorge Drexler)

Otros mundos (texto para leer escuchando Angel, de Enya)

Directo al alma

Por algún flanco débil, la música ataca

las fibras más sensibles de mi cuerpo

Burbujeante, mi piel vibra

mientras el sonido de la flauta se apodera del cuarto

y luego las voces del coro se presentan ante mis ojos.

Es cierto: veo las voces,

no los cuerpos de quienes las emiten,

y de su barullo armonioso surge

un par de alas: las del ángel

que de pronto vuela desde la canción

hasta mi cuerpo rendido.

Me envuelven, me levantan

y me sacan de la habitación

para llevarme a parajes no vistos.

Montañas, nevados, rios cristalinos,

gentes extrañas y bellas que pasan frente a mí

como si de un sueño se tratara.

Miro alrededor y descubro que las alas son mías

que el ángel está a mi lado y me guía

que su sonrisa es la de alguien conocido

que sin embargo no recuerdo.

Caigo, caigo suavemente,

sin miedo

y regreso a mi cama y duermo,

duermo feliz.

No quiero volver a despertar.

Al final: el amor (texto para leer escuchando Hay amores, de Shakira)

Las emociones del amor cambian son caprichosas, tal vez tanto como los andares de ese río de la Magdalena del que habla la canción. No hace mucho, el amor era la ansiedad del encuentro sexual con su intensidad, con sus contrariedades y deseos inconfesables; no hace mucho era la expectativa casi dolorosa por el futuro de sus frutos: los hijos; hoy tal vez es la serenidad, la paciencia, la calidad de la relación. No puedo menos que pensar en la imagen que propone Gabo para la novela que inspira esta canción: dos viejos abrazados, pletóricos de amor, de un amor que ha aplazado sus delicias; hoy, cuando ya puedo ser el anciano que inspiró a Gabo, siento que el amor es una especie de constancia (constancia más allá de la muerte), pero no una simple terquedad, no, sino una línea que a pesar de la peripecias y vicisitudes continúa su viaje, se esconde, vuelve a emerger y se endurece. Es como ese árbol del que hablan los gallegos (y que Lluis Vila Soriano nos recuerda):

Al otro lado me dijeron
los viejos se van convirtiendo en árboles
viejos también sin hojas en el lado del sol
aguardando sin saber qué, mudos.
Pero súbitamente un árbol cualquiera
siente subir dentro de él la savia de un sueño
al borde de la muerte ya, pero todavía
tibio como la leche de la madre.
El sueño va subiendo por las venas del árbol
una vida entera que pasa
hasta hacerse pájaro en una rama
un pájaro que recuerda, canta y se marcha
poco antes de que todos los árboles mueran.
Si yo me hago árbol viejo al otro lado del río
y me toca ser el árbol que recuerda y sueña
puedes estar bien segura que soñaré contigo
con tus ojos grises como el alba
y con tu sonrisa
con la cual se vistieron los labios de los rosales
en los días mas felices.

Frágil, muy frágil (texto para leer escuchando Fragile y Shape of my heart, de Sting)

¿Cuál es el poder de esta canción que paraliza mi espíritu cada vez que la oigo? Tal vez no valga la pena arriesgar ninguna explicación, sólo dejar el testimonio de su fuerza envolvente, de su capacidad para suspender mi atención sobre cualquier otra cosa que no sea escuchar la melodía y dejarme invadir por las tremendas sensaciones que comienzan a hormiguear por mis dedos y por mis ojos, como si las notas de su música trajeran un mensaje eterno que retorna, que debe retornar y yo, fragil, no tuviera más remedio que quedarme quieto, aspirar el aire con más fuerza, cerrar los ojos y rendirme, rendirme…

… tal vez todo se deba a la forma de mi corazón…


Todos somos héroes (texto para leer escuchando La fuerza del amor. de doctor krápula)

Funciona muy bien esta canción para momentos de autocompasión, que no son pocos, esos en los que nadie parece entender que nos sentimos mal, pues la apariencia, esa que hemos aprendido a manejar tan bien, dice otra cosa: sonrisas, excusas, nada de dejar notar la miseria. Krápula aprehende un sentido universal de lo heroíco popular que no necesita de la espectacularidad y se concentra más bien en lo sencillo, con lo que nos hacemos capaces de pasar por encima de las mentiras y de las injusticias; una especie de solidaridad que esa voz que afirma que sabe de nuestro dolor y de nuestra razón para vivir, confirma: ¿quién no necesita de esa voz solidaria, paternal a su vez, que nos dice que nada más vale que el amor, que todo lo demás es superfluo y que somos, cada uno a nuestra manera, heroes por el sólo hecho de echar pa´lante, y que si hay algo con qué remediar haber traído hijos al mundo, eso es el amor, un amor que se parece a la compasión, a esa compasión que dejamos de recibir cuando somos adultos, pero que necesitamos cada día como una droga infaltable?


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Responsable: Jaime Alejandro Rodríguez Ruiz

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