Te amaré de Silvio Rodriguez
El álbum de Aterciopelados
Con los años que me quedan de Gloria Estefan
Te amaré de Silvio Rodriguez
El álbum de Aterciopelados
Con los años que me quedan de Gloria Estefan
Me verás caer sobre terrazas desiertas, me refugiaré antes que todos despierten.
Con su letra, entre poética y patética (como es toda expresión urbana), esta canción me llena de imágenes y sentimientos que confirman mi naturaleza citadina, esa que me impide quizá reconocer los valores de los mundos pequeños de los que habla Berman cuando se refiere al Fausto; naturaleza citadina que me lleva a veces a tomar riesgos innecesarios como cuando camino por lugares peligrosos, laberínticos, en esta otra ciudad de la furia que es Bogotá. Bogotá, como Buenos Aires, es también un ser susceptible, es también un destino de furia, es también un lugar par dormir al amanecer entre las piernas de esa mujer que necesitamos más como refugio que como compañía; una Bogotá donde también niebla, donde también hay hombres alados que vuelan de noche, donde la oscuridad es el mayor vínculo; una ciudad que sólo recibe seres desesperados, angustiados, felices en su miseria, necesitados de un sexo duro y fugaz que oculte nuestras vulnerabilidades
Esa soledad que se siente al alejarse de aquello que más quieres. De esa soledad implacable, que a base de convivencia acaba siendo una compañera de viaje refunfuñona, pero a la que te acostumbras. De esa soledad, habla y siente esta canción que me inunda de soledad.
Digamos que de la euforia a la melancolía median pocos escalones: Cuando la euforia deja de nublar al resto de los sentidos se percibe una ligera inquietud. Esta deja paso al realismo, que suele venir acompañado de cierta dosis de tristeza. De ahí a la melancolía sólo queda un peldaño más. En cambio, el camino inverso es mucho más corto. De la melancolía a la euforia sólo hay un paso: el que separa a tus ojos de los míos.
En esa distancia, tan corta y tan infinita a la vez, sólo me acompaña la soledad.
“Ya pasó
ya he dejado que se empañe
la ilusión de que vivir es indoloro.
Que raro que seas tú
quien me acompañe, soledad,
a mi, que nunca supe bien
cómo estar solo”.
(Soledad. Jorge Drexler)
Los objetos yacen cadáveres cuando nos resultan inservibles. Una ráfaga de viento les arrebata su utilidad y nuestro apego. Los abandonamos sin más. No hay velatorio, ni entierro para ellos. Nos da igual que un día nos protegieran de tormentas o miradas, que salvaran nuestro peinado o nuestro vestido. Un mal día, y su intimidad queda al descubierto, y su razón de ser se estrella contra el bordillo de una calle.
Noche de viernes, puercamente desprogramado. Decido ir al auditorio de Comfenalco de la calle cuarta a ver la película de Fellini; lo hago para no caer en la tentación del suicidio que provoca siempre la soledad de mi habitación en días como éste, fríos y lúgubres, y no tanto por la expectativa cinematográfica; es más: no sé cuál película presentan, sólo sé que se trata del ciclo sobre Fellini.
Llego, encuentro caras conocidas, risas hipócritas y lo más duro: parejas que se abrazan y se besan; las evado y penetro furtivo a la sala:”Y la nave va”.
Al comienzo, miro el filme sin placer, catatónico, pero después la trama me sumerge en el mundo que describe Fellini a la vez que siento crecer una aprehensión inexplicable en la medida en que descubro que todo no es más que una farsa. Efectivamente, la escena final, me lo confirma:
Salgo desconcertado y muy molesto, sin saber por qué: la película es buena, está claro su mensaje. Es tal vez la odiosa aparición del propio director al final, no sé.
Sólo diez años después sabré que he presenciado una muestra de posmodernidad, es decir, de la valentía de un artista empeñado en desestabilizar nuestras certezas del mundo, ofreciendo explícitamente los secretos del proceso de construcción de su propio mundo ficticio: un berraco, un genio lejos de mi alcance para aquella experiencia adolescente, pero con unas resonancias arrolladoras: mi propia visión del mundo ya no sería, ya no podría ser, desde aquella noche lúgubre de viernes, la misma que había venido sobrellevando con tanta superficialidad. Todo es mentira.
Directo al alma
Por algún flanco débil, la música ataca
las fibras más sensibles de mi cuerpo
Burbujeante, mi piel vibra
mientras el sonido de la flauta se apodera del cuarto
y luego las voces del coro se presentan ante mis ojos.
Es cierto: veo las voces,
no los cuerpos de quienes las emiten,
y de su barullo armonioso surge
un par de alas: las del ángel
que de pronto vuela desde la canción
hasta mi cuerpo rendido.
Me envuelven, me levantan
y me sacan de la habitación
para llevarme a parajes no vistos.
Montañas, nevados, rios cristalinos,
gentes extrañas y bellas que pasan frente a mí
como si de un sueño se tratara.
Miro alrededor y descubro que las alas son mías
que el ángel está a mi lado y me guía
que su sonrisa es la de alguien conocido
que sin embargo no recuerdo.
Caigo, caigo suavemente,
sin miedo
y regreso a mi cama y duermo,
duermo feliz.
No quiero volver a despertar.
Las emociones del amor cambian son caprichosas, tal vez tanto como los andares de ese río de la Magdalena del que habla la canción. No hace mucho, el amor era la ansiedad del encuentro sexual con su intensidad, con sus contrariedades y deseos inconfesables; no hace mucho era la expectativa casi dolorosa por el futuro de sus frutos: los hijos; hoy tal vez es la serenidad, la paciencia, la calidad de la relación. No puedo menos que pensar en la imagen que propone Gabo para la novela que inspira esta canción: dos viejos abrazados, pletóricos de amor, de un amor que ha aplazado sus delicias; hoy, cuando ya puedo ser el anciano que inspiró a Gabo, siento que el amor es una especie de constancia (constancia más allá de la muerte), pero no una simple terquedad, no, sino una línea que a pesar de la peripecias y vicisitudes continúa su viaje, se esconde, vuelve a emerger y se endurece. Es como ese árbol del que hablan los gallegos (y que Lluis Vila Soriano nos recuerda):
¿Cuál es el poder de esta canción que paraliza mi espíritu cada vez que la oigo? Tal vez no valga la pena arriesgar ninguna explicación, sólo dejar el testimonio de su fuerza envolvente, de su capacidad para suspender mi atención sobre cualquier otra cosa que no sea escuchar la melodía y dejarme invadir por las tremendas sensaciones que comienzan a hormiguear por mis dedos y por mis ojos, como si las notas de su música trajeran un mensaje eterno que retorna, que debe retornar y yo, fragil, no tuviera más remedio que quedarme quieto, aspirar el aire con más fuerza, cerrar los ojos y rendirme, rendirme…
… tal vez todo se deba a la forma de mi corazón…
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