Archivos para la Categoría '5. Mi pobre país'

La verdad sobre el operativo de liberación de los secuestrados

No nos consta
Por: Tola y Maruja

— Ay, Tola… ¡Qué emoción el rescate de Ingris y los muchachos!

— Pero lo mejor, Maruja, es que fue una cosa de pura inteligencia. — ¿Y verdá que el plan venía de hacía tiempo?
—Pues claro… Todo comenzó cuando Juan Manuel Santos llamó al 113 y preguntó por el teléfono del Bloque Oriental de las Far… Entonces se comunicó con el comandante César y le dijo que soltara los secuestrados y pidiera lo que quisiera.
— ¿Y qué pidió ese vergajo?
— Una Notaría… Pero Santos le aclaró que ya las Notarías se habían repartido hasta agotar esistencias.
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— ¿Alias César era el infiltrao?
—Esperate… Pensaron varias opciones pa infiltrar la guerrilla… Hasta Sabas llamó desde Roma a proponer que soltaran a Yidis en la selva y que la hicieran pasar como la Madremonte.
— ¿Y no pensaron en camuflar a Holguín Sarni como un pericoligero o Valencia Cossio como un verrugoso?
—Se propuso de todo en esa lluvia de ideas del Gobierno: ofrecerle a alias César la embajada en Sudáfrica, nombrarlo como Zar antisecuestro… Hasta se pensó infiltrar un vendedor de helados y darle unabanana esplit con burundanga.
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— Pero Tola, ¿cómo logró el Gobierno meter un espía en el Secretariao de las Far, sabiendo que la guerrilla es tan rosquera?
— Las palancas, mija… Ya lo decía Arquímedes: “Dadme una palanca y consigo puesto”.
— ¿De cuál Frente era ese alias Arquímedes?
—Cuando el Gobierno supo que la chusma quería reemplazar al difunto Raúl Reyes en la cópula de las Far, mandó una terna, en la que incluyó el nombre del ministro Arias, Andrés Felipe… Pero fueron muy vivos y cambiaron el apellido Arias por Alias.
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— Ole Tola, ¿no te parecen sospechosamente atembaos esos guerrilleros que se comieron el cuento de los helicóteros?
—Es que el infiltrao César la supo hacer: les dijo a los demás guerrilleros que con la jefatura de Cano las cosas estaban cambiando y que tenía orden de darle a los secuestraos un paseo en helicótero paque vieran la selva desde arriba.
— ¿Y se la creyeron?
— Es que los guerrilleros rasos son muy ingenuos: empezando porque creen en un mundo mejor… ¡Carcule!
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— Un momentico, Tola… César no puede ser el infiltrao porque está detenido y le pusieron un ojo colombino.
— Entonces a lo mejor el espía es alias Gafas, que se hizo “el de las gafas”.
— Yo sospecho de alias Cusumbo, el animalito que trajo de mascota uno de los liberados… ¿Has notado que es el más callado?
— Claro… Y el que calla, otorga… Y además todos volvieron muy uribistas, menos el cusumbo.
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—En fin… Como dijo el presidente Uribe: esto no se hubiera logrado sin la ayuda del Espíritu Santo… Y esa palomita tiene la ventaja de que no la cogen los radares.
— Bendito sia mi Dios… Los colombianos descansamos con el regreso de Ingris y con el pronunciamiento de la Corte Costitucional diciendo que no se repiten las votaciones del 2006.
— Oites Maruja, yo me quedé sin entender: ¿La repetición de esas elecciones quería decir la repetición de todo lo que pasó?
—Todo: Uribe iba a tener que volver a dormir en el apartamento de Jorge Noguera en Santa Marta, el DAS tendría que repetir los falsos atentados al candidato-Presidente…
— ¡Qué salvada se pegó Uribe de volver a echar los mismos discursos y hablar otra vez de meritocracia y tramparencia!
— Trasparencia.
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— Oites Tola: Si vos, Dios no lo quiera, estuvieras secuestrada, ¿cuando te suelten qué te gustaría comer?
— Prójimo.

Declaración de Carlos Gaviria Díaz, Presidente del Polo Democrático Alternativo

“Es el momento de que todos los sectores (sociales y políticos) demócratas del país, salgamos a defender lo poco que queda de nuestra democracia, rodeemos a nuestras Cortes y gritemos con toda la fuerza de nuestra voz que Uribe no puede seguir gobernando al país para preservar su impunidad e imponer una dictadura populista”

Bogotá, junio 27 de 2008

La alocución del señor Presidente Uribe en la noche del 26 de junio, reviste una gravedad suma.

En un Estado de derecho y en el marco de una democracia constitucional, que es lo que establece la Carta del 91, lo que corresponde al jefe del Estado es acatar las decisiones de los distintos organismos del Estado, y en este caso específico los fallos de los jueces o impugnarlos por los medios previstos para ese efecto, pero no desconocerlos cuando no se orientan en el mismo sentido de sus intereses políticos y mucho menos desconceptuarlos o tildar a los Magistrados de la Corte Suprema de prevaricadores y conniventes con el terrorismo. Esa sola circunstancia amerita una investigación al Presidente de la República por la Comisión respectiva de la Cámara de Representantes. Como si el presidente Uribe hubiera al fin encontrado el camino adecuado para perpetuarse en el poder y no quisiera que la ocasión se le escapara, y aprovecharla para satisfacer su libido imperandi, invocando, a la inversa un episodio que más bien debería llevarlo a considerar su renuncia.

En tiempos pasados, los dictadores han apelado a las armas para afianzarse en el poder e imponer su voluntad sin límites en beneficio de los más mezquinos intereses. Uribe, para mantener al país en su condición de súbdito del mayor imperio que ha conocido la historia y al pueblo en su condición miserable, apela al propio pueblo para alcanzar sus objetivos perversos.

Como los de antes pensaban que con las armas todo podía lograrse, los de ahora instrumentalizan al pueblo para construir sobre él dictaduras oprobiosas. Es el momento de que todos los sectores (sociales y políticos) demócratas del país, salgamos a defender lo poco que queda de nuestra democracia, rodeemos a nuestras Cortes y gritemos con toda la fuerza de nuestra voz que Uribe no puede seguir gobernando al país para preservar su impunidad e imponer una dictadura populista.

¿Cuándo de jodió el país?

Retomo la pregunta que hace unos años

Mi verdugo amante

¡Le lavaron el cerebro!

Nunca se casó y ahora todos la tratan como la loquita del paseo. Puede sonar duro, pero es cierto, hoy Patricia, a sus cincuenta y cinco años, no es más que una piltrafa mental, una mujer asustadiza, a veces incluso agresiva y siempre imprevisible. En un buen día puedes conversar con ella y no le notas nada, tal vez un tic suave en sus labios, un leve descordine en alguna frase trivial, la mirada esporádicamente esquiva, el acento fuerte en ciertas palabras, nada de qué preocuparse; pero si te toca el final de una tarde agotadora o el comienzo paranoico de un día, puedes llegar a convertirte en el desafortunado chivo expiatorio de todos sus males, en el culpable de sus desgracias y, lo peor, en el destinatario de sus alucinaciones.

Esa es ahora Patricia, que pena, una mujer que a los veinticinco años era una profesional brillante, llena de futuro y de proyectos, culta, cultísima como ninguna, nada fea y con una personalidad a toda prueba. Proveniente de una familia con recursos, tradición y no exenta de alcurnia, pero sencilla, Patricia era lo que uno podía llamar una mujer interesante, abierta a las ideas progresistas, sensible a la endémica injusticia social de nuestro país pero no por ello afiliable a la izquierda política, pues despreció siempre el falso compromiso burocrático de los partidos y nunca creyó en la vía violenta como salida.

Nadie podía imaginar que eso que comenzó como uno de los numerosos y arbitrarios allanamientos derivados de la reciente aprobación y aplicación del tristemente célebre “Estatuto de Seguridad” (estrategia de terror antisubversivo del gobierno de Turbay Ayala), y que constituyó un pequeño escándalo, si, y hasta se convirtió en el tema de comentarios para los habitantes del edificio de apartamentos de estrato cinco donde vivían Patricia y su familia; nadie podía imaginar que todo ello terminaría en semejante tragedia.

Es más, después de los casi dos meses de reclusión que sufrió Patricia en las fatídicas caballerizas del ejército en Usaquén, todo pareció regresar a la normalidad. Ella regresó a sus clases en la universidad nacional, su familia sorteó con dignidad la morbosa curiosidad de sus vecinos y de sus amigos y hasta el temido estatuto fue declarado inexequible por la Corte Constitucional, de modo que el asunto habría podido archivarse en el mismo lugar a donde van a parar las anécdotas o los gajes del oficio o las cosas de la vida. Pero no, no porque la procesión venía por dentro…

Casi un mes después, Patricia sufrió su primera recaída. Al principio malos sueños, pesadillas que la llevaban a la sala de torturas o a su celda, donde el rostro del verdugo aparecía burlándose cruelmente de su condición. Después, ataques incontrolables de paranoia que podían suceder lo mismo en su oficina que en medio de una clase y que con el tiempo se hicieron intolerables para sus colegas y sobre todo para los muchachos que sólo pedían tener al frente a una persona normal dispuesta a ofrecerles sus conocimientos.

Su situación se complicó tanto que tuvo que ser ingresada a un centro de atención mental, donde permaneció un mes y donde se le diagnosticó una grave psicopatía. Después de eso ya las cosas no fueron lo mismo. Tuvo que renunciar a la universidad y sus relaciones personales se deterioraron hasta el punto que su propia familia se declaró impotente para sobrellevar el problema. Pero lo más sorprendente vino poco después.

Tras un largo tratamiento, se supo que Patricia se había enamorado perdidamente de su verdugo. Nada más irónico; el mismo hombre que noche tras noche la visitaba allá en la celda a las horas más inesperadas para preguntarle con voz suave y gentiles modales si necesitaba algo, pero que en realidad sólo esperaba minar su voluntad impidiéndole dormir adecuadamente, el mismo hombre que no tuvo reparo en coordinar el trabajo más sucio (incluidas torturas físicas) para sacarle la verdad, el mismo hombre que le llevaba las mentiras más atroces acerca de sus parientes y de sus amigos para quebrar su entereza, ese mismo hombre, un sobresaliente carnicero, graduado con honores en el arte de la tortura resultaba ahora ser su amor, la necesidad más grande en su vida.

Nada más irónico.

No había modo de entenderlo, por más explicaciones reforzadas que ofreciera el sicólogo, que una manifestación singular del complejo de Electra, que una rara manera de soportar el terrible recuerdo que sus mecanismos síquicos de defensa habían inventado, que la evidencia de una negación sicótica, nada podía explicar semejante exabrupto. Pero Patricia se empeñaba en defenderlo, en justificar sus acciones como producto de una manipulación de la que él era una víctima, y si no, ¿cómo explicar que la siguiera llamando, que la siguiera viendo, que la tratara con tanto cariño, cuidado y arrepentimiento? Y no había manera de hacerla entrar en razón, no hubo manera de hacerle saber del peligro que había en ver al verdugo, que el hombre seguramente la engañaba para mantenerla a la vista, bajo vigilancia.

Pero no, nada que hacer, los sueños de Patricia se convertían en una cada vez más insoportable mezcla de fantasías eróticas y terribles espejismos de sus torturas, y en la vigilia no había más espacio que para la obsesión de su “gran amor”. Un gran amor que resultó ser otra farsa de su mente, quizá la más elaborada, la más terrible, pues se supo que, en medio de su paranoia creciente, ella había inventado otro mundo, mundo perfecto donde Diego, el verdugo, era el ser más agraciado, inteligente y bondadoso, y su relación con él la más armoniosa que nadie podía demandar. Fantasía que la condujo a la esquizofrenia, para la cual no hubo más remedio que el tratamiento siquiátrico, con sus drogas y sus tratamientos, pero sin una cura real.

Pasaron los años, con épocas de recuperación, con momentos brillantes y productivos, pero con recaídas terribles, y no hubo más remedio que convivir con aquél mal, con la triste historia de horror de Patricia, una más de las víctimas de aquella época oscura que vivió el país y que comenzó el 6 de septiembre de 1978, cuando, recién posesionado, el Presidente Julio César Turbay Ayala, expidió el decreto 1923, conocido como Estatuto de Seguridad.

Este decreto fue la respuesta del gobierno a un llamado hecho un año antes por los altos mandos militares al gobierno de López Michelsen, quienes, inspirados en la experiencia argentina y apoyados por la “inteligencia norteamericana” esperaban que el gobierno tomara nuevas medidas para salvaguardar la soberanía nacional interna y externa, pero sobretodo para evitar la repetición de hechos como los acaecidos un año antes, durante la llamada huelga general del 14 de septiembre y que significó la comprobación de una madurez política popular que resultaba intolerable no sólo para los militares, sino para lo que ellos llamaban en su carta las fuerzas vivas del país.

Amparados en el Estatuto de Seguridad, las Fuerzas Militares detuvieron y torturaron a varios miles de personas. La inmensa mayoría de éstas fueron procesadas por tribunales militares, acusadas de actividades subversivas. Se desencadenó una oleada de allanamientos, se llenaron de presos políticos las cárceles y las torturas y violaciones de derechos humanos se convirtieron en el pan de cada día.

Entre los casos más sonados se recuerdan el del poeta Luis Vidales quien, con ochenta años de edad, fue conducido a las caballerizas de Usaquén, lugar de las torturas y de los ajusticiamientos; el del escritor Gabriel García Márquez, quien tuvo que salir del país, bajo protección mexicana, cuando se descubrió que estaba en una lista de personas a detener; la detención arbitraria y las torturas causadas a Olga López de Roldán que dieron lugar a un fallo de condena a la nación por el Consejo de Estado; las torturas infligidas por personal militar contra dieciocho estudiantes detenidos en Bogotá en 1979 y que le Instituto de Medicina Legal documentó en un dictamen pericial concluyente como “lesiones externas visibles de violencia”; y la muerte de Jorge Marcos Zambrano en febrero de 1980, debido a torturas ocasionadas por personal de Inteligencia Militar en las instalaciones del batallón Pichincha de Palmira, famoso porque después de dos consejos verbales de guerra, los militares involucrados fueron declarados inocentes a pesar de toda la evidencia en su contra.

Qué curioso, se pregunta uno ahora, cuántas Patricias, cuántas Olgas, cuantos estudiantes, cuántos Jorge Marcos ya no están con nosotros o, peor, andan por ahí medio chiflados, muertos en vida, con existencias destrozadas, víctimas de ese vaivén (entre la legitimidad y la violencia como diría el historiador Marcos Palacios) que nuestro país ha convertido en su modo de ser desde que inició su historia.

Qué curioso, a una acción de protesta legítima como la del 14 de septiembre del 77, siguió la aplicación del estatuto, a su declaración de ilegalidad, siguió la conformación de las tenebrosas fuerzas paramiltares que acabaron no sólo exterminando un partido político completo (es decir, convertidos en los sucedáneos de la tarea que ya el ejército y la policía no podían hacer abiertamente), sino que construyeron, con el apoyo de cierta fracción de la clase política del país, todo un proyecto de reconstrucción de “la Patria”, hoy legitimado bajo la llamada política de seguridad democrática del gobierno de Uribe.

Qué curioso, me pregunto hoy si ese “lavado de cerebro” que le infringieron a Patricia allá en las caballerizas de Usaquén y que la hizo amante de su verdugo no es el mismo en esencia que hoy a nivel colectivo explica por qué adoramos al autoproclamado mesías que hoy tenemos por presidente, el mejor títere de Washington (y de su doctrina de dominación) que jamás hayamos tenido.

¡Nos lavaron el cerebro!

Con cuánta gente nos tropezamos diariamente sin percatarnos de nada, hombres y mujeres asustadizos, a veces incluso agresivos, pero siempre imprevisibles con quienes en un buen día se puede conversar sin notar nada, tal vez un tic suave en sus labios, un leve decordine en alguna frase trivial, la mirada esporádicamente esquiva, el acento fuerte en ciertas palabras, nada de qué preocuparse; la misma gente que, sin embargo, tras una tarde agotadora o el difícil comienzo de un día, puede llegar a convertirnos en el desafortunado chivo expiatorio de todos sus males, en los culpables de sus desgracias o, lo peor, en los destinatarios de sus alucinaciones… Con cuánta gente no tropezamos diariamente sin percatarnos de nada…

¡Nos lavaron el cerebro!

Bogotá 1979

Bogotá 2008


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Responsable: Jaime Alejandro Rodríguez Ruiz

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