Llegamos a nuestro sitio de retiro a eso de las siete de la noche, un miércoles. El compromiso era permanecer allí hasta el sábado en la tarde, totalmente desconectados de nuestros vínculos familiares, sociales y laborales, pero sé que no todos cumplimos el pacto al cien por cien. Yo por ejemplo llevé un celular para comunicarme con mi familia y un libro: Ojos azules de Toni Morrison para leer en tiempos de tedio.
Éramos un grupo de seis personas, incluido el director espiritual, otros dos hombres y tres mujeres. Nos reunimos en el comedor, donde conversamos un poco y pusimos sobre la mesa las razones y expectativas de cada uno frente a los ejercicios espirituales ignacianos que realizaríamos durante tres días, pero inmediatamente después de la cena entramos en el silencio total. La idea era, según las palabras de nuestro director de conciencia, alistarse para un tiempo fuerte de la acción de Dios y cooperar con esa acción.
La habitación asignada era pequeña, tipo celda, con su baño individual, una cama exigua, una estrecha cómoda, una mesa de noche, una lámpara, una Biblia y una guía de los ejercicios. En seguida recordé mi experiencia de soledad acaecida trece años antes. Entonces era estudiante de Ingeniería Nuclear en Argentina y tuve que permanecer solo en varios de los sititos a donde tuve que ir para mi entrenamiento. Recuerdo especialmente el final de mi primera semana en Buenos Aires cuando, después de cinco días de deslumbramientos y exploraciones, sobrevino una intempestiva e irracional fuerza que se manifestó al principio con la cara de la nostalgia, pero que después me mostró la de la culpa y la del dolor, un dolor no sólo emocional, sino incluso físico, que ya no me dejó durante aquellos meses y que irrumpía sin aviso ni compasión. Aquél tiempo tuvo, sin embargo, una compensación: el afianzamiento de mi amor por Yaneth y la decisión de convertirme en escritor. Pensé también en los tiempos de soledad de mis viajes al extranjero, en los tiempos de soledad que exigía mi escritura, en los tiempos de soledad del desamor; todos tiempos de vacío, de carencia, de ausencia que sólo podían ser llenados con amor, con el amor que a veces no tenía a la mano. Tal vez ahora (trece años después, el ciclo de tiempo de los mayas) podría sobrevenir algo similar, pero ya me sentía curtido. Y con ese pensamiento de alivio me dormí aquella primera noche de mis retiros espirituales, en medio de una soledad inédita. Al otro día, muy temprano, se iniciaron los ejercicios.
Yo estaba a la expectativa, pues ni siquiera como estudiante de los jesuitas en la época de mi bachillerato, había tenido esta experiencia. Descubrí pronto la estructura. Cada ejercicio demandaba tres momentos: la preparación, definida como un dejar hacer a Dios, un recibir activo; el cómo hacer, que incluía varias posibilidades: escuchar, orar, examinar, meditar, contemplar, leer, respirar, concentrase; y finalmente desarrollar una actualización de los contenidos bíblicos propuestos. El objetivo: ejercicios de fe, salir de algunas certezas y seguridades y dejarse capturar por el misterio, discernir, ordenar nuestra tendencialidad, llenar nuestros vacíos, confirmar lo que se tiene, buscar lo que no se tiene en términos espirituales.
A pesar de mi natural escepticismo, que se mantuvo presente (no sin ambigüedades) durante todo el tiempo del retiro, la verdad es que esta experiencia terminó confrontándome con varias realidades personales que sólo e indudablemente por efecto de la estrategia de concientización desarrollada, adquirieron allí visibilidad, como si de un auténtico sicoanálisis se tratara. Descubrimientos que fui anotando en mi cuaderno bajo el título de “observaciones” y que ahora trascribo y gloso.
Primera observación: todo se conecta
Ante el propósito, que se ha planteado de entrada, de reforzar la fe, no puedo menos que pensar en la novela que acabo de terminar cuyo tema es ni más ni menos la pérdida de la fe. Una novela sobre los tiempos terribles que me ha llevado a admitir mi incapacidad para ofrecer una ilustración narrativa de, siguiendo a Laplantine, los tiempos de la resistencia y menos aún de los de la acción. Perdida de la fe, incapacidad para la esperanza, ¡qué misterio! Mi novela habla de imaginar el mal para generar temor: imágenes apocalípticas como estrategia para anticipar los tiempos terribles, deterioro para desear el orden, orden del hombre versus orden de Dios, según nuestro guía, lo que me lleva a la temática de mi primera novela: caos que exige orden, secuencia interminable. Todo se conecta
Segunda observación: efectos del silencio
Empiezo a sufrir los efectos de la disciplina. Una especie de sensación de libertad, de tranquilidad y sobre todo ganas de permanecer así, como si fuera el estado ideal de la vida. Por eso siento tan extraños a los compañeros de trabajo que han llegado con motivo de alguna reunión, me parece que parlotean y revolotean arrastrados por la lava del volcán de las tareas cotidianas. No puedo menos que recordar mi cuento “un instante de su piel” y esa anticipación de este momento allí lograda: “Quisiera quedarme en esta paz, en esta paz”, quisiera extender la magia de este instante. Otros efectos: respiro mejor y mi cavidad torácica se llena de presencia, de mundo. Así mismo experimento una sobre-sensibilización creciente: la vista de los jardines se me hace magnífica, el gusto en la comida se acrecienta, el olfato percibe con nitidez y a veces con extrañeza los más sutiles aromas, con el tacto recibo señales fuertes, sobre todo de los elementos naturales, como las hojas de las plantas. Me demoro, me demoro en cada sensación
Tercera observación: humildad, humildad, humildad
Qué fácil, qué natural resulta ahora aceptar los contenidos propuestos por el director (¿esa, la estrategia?): nuestra sensación de tranquilidad y paz, según él, responde al hecho de que estamos aceptando que hay un orden más allá del humano cotidiano con sus artificios y conflictos: el orden de Dios. Conclusión: el hombre debe servir a ese orden y no al otro, debe por tanto desprenderse, desapegarse de las obras creadas por el hombre y cooperar con el orden divino que da sentido a todos los significados. Claro: debe ser una decisión mediada por la libertad, máximo don del hombre (también ofrecido por Dios). Libertad y humildad, parece ser el lema, un lema que he leído antes, en mi habitación, en un texto que hay en alguno de los cajones de la mesa de noche:
Concédeme una inteligencia que te reconozca
Una generosidad que te busque
Una sabiduría que te encuentre
Una vida santa que te agrade
Pregunta: ¿Qué me “impide” encontrar a Dios? ¿Acaso mi demasiada racionalidad, mi poca generosidad? ¿A qué estoy apegado?
La diferencia entre el comienzo y el final del ciclo (de los trece años) está en que ante la primera experiencia, me resistí y eso causó dolor; en cambio ahora hay decisión y voluntad y por tanto gratificación
Cuarta Observación: Ojos azules
Leer, escribir, ¿no son otras maneras de dialogar con Dios?, ¿acaso mis maneras? Es cierto, mi trampa en estos ejercicios espirituales ha sido leer, pero hasta la lectura ha tenido para mí un valor diferente, un valor agregado, un valor espiritual y hasta terapéutico, las consecuencias terapéuticas de un libro genial como éste de la premio nobel afroamericana Toni Morrison, Ojos azules que narra la triste historia de Pecola, una pequeña negra que todas la noches reza para poder tener ojos azules. A su corta edad nunca nadie se ha fijado en ella, pero piensa que si tuviera ojos azules, todo sería diferente. Sería tan linda que sus padres dejarían de pelearse, su padre dejaría la bebida y su hermano ya no volvería a escaparse de casa. Todo lo que desea es ser bonita.
Ojos azules es la primera novela escrita por Toni Morrison (premio nobel de literatura 1993). Narra, a través de los ojos de Pecola, la historia de una familia negra que se muda a Ohio para escapar de la pobreza y la discriminación del sur, con todas las connotaciones racistas y condiciones de vida miserables que ello conlleva. Pero lo interesante de este relato es que nos permite conocer cómo percibe esa realidad una niña de once años a la que nunca le han prestado atención ni brindado el cuidado ni el amor que necesita. Para ella todo sería diferente si en vez de ser negra, y por lo tanto fea, pudiese tener ojos azules como las bonitas muñecas que ve en los escaparates, como esas dos niñas que representan los cánones de belleza perfecta: Shirley Temple y Mary Jane.
Es una historia fuerte pero muy bien narrada y llena de esos detalles que conducen a la inmersión total en el mundo propuesto y que, mezclada con la reflexión que hemos hecho este día, en uno de los ejercicios, ha hecho estallar una terrible verdad de mi corazón. En efecto, hemos leído los pasajes correspondientes a las dos imágenes bíblicas de la mujer: de un lado Eva, la pecadora, la inductora, el origen del caos, pero también la mujer de las iniciativas, la mujer fuerte y autónoma; y, de otro, María, la redentora, la restablecedora del orden divino, pero también la mujer sumisa, heterónoma. Y me he dado cuenta de una cosa: dentro, muy dentro de mí, la mujer pecadora, la de las iniciativas, la enviada del demonio, corresponde a (se me ha presentado siempre como) la figura de una mujer rubia y de ojos claros (¡ojos azules!): la imagen de mi propia madre. Ha sido por eso que las mujeres en mi vida con esa figura me atraen tanto, pero también son las que me han hecho más daño, son (¿quiero que sean?) las mujeres malvadas, las que introducen el desorden. Pero más aún, Yaneth, mi esposa es morena y de ojos oscuros, es la “María” de mis mujeres, la que otorga la paz, la seguridad y la armonía a mi vida. Dos caras de la feminidad, dos rostros distintos.
Resulta por eso tan impactante descubrir así lo que he llevado por dentro “programado” para mi vida sentimental todo este tiempo: de un lado, la irresistible atracción por figuras parecidas a mi madre, pero, al tiempo, temor a ser tratado por ellas como ha sido tratado mi padre, con la superioridad prepotente que les dan sus ojos azules. Y de otro, la sensación de inocencia (¿de sumisión?) que me ofrecen los rostros morenos, las mujeres trigueñas.
Quinta observación: fin de los efectos, vuelvo a la resistencia
Del estado de paz y sosiego del comienzo, y que me había hecho hasta ahora tan buen receptor a las lecciones de estos ejercicios, no queda hoy nada. Estoy ofuscado tras la sesión en la que se reflexionó sobre el pecado, una sesión que no deja más cabida que admitir ser pecadores; pero eso no es lo que me molesta, sino la línea que conduce desde esa admisión hasta su solución: la humillación de tener que confesar los presuntos pecados ante un mediador como condición para su purificación. Tan molesto estoy que quise hablar con el director de conciencia sobre mi estado emocional. Creo que he hecho bien al no haber conversado con él finalmente.
La idea esencial es la siguiente: el pecado es la pérdida de la referencia al orden de Dios y se presenta continuamente en la vida, por lo que se hace necesario cultivar una actitud, es decir, una práctica estable que lo neutralice: el discernimiento continuo. El director ha mencionado una imagen terrible: el enemigo y sus mil caras. Según él, el enemigo está presente todo el tiempo y nos tienta, nos ofrece cosas que parecen buenas (placeres aparentes, justificaciones del pecado), pero que en realidad ofenden el orden divino. Ahí la cosa se complica, porque la solución sería adquirir una especie de sensor personal especial (lo que no parece fácil, pues ni San Pablo lo tenía, según se deduce de su famosa frase: “no hago el bien que quiero sino que obro el mal que no quiero”) o acudir a una ayuda externa: el buen espíritu, el cual actúa en dos situaciones: cuando hay pecado y el pecador no es consciente de ello (porque el enemigo lo ha engañado) punza y revuelve para que el pecador se sienta mal y se cuestione y actúe; cuando el hombre está en estado de santidad, es el enemigo o mal espíritu el crea desolación y el buen espíritu actúa para restablecer la paz, la gratificación.
La práctica que lleva a la adquisición del “sensor” es el examen de conciencia que consiste en poner en cuestión cada acto de la vida y buscar, punzar, revolver hasta que no quede ninguna duda de que esos actos no están manchados por el pecado. Pero si hay alguna duda, por pequeña que sea, hay que asumir que el acto es pecaminoso. Una vez llegado a este punto, entra una nueva dimensión: la dimensión social. El pecado no es sólo personal, es siempre social, afecta siempre y en algún grado el entorno del pecador y por eso se hace necesaria la enmienda social a través de la figura del confesor, quien recibe nuestra “declaración” de pecados y la lleva a Dios y trae de él la penitencia y el perdón.
El asunto del pecado, de la reflexión sobre mi desorden y sobre la manera como ha afectado a los demás, ha hecho que el ritmo que llevaba y la experiencia misma hayan cambiado. Se ha hecho menos grata, tal vez por mis resistencias más íntimas a los preceptos y sacramentos católicos, cómo este de la confesión como requisito para no ser excluido (de la comunión, de la cena), como efectivamente ha sucedido, pues después de todo esto, mis compañerors de ejercicio se han confesado ante el director de conciencia, todos menos yo han comulgado. ¿Debo revisar mi vida, debo aceptar los preceptos, debo practicar los sacramentos? Me resisto a ello, he pensado en abandonar
Sexta observación: el padre elegido
Quizá uno de los factores que ha influido más en mi estado de ofuscación ha sido el hecho de que la confesión (de haber decidido confesarme) debía hacerla ante el director de conciencia, el padre Gaitán, quien es ahora mi colega, pero ha sido antes mi profesor y también mi consejero y con quien no pocas veces he discutido y he disgustado. Por eso ha surgido esta nueva conciencia: El padre Gaitán es en realidad un padre encontrado, un padre deseado. No es tan descabellado el asunto: varios signos pueden confirmarlo. El primero es su edad: la edad de Gaitán es prácticamente la de mi padre biológico; el otro es el paralelismo (o mejor diría la discordancia) de sus vidas: el uno (Gaitán) de buena familia y que vivió por eso un país y una historia tan distintos al del otro (mi padre), proveniente de una familia campesina. El uno educado e instruido, el otro con un nivel muy escaso de educación y por eso inseguro y pusilánime. El uno lleno de experiencia, el otro agotado anímicamente por la explotación laboral. Gaitán se ha convertido en un padre encontrado y deseado, y yo, inconscientemente lo he adoptado como tal. Eso explica mi admiración, mis conflictos, mis dependencias, mi estrecho vínculo emocional con Gaitán y también mis bloqueos, mis resistencias. ¿Ha sido una mala idea venir?
Séptima observación: órdenes complejos
Orden humano, orden divino; orden secular, ¿orden complejo? La teoría del caos afirma que no existe el desorden, que todo desorden es la apariencia de un orden complejo, un orden que no se explica por paradigmas tradicionales como el de causa efecto (cuya mejor imagen es el famoso efecto mariposa: “El aleteo de una mariposa que vuela en la China puede producir un mes después un huracán en Texas”) o el de modelo, contramodelo (cuya mejor ilustración es la contraposición orden divino versus orden humano). También afirma que los sistemas dinámicos son explicables, basta una buena serie matemática y un buen aparato de cálculo para hacer que eso que parece misterioso o aleatorio se vuelva sistémico, regular. Finalmente, eso que llamamos desorden o calor o entropía adquiere una nueva manera de apreciarse en la teoría del caos que considera estos fenómenos como estructuras disipativas, es decir órdenes en potencia.
Cuando no teníamos la herramienta de la teoría del caos y de la complejidad debimos acudir a otras para explicar el misterio: el símbolo, la religión, la poesía. Pero parece que la ciencia, la del tipo caótico o complejo, hace una segunda arremetida y coloniza ahora los espacios que la ciencia determinística dejo abandonados y a merced de hermeneutas, sacerdotes y poetas. ¿No es acaso la literatura una forma secular de la trascendencia? ¿No es la trascendencia una forma compleja de la literatura?
Octava observación: no más mediaciones
Qué extraño. He dicho atrás hermeneutas, sacerdotes y poetas, ¿no debo agregar escritores? Es decir, la supuesta mediación que cada una de estas figuras ejerce se justifica porque supuestamente existe el misterio y es necesario acercar a los demás, a los que no tienen manera de vivirlo adecuadamente, a una vivencia pertinente del misterio. Lo que creo es que esas mediaciones pueden ir desapareciendo en función de lo que nos enseñen las nuevas herramientas de acceso al misterio: la teoría del caos, el pensamiento complejo y las nuevas tecnologías. Lo que creo que debemos asumir es un dialogo universal (en un sentido técnico pero también humano) que nos permita el discernimiento colectivo del desorden, o lo que sería mejor: la comprensión de los órdenes complejos, incluidos los de tipo espiritual y religioso. Acudiendo a lo que conozco del hipertexto y su potencial comunicativo, la tarea que debería salir de todo esto es la de contribuir a una pedagogía y a una ingeniería del caos y del pensamiento complejo
Novena Observación: desapegos y limitaciones
Se nos ha pedido constantemente desapegarnos, desapegarnos de todo aquello que ofenda el orden divino. En la práctica, esos desapegos (al dinero, a la familia, al hedonismo, al trabajo, a la vida, por citar algunos) podrían tener efectos “positivos” (en cuanto actitud) sobre peligros tan constantes en nuestro país como son el despido, la guerra, el secuestro, la muerte. Esto suena bien y hasta lo creo viable, pero ¿en realidad seré capaz, al salir de aquí, de ponerlas en práctica? Espero poder lograr un cierto nivel de desapego, pero quizá mi tarea sea la de mostrar literariamente estas tensiones, construir relatos y novelas que muestren esas tensiones en el caldo de cultivo de nuestra sociedad.
De salida
Sábado. Hemos terninado de almorzar y el voto de silencio ha quedado abolido. Hablo con Yaneth y con mis hijos por el celular y escribo las últimas líneas. Siento que la experiencia me ha servido, salgo con un par de claridades y varios propósitos. Tal vez la forma como expreso esos logros no coincida con la forma como se han expresado aquí los objetivos del retiro. Tal vez hay necesidad de construir una especie de diccionario que traduzca lo que San Ignacio y sus seguidores han propuesto desde que crearon esta experiencia al lenguaje de hoy y sobre todo al lenguaje de mi propia visión de mundo.
En ese dentido, quiero expresar una última observación general: ha sido para mí más facil encontrar coincidencias entre mis creencias personales y la idea de Dios y de su acción fuerte, puestas aquí en escena (por ejemplo con la idea de la complejidad). En cambio me sigue costando aceptar la propuesta de considerar la vida de cristo como modelo universal e imperecedero. Y lo que si queda defintivamente por fuera de mi alcance es la aceptación del sentido de los ritos y de los sacramentos derivados por la iglesia católica: me resultan no sólo arbitrarios sino odiosos. Creer en Dios tal vez sea eso que la gente de la nueva era ha propuesto: volver a una espiritualidad más original, más molecular y menos afectada por las grandes narrativas y sus instituciones
Décima Observación (extemporánea): sobre los (perversos) alcances de la inmersión
Segundo semestre de 2006. Siete años después. Por recomendación de mi amigo Alejandro Pisccitelli he leído el libro de Marie Laure Ryan: La narración como realidad virtual y para mi sorpresa, uno de sus interludios está dedicado a los ejercicios espirituales inventados por San Ignacio de Loyola. Para esta estudiosa suiza, dichos ejercicios constituyen el mejor modelo de lo que ella llama la inmersión narrativa:
A san Ignacio de Loyola le corresponde buena parte del mérito de haber desarrollado la técnica para convertir la simulación aristoteliana en una disciplina de la lectura. En los Ejercicios Espirituales, el fundador de los jesuitas realizó una descripción meticulosa de las operaciones mentales que conducen a la inmersión en un mundo textual, que constituye un documento fascinante sobre el sueño utópico de la simulación total y una prefiguración de muchos de los temas que se discuten en el foro de la tecnología de la Realidad Virtual
Los Ejercicios son un programa para el desarrollo y fortalecimiento de la fe que recuerdan curiosamente a un programa para el desarrollo y fortalecimiento de los músculos. (Se cuenta que Ignacio era un entusiasta de la práctica de las artes militares de su tiempo, hasta que la conversión religiosa originada por una herida física le hizo reorientar sus energías hacia la salvación del alma).
El practicante debe recorrer un elaborado protocolo que describe con minucioso detalle una secuencia de ejercicios que deben ser completados en un período de cuatro semanas con la guía de un «director de conciencia». Las instrucciones especifican cuántas repeticiones de cada ejercicio hay que realizar, qué tipo de variaciones hay que introducir en cada repetición, cómo mantener el interés del practicante (manteniendo, el suspense narrativo acerca de la siguiente rutina), y cómo equilibrar el entrenamiento espiritual con la vida diaria y las demandas del cuerpo Los ejercicios espirituales propiamente dichos consisten en meditaciones y contemplaciones de las narraciones bíblicas y están dirigidos a producir una participación vivida del yo en los acontecimientos fundacionales de la fe cristiana.
De acuerdo con la doctrina cristina para Ignacio el alma está «encarcelada en este cuerpo corruptible».
El alma es el principal objetivo de este programa de entrenamiento porque, si acepta la redención, tiene el poder de sobrevivir a su prisión y recibir un cuerpo nuevo e incorruptible. El truco consiste en poner la parte corpórea del yo al servicio del alma. San Ignacio no propone un modo de escapar a la prisión del cuerpo (eso es algo que sólo los muertos pueden conseguir y los Ejercicios están claramente dirigidos a los miembros vivos y activos de la sociedad) pero sí que explotemos las facultades que poseen, estos «muros inteligentes». La originalidad del método que propone San Ignacio reside en la idea de que los sentidos del cuerpo (vista, oído, olfato, gusto y tacto) pueden utilizarse como peldaños para activar los dos sentidos del alma, la voluntad y el intelecto. Cuando pide al ejercitante, por ejemplo, que contemple el infierno, Ignacio dirige su atención de un sentido al otro, en una sucesión que implica una proximidad creciente del cuerpo al objeto de contemplación. La pintura mental de las torturas del infierno no es un fin en sí misma, sino el primer paso de un ejercicio que consta de tres partes y que conduce de lo sensorial a lo espiritual: 1) comprender la gravedad del pecado y sus consecuencias; 2) utilizar el intelecto para razonar contra él; y 3) utilizar la voluntad para decidir evitarlo.
Tal y como ocurre en el caso de la tecnología de la Realidad Virtual, para que tenga lugar la inmersión en estos episodios sagrado es imprescindible una transparencia relativa del medio. Barthesha recalcado lo «plano del estilo» del texto de los Ejercicios: «Purificando de cualquier contacto con las ilusiones y la seducción de la forma, se ha dicho que el texto de Ignacio apenas puede considerarselenguaje. El camino seguro y neutro que garantiza la transmisión de una experiencia mental». El lenguaje, para Ignacio, no es un objeto de contemplación, sino un conjunto de instrucciones para la imaginación que pueden ser parafraseadas libremente.
Esta filosofía no sólo conforma su propia escritura práctica sino que también afecta a su manejo del propio texto bíblico. Durante la cuarta y última semana del programa, mientras se muestra al ejercitante cómo rememorar y revivir todo el relato de la Pasión, Ignacio no duda en sustituir el original por su propia narración; el texto que ofrece como guía para la imaginación es un resumen sintético de los cuatro Evangelios. Todas las historias pueden ser contadas un número infinito de veces, y en lo que concierne a los hechos, la versión de san Ignacio es tan buena como cualquier otra. Mientras recorre el itinerario del programa laboriosamente diseñado de los Ejercicios, el ejercitante de la disciplina ignaciana conoce tres maneras de inmersión en el texto bíblico; la representación imaginada del cuerpo en el espacio representado, la participación en las emociones de los personajes y la reconstrucción momento por momento del relato de la Pasión. Cada uno de estos tipos de experiencias está asociado a uno de los constituyentes básicos de la gramática narrativa: escenario, personaje y argumento.
Ahora, siete años después de la experiencia de mis retiros espirituales, puedo afirmar que la descripción que hace Ryan de los ejercicios es perfecta, al menos en lo que tiene que ver con la inmersión en los contenidos bíblicos, pero también en relación con el uso del cuerpo (y de los sentidos) que se hace para disponer el alma. Tal vez, si hubiera podido conocer este texto antes, habría podido vivir otra experiencia muy distinta a la descrita en esta crónica. Tal vez incluso habría decidido no ir. O tal vez no.
Bogotá 1999
Bogotá 2006-2008