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Odisea con Mishima

Sucedió así:
Acababa de pasar por una crisis emocional muy fuerte cuando, por asuntos de trabajo, tuve que viajar por aire. Ya acomodado en el interior del avión, ajusté mi cinturón de seguridad, saqué el libro que había comprado hacía unos días y me hundí en su lectura. Nada más coincidente con mi estado de ánimo de entonces que esa novela: El pabellón de oro, de Mishima que, en un tono depresivo, narra la historia personal de Mizogguchi, un muchacho torpe y tartamudo —a causa de un traumatismo psicológico—, afligido por un complejo de inferioridad tan parecido al que yo sufría que en mi alma empezó a resonar esa imagen del joven japonés arrodillado en el monaste¬rio de Rokuonji como si hubiese sido extraída de mi propia memoria.

Tal vez por eso, ni siquiera me percaté del momento en que, ya completo el cupo, el avión decoló y mucho menos del tipo de personas que lo habían abordado. Afuera, la noche parecía haberse adelantado, el tiempo estaba terrible, los avisos de advertencia no se apagaban y el avión se vio sacudido varias veces por los embates de un viento tormentoso que amenazaba constantemente la estabilidad de la aeronave. En el salón, sin embargo, no se escuchaba ni un suspiro. Inmerso en la lectura, yo ni siquiera me inmutaba, y los demás pasajeros, adiestrados en el arte de la inamovilidad, no emitieron ni un sonido, ni una señal de pánico por lo que, en cualquier otra circunstancia, se habría asumido como una situación de real emergencia.

Cuando los truenos se hicieron más frecuentes y la lluvia empezó a rasguñar con furia el fuselaje del avión, yo estaba en medio del Monasterio, acompañando a Tsurukawa y a Mizogguchi en alguna sesión de enseñanza. A esa altura me encontraba absolutamente identificado con el terrible dolor del muchacho, quien ya no podía amar y se sentía molesto por la perversa ironía de su amigo Kashiwagi. Había comenzado ya a manifestar esa paranoia enfermiza que lo llevaría a destruir su ídolo, en una desesperada tentativa por zafarse de su paralizadora influencia, que le impedía ser libre de verdad.

Así, en ese estado, imposible atender el llamado del piloto a permanecer alerta (que tampoco los demás pasajeros parecían considerar). Cualquiera que observase la escena habría creído que en el avión no había pasajeros, sino muñecos, quizás maniquíes, dispuestos para algún simulacro.

Cuando el primer motor se incendió, yo estaba en realidad abismado en medio del templo que ahora había empezado a arder por obra de Mizogguchi, de modo que confundí las llamas que lamían la ventanilla con las danzantes lenguas de fuego que empezaban a consumir el santuario, y el calor y el estremecimiento que empezaron a apoderarse de la nave con el que sintió Mizogguchi tratando de huir, y hasta tosí como el muchacho que ahora se lanzaba en una desatinada carrera…

Sólo entonces, alcé la vista, y vi a mi lado, casi sin sorpresa, a Tsurukawa; miré hacia atrás y reconocí a Kashiwagi y más allá a Mariko y a Yokobutu y al Prior: ¡todos estaban allí! En ese mo-mento me asusté de veras, alcancé a pensar que la lectura me había transportado hasta el lugar de los hechos, y entonces intenté pararme, pero el cinturón me haló de nuevo al asiento. Recobré así la conciencia, aunque sólo por un instante, porque enseguida me desmayé y no pude por eso ser testigo del forzoso aterrizaje que, gracias a la pericia del piloto, se llevó a cabo, allí, en medio de una trocha, cerca de la montaña, a pocos kilómetros del aeropuerto; ni del rescate que se efectuó a los pocos minutos, con el cual pudo ponerse a salvo la misión japonesa que visitaba la zona, y que había abordado, por pura coincidencia, el mismo avión que yo.

Desperté en el hospital, acompañado por mis hijos y por mi mujer, quienes me contaron lo sucedido y también que el único enser que pudieron recuperar de mi equipaje fue el libro de Mishima, del que, aún en mi inconsciencia, no quise desprenderme.

Barrancabermeja, 1995
Bogotá 2000

Una Geisha en mi corazón

No lo supe a ciencia cierta, sino hasta que vi la película. Angela había sido para mí, lo que las geishas japonesas para los varones ricos japoneses: un remanso de placer y de armonía. La posibilidad de conversar con ella de asuntos que la mayoría de las mujeres desprecian o no comprenden, como la sensibilidad del escritor, sus proyectos, sus vicisitudes, sus pactos a veces degradantes; la ocasión para jugar al amor, a ese amor sin reclamos ni demandas que la vida me regalaba; el goce de extraer del sexo, de nuestros ejercicios sexuales, sus más recónditos y asombrosos frutos; y también la complicidad en la trasgresión, la burla de las rigideces institucionales y la saña contra los personajes que nos acosaban; todo eso nos henchía de libertad.


Nuestras citas clandestinas nos excitaban, nos llenaban de energía, nos recargaban de amor y de fuerza para seguir jugando después nuestros ridículos y absurdos roles oficiales. No necesitábamos ponernos de acuerdo, no había agendas, ni tampoco horarios, simplemente bastaba una llamada mía y ella me esperaba en su apartamento, al que yo llegaba empapado en ansiedad. Algún detalle inesperado siempre me esperaba: la chimenea ardiendo, una botella de vino adecuadamente aireada, la lectura de algún poema nuevo, su cuerpo totalmente desnudo bajo las cobijas, la noticia que nos hacía reír o la ropa mojada sobre su piel que marcaba sus curvas de esa forma tan infame, y que yo me obstinaba en lamer hasta el dolor.

A medida que fuimos aprendiendo, el preámbulo se hacía más corto y más largo el epílogo. Pero el acto central de nuestros encuentros era el sexo. Mi llegada convertía su alcoba en un recinto de fuego que sólo se apagaba cuando terminábamos de hacer el amor. Sus ropas eran siempre más fáciles que las mías, pero yo logré habilidades muy grandes para el desviste rápido, de modo que la pasión no tuviera tropiezos. Y una vez desnudos, me lanzaba a beber de su sexo fresco, limpio y siempre jugoso. A veces bastaban dos o tres sorbidas de su néctar para que ella estallara en placer, un placer que me excitaba aún más, que me volvía loco de deseo, que me convertía en un acróbata del delirio y la fruición. Pero ella, sabia, me detenía, todavía no, quiero compensarte, tomaba mi pene enardecido, lo besaba con una suavidad que subía como legión de hormigas hasta mi garganta, lo aplacaba por instantes y luego lo atacaba con sus labios, hasta justo el momento anterior a su inminente rendición, y entonces, con una delicadeza que no hacía sino sacar lágrimas de mis ojos, lo introducía con suavidad, con amor, en su estrecha gruta, y allí el encuentro se consumaba, una, dos, tres veces, envueltos ambos en una magia que nos daba poder y felicidad.

Después venía el sosiego, un sosiego que se parecía a la felicidad. Venían las palabras, las de cariño, primero, las de complicidad después. Lo que me había pasado en esos días en que no la había visto, lo que ella me traía de su propia cosecha. Sus poemas, sus pensamientos siempre tan lúcidos, sus comentarios, sus trabajos y los míos; alguna copa, música, velas, el canturreo de la madera a lo lejos, y su cuerpo, su cuerpo volviendo a llenarse de deseo y el mío, el mío, atravesado por los locos anhelos de amarla de nuevo.

Hoy, los recuerdos más vivos, las imágenes más potentes de mi mente, provienen de esa hermosa época en que nos amamos tanto. La del agua que corría sobre nuestros cuerpos en la ducha, destinada dizque a borrar huellas, y que no hacía sino ensuciarnos de más amor, porque inevitablemente nos excitaba y terminábamos por eso allí enjabonándonos con el aceite de la lujuria. La de las acrobacias eróticas que hacían del kama sutra un manual para dummies y de las que quedó una larga secuencia sin ejecutar, lista que el éxito de nuestros encuentros hacía crecer y que incluía el amor en los ascensores, en las grutas, en las oficinas, sobre las mesas, sobre los asientos y butacas; en las poses más incómodas, por delante, sentados, por detrás, en cuclillas, de lado. La de sus senos, pequeños, firmes y temblorosos, respondiendo a mis caricias, mientras mi boca exploraba sus laberintos en busca de ese gesto que confirmaba la llegada explosiva del placer. La de su vientre templado y firme, vientre de mujer que nuca parirá. La de su cuerpo desnudo, de espaldas, cuando se levantaba de la cama y danzaba como una bella prostituta para excitarme malévolamente. La de sus piernas abrazando con fuerza mi cintura cuando hacíamos el amor con apremio contra las paredes

Pero lo que más recuerdo y anhelo es su amor, que era el amor en su mejor expresión: tan lleno de alegría y complicidad, tan falto de reclamos, de proyectos y de compromisos.

El corazón muere en una muerte lenta
Cada esperanza se derrama como las hojas
Hasta que un día no hay nada
Ninguna esperanza
Nada permanece

A principios del siglo diecisiete, el Japón feudal de los shogunes cerró sus puertas al mundo. Sin embargo, no se pudo evitar el crecimiento de pueblos y ciudades y la actividad mercantil.

Los grandes señores despreciaban a los comerciantes, aunque debían recurrir a ellos como prestamistas. Si bien éstos se enriquecían cada vez más, chocaban con una sociedad de reglas muy estrictas: ni siquiera podían usar ropas lujosas para que nadie los confundiera con un señor feudal.


Las únicas libertades que podían tomarse eran las propias de los distritos de cortesanas. Y es lo que hicieron: con las geishas pudieron encauzar la vida social.
En esos barrios florecieron las ochayas, casas de fiestas en las que los comerciantes discutían sus negocios, eran atendidos como señores y se dedicaban a pasarla bien. Los hombres limitaban sus hogares a la vida familiar. Para la esfera laboral y social -y no sólo para el placer- las ochayas eran el verdadero hogar.

¿Qué papel jugaban las geishas? Su nombre deriva de dos ideogramas chinos que significan “arte” y “persona”: algo así como “la persona que domina todas las artes”. La belleza era secundaria: lo que importaba era la agudeza y fluidez de su conversación. Su preparación demoraba años y no se limitaba a la complicada ceremonia del té: cuando pocos sabían leer y escribir, ellas dominaban Historia, Arte y Matemática, además de canto, baile y guitarra japonesa. Eran también expertas en política y relaciones públicas, pues muchos negocios dependían de su diplomacia y capacidad para resolver situaciones difíciles.

Sin embargo no pasaban de ser esclavas de lujo, compradas y vendidas como un mueble valioso, y eran despreciadas públicamente. Ni siquiera podían poner sus nombres en las tumbas. La vida útil de las geishas era corta, pues rápidamente quedaban calvas por el ungüento con que se peinaban, y el plomo que servía como base para su maquillaje blanco las marcaba para siempre. Su destino por lo general era el asilo o el suicidio: nunca llegaban a independizarse de la okiya, y tampoco les hubiera servido demasiado lograrlo, pues la piel manchada las estigmatizaba para siempre.

Debían dedicar varias horas a vestirse. El maquillaje tenía que cubrir rostro y cuello (también se pintaban la nuca, que era considerada la parte más seductora). Después de colocarse la pasta blanca, pasaban un trozo de madera quemada para ennegrecer las cejas y delineaban los ojos con pintura roja para resaltar los ojos oscuros. De rojo también pintaban las mejillas (con polvo de flores) y los labios.
Untaban el cabello con un ungüento grasoso que le daba brillo y lo mantenía tirante y bien peinado durante una semana. Luego se ponían una serie de kimonos a modo de enaguas y sobre ellos el de geisha. Finalmente, un anciano -el hakoya- les envolvía fuertemente la cintura con una faja -que podía llegar a medir cuatro metros de largo- y daba los últimos toques al atuendo.

Todo realzaba la apariencia de marioneta que mostraban también con sus modales y su manera delicada de hablar. Sus rasgos de esfinge eran producto de un largo aprendizaje: se consideraba de mal gusto la expresión de cualquier sentimiento, tanto de tristeza o nostalgia como de alegría excesiva.


Tenía sus llaves, las de su apartamento y las de su corazón. A veces iba hasta su alcoba sin avisarle. Si estaba allí, esa imprudencia nos enloquecía hasta el paroxismo. Éramos capaces de retar lo más peligroso: ponerme en evidencia. Si ella no estaba, yo me llenaba de una ansiedad insoportable que sólo resolvía escribiendo una carta repleta de improperios y frases tiernas, llena de quejas y de lisonjas, embadurnada de impertinencias y de halagos; una carta que dejaba sobre su cama. Al final, esas esquelas, que ella fue coleccionando junto con los condones que usábamos, se convirtieron en el mejor testimonio de nuestro amor. Algunas veces la encontraba con alguien o estaba a punto de salir y aunque el acuerdo tácito era respetar esos momentos, la verdad es que mi corazón sentía con dolor la imposibilidad de tenerla en ese momento, pero no era su dueño. Y no era cuestión tampoco de celos, nunca existió algo parecido entre nosotros, sino más bien un sentimiento cercano a la tristeza, la desolación de no estar juntos, condición que, por lo demás, era la que sufríamos los dos como resultado de esa situación en la que yo no podía arriesgar nada de la vida que había construido o que me habían construido antes: ni el importante cargo que desempeñaba, ni mi familia; nada de eso era negociable y ella lo sabía, lo aceptaba, lo resignaba. Por eso, los momentos en que nos veíamos eran tan intensos, porque sustituían eso que no podíamos tener: la noche entera para nosotros, la exposición pública.

Un cronista japonés recogió la historia de una geisha que conoció en un asilo de ancianos a fines del siglo pasado. Umechiyo venía de una familia de buen pasar, pero arruinada por la muerte del padre. Sus tíos la vendieron a una okiya cuando tenía ocho años. Allí convivió con la administradora (una ex geisha), ocho geishas, dos sirvientas y un hakoya. Ella y otras seis niñas eran las oshakus (doncellas). La administradora llevaba un cuaderno en el que anotaba los gastos por comida y educación de cada discípula.

Además de estudiar todo el día desde las cinco de la mañana, el método para estimular el aprendizaje de las niñas consistía en tener un trato diferencial entre geishas y oshakus: éstas debían bañarse con agua fría y no estaban tan bien alimentadas como las otras, que no debían demostrar hambre ante un cliente.

Una mañana, cuando cumplió dieciocho años, Umechiyo fue de sorpresa en sorpresa: se bañó con agua caliente y le sirvieron una comida abundante y deliciosa. A la hora de vestirse, la administradora le dio un kimono espléndido y el hakoya le puso una faja bordada con hilos de oro.

Era su debut, aunque todavía no era una verdadera geisha. Fue con sus compañeras a un gran salón de fiestas, donde tuvo mucho éxito. Esa noche un comerciante sesentón decidió comprarla por unos cincuenta mil dólares de hoy (además de los gastos anotados en el cuaderno durante los diez años de estudios).

Aunque ella siguió viviendo en la okiya, tuvo una especie de boda: recibió de su dueño un anillo de brillantes, se organizó una fiesta a la que asistieron los personajes y las cortesanas más importantes del lugar y cambió su nombre por el de Umeya cuando se inscribió en el registro de geishas.

Para el hombre, ser dueño de una joven bella y talentosa como ella era una muestra de poder. Él y Umeya eran invitados a todas las fiestas importantes y los conocimientos políticos de la joven atraían el interés de personajes influyentes, lo que se traducía en prestigio para el patrón.

Un par de años después el comerciante volvió a pagar por ella para sacarla definitivamente de la okiya y hacerla su concubina. Pero no era una cuestión de amor: no se podía tener dos geishas a la vez y las complicadas convenciones exigían que el comerciante adquiriera otra para demostrar que era cada vez más poderoso, pero no podía correr el riesgo de desprestigiarse si la okiya vendía a Umeya a alguien de menor condición social.

Instalada en una linda casa, con dos mujeres que hacían de sirvientas y vigilantes, Umeya perdió contacto con el mundo exterior. Como concubina, una vez al año debía someterse a la humillación de presentar sus respetos a la esposa de su patrón (aunque no podía hablar, pues su voz habría ofendido la casa), quien le regalaba un kimono usado y agradecía los servicios prestados. Umeya sabía que más tarde la señora haría limpiar con sal los sitios donde había estado parada la concubina.
Cuando su dueño murió ella no se enteró: sólo lo supo cuando envió a una sirvienta a preguntar por su ausencia. Pero el dinero que la viuda le envió no alcanzaba para la supervivencia de ella y del hijo que había tenido.

Así las cosas, comenzó su decadencia: volvió a la okiya, donde sirvió a distintos patrones, y cuando se sintió vieja comenzó a dar clases, pero finalmente fue a parar al asilo. Su hijo se mandó a mudar en cuanto pudo, pues su origen era vergonzante.

Pero ni en el asilo tuvo tranquilidad. Sus modales, la calvicie y las manchas en la cara la delataban; sus propios compañeros la despreciaban y la obligaban a servirlos. Sólo una vez al año, para una fiesta que se celebraba allí, volvía a vestirse como siempre, cantaba y bailaba como sabía hacerlo: ante ese auditorio de indigentes, Umeya sentía que recuperaba su antiguo brillo.

Éramos dos seres distintos, tan distintos: yo organizado, racional, enredado; ella: intuitiva, soltera, descomplicada. Pero mis agendas, mis razones, mis enredos se quedaban inexorablemente fuera de la habitación; en primer lugar, porque el comienzo de cada encuentro era mudo: las palabras no tenían cabida en medio de esa amalgama de besos, de abrazos y de humedades; y en segundo lugar, porque cuando llegaban las palabras, ella sabía conducirlas hacia lo que me sosegaba y me tranquilizaba. Quizás por eso, cuando regresaba a ese mundo otro, el mundo oficial, el de las razones, las agendas y los enredos, estos y aquellas se volvían insulsos y manejables. Ese era quizás el valor más importante que tenía para mí la relación con Angela, pero también ése era el combustible para mi amor por ella, para mi dependencia de ella.

Ella pinta su cara para esconderla
Sus ojos son agua profunda
No es para la geisha querer
No es para la geisha sentir
La geisha es artista del mundo flotante
Ella baila
Ella canta
Ella entretiene
Cualquier cosa que usted quiera
El resto es sombras
El resto es secreto

Ya hacía bastante tiempo que no nos veíamos, hacía años que el remanso había cobrado su fin, cuando vi la película de Rob Marshall. Ambientada en un mundo lleno de misterio y exotismo que aún hoy sigue hechizándonos a todos, la historia tiene lugar en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, cuando una niña japonesa es separada de su humilde familia para trabajar como sirvienta en una casa de geishas. A pesar de que se cruza en su camino una rival traicionera, que casi consigue quebrar su entereza, la niña se convierte en la legendaria geisha Sayuri. Hermosa y dotada de un gran talento, Sayuri cautiva a los hombres más poderosos, pero sobre ella se cierne la sombra de un amor secreto, un hombre al que ella no puede aspirar.


Entonces, no sólo por los ojos de agua de Sayury, sino por la historia misma de la niña que termina de Geisha y por el ambiente del film, pensé en Angela. Supe que su complicidad, su cultura, su resignación, eran las de una Geisha. Supe también por qué había terminado nuestro affaire: habíamos vivido un anacronismo, una historia que no tenía cabida en nuestros tiempos y por esos estaba condenada a un final. La verdad es que hoy no sé qué es de ella, a lo mejor le sirve a otro señor, o ha hecho su vida y ahora tiene razones que dar, reglas que cumplir y enredos que solucionar. Tal vez se mudó de la ciudad o murió, no sé. Lo único cierto es que Angela, su amor, su recuerdo, es hoy una imagen que venero, y que mantengo en mi corazón

En la actualidad no son esclavas, sino que eligen libremente la profesión. Cuando no trabajan visten a la occidental; los cosméticos modernos y las pelucas les evitan los estragos de antes. A pesar de la prohibición, existen algunas okiyas adonde pueden ir a formarse, pero casi no quedan salones de fiestas, y los que hay son muy caros.

Su trabajo se parece más al de una anfitriona. Por lo general son contratadas por industriales o comerciantes que agasajan a sus socios o invitados con un espectáculo exótico o que mantienen el hábito de separar la vida familiar de los negocios y la política.

Algunas aparecen en la televisión o en el teatro u organizan shows para turistas. Ahora muchas hablan varios idiomas, saben jugar al golf o al tenis, pero todas mantienen la rica formación que las hizo célebres, aunque ya no tengan mucha ocasión de desplegar sus habilidades: trabajar en un club nocturno o en un restaurante de lujo es tanto o más rentable y no obliga a ningún tipo de educación especial. Sin embargo se muestran orgullosas de su profesión y una vez al año, hacia la primavera, realizan en las calles el “desfile de las geishas”: allí, vestidas con sus ricos quimonos, regalan a la gente la fascinación milenaria de su arte

Bogotá, 2000 - 2003
Bogotá, 2006

Galácticos

Siempre nos causaron sorpresa y admiración. Orlando y Catalina son seres especiales, conectados con otras maneras de ver el mundo que para nosotros, los simples mortales, resultan francamente incomprensibles.

Su presencia despierta ese sentimiento ambiguo que oscila entre el prodigio y la incomodidad, pasando no pocas veces por el estupor. Son algo así como nuestra mala conciencia. Cuando aparecen (porque ellos no se presentan, uno no se encuentra con ellos, simplemente aparecen), empezamos a sentirnos mal, como si hubiéramos estado haciendo las cosas de una manera inadecuada

De modo que tampoco es que los busquemos mucho, no porque no los apreciemos, no, sino porque nos inquietan, nos sacan de la comodidad rutinaria de nuestras mediocres vidas.

Sus pensamientos, sus conocimientos y sus acciones resultan siempre, sino extravagantes, por lo menos incomprensibles, como si vivieran en otra esfera, en otro nivel (de conciencia, dirían ellos).

Pero nos hacen falta, porque de alguna manera también nos indican caminos alternativos, otras formas de ver, pensar y actuar en el mundo, que alguno llaman Nueva era, de modo que aquélla vez que dejamos de verlos ya no por semanas o por meses, sino por un año y medio, nos preocupamos. Al principio hubo bromas. Que ya se habían evaporado de tanta espiritualidad que habían alcanzado, que se habían ido para el Tibet con hijos y todo, que habían hecho un contacto del tercer o cuarto tipo, o simplemente que se habían ido al extranjero sin avisar.

Pero no. Orlando y Catalina, ese par de bellas personas, esa pareja armoniosa y segura de sí, andaban emproblemados como cualquier mortal y de qué manera.

El hijo menor era adoptado, todos lo sabíamos. Lo que no sabíamos era el drama que había detrás. Ignacio en realidad era el hijo de Hernán, el hermano menor de Catalina, insurgente de la guerrilla de las Farc, que había hecho pareja con Sandra, una mujer guerrillera, proveniente a su vez de un movimiento indígena insurgente que se había integrado a las Farc desde hacía ya varios años. Como es sabido, las mujeres guerrilleras tienen prohibido el embarazo y cuando sucede, son obligadas a abortar. Pues bien, Sandra quedó embarazada de Hernán. Apenas supieron, se sintieron asustados, pues sólo les quedaban dos opciones: o avisar a sus jefes, lo que implicaba el aborto, o encubrir el hecho, con todo lo que significaba. Optaron por lo último. Sandra empezó a usar fajas para disimular el cada vez más grande vientre, tuvo que seguir actuando como si no llevara su hijo adentro, esto es, caminar, abrir trochas, cargar el pesado armamento, cocinar y atender los campamentos en extenuantes jornadas, simular alegría en las festividades y no dejar ver en su rostro la amargura de su mentira.

Fueron meses muy duros. Hacia el séptimo mes de embarazo, Sandra sufrió un problema de salud grave. Hernán entró en pánico, pues una atención por parte de los médicos de la guerrilla, habría significado el descubrimiento de la patraña. Así que se ingenió una licencia para él y para su compañera y viajó de clandestino a Bogotá, donde su hermana. Ese mes de “permiso” en el que Hernán y Sandra tuvieron que reportarse diariamente, decidió el destino de la criatura. Fue un tiempo de esos en que los galácticos desparecieron para nosotros, tiempo secreto, necesario para fraguar lo que se requería para seguir adelante con los planes de Hernán y Sandra.

Sandra anticipó su parto, mediante una intervención por cesárea, estuvo con su hijo unos días y lo entregó en custodia a Orlando y Catalina, quienes lo criaron. Nosotros recibimos con beneplácito, aunque un poco extrañados, la noticia de la adopción, pues no conocíamos detalles. Lo asumimos como una de esas decisiones que los galácticos tomaban siguiendo caminos totalmente vedados para nosotros. Vimos crecer a Ignacio, aprendimos a quererlo y nos acostumbramos a considerarlo el hermanito de Santiago.

Pero las cosas no eran tan fáciles. La adopción, por supuesto no era legal. El compromiso adquirido por Orlando y Catalina era criar y mantener a Ignacio, mientras Hernán y Sandra arreglaban sus cosas en la guerrilla. Pero un poco porque algo así es casi imposible, un poco porque los padres se acostumbraron con el tiempo a la ausencia de Ignacio y a la cotidianidad de su vida guerrillera, tal vez por el ascenso de Herrnán en las filas insurgentes y su consecuente ganancia de privilegios y de nuevas responsabilidades, un poco por miedo, quizás por vergüenza, la promesa y los acuerdos se fueron relegando hasta quedar sin solución.

Ignacio fue creciendo, la familia de los galácticos se fue consolidando y todo pareció estabilizarse. Hasta esa otra vez en que nuestros queridos galácticos desparecieron de nuevo, esta vez por meses. Aquella vez que su ausencia nos llevó a pensar que se habían evaporado de tanta espiritualidad, que se habían ido al Tibet con hijos y todo, que habían hecho contactos de tercer o cuarto tipo. Tiempo secreto, del que no supimos nada, sino hasta mucho después, cuando alguien se enteró de la deserción de Hernán de las filas de la guerrilla. Deserción que se dio por la pérdida de Sandra, quien murió en combate. Hernán no soportó aquello y de nuevo se vio ante dos opciones: o suicidarse o escapar. Optó por esto último, y de nuevo Orlando y Catalina tuvieron que recibirlo, arreglar cosas para asegurar su destierro en algún plan de exilio y salvar así al hermano.

Tal vez, la única ganancia que quedó de todo aquello es la legalización de la situación de Ignacio, quien sabe hoy la verdad, pero no la añora, pues está completamente integrado al ambiente familiar donde creció.

Siento, como conocedor privilegiado de esta historia, que esas aventuras espirituales, de las que Orlando y Catalina son un paradigma, en un país como el nuestro, tan atravesado por conflictos, es una opción de muy difícil sostenimiento y sin embargo creo también que sin esos horizontes sería impensable un futuro para Colombia.

Salud, Orlando y Catalina; saludo queridos galácticos

Bogotá, 1994-2004
Bogotá, 2006

Mujeres

La mujer es la madre de la fantasía —ha recordado en algún lugar Carlos Fuentes, citando a Jules Michelet—: posee la segunda visión, las alas que le permiten volar al infinito del deseo. Mientras el hombre lucha y caza, la mujer intriga y sueña. ¿Será por eso que me resulta tan difícil comprender una mujer? En todo caso he aprendido que siempre es mejor estar alerta ante sus reacciones imprevisibles, ante la errancia de sus trayectos: si ayer te declaró el amor más devoto, hoy puede que ya no esté tan segura. Muy posiblemente, entre un momento y otro, ha ocurrido algo que la ha obligado a incluir un nuevo dato en su caprichoso esquema de pensamiento (algún detalle frívolo, ahora mejor sopesado, como un gesto sospechoso en nuestra sonrisa o la última palabra que, aunque dicha con la más tierna inocencia, a lo mejor sonó para ella con cierto tono); de modo que ya su opinión no puede ser la misma. Claro que si lo que quiere es obtener alguna prebenda, saca a flote toda su maquinaria seductora, que puede abarcar desde el simple coqueteo hasta la más terrible confabulación, pasando por estrategias menos contundentes, como la niñería o la docilidad servil. Su pensar-vivir es mucho más práctico de lo que parece, sobre todo porque siempre está atenta a los pormenores. En ella no es posible que algo se pase por alto (como sí nos sucede a los hombres, más preocupados por mecanizar actos y abstraer operaciones y conceptos que por observar lo cotidiano y concreto).

Pero cuánta falta nos hace su presencia, su visión, su sensibilidad; sin ellas no podríamos vivir, seríamos seres reducidos, recortados y fríos, quizás porque nosotros mismos hemos acrecentado esa necesidad. Existen muchas explicaciones para comprender esa extraña dependencia que nos hace tan frágiles ante la presencia de lo femenino, pero la que siempre me ha fascinado es la que propone Freud.

Según el viejo Freud, la tradicional alineación, según la cual lo racional, serio y reflexivo corresponde a la naturaleza masculina, mientras lo emotivo, frívolo y espontáneo más a la femenina, es consecuencia de una particular dinámica de esa gran operación cultural que habría de conducir al modo de pensar-vivir de la modernidad, con su exagerada valoración de la razón, en detrimento de la sensibilidad.

Freud relaciona tres de estos procesos culturales con el resultado mencionado: la prohibición de Moisés de hacer imágenes perceptibles de Dios (o sea la obligación de adorar un Dios no visible), el desarrollo del discurso (que necesita del apoyo de operaciones “intelectuales” como la conceptualización, la memoria y las inferencias, frente a la desconfianza por un conocimiento a través de lo sensorial) y, finalmente, el cambio de un orden social matriarcal por uno patriarcal, es decir, la imposición de la paternidad como un valor más importante que la maternidad, en la medida en que ésta queda probada por la “simple” evidencia de los sentidos, mientras que aquélla necesita de una inferencia y una premisa. Los tres procesos estarían confirmando la promoción de lo inteligible sobre lo sensible, del significado sobre la forma, de lo invisible sobre lo visible, de lo abstracto sobre lo concreto.

Es desde ahí, desde esa elevación del principio de paternidad, desde donde podemos comprender numerosas consecuencias sobre lo cotidiano: la angustiosa urgencia de los padres, por ejemplo, de asentar la relación con sus hijos, de controlar la vida sexual de sus mujeres. Pero más complejas aún son las consecuencias a otros niveles: el poderoso impulso de los hombres de afirmar y asegurar mediante invenciones culturales (el nombre, la herencia, etc.) su pérdida insatisfactoria del contacto mamario con los niños, les habría llevado, en general, a dar un alto valor a las invenciones culturales de naturaleza simbólica. Puede incluso inferirse una inclinación a valorar lo que generalmente se llaman las relaciones metafóricas (semejanzas entre ítems, abstracciones, ideas), más allá de las relaciones metonímicas maternales, basadas en la contigüidad. Y esa exageración nos habría escindido y —de alguna manera, en lo cotidiano— nos habría reducido, generando un nuevo tipo de yugo, una singular dependencia de lo femenino. Así que este proceso de desnaturalización no es gratuito: ¡y a qué costo lo pagamos los hombres!

Por eso he decidido escribir mi crónica personal desde la perspectiva de una presencia de las mujeres en mi vida: porque necesito restablecer el contacto, especialmente con aquellas que más han influido en eso que podría llamar mi educación sentimental… Al fin y al cabo, los hombres, como los Dioses, nacen y mueren sobre el pecho de una mujer…

Bogotá 1889
Bogotá, 1989 - 2005

Matilde Arrepentida

Ciertos actos de nuestra vida suelen encarnar sólo en lo imprevisible, en lo inesperado. Muchas veces nos preparamos para afrontar sus consecuencias, pero éstas no acaecen o simplemente dejamos de percibirlas y seguimos esperando que ocurran, hasta que ya no hay nada que podamos hacer para evitarlas o para atenuar su avance; a veces, incluso, es posible que jamás sepamos que ya se han incorporado al flujo de nuestra vida. Esto lo intuí una tarde en que mamá contó una historia que jamás le había escuchado. Por su tono —confidencial— y por la manera —incontenible— como fluyó de su alma, comprendí que, después de mucho, se liberaba de una carga terrible. En realidad sentí compasión por ella: cuánto tiempo soportó esa culpa sin saber que ya, con su propio fracaso (y con el estigma que dejó sobre nosotros) había pagado con creces la deuda.

***

Elvira conoció a Matilde en la iglesia de su pueblo, en una de las misas de seis de la mañana, a las que acostumbraba a ir todos los días. Le llamó la atención aquel rostro que nunca había visto, tan blanco y terso que parecía angelical. La vio arrodillada frente al altar, rezando muy concentrada, pero no la encontró en la fila de la comunión.

Varias veces la volvió a ver aquel día: en la fuente, en las tiendas, en el mercado; y, cada vez que la encontraba, Elvira sentía que todo adquiría un nuevo color, una nueva energía. Supo entonces que era de la capital. Cuando la vio en el río, con su ropa alegre, riendo a carcajadas, exhibiendo su cuerpo perfecto, sintió una descarga que le erizó la piel.

En la noche —lo supo— la cantina se incendió de lujuria con la presencia de Matilde: fue el escándalo y Elvira, como todas las mujeres del pueblo, sintió vergüenza de haberse sentido atraída; pero, en secreto, esa noche soñó ser Matilde. Fingió pudor a su marido, olvidó el alimento para su pequeño hijo y anduvo todo el otro día caminando como entre brumas.

Elvira se enteró de que Matilde sólo iba a estar tres días. La otra muchacha que había visto con ella y el conductor de la camioneta que las acompañaba hacían parte del equipo de ventas de alguna compañía que, de gira, había parado en el lugar, como si algún designio rencoroso los hubiese traído hasta allí.

La tarde sólo le alcanzó a Elvira para imaginar la estra­te­gia del encuentro. El sueño, que la noche anterior no la dejó dormir, ahora le cortaba el sosiego. Estaba segura de una cosa: quería ser como Matilde, o mejor aún: ser Matilde.

En la noche, el esposo se quejó de nuevo de su desamor. Elvira había perdido el ritmo de sus cosas, estaba como obnubilada, sin poder prestar atención.

Al otro día, temprano, Elvira se acercó a Matilde y rezó junto a ella:
—Me llamo Elvira y te he visto en la fuente, luego en el río, también en la cantina, sé que vienes de la capital y que mañana partirás a otro lugar. He soñado que sería como tú y desde entonces ya no puedo vivir. Quiero que me lleves. Puedo dejar hijo y marido, deseo ser como tú: ir a la ciudad.
—Elvira, estás loca, mujer. Cómo vas a dejar a tu familia. Estás loca. No soy tan libre como tú quieres creer; pero si tu decisión es firme, madruga mañana: te espero a las cuatro en la plaza, puntual.

La tercera noche, Elvira amó a su marido con furor. Esta vez él protestó por su ímpetu vulgar y la golpeó. Ella amenazó con irse. Sentía en su interior que estaba haciendo lo correcto y con ese ánimo partió en la camioneta rumbo a lo que imaginó sería su libertad.

Durante días recorrieron caminos, visitaron pueblos, cono­cie­ron gente, se dedicaron a vivir. Justo al mes, una fuerza misteriosa, una irrupción desco­no­cida, atacó su ser. Llegó contundente, imprevisto, sin alternativa, ese poder. Matilde la vio llorar. Una semana completa luchó Elvira contra aquel enigma que al fin la derrotó.

—Debo volver, Matilde. No aguanto más. Siento que debo estar al lado de mi hijo y de mi marido, no sé explicarme este dolor.
—Ese es el precio, Elvira, un precio que no todos pueden pagar. Lo vi en tus ojos el día que me hablaste en el sagrario, pero también supe que nada podía hacer. Has sido fuerte, mujer, lo has sido, pero ha llegado el momento de la paz.
—Si Matilde, tienes razón, soy débil, sé lo que me quieres decir, ésa es la verdad. Pero ahora cada día que pasa me duele y ansío con toda mi alma volver. No hallo el momento de amar de nuevo a mi marido, de alimentar a mi hijo otra vez, de volver a ser como era antes de conocerte.
—No te reprocho nada, Elvira. Ese es tu deber. Ve a ellos, ésa es tu libertad.

***

No había rastro de hombres jóvenes. Elvira entró a un pueblo, su pueblo, convertido en ruinas. Algún ataque del ejército o de la chusma, quien sabe, había arrasado el lugar. La casa estaba destruida, el hijo y el marido moraban ahora en el cemente­rio. Sobre su cabeza una llovizna de escupitajos le recor­dó su error. Lloró en la noche más allá de toda razón. Ambuló durante el día más allá de todo límite.

En el camino a pie hacia la capital, el hombre de un camión se detuvo y ofreció llevarla. Elvira ni siquiera se resistió cuando el camionero la forzó como pago a su favor: no tenía nada ya por qué luchar. Tampoco reaccionó cuando, en la ciudad, después de dos días de errancia, la ficharon y luego la encerraron en la comisaría.

Cuando Matilde, una semana después, pasó por Elvira, supo lo que había ocurrido y comprendió que la muchacha lo había perdido todo, incluso la razón…

Poco días después, Elvira murió en casa de Matilde y ella juró guardarse esta experiencia, sin saber que la amargura con que vivió por esa culpa secreta se filiaría genéticamente hasta marcar muchos de los comportamientos en nosotros, sus hijos; hijos también de la violencia.

Llanos Orientales - Bogotá 1951
Bogotá, 1989 - 2005

Lucero inalcanzable

No podría describir ahora su rostro ni mucho menos su cuerpo, porque hoy la sigo recordando como la chica que se le pasaba allá en la ventana del segundo piso de la casa de enfrente. Además, con el tiempo, la distancia real que separaba mi vista de su imagen se ha hecho enorme, de modo que ni siquiera puedo recordar si era rubia o morena. Sólo me ha quedado esa vaga sensación de que siempre estuvo allí, quizás porque esa es la única impresión que aun pervive en la estrecha parcela que mi memoria ha dispuesto para los recuerdos, cada vez más borrosos, de esa época en que por última vez fui feliz e inocente.

Sabía su nombre, porque entonces mamá lo repetía con frecuencia, casi con desesperación. Por mucho tiempo, su tragedia fue el tema de plática de las señoras que la visitaban. Nunca comprendí muy bien su historia. Sólo recuerdo que mamá me decía que había muerto, que había fallecido (una palabra que me sonaba misteriosa y compleja), que se había ido para el cielo y todas esas cosas que se dicen a un niño de seis años para no afectar su sensibilidad. Pero yo seguía viendo allí, en la ventana del segundo piso de la casa de enfrente, ese rostro bello y esas dos prominencias de su pecho que para mí, niño que no conocía el pecado, constituían el secreto. Seguía viéndola incluso muchos meses después de que no se habló más de ella en la casa; mucho después de su entierro, de las misas conmemorativas, mucho después del último recuerdo que circuló en el barrio. Lo extraño es que fue precisamente después de su desapa­ri­ción que ella se fijó en mí: me hacía señas, me llamaba con sus dedos blancos, me lanzaba besos con sus manos, me invitaba a su compañía. Mi madre estuvo a punto de hacerle caso a una vecina suya en la idea de visitar un especialista (así llamaban al loquero), para que me observara, porque todos estaban convencidos de que por alguna diabólica razón la muerte de Lucerito me había trastor­nado. Pero era verdad, ella seguía en la ventana; claro que ya mucho más tranquila que en los días en que todo había sido comadreo y chisme en el barrio por lo de su boda con el viejo del supermercado; por entonces yo la notaba muy angustiada: se recostaba contra el vidrio y se ponía muy fea, con esa nariz como de marrano que se le deformaba cuando pegaba demasiado su cara y la boca llena de babas y las mejillas mojadas por sus lágrimas y esas manos crispadas que no parecían suyas, manos de loca, blancas, demasiado blancas, como vacías de sangre. Gritaba con un alarido mudo que me asustaba y torcía la boca como un demonio de esos que entonces aparecían en las revistas de superhéroes. Fueron varios días así. Después no volvió a salir por un tiempo, hasta una mañana en que —ya sin esperarla— volví a verla en la ventana. Entonces no me quedó duda de que todo había sido puro cuento, una mentira que habían inventado en la casa, en la cuadra, en el barrio, quién sabe por qué razón. Apenas alcé la persiana la vi, como si ella hubiera estado espe­rando ese momento: empezó a moverse graciosamente para llamar mi atención, girando sus brazos, sonriendo y gesti­culando algo que yo entendí como su mensaje de supervivencia, y sentí un estremecimiento en el pecho y en las manos. No me asusté, recuerdo que no me asusté; ni siquiera me sorprendí, simplemente le seguí el juego y más tarde le relaté a mamá el prodigio, pero fue cuando ella me explicó eso de fallecer (que no era padecer ni humedecer, sino fallecer). Al principio no supe qué pensar. Recuerdo que le conté a mi hermano Ricardo que ella se asomaba todavía en la ventana y él me contestó algo que me gustó mucho: «debe ser que la pobre se quedó atrapada en el cristal». Pero, en realidad tampoco me creyó; lo dijo como para salir del paso ante mí insistencia y ya no volvió a hacerme caso.

Tiempo después, ella fue desapareciendo también para mí. Sin embargo, a veces, cuando estoy angustia­do y triste, vuelvo hasta la vieja casa, miro la ventana del segundo piso de enfrente y aunque —por supuesto— ya no logro verla, su simple recuerdo me sosiega. Si me preguntaran por qué dejé de verla, no sabría qué contestar. De lo único que estoy seguro es que su ausencia definitiva en mi vida tiene algo que ver con el gran abatimiento que sentí cuando por primera vez le pegué a un perro manso, en alguna de mis aventuras infantiles.

Jaime Alejandro Rodríguez
Bogotá 1970
Bogotá, octubre de 1989 - 2005

Angelita Desagradecida

Linda Angelita, provocaste ese furor inexplicable que me llevó al umbral de la locura. Quién lo iba a creer: yo, el chico de los cincos en matemáticas, el sensato y aplicado, apenas un niño grande, con una cara que escondía mi verdadera edad, metido en semejante lío. Pero no podrás negar que fui yo el único, linda limeña, flor de la canela, el único que se presentó a tu puerta justo cuando tu más lo necesitabas, en el momento más oscuro de tu vida, y nada menos que para hacerse cargo de lo que encerraban esas caderas in crescendo que te convertían día a día —secreto sólo para mis ojos— en una mujer verdadera. Claro que estaba dispuesto a todo: había planeado hasta el más mínimo detalle no sólo de nuestra fuga, que era lo más fácil en medio de mis alucinaciones, sino, sobre todo, de nuestra vida de ahí en adelante; quizás pobre, pero llena de amor y felicidad, eso no lo puedes negar, como tampoco que decidiste hacerme caso después de que te encontré en el parque llorando, desesperada, porque ya no podías ocultar más al bebito que esperabas y yo supe darte el consuelo que necesitabas y que nadie podía brindarte, ni siquiera el estúpido de tu novio, porque el muy tonto había huido al saber la noticia, y entonces armaste tu valija con algunos trapos, echaste el viejo chal de tu abuela enferma sobre tus hombros y sacaste todos los ahorros de tu madre, pobre Enriqueta. Lo del odio vino después, claro, mi linda limeña, pero cuando partimos en aquella madrugada estabas dichosa y soñabas con que todo saldría bien y hasta me diste un beso en la mejilla que imaginé como preámbulo de lo que vendría después. Pero que tonto fui, un auténtico idiota, porque ni siquiera dejaste que te tocara durante aquellos tres meses de heroísmo absurdo, con el pretexto de que era malo para el bebé, cuando yo había leído en las revistas Luz, que mi madre ocultaba en el maletero del armario, que era precisamente todo lo contra­rio, pues nada había mejor para la salud de la madre y de su hijo que las frecuentes caricias de la pareja, así, incómodo y todo como debía ser, pero no, no y no, te negaste siempre, linda limeña de signo capricornio, mi flor de la canela, cómo es posible que tú no me hayas dado gusto, si nadie nos vigilaba, si el mundo era sólo de los dos y tú no, no y no, tú no eres el padre, no tienes derecho, y yo, como si lo fuera, y ella, ni mucho menos y además siento asco de ti, ni más faltaba, qué tal, y yo ruegue y ruegue, hasta que se acabaron los ahorros de tu madre y te cansaste de mis súplicas, flor de la canela, mi linda limeña; y, claro, cruzamos de regreso el puente y la alameda y nació el hermoso Daniel para orgullo de Enriqueta y de todos los antiguos fiscales de tu libertad y para desdicha y deshonra mías, el hazme-reír del barrio, obligado a huir como una caricatura de los donjuanes fracasados, con la carga de un fiasco inconcebible…

Bogotá 1974
Bogotá, octubre de 1989 - 2005

Una utiopia llamada Luisa

Cómo olvidarlo. Semana santa del 73: un viernes soleado, diez de la mañana. Luisa había salido a esperarme a la plazoleta del pueblo, según lo convenido, mientras yo viajaba en bus —ya con retraso— desde la ciudad hacia el lugar de la cita, después de haberme peleado con todo el mundo en casa; armado apenas con un morral de milico que había conseguido en el mercado de los hippies, vestido apenas con un blue jean desteñido y estrecho, una camiseta china muy delgada, sandalias suela-de-llanta, sin medias (claro) y luciendo un cabello libre y suelto que —por fin aquel día— había franqueado la terrible barrera que le imponían mis orejas-de-dumbo; y envuelto por la misma aura vital que dos horas antes, al momento de comunicar a la fami­lia, reunida en pleno, la tremenda decisión de abandonar la casa, se había apoderado de mi cuerpo en forma irremediable.

No cabía de la dicha en el bus-destino-U: los ojos que me miraban (o extrañados o rabiosos o asustados o cómpli­ces) alimentaban mi confianza. Para mi suerte, la música que difundía la radio a esa hora no podía ser más apropia­da: el rocanrol sabrosito que me transporta­ba tan fácilmente al paraíso, a esa especie de edén entrevisto en las películas de Elvis o de James Dean donde sólo hay muchachi­tas flacas y medio putonas encargadas de la dicha eterna.

Así habría de ser mi vida de ahora en adelante, así debía ser. Lo único que me preocupaba era de qué manera habría de integrarme al grupo si no tenía ni la más remota idea de hacer música. Claro que para bailarla y gozarla no había quien me ganara, pero hacerla era otra cosa. En todo caso, me habría sentido más tranquilo si, según lo convenido, Luisa hubiera hablado ya con Lucas sobre la posibilidad de colaborar con los textos, en la composición de las letras, quizás con algún poema mío de esos tan bonitos, tan románticos.

Y no es que Luisa me hubiese plantado, según se supo después, sino que se cansó de esperarme y se volvió para la casa, justo un minuto antes de que el bus destino-U llegase a su destino.

De cualquier manera, no pasó mucho tiempo antes de que me entrara el culillo y entonces ya no supe si quedarme allí (Like a fool on the hill) esperando a alguien que tal vez ya no vendría o regresar (Lucy vuelve a casa), pedir perdón y asunto concluido.

Lerdo como estaba, tardé bastante en tomar alguna deci­sión y, como en toda historia de amor, cuando Luisa volvió al lugar de la cita ya no me encontró, aunque no porque me hubiera devuelto o no hubiese llegado, como pensó ella decepcionada al comienzo, sino porque a esa hora estaba en la alcaldía explicándole a un par de poli­cías corrompidos mi extraña presencia en la plazoleta.

Bueno, el asunto es que por fin nos reunimos en la noche, allá mismo en el caserón, donde Lucas, Gustavo, Blanca, Clara y Leo y una muchachita de pelo largo, liso y negro de rostro divino —cuyo nombre sólo conocería después— esperaban impacientes el hervor de la aguapanela que habría de librarlos del frío glacial que ya amenazaba congelarlos. Mientras tanto, bebieron ron y gozaron con mis estornudos de primíparo (unos alaridos terribles que lanzaba cada vez que intentaba tomarme un trago con esa natura­lidad con que los otros parecían hacerlo).

***

Llegó un momento, entre la media noche de aquel viernes y el amanecer del sábado, en que me quedé inexplica­blemente sólo y comencé a errar por la casa como un zombi.

Aunque no era mi primera visita, sentí de pronto la necesidad de reconocer el lugar; al fin y al cabo ése habría de ser mi habitat de ahí en adelante.

Me habría gustado encontrarme con Leo o con Lucas (Gustavo siempre me causó desconfianza), ahora que me sentía tan bien, para conversar de música. Porque a mí, que quede claro, no me gustaban esas baladitas de Enrique Guzmán o César Costa y detestaba la sensiblería lloricona de Ádamo. Yo, que quede claro, en cuestión de música, lo que amaba de veras era el rock duro, el de Sar­gent Peper o el de los Rolling, el rock duro, el que ellos, la banda de Lucas, se atrevían a tocar. Hasta conocía varias canciones bien berracas, ya se sabe, letra fuerte y ritmo violento. Incluso había pasado el último fin de semana traduciendo las letras de Woodstock: Jimy Hendrix, Santana, Cream, Trafik y, por supuesto, los rocanroleros de siempre: el viejoelvis, Chuck Berry, Bill Halley, música de verdad. Nada de Rafael o del club del clan, nada de eso.

Pero al parecer no había nadie. Arriba encontré los cuar­tos vacíos. Siempre me habían llamado la atención esas habita­ciones desordenadas, llenas de cachivaches y artesa­nías, colchón en el piso en lugar de cama, móviles figuras pendien­do del techo, cobijas regadas. Nada que ver con el cuartito ordenado que todas las mañanas me arreglaba mamá. Pero lo que me fascinaba realmente eran los afiches. Era como si los personajes que re-presentaban estuvieran allí de verdad: el Che, Mao, Marilyn, Nicol, Cristo, Lumumba; como si en serio estuviese allí toda esa gente chévere.

Bajé las escaleras y salí al patio. De nuevo me entró el culillo. ¿En realidad no había nadie? ¿Estarían metiendo droga dura? ¿Qué sería mejor, abandonar todo esto? No. Estaba decidido: cualquier cosa que hiciese ahora tenía que involu­crar a Luisa. No. Fin de las dudas.

Un par de manos se posó sobre mis ojos y sin saber cómo ingresé de nuevo a la casa llevado por ese ángel de pelo negro que ahora ya tenía nombre: se llamaba Inés.

Sobre las baldosas heladas del garaje, al lado de Luisa y de Blanca, sentí que un chorro de lava perforaba mi garganta: acababa de tragarme un vaso de ron de un solo sorbo pensando que era aguapanela. Pero bien, todo estaba bien, sobre todo esa “escalera al cielo” que Lucas había tocado en su guitarra acústica y ese “stream”, anuncio de rumba, que se había fajado Gustavo en la batería. Todo estaba bien: las otras canciones que ya empezaban a sonar, la voz de Clara y hasta el triángulo inaudible que tañía Inés con inocencia suma. Todo estaba Bien. Blanca, Luisa y yo, con las palmas, colaboramos en la percusión.

***

Ese sábado, tras la rumba, todavía confundido, presencié un amanecer saturado por la luz ondulante y tibia de mi propia desazón; y (mientras retor­naba el rito diabólico de los pocillos de ron que podían estar llenos de aguapanela o al contrario, y la pared tapizada de afiches —que la noche anterior pareció cobrar vida en medio del convite— volvía a lucir inmóvil, fantas­magórica) sentí que la música suicida de Jim Morrison se deslizaba desde la grabadora con el ritmo de la desolación.

Al medio día, una lluvia fina comenzó a manchar de gris todas las ventanas y el sueño se apoderó de la casa. Después de una siesta más bien corta, desperté de pronto en mitad de una escena dantesca: me rodeaban cuerpos regados sobre la fría baldosa del garaje que soltaban espasmos como de agonía; una pierna, cuyo origen no pude precisar, me impedía moverme y el grito que quise expulsar, y que se me quedó atrapado entre el pecho y la garganta, fue emitido por alguno de esos cadáveres con la resonancia del terror. Pero todo estaba bien.

Todo había estado muy bien. Mis fibras se habían conmovido sinceramente con ese chorro de música que había saltado desde las guitarras: Jimi Hendrix, Janis, the Rolling, la Banda… Todo bien. Había sentido la música por primera vez, incluso con dolor. Había entendido que música es también golpe o color que rasguña la piel; había comprendi­do el sentido cósmico de la voz de Jagger.

***

La plaza de los vientos está situada en el cruce de las tres calles principales del suburbio, cerca de la alcaldía menor y frente a la iglesia. A las diez de la mañana del domingo, podía sentirse ya con toda su fuerza la razón del sobrenom­bre. A esa hora, cada puesto de venta se encontra­ba firme­mente enclavado, no sólo en la glorieta, que era el sitio de más congestión, sino también en la boca de las tres calles que llegaban hasta la plaza.

Se iniciaba, así, la actividad dominical en U; una mezcla de fiesta popular y venta de baratillo. Tal vez las cosas ahora sean distintas, pero entonces, la plaza de los vientos era una especie de ágora donde tenía lugar toda clase de manifestaciones populares. Allí era dónde la banda de Lucas hacía sus presentaciones de rock.

Una de las cosas que más me desconcertó, durante aquellos días en el caserón de U, fue la manera como el comportamiento del grupo variaba sin seguir ningún modelo. Por eso, quizás, tras aquella primera noche medio loca del viernes y la pasividad casi total del día siguien­te en que nadie salió a la calle —ni siquiera para reponer el ron que tanta falta hizo para curar el helaje de la segunda noche, violentamente fría— me sorprendí tanto con la inusitada actividad del grupo. Muy temprano, Inés se levantó, preparó la aguapanela, desper­tó a los demás como una madre bondadosa despierta a sus chiquillos. Luego, con Clara, se dedicó a limpiar y afinar los instrumentos, mientras los otros se vestían y ensayaban coros o hacían bromas muy animados.

A media mañana, por fin apareció Luisa en compañía de Blanca y me explicó que el grupo daría un concierto en la plaza de los vientos en la tarde. Para fortuna de todos, el alcalde menor había sido compañero de estudios de Lucas y por eso había accedi­do con gusto a contratar el grupo para una presentación semanal en la plaza a manera de recreación. Por fortuna, no sólo tenían muy buena acogida, sino que incluso actuaban en las fiestas particulares de la gente del pueblo que así se había acostum­brado a ellos. Era su manera de sobrevivir, no muy conse­cuente a mi criterio, pero tal vez la única.

Aquel primer domingo, mientras escuchaba el nights in white satin con que se abrió el concierto, mientras observaba a los muchachos del pueblo, emocionados y felices, mientras las manos de Luisa aprisionaban mi pecho con ternura y mantenían el ritmo de mi corazón dichosamente acorralado, mientras la música comenzaba a fundirse con el viento y con el sol, yo no podía pensar en otra cosa sino en la suerte de ser partícipe de la maravilla. Estaba allí integrado a un grupo de aprendices del rock, en un suburbio perdido, intentando vivir de un manera bien distinta, sin preguntarme mucho por qué lo hacía, sin cuestionamientos ni temores, sencillamente feliz.

***

… Así viví, así me acos­tum­bré al toquecito dia­rio, místico, pendejo, a esquivar el amor baboso de Gusta­vo, a soportar los berrinches de Die­guito (el misterioso hijo de Inés), hasta que fui esposado, pateado y encarcelado, tras la trifulca en que terminó el concierto del domingo siguiente. Todo acabó a la media noche de ese domingo. ¡Qué ironía! Para enton­ces, ya había agarrado el ritmo del grupo, ya mis crisis estaban superadas. Incluso a esta altura me había resignado a compartir con Blanca su amor por Luisa (que entre ellas no sólo era ese amor entre primas, tan natural, sino un amor más atrevido, más, por decirlo así, carnal) y aunque algunas cosas todavía me incomodaban, había logrado amoldar mi espíritu a esa manera libre de amar que el grupo predicaba (claro que no tanto como para soportar las babo­sadas de Gustavo, quien, gracias a Dios, no pasó de sus insinuaciones homosexuales).

Toda una vida lanzada al carajo, toda una subcultura subyu­ga­da, toda la filosofía de la paz y el amor, toda esa posibili­dad de vivir distinto, el gran horizonte de la libertad sin límites, la tranquilidad interior del hippie que ya estaba adquiriendo, la serenidad del yogui, la beatitud del budista que estaba alcanzando, todo para la mierda: la música rock, el bajo eléctrico —que ya empezaba a sonar tan bien bajo mis dedos—, mis composiciones y mis poemas para la mierda. No era justo que el caserón fuera clausurado para albergar ahora a una viejitas que pondrían su venta de helados, claro que no era justo.

Y en sólo diez días me había ganado la fama de drogadicto, autista y esquizofrénico y si no es por mamá, me llevan a un nosocomio a curarme de la locura. A cambio, tuve que inscribirme en la universidad y pedir perdón ante la familia, reunida en pleno, que al final respiró tranquila porque su hijo pródigo había vuelto a casa, pero sobre todo porque habían logrado desterrar a ese demonio que se hacía llamar Luisa y que por poco arras­tra a Federico a los infiernos.

Bogotá 1973
Bogotá, 1989 - 2005

Alcira Abandonda

Sola, la pobre, enclenque, muerta de frío y de hambre, después de tres días de auto-sometimiento absurdo, de heroísmo tajante, de miedo, puro y metafísico miedo, la encontraron allí, en el baño de hombres del edificio viejo de ingeniería, ese antro lleno de obscenidades y amoníaco demoníaco, después que todo pasó y pudimos entrar, estu­dian­tes de último semestre, a esta universidad que todavía tiritaba de miedo por lo que acababa de ser la más san­grien­ta, la más cruda, la más hiju’eputa de todas las acciones conjuntas que policía, ejército y organismos de seguridad del estado habían emprendido jamás contra el ya de por sí débil y decadente movimiento estudiantil. Yo me la había encontrado de nuevo una tarde en la cafetería de Artes y de pura rabia y de puro corrompido (porque unos días antes no había querido aceptar un café que yo le había ofrecido) me empeñé en conquistarla, y dicho y hecho, aunque no sin trabajo, dramaturgia, litera­tura de pacotilla y otras artimañas que me convirtieron a sus ojos en el líder estu­diantil más importante de la universidad, compañera, y el más protegido, claro que sí, por eso no tengo problemas nunca, porque soy el ideólogo más duro de la facción más dura de las brigadas de choque: sin una justificación mía no se mueve un solo dedo del ala militar del movimiento, óyelo bien, ni un sólo dedo, así mija que o sales conmigo o te caes con todo el mundo, y mejor que nadie te tilde de reaccionaria en estos días de tensión, mejor que no, y me la llevé ese mismo día a unas residencias donde conocí sus escasas y tristes carnes y su sumisión ideológica y hasta su devoción por el eros libre y maravilloso que facilitaba la utopía, según ella, en sus dimensiones mas nobles, medio putona también, pero sobre todo tierna y pendeja, la presa perfecta para mis desahogos. Así que, para demostrarle mi capacidad de mando, saqué de la manga la fecha y hora de la próxima protesta y el detalle de cada una de las tácticas que los muchachos de la brigada habían derivado de mi postura estratégica, cosa fácil de saber porque la descripción de las acciones ya circulaba hasta en los salones y grupos más cobardes, una simple conmemoración más, sólo que yo le agrandé sus dimensiones, le ensalcé algunos detalles, supuestamente desconocidos, como por ejemplo el uso masivo de armas de fuego y, por supuesto, la invité a participar y le ofrecí una función específica, no muy peligrosa, pero tan importante para el golpe como para que su éxi­to —y éste estaba garantizado— la colocase en una condición de vanguardia que la haría escalar posiciones dentro del movimiento como nunca nadie antes, y para celebrarlo nos fuimos a inventar otra utopía, esta vez en el apartamento de sus padres, bajo un sol implacable que nos permitió saborear nuestros cuerpos con ese gusto salino del mar que tanta falta le hace a nuestra ciudad. Llegado el día, todo preparado. Nuestro punto de maniobra: el edificio viejo de ingeniería, un lugar mas bien aislado de la acción, y con rápido acceso a todas las salidas en caso de urgencia, muy bien protegido además, porque era allí desde donde se iba a dirigir toda la gesta. Lo extraño es que la celebración tuvo desde el comienzo visos más violentos y audaces que los esperados. La acción se desarrolló con la vehemencia y el vigor con que yo la había exagerado a Alci­ra, con uso de armas de fuego y todo eso, tan fuerte y tan provocadora que la reacción de la policía y del ejército se hizo extrema y pudimos ver (yo y otros compañeros, porque Alcira estaba en el baño de hombres del edificio haciendo de vigía y preparan­do un informe del avance de las fuerzas del estado) cuando el grupo estudiantil de retaguardia fue acorralado al frente, en el edificio de ciencias, vimos cuando un muchacho cayó herido de muerte por la espalda, cuando los policías golpearon con sus carabinas a la multi­tud que se agolpaba contra las puertas del edificio, cuando los vigilantes las cerraban y cuando caían más compañeros que luego fueron levantados y llevados por los mismos policías, vimos también cuando un grupo logró romper las ventanas y subió a la decanatura llevando al muchacho que había caído herido por la espalda y cuando anunciaron que se tomarían el edificio; y permaneci­mos, acosados más por el miedo que por otra cosa, hasta que la universidad fue desalojada, ya en la noche, con lacrimóge­nos, hora en que también nosotros pudimos salir de allí y volver a nuestras casas, seguros de que no volveríamos hasta después de un cierre bien prolongado. Pero tres días después de que todo pasó, tras haber hecho las averiguaciones de rigor, de haber indagado en hospitales, en la morgue, en todas par­tes, me desperté con la imagen de Alcira encerrada en el baño del edificio viejo de ingeniería y corrí a donde un amigo que podía ayudarme a entrar a la universidad, ahora militarizada y evacuada totalmente, y entonces la encontra­ron, sola, la pobre, enclenque, muerta de frío y de hambre, después de tres días de auto-sometimiento absurdo, de heroísmo tajante, de miedo, puro y metafísico miedo, la encontraron allí (porque yo al fin no fui capaz de entrar), en el baño de hombres del edificio viejo de ingeniería, ese antro lleno de obscenidades y amoníaco demoníaco…

Bogotá 1980
Bogotá, octubre de 1989 - 2005

Claudia Traicionera

A pesar de los vaticinios de lluvia, decidimos ir al con­cier­to. Creo que ambos estábamos de acuerdo: era preferible salir y asumir las siempre terribles secuelas del invierno a tener que soportar la inamovilidad del encierro y el tedio de mirar ese cielo-raso carcomido, a punto de desplomarse. Claudia y yo lo sabíamos sin decirnos nada; el apartamento se había infes­tado con el olor de nuestros rencores y se había hecho ya inhabitable. Seguíamos unidos por una extraña comunión de acuerdos tácitos, aunque éstos ya no tuvieran el encanto de los primeros, los del amor adolescente; aquel lenguaje que rechazaba las palabras por innecesarias y que nos permitía el goce de reír por trivialidades, inventar locuras y soñar un mundo prohibido, atravesando los caminos del silencio, como única condición. Entonces, la carencia de palabras era un juego que nos obligaba a dar más de nuestro propio cuerpo. Ahora tampoco hablábamos, pero el juego se había convertido en pesadilla; nuestra vida discurría por el canal del único sobreentendido posible: fracaso absoluto de la relación, amor-que-perdió-todas-sus-salidas. Unos minu­tos antes, Alberto, el único ser en el mundo que aún creía en la posible redención del amor, había llamado para invi­tarnos al concier­to de la filarmónica. Conocíamos el pro­grama de antemano y, aunque deseábamos ir, ninguno se había atrevido a partir sin el otro, enredados, como estábamos, en la maraña de la inercia. Después de la llamada resolvi­mos abandonar las horas aburridas del cuarto y salimos, dejando abiertas las venta­nas, con la ilusión de que el viento desalojara, mientras tanto, las dolencias de su interior. Ella, a pesar de mi enfado, se vistió con el saco ecuatoriano, último fetiche de su irreparable libertad; yo colmé mis bolsillos con dientes de ajo sólo para acosarla. Recuerdo que en la calle, por un instante, creí reconocer la ingenuidad de los primeros días: Claudia caminaba adelante, con pasos cortos y rápidos, casi a saltitos, como una niña, y de vez en cuando desviaba su mirada hacia atrás para vigilarme. La dejé tomar distancia para evocar el olor de sus axilas y, con él, fluyó también la sensación del sudor que escurría por su cintura cada vez que hacíamos el amor en su alcoba, bajo el acecho de la madre obsesiva. Y el recuerdo de Ícaro, el azulejo que com­pramos en el mercado de las pulgas para que fuera testigo de nuestro amor, también aleteó en mis venas. Así, redimida por el gris metálico de la tarde lluviosa, me pareció, de pronto, ver a Claudia como era antes y en algún túnel interior tembló esa parte de mí que tanto amó su cuerpo y sus palabras. Al llegar al para­dero, mi sonrisa atropelló su rostro desprevenido. Ella respondió con un gesto sorprendentemente cargado de ternu­ra; un gesto que borró casi al instante, avergonzada, seguro, por el desliz de su corazón.

Durante el intermedio, tuve ocasión de charlar con varios colegas que habían asistido al concierto. Alberto se mostró inquieto por mi prolongada ausencia a clases; luego me describió la grave situación y la tensa atmósfera vivida en la universidad por esos días. Creo que me habló de terro­ris­mo, intervención militar y augurios de cierre, pero mi atención no se concentraba ya en sus palabras; se dirigía hacía la extraña trasparencia del vidrio exterior al edifi­cio de conciertos. La lluvia había formado un velo de gotitas sobre el cristal y, a través de él, pude ver una Claudia distinta, hermosa, infinitamente más joven y leja­na. El verde de sus ojos cortaba la bruma de la tarde. Quizás a su lado alguien hacía bromas, porque la vi reír sin agobio, y los “genial, genial” con que celebraba los aciertos de su acompañante, desmoronaban la ventana. Empecé a sentirme mal. Acepté el café que me ofrecieron en la barra de la dulcería con la esperanza de mitigar así el frío y la angustia que anquilosaban mis manos. Recuerdo que me asaltó intempestiva­mente una convulsión involuntaria en mis labios (el tic de mis primeras adolescencias). Abatido, tuve que separarme del grupo. Al retornar al auditorio, creí desfallecer; una grieta se abrió, como si el tablado hubiera cedido ante mis pisadas. No obstante, logré llegar hasta mi puesto y el tercer aviso me devolvió la calma: Claudia se acomodó en el mismo asiento, a mi lado, fin de los temores. Volví a concentrarme en la interpretación de La Inconclusa. Apenas el oboe inauguró el tema, tuve la impresión de hacerme liviano; una extraña sensación que me permitía contemplar la escena desde la bóveda de la sala sin moverme del asiento. Un estado indes­criptible gracias al cual puede ver cuando Claudia despegó de su silla y cabalgó sobre la ola de un acorde, como en un columpio, contrariando la gravidez de su materia: una alucinación causada quizá por la terrible premonición de su ausencia.

Al evocar aquella tarde, me invade un infinito temor. Los intentos por determinar el momento exacto o la precisa dimensión de esa experiencia se hunden en la incertidumbre. Fue como si, por un segundo, lo hubiese olvidado todo: mi origen, mi nombre, mis problemas. Como si el sonido de los violoncelos hubiera atrapado mi mente confundida (sí, recuerdo que fijé la atención en la fila de los instrumen­tos de cuerda y sentí por primera vez el sueño). Me acuer­do perfectamente que, poco antes, miré a Claudia y la sorprendí dormida. Tuve que ahogar el comentario que desea­ba hacerle. Quizá entonces, cuando apoyé de nuevo mi cuerpo sobre el espaldar del sillón, sentí el placer (o el deseo, cómo saberlo) de no estar allí. Pero tal vez fue después, cuando me acomodé bruscamente, aprovechando el final del movimiento y dejé de pensar en los anteojos de Franz Schu­bert, decidido a provocar la atención de Claudia; un poco por vergüenza, pero también tentado a fastidiarla. Tal vez en ese momento, porque ella se movió pesada y me miró con rencor y entonces le escupí una sonrisa hipócrita que ella rechazó. O más tarde, en aquel instante en que las cuerdas del Adagio volvieron a ganar mi atención y pude congregarme de nuevo en el dramático diálogo de los instrumentos, que expresaba —con una correspondencia aterradora— lo que bullía en mi interior. Sí, fue entonces: me acorraló la confusión y sentí cómo la campana del auditorio se derrumbó de pronto sobre mi cabeza y me encasilló en el asiento. Percibí un crujir en mis mandíbulas y tuve la impresión de saltar; un minuto, apenas, de maravillosa placidez, que atribuí al cansancio acumulado en la semana.

Aquella jornada culminó con el rompimiento definitivo de nuestra relación. Claudia no regresó jamás. Me dejó su ropa y hasta sus libros; la foto­gra­fía de Ícaro sobre su hombro, y el olor amargo de su recuerdo adherido a la pintura desecha por la humedad de ese cuarto inverosímil.

De nuevo, sobraron las palabras: al volver del baño, la busqué entre la multitud aglomerada a la salida de la sala de conciertos. La divisé por fin del brazo de su amigo. Intenté llegar a ella, pero fui incapaz de alcanzarla; llevaba en mi pecho la insoportable carga del horror: poco antes del final de la sinfonía, había bajado para ganar tiempo en el baño de hombres. Durante el descenso, tuve la impresión de estar viviendo un momento pasado y, al entrar al baño, vi un hombre que corrió al interior del orinal. No presté atención: traía demasiado apremio en mi cabeza. Al volver al tocador para lavar mis manos, vi de nuevo al hombre al otro lado del cristal y reconocí en la fascina­ción de sus ojos la indudable semejanza de su rostro. Creo que ambos huimos del lugar hacia salidas diferentes, com­pletamente horrorizados. Afuera, cuando quise correr o gritar, una insólita pasividad se adueñó de mi ánimo y me conformé con observar a Claudia, seguro ya de mi perdición: su espalda oscilante y su cuerpo cada vez más dócil al lado de la sombra de aquel misterioso estudiante, cuyo nombre nunca pude conocer, me enfrentaban a esa brutal certeza.

Desde entonces ya no pude ser el mismo. Abandoné por un tiempo mis cátedras y sólo regresé a la universidad para asistir a los concier­tos, con la vana esperanza de encontrar allí una salida a mis angustia. (¿Cuántas veces he vuelto los sába­dos, intentando invocar, con la repetición, una fórmula mágica que me devuelva los instantes no vividos, los momen­tos anónimos que no quise asumir? ¿Cuántas veces he bajado al baño de hombres y he mirado el espejo del tocador, esperando que el gran viento vuelva a soplar ante mi rostro y me revele sus secretos? Pero nada sucede. Como si la marcha de mi destino se hubiera detenido desde aquella tarde y me tuviera vedado el ingreso a los misterios de mi alma, a esa caverna descono­cida de mi ser que —¡cobarde!— rehusé explorar.

Bogotá 1982
Bogotá, octubre de 1989 - 2005


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