Los viajes son una brutalidad. Le obligan a uno a confiar en extraños y a perder de vista toda la comodidad familiar de la casa y de los amigos. Se está en continuo desequilibrio. Nada le pertenece a uno salvo las cosas esenciales: el aire, el descanso, los sueños, el mar, el cielo y todo tiende hacia lo eterno o a lo que imaginamos de la eternidad.
Cesar Pavese
Hijo de desplazados sale desarraigado
Creía que todo había comenzado en el año 1986 con mi primer viaje fuera del país, pero no. Ese deseo casi desesperado por conocer otros ámbitos, por escuchar otras voces que llevo muy adentro desde niño tiene en mi caso un origen profundo y complejo que se conecta paradójicamente con el dolor de tanta gente desplazada de su hogar a lo largo de la historia de tanta violencia en mi país.
De niño escuché muchas veces el relato del nomadismo forzado que tuvo que sufrir mi madre cuando era apenas niña; una experiencia dolorosa que ella siempre describía con algo de nostalgia y mucho de fantasía, fantasía que la chiquita de entonces usaba a modo de defensa mental y que la adulta seguía insuflando para hacer significativo lo vivido. Pero la verdad es que no hay nada más absurdo que huir todo el tiempo de enemigos mortales e invisibles, nada tiene menos sentido que convertir la vida entera en una eterna zozobra. Sin embargo ella insistía en la imagen de un padre aventurero que por puro capricho emprendía correrías por los pueblitos más perdidos de los llanos orientales.
En mi mente infantil, se fueron formando estampas maravillosas de esas correrías, y también admiración por ese abuelo nómada que murió en forma insensata aunque en su propia ley. Imaginaba una niña delgada, tímida, pero valiente que seguía a pie el camino que su padre y su abuela realizaban a caballo o en mulas desde Cumaral hasta Aguazul y desde allí hasta Barranca de Upìa para seguir hasta Yopal y luego de vuelta a Cumaral o a Restrepo o a Medina, en una travesía que duraba meses y que podía convertirse en una auténtica pesadilla por efecto de la persecución de esos personajes malvados, llamados en el relato maravilloso de mi madre, los chulavitas.
El abuelo era un liberal extremista que en noches de tragos podía hacerse matar en defensa de unos ideales prestados que apenas podía comprender, pero cuya bravura le dio ese prestigio de hombre duro y medio loco que lo señaló hasta el día su muerte, una muerte estúpida ocasionada por la fanfarronería del viejo, quien ese día, empecinado en demostrar que solo un liberal verraco como él podía atravesar a puro nado ni más ni menos que un embravecido Humea, no contó con el efecto acumulado de un almuerzo opíparo y unos malos tragos de chirrinche que lo traicionaron a mitad de camino y le causaron ese ahogo inesperado, ese calambre maldito que lo condujo a la fatalidad.
Mi madre jamás se lo perdonó: en menos de nada se había quedado huérfana por culpa del padre loco. Seis meses antes, en medio de otra borrachera, el abuelo había pateado a la abuela que esperaba entonces un niño, el noveno de la prole, y esos golpes de borracho le causaron la muerte. Ahora, a orillas del Humea, ella apenas si podía tener conciencia de lo que significaba ser una huérfana, pero empezó a sentir una desolación y una vergüenza y una rabia que ya nunca la abandonaron. La imagen del abuelo se hizo oscura en su memoria, pero yo me quedé con la figura del loco aventurero que levantaba carpas y hacia viajes largos huyendo de unos enemigos mortales e invisibles, ganados por alguna imprudencia majadera.
De niño, mi padre me regaló algunas de las imágenes más terribles de Bogotá. Ese otro nómada forzado, fue testigo y sobreviviente de El Bogotazo. La historia del Ignacio de mi novela, la he escuchado muchas veces, y es la de mi propio padre. Llevaba apenas unos días viviendo en Bogotá, proveniente del campo. Su padre, quien trabajaba como secretario de un juzgado, le había prometido la gestión de alguna oportunidad de trabajo en la ciudad, una de las cuales era la posibilidad de vincularse a la policía o al ejército. Dos días después, en pleno nueve de abril, perdió el contacto con su familia y vivió las terribles experiencias transferidas en la novela a probables imágenes de la guerra de hoy. Poco tiempo después, fue reclutado inexcusablemente para la guerra civil que se extendió por todo el país y que hoy no acabamos de clausurar. Fue allí en esa Bogotá convulsionada que conoció a quien, años después, sería mi madre.
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Así que soy hijo de desplazados, y lo que se vive todo el tiempo al lado de los desplazados esuna terrible melancolía por el lugar de origen. Mis padres vivieron siempre con esa nostalgia que se expresaba menos como tristeza que como infelicidad, una infelicidad que se convertía en deseo de cambiar de lugar, en incomodidad por todo, en constante frustración. Fue algo extraño, pues por un lado, a causa de toda una propaganda ideológica que hacía del campesino un ser inferior, se había instalado una especie de vergüenza por el origen y por el otro lado vivíamos la tragedia de tener que habitar un lugar que nadie les había preguntado si querían habitar.
Y en mi conciencia infantil se fue configurando el pensamiento de que había que cambiar, había que huir, aunque no se supiera bien de qué, tal vez del vecino que se había convertido en enemigo o del amigo que de pronto nos había traicionado o de la ciudad que se había hecho insoportable, huir, cambiar de lugar, viajar, conocer otros lugares, con la promesa nunca cumplida de encontrar algo parecido a ese rincón del que fuimos desterrados.
Te busco de Celia cruz:
De viaje por otros mundos
Pero el desarraigo tiene sus ventajas, siempre y cuando se viva sin el dolor y el resentimiento inevitables del desplazado. Una de ellas es la capacidad de adaptación, la flexibilidad con la que se vive no sólo respecto a la tierra, sino con respecto a todo lo que ata: el trabajo, las relaciones, los conocimientos. Y de esa flexibilidad he tenido que hacer gala desde 1986, año durante el cual hice mi primer viaje fuera del país, es decir, desde el momento en que por fin me asomo a la respuesta de una pregunta fundamental: ¿hay en realidad otros mundos? ¿Se puede vivir de otra manera? ¿Cómo son esos otros mundos?
En junio de 1986, viajo a Buenos Aires y vivo lo que sería una correría de más de seis meses por La Argentina, que me llevaría a lugares como Córdoba, Mendoza, San Rafael, Malargüe, Bariloche, Mar del Plata, Montevideo y Punta del Este: todo un banquete de viajes, lugares y gentes que marcarían definitivamente mi vida. Una correría que, bien miradas las cosas hoy en retrospectiva, no termina, pues después de ese primer viaje maravilloso, he tenido (y digámoslo ya: he buscado) la oportunidad de visitar más lugares, de reconocer otros mundos, de relacionarme con otras gentes, con su singularidad, con su propia cultura: y ello ha permitido comprender mejor qué soy como individuo y como integrante de esa comunidad que ha predeterminado mis horizontes: la comunidad de colombianos, porque los otros mundos nos son sino eso: espejos en los que vemos reflejados lo que somos.
La llegada a Ezeiza, el 29 de junio (día de la final del campeonato mundial de fútbol) no pudo ser más curiosa: el aeropuerto estaba prácticamente vacío y cuando pasé por la aduana, el funcionario de turno me hizo seguir adelante sin siquiera sellar mi pasaporte (asunto que después me complicó un poco la vida), pero con una sonrisa abierta que contradijo la imagen que me habían anticipado colegas que antes habían hecho el viaje: la de unos porteños antipáticos y desconfiados especialmente con los cabecitas negras, es decir, con los turistas suramericanos. Yo, un poco desconcertado, recogí el equipaje y me dirigí en taxi a Núñez, donde me esperaba la dueña de un apartamento en el que se alojaban varios estudiantes. A poco de haberme instalado, recibí la llamada inesperada de un compatriota que se había enterado de mi llegada y que me invitó a pasear por las calles cercanas del barrio. Frente a una Quilmes negra, me enteré que la selección de fútbol había ganado el campeonato mundial y por eso la ciudad era una fiesta total. Eso explicaba la extraña atmósfera en Ezeiza y justificaba el carnaval (un poco peligroso para mi gusto) que habían armado ya las patotas de hinchas que celebraban la segunda copa y que se prolongaría por varios días.
Muchas cosas sucedieron en ese viaje y que vale la pena relatar en extensión (cosa que haré en otro espacio), pero me interesa sobre todo recordar el ambiente festivo y abierto que impregnaba al país y sus gentes. No era para menos: se vivía la esperanza que el retorno de la democracia había instalado después de la terrible noche de los gobiernos de facto que se sucedieron desde 1976 hasta 1983. Escuchaba por doquier historias que daban cuenta de la guerra sucia desatada. No había nadie que no hubiera sido tocado de alguna forma por el proceso: algún amigo o pariente desaparecido o muerto, algún otro exiliado, otro obligado al silencio o a la colaboración. Pero todo parecía ahora distinto y especialmente se notaba en el ámbito cultural. Florecían denuevo el teatro, el rock en español, el cine, la canción popular y la literatura. Retornabanalgunos de los más famosos exiliados y Sábato había asegurado el Nunca más en ese bello país que otrora fuera la quinta potencia del mundo.
Me impresionaba la cantidad de revistas que podía conseguir, la gran actividad cultural no sólo en Buenos Aires, sino en Córdoba y en Mendoza. Recuerdo todavía con emoción la llegada de Vuelta argentina, la revista que había fundado Octavio Paz y la lectura de los cuentos de Daniel Moyano, especialmente uno que narraba en forma metafórica el terror que representaban los Ford Falcon, autos en los que se movilizaban los oscuros agentes de la policía que secuestraban y desparecían “subversivos” (un término que se aplicaba inicialmente a los guerrilleros y que se fue ampliando hasta abarcar a cualquiera que no coincidiera con la idea arbitraria de lo que esperaba la junta militar que fuera el ciudadano argentino). No olvido mis compañeros de estudio y de trabajo,ni las correrías por el sur, ni al caleño, ni las extrañas vivencias en Montevideo, ni el apartamento en Palermo Viejo. No olvido la fiebre del futbol, ni el sorprendente sabor del vino argentino, ni la llegada de Yaneth y nuestra primera noche juntos, después de varios meses de separación, en un hotel de Chacharita; no olvido el tango, no olvido la Boca, ni el Caminito, ni el Rio, nada de ello se olvida, aunque la vida no me haya dado la oportunidad de volver.
Volví a Bogotá y me enteré enseguida de dos cosas: que el Banco de la República había emitido una nueva denominación (el billete de veinte mil pesos) y que Guillermo Cano el director del periódico de oposición acababa de ser asesinado por la mafia, dándose inicio a uno más de los oscuros ciclos de violencia del país.
Sólo diez años después volví asalir del país, de modo que por mucho tiempo, el viaje a la Argentina fue la única referencia de esos otros mundos que tanto me fascinaban. Pero desde 1997 y hasta la fecha he visitado muchos lugares en viajes con motivos académicos, patrocinados casi todos por la Universidad Javeriana y algunos de los cuales han sido asunto de registro en este blog (y correspondena la sección: Otros ámbitos). He aprendido que no hay que cruzar fronteras para instalarse en otros mundos: “por acá no más”, en nuestro propio país, incluso en nuestra propia ciudad hay mundos diversos, desfases temporales, subculturas a veces incomprensibles. He aprendido que viajar no sólo es desplazarse geográficamente, hay “otros viajes” que generan los mismos efectos del contacto directo con otras gentes: aprendizajes y experiencias inéditas. He aprendido que nuestra vida, especialmente nuestra faceta sentimental, es un eterno viaje, una eterna formación, una constante mudanza.
Hacia el final del año, viajé a Europa a desarrollar actividades académicas dentro del programa Master Erasmus Mundos que se ofrece en siete universidades de un consorcio llamado el Cross Away European Humanities, y al que fui invitado por dos meses con la certeza de un estipendio que me permitiría vivir cómodamente en el ”venenoso” ambiente económico europeo. Pero ni comodidad, ni dinero y al poco tiempo de llegar las cosas empezaron a tornarse dramáticas.
Unas cuentas rápidas: el costo de alquiler de una habitación de hotel tres estrellas está en promedio en 70 euros y en unas residencias universitarias 35 euros, lo que quiere decir que el mes puede llegar a costar, sólo en hospedaje, más de 2000 euros, que es lo que yo gano como salario en Colombia. Pero allí tenía que comer y que comprar ropa para la estación y moverme, lo que hace que realmente, si uno no tiene plata suficiente, no pueda sobrevivir, al menos decentemente.
El asunto de la plata se enredó por procesos burocráticos y la prometida beca de sostenimiento no sólo no se hizo efectiva con la prontitud esperada, sino que el giro sólo llegó el último día de mi estancia, lo que me obligó (una vez agotados los escasos mil euros que llevé para sobrevivir unos días y que pasaron a la historia en menos de dos semanas) a acudir a un dinero que tomé prestado a las “malas” de un giro que yo llevaba para alguien en España, a los euros que un amigo colombiano me prestó aquí y a una platica que me giraron mis papás (recurrir a los papás a los 50 años no deja de ser vergonzoso). Pero nada de eso vale para los burócratas; según ellos no se trataba de pulsar un botón y girar el dinero, no, había que cumplir con todos los trámites, que la carta del banco donde se me iban consignar, que la certificación escrita de mis actividades firmada por cuatro certificadores en cuatros países distintos, en fin…
La verdad es que estaba preparado para seminarios, tertulias, conversaciones académicas, clases, debates y me encuentro (¿debería sorprenderme?) con que la realidad está gobernada por un discurso y una lógica burocráticos tanto o más duros que en mi propio país al que consideraba como uno de los más oficinescos del mundo. Y todo fue para peleas, malos entendidos, incomunicación. Si: el discurso burocrático no está hecho para el diálogo sino para el sometimiento, para el sometimiento de quienes lo diseñan, atrapados en sus términos, para su voceros y custodios que se aferran a él con una energía perversa y, obviamente, para quienes lo sufrimos.
Todos los días miraba el correo electrónico, con dos sensaciones, una de temor, pues mis reclamos sólo produjeron la reacción desproporcionada de uno de los voceros de la burocracia europea, quien intentó por todos los medios hacerme sentir culpable, no sé si de un error lógico o de un error moral, y entonces sólo esperaba y recibía regaños de él; y otra sensación de impotencia y abandono, resultado de la estrategia final de la burocracia: el silencio. Ya ni siquiera fueron regaños, ya no llegaban mensajes, manifestación exquisita de la prepotencia.
En semejante ambiente de incertidumbre y angustia económica, el tan deseado paso por la mágica y amistosa Lisboa se convirtió en una experiencia cercana a la amargura. Había soñado tanto con pasear una y muchas veces por el centro histórico de la capital lusitana, subir las colinas que llevan a la vista del rio y del mar desde las alturas y fatigar las callejuelas estrechas del laberinto de Alfarma; había querido tanto disfrutar de las pintorescas escenas de sus casas viejas con ropas colgando de las ventanas y niños jugando en las callecitas, había deseado con tanta expectación beber cerveza helada en alguna terraza, que cuando al fin me atreví a ir, todo se redujo a un paseo de lo más simple, sin la emoción del que se sorprende de lo nuevo y bello de los otros mundos. No había cabeza, no había ánimo para pasear una ciudad tan bella como en realidad es Lisboa.
Si no hubiera sido por Flor Alba, la secretaria de la embajada de Colombia en Lisboa, a quien acudí casi con desespero para que me enseñara algo de la Lisboa que ella conoce desde hace 24 años cuando vino a Portugal a ensayar vida y se quedó, sino hubiera sido por ella, me habría quedado con esa visión un poco agridulce de un transeúnte amargado que ni siquiera alcanza la condición de turista. Nos citamos el domingo, víspera de mi viaje a Santiago en Corcobeles, el pueblito donde ella vive, a unos cuarenta minutos de Lisboa, con el objetivo de recorrer un poco ese camino costero que atraviesa las ciudades “dormitorio” y conduce a Cascais, un pueblito muy cercano a otro quizá más famoso, por aquello de su casino, de su autódromo y por haber sido escenario de películas conocidas: Estoril. Al pie de la bella bahía de Cascais probé las castañas, un fruto que se come en invierno, más exactamente a partir del 10 de noviembre, día de San Martín. Sentir allí el ambiente marinero en un tarde con clima agradable y vistas hermosas realmente me reconcilió con Portugal. Caminé un buen rato por las playas, por las callecitas y por las explanadas que cubren ese muito bonito lugar turístico.
Ya de vuelta, paramos en la playa de San Pedro, al frente de Estoril, donde al sabor de uma boa cerveja conversamos sobre nuestras vidas hasta ahora desconocidas para cada uno, pero llenas de esos trayectos maravillosos e insospechados que se cruzan sin saberlo y nos convierten en amigos para siempre. De ese modo, algo de lo que había querido hacer en Lisboa se pudo cumplir y me llevé unos pocos pero bellos recuerdos de Lisboa
El Coronel no tiene quien le escriba
La apremiante espera del giro de mi beca, me hizo recordar la situación que vivió García Márquez en París cuando quedó, según sus palabras “varado”, sin dinero y a la espera de un cheque que nunca llegaba, pero que esperaba ver todos los días en el buzón de la entrada del edificio donde vivía con su esposa. Es entonces que escribe esa gran metáfora del Coronel al que nadie le escribe, del héroe militar al que le han prometido una pensión que nunca llega y que se encuentra en una situación tan dramática que termina centrando toda su confianza en el gallo de pelea (”heredado”) de su hijo, sobre cuya competencia cifra sus esperanzas, muy a pesar del escepticismo de su esposa.
Pues bien, guardadas las proporciones, una consecuencia de mi “varada” absurda en Europa, fue la reclusión casi permanente en mí cuarto, no sólo porque no tenía manera de hacer turismo por la falta de recursos, sino porque perdí el deseo de hacerlo. Así que al poco tiempo estaba metido en la escritura, no de una novela, sino del plan de una novela. Retomé ese proyecto narrativo que llevo ya varios meses trabajando y que comenzó como un intento por dar cuenta de la semblanza de tres de mis personajes más queridos: Hypatia de Alejandría, Johannes Kepler (de quien hice ya una biografía) y Ernesto Sábato (ese Sábato de “Antes del fin”), quienes representan para mí algo así como encarnaciones de tres momentos claves de la historia humana: el paso de la época clásica al medioevo, el paso del medioevo a la modernidad y el paso de la modernidad a la posmodernidad.
Encontré una buena alternativa de desarrollo cuando, tras releer la obra de Pierre Lévy (uno de los autores que esperaba exponer en el seminario que coordinaría en Santiago), me llegó la idea de construir una especie de metáfora “literal” de las relaciones que el filósofo argelino establece entre esos cuatro modos de vivir el mundo que él ha denominado, los espacios antropológicos de la tierra, el territorio, la mercancía y el conocimiento y que yo asocié en seguida con cuatro conceptos correspondientes: mito, modernidad, posmodernidad, cibercultura.
He querido leer como “sugerencias” al novelista o al narrador cinco asuntos que Lévy destaca en uno de los últimos capítulos de su famoso texto: Inteligencia colectiva, en relación con las complejas interrelaciones entre los espacios antropológicos. Son ellas:
1) Ya que los contactos entre unos espacios y otros pueden ser de tipo armónico (gobernados por el deseo y el derrame) o cacofónico (gobernados por la violencia y el poder), ¿por qué no novelar entonces esos contactos? Ya que todos nos movemos en cada uno de los espacios (pues los espacios, aunque surgen uno tras otro y se instalan irreversiblemente, no se eliminan sino que coexisten); ya que cada uno de nosotros asume, con frecuencias y velocidades diferenciales, el movimiento y paso por los cuatro espacios (“Los humanos están inmersos a la vez en todos los espacios. Las situaciones y los seres humanos están sumidos en varias frecuencias a la vez, ningún ser real subsiste en un solo éter”). Ya que cada uno de los espacios está siempre activo (siempre en relación efectiva, percibida en la cotidianidad como separación y diferencia, o como deseo o como temor) en espera de una reactivación (“los ambientes afectivos, las configuraciones existenciales son puestas en reserva, en memoria… están disponibles para todos los retornos”); ya que esos contactos son invisibles, ¿por qué no presentarlos, creando personajes situados en esas relaciones complejas? ¿Por qué no tomar por ejemplo el caso de “las células durmientes” de Al Qaeda en USA y otros lugares del mundo (seres humanos que viven como si estuvieran muy bien integrados al tercer espacio, pero en realidad están arraigados en el primero y lo quieren de vuelta), como pretexto a desarrollar en el marco de una novela?
2) Narrar la metáfora de los cuatro puntos cardinales que Lévy ha propuesto para dar cuenta de la relación cacofónica entre los espacios:
El sur: voluntad de la tierra de dirigir los otros espacios. Novelar aljefe de clan que se convierte en jefe de gobierno, ocasionando guerras civiles, dictaduras, hambrunas. Novelar al jefe de clan que se convierte en jefe de comercio, actuando por depredación en vez de intercambio y desatando el bandolerismo y la mafia. Novelar al profeta new age que confunde conocimiento con fundamentalismos (ecológico, religioso, político).
El este:voluntad del territorio de dirigir la mercancía y el conocimiento. Novelar los desastres de una economía dirigida, de una pobreza planificada, del totalitarismo, de poner el espectáculo al servicio del territorio. Novelar el fracaso inevitable de quienes intentan mostrar en esos ambientes las posibilidades del espacio del conocimiento. Novelar los extremismos de las burocracias, de las rutinas administrativas, del mando autoritario
El norte: La mercancía pretende dirigir el espacio del conocimiento. Narrar la superficialidad de la sociedad del espectáculo, el pensamiento ahogado en los medios, en la publicidad, en la tecnociencia; narrar las consecuencias de una desterritorialización sin freno, la locura de las multitudes y de la velocidad, sin recuperación subjetiva; la expansión por todas parte del norte: solo se sabe abandonar el norte para ir al este, se oscila entre el estado y el capital o se vira hacia el sur, al deseo de dominio total de la tierra
El oeste: convocatoria para la partida, silencioso llamado para la apertura de un nuevo espacio. Narrar ese espacio hoy desierto o abandonado pero requerido.
3) Usar la idea de la necesidad de un “pasador” entre los espacios
¿Cómo pasar de un espacio a otro? En lugar de aduaneros, pasadores, no sólo entre las fortalezas del territorio, sino para salir del laberinto territorial, para saltar de un espacio a otro. El pasador, dice Lévy, es el pensamiento en el mismo seno del individuo, el intelecto colectivo entre los hombres divididos. ¿Cómo mostrar esto en una novela?
4) Ahora, si se tratara de novela, tendría estas opciones:
Recuperar la idea de los atrapados en Gabriella Infinita (mi primera novela) y hacer surgir de allí, esta vez, las armonías y cacofonías.
Ubicar el tiempo de la novela en un tiempo pasado, lleno de ilusiones y de ráfagas de imágenes sobre un futuro que no llega, pero se imagina. Rapto de imágenes anticipatorias de la cibercultura, por ejemplo: mostrar la ingenuidad de la búsqueda y la banalidad del encuentro, tipo Nowhere (el cuento de Carlos Fuentes)
O, al contrario, la llegada de un hombre del futuro para dar un empujoncito a la cibercultura
Otra: imaginar ese “país” del conocimiento, donde todo fluye armónicamente (como el país de los cronopios)
O, imaginar una posada, administrada por una anfitriona mezquina y chantajista, a la que llegan personajes de los distintos destinos (sur, este, norte, oeste), que ella no reconoce pero nos presenta.
O quizás todo junto
5) Pero, si no fuera escritura individual, sino colectiva, imaginar una plataforma digital a la que le quepa cosmopédicamente todo y hacer la gestión para una “escritura” en red.
O tal vez algo más loco aún: desarrollar una metáfora literal y desarrollar una narrativa en tiempo real de los 4 espacios, imaginándolos, convocando desde la plataforma a una conquista de ese espacio por llenar, de esa frontera que es el oeste
Con estas ideas en mente, la diversión fue grande, tanto como para sustituir la del turista que no pude ser.
Tres ángeles
Sin ángeles a mi lado no habría sobrevivido en una situación tan dramática como la que me tocó vivir en esta última travesía. El primero que apareció fue Guillermo, un antiguo compañero de colegio, médico radicado hoy en las islas canarias y con quien me he encontrado en España cada vez que hemos podido. Por gracia del internet Guillermo estuvo siempre enterado de mi situación y me tendió la mano enviándome varios giros de dinero cuando tuve necesidad de ello; fue él quien me animó en todo momento, quien estuvo pendiente de la evolución del drama, quien me aconsejó en forma permanente y aunque sólo nos pudimos ver al final, cuando fui a Madrid, sentí siempre el alivio de su solidaridad y de su fraternidad.
En Madrid, me acompañó otro ángel: Winston, un periodista colombiano que ya me había recibido en su apartamento en otras ocasiones. La verdad es que hasta última hora no estaba en mis planes ir a su casa, pues lo previsto es que él no estuviera por las épocas (épocas navideñas) en que tuve que viajar a Madrid, pero por alguna de esas razones inesperadas, resultó aplazando su viaje a Suiza para después de noche vieja y así pudimos vernos y yo pude pasar esos días acompañado por alguien que no sólo estuvo atento a ofrecerme lo mejor en mi estadía, sino que hizo que mi permanencia fuera lo más agradable y provechosa. Mi querido amigo vive desde hace varios años en el barrio de Lavapiés, muy cerca a la plaza Tirso de Molina, de modo que más comodidad no podía pedir: tenía a la mano el centro histórico, la plaza del sol, el corte inglés, las ventas de baratillos, varios restaurantes, los museos y hasta una sala de cine a donde asistí a los estrenos de diciembre. No tuve además necesidad de comprar muchas cosas, pues Wisnton me ofreció con una generosidad absurda desde su magnífica biblioteca (de la que devoré un par de libros), hasta los víveres con los cuales preparar las comidas. Si quería más que me picaran caña.
El otro ángel fue mi querido amigo portugués Rui Torres. Rui es poeta y profesor de la Universidad Fernando Pessoa de Oporto. Lo conocí en el año 2006 y desde entonces somos cómplices incondicionales de ese proyecto que consiste en conseguirle un sitio legítimo a la literatura digital. Nos encontramos por casualidad en Lisboa y allí planeamos nuestro encuentro en Porto. Eso que había esperado en las otras dos universidades a las que se me había invitado oficialmente y que no encontré, se dio de una manera sencilla, intensa y fluida. En efecto, viajé un viernes desde Santiago de Compostela hasta Porto y allí Rui me tenía preparado todo: desde un cómodo y amable alojamiento en las residencias para profesores (una bella casona recién restaurada en el foz frente al mar, ubicada en una calle, cuyo nombre presagiaba todo: Monte da Luz), hasta una conferencia a la que asistieron más de cincuenta personas entre estudiantes y profesores que fue grabada y registrada para su posterior difusión en el periódico cultural de la ciudad. Me reuní un par de veces con el equipo de investigación que dirige Rui, conocí sus innumerables y novedosos proyectos, fui testigo de excepción de la obra preparada allí, en ese escenario creativo del futuro, y que pocas semanas después sería premiada en Barcelona con una distinción internacional para poesía digital; acordamos también varias estrategias de colaboración, en fin, la más productiva de mis vistas académicas. Pero todavía más: en la noche fui invitado a cenar con todo el equipo y probé más de una delicia lugareña acompañada de su correspondiente ilustración: el sábado, para terminar, Rui me sirvió de guía erudito en el paseo por el puerto y por el centro de la ciudad. Es decir, en un par de días hice lo que habría esperado hacer, lo que le habría dado sentido a dos meses de alejamiento de la casa, y fui tratado más que como todo un profesor invitado, casi como una estrella, en una universidad que no estaba prevista en mi trayecto y que no tenía ningún compromiso previo conmigo, lo que de alguna manera fue un desagravio a tanta decepción Pero quizá lo más interesante de todo, el verdadero plus de mi paso por Porto fue conocer a Pedro Barbosa.
El plan extraterrestre
Pedro Barbosa es uno de los pioneros de la literatura cibernética. Ya en 1978, mucho antes que cualquier otro, publicó un libro que exploraba las tremendas posibilidades que había abierto la convergencia entre literatura e informática. Hace parte del equipo de Rui Torres y su famosa ópera cuántica es uno de los primeros artefactos que aprovecha el nuevo medio para hacer narrativa y poesía. Fue uno de los convidados a la cena en Oporto y estaba muy interesado en conocer los detalles de ese cambio que suena tan radical en mi vida (mi conversión a literato y escritor después de haber estudiado y ejercido la ingeniería química). Cuando le dije que de alguna manera había vuelto, con mi último proyecto digital, a la ingeniería (a la ingeniería de mundos virtuales), quedó todavía más impresionado. Pero lo que lo abrió definitivamente a exponerme su actual visión de mundo fue mi insistencia en crear una red virtual de personas y proyectos dedicados a la literatura digital y mi propia confesión de la carga que significaba para mi dirigir y hasta defender un programa de literatura tan poco proclive a las nuevas posibilidades. Entonces me comentó su experiencia con comunidades telepáticas, auténtica red que las comunidades virtuales apenas anuncian, y sentí que algo en mi discurso y en mi vida le había dado la seguridad de confiarme sus secretos, y sus secretos tenían que ver con su participación en lo que quiero llamar el plan extraterrestre.
En efecto, Pedro es un contactado, un ser (entre muchos privilegiados) que los extraterrestres responsables de la supervivencia de ese proyecto cósmico llamado planeta tierra han elegido en el intento de enderezar el dramático estado de deterioro de dicho proyecto. Su contacto, un ser multiforme que se le ha presentado en cuatro ocasiones, durante los últimos veinte años, siempre en lugares distintos y con apariencias distintas, lo ha mantenido informado de las señales del deterioro, pero también de las posibilidades de salvación (una de las cuales es lo que algunos, incluido él, llamamos la cibercultura, esa convergencia entre cultura y tecnología que constituye hoy el estrato cognitivo y afectivo más avanzado de la humanidad), así como de las acciones que debe emprender (acciones que me han recordado las de los misioneros religiosos). Pero aún más: desde hace quince años, Pedro vive con un elemento extraño en su cuerpo (bajo la piel del talón de su pie izquierdo). Ya se ha descartado que sea un cáncer y sus médicos le han sugerido no extraerlo, pues se encuentra demasiado ligado la capa nervosa y dado que no molesta ni duele ni cambia, se puede considerar benigno. Pero Pedro ha investigado y sabe hoy que el corpúsculo no es un tumor, si no un implante, un artefacto que los extraterrestres han introducido en un lugar que tampoco es arbitrario. A diferencia de lo que se cree en algunos ámbitos, el implante no es un ship electrónico, sino un nódulo casi orgánico que estimula centros neuronales específicos, en este caso las zonas del cerebro responsables de la creatividad, lo que explica esa capacidad que ha hecho de Pedro un artista sobresaliente. Pedro sabe sin embargo que debe enfocar su capacidad creativa menos a insuflar su ego y más a mostrar los caminos que la humanidad debe seguir si quiere realmente sobrevivir como especie.
Como el final de la cena interrumpió nuestra conversación, Pedro me visitó el sábado en las residencias y estuvimos conversando por más de seis horas, tiempo durante el cual me presentó pruebas de sus planteamientos, me ofreció detalles del plan extraterrestre, me listó varias de las señales del deterioro que han llevado a la intervención de los responsables del proyecto tierra, me expuso los fuertes argumentos que dan consistencia a sus ideas y me entregó su mensaje final. Fue una muy interesante plática al término de la cual, si bien pude debatir y hasta rechazar algunas de sus afirmaciones, llegamos a ese punto de toda discusión bizantina en la cual o se aceptan los axiomas de uno o del otro o se sufre el disenso. Al final creo que ambos flexibilizamos nuestras posiciones o, al menos, yo traté de incorporar algunas de las sugerentes visiones de Pedro a mi propio sistema de creencias. El imperativo, por ejemplo, de ampliar y desarrollar responsabilidad social consecuente con los niveles de conciencia y con las capacidades de las que hemos sido dotados, o la conveniencia de abrir cierta dimensión espiritual a proyectos aparentemente tan inmanentes como el de la cibercultura, fueron dos consensos interesantes.
Tras la consabida promesa de seguir en contacto, Pedro me entregó su propio imperativo: prepararnos, cada uno a nuestra manera, para lo que es el inminente golpe de timón que se dará en el año 2012 al proyecto tierra. De mi parte, en un ataque de honestidad, le advertí que la manera de agradecer su franca y honrosa confianza, así como el conocimiento nuevo que me había regalado, sería aprovechando la maravillosa experiencia de haberlo conocido en algún proyecto creativo.
Navidad virtual: bendito Internet
Tramité las reservas del transporte aéreo con suficiente anticipación, pero cuando tuve que hacerlas efectivas ocurrió un incidente de lo más desagradable: me habían saqueado la cuenta de ahorros y la consecuente demora de los pagos ocasionó la pérdida de las reservas. Al tratar de renovarlas me vi forzado a aceptar el regreso para el 27 de diciembre (estaba inicialmente previsto para el 21), lo que me obligaba a pasar la navidad en Europa. Intenté cambiar las fechas de regreso pero la verdad es que media España viaja en diciembre a Colombia y fue imposible. Amén de lo que significaban esos días extras en términos económicos, la perspectiva de pasar navidad tan lejos de casa terminó de amargarme el viaje.
Durante mi estadía en Santiago de Compostela, recluido en un pequeño cuarto de las residencias estudiantiles, sin televisión, redescubrí las posibilidades comunicativas de Internet. No sólo fue la posibilidad de consultar el correo electrónico o de escribir con disciplina entradas a mis blogs o de consultar información constantemente (estado del tiempo. Itinerarios de viaje, cartelera de cines, visitas virtuales a museos y a sitios turísticos), sino de conectarme vía web a las emisoras de radio que normalmente escucho en Colombia, prepararme un menú diario de televisión a la carta, descargar aplicaciones del más variado tipo y sobre todo, sobre todo, contactarme en forma directa y en tiempo real, con mi gente en casa, viendo sus imágenes, escuchando sus voces, percibiendo sus emociones.
Bendito Internet: sin esa herramienta, mi vida en esos días habría sido realmente desconsolada. Claro: nada reemplaza el turismo real, la televisión en directo o la comunicación cara a cara, pero ante la imposibilidad de esas interacciones, un sucedáneo maravilloso lo ofrece la comunicación virtual. Y después de dos meses ya habíamos sincronizado, a un lado y otro del océano atlántico, esas comunicaciones que casi nunca fallaron y produjeron el efecto mágico de fortalecer la relación. De modo que cuando se acercó la fecha, preparamos una navidad virtual.
Al comienzo, Winston, mi ángel en Madrid, se sorprendió cuando rechacé su generosa invitación a pasar la noche buena en compañía suya y de unos amigos (¡¿prefieres estar frente a un aparato que disfrutar una magnífica cena madrileña y una cava delicioso?!), pero después no sólo lo entendió sino que se hizo cómplice del plan: me ofreció su bodega, me dejó lista la cena, el queso, los encurtidos, el jamón y hasta un bello regalo de navidad. Con la gente de mi casa (Yaneth, mis hijos y el novio de Juliana) concretamos la cita, de modo que nos conectamos a las 11 de la noche, hora madrileña, 5 de la tarde, hora bogotana. Ellos tenían preparado el vino, los quesos, las carnes frías y los regalos. Yo estaba viendo por la televisión española el especial de los 50 años de vida artística de Raphael y a través de la webcam hice una transmisión directa de momentos del especial. Nos turnamos la transmisión de canciones desde nuestras memorias digitales y conversamos al ritmo moroso y tranquilo del consumo de una buena botella de vino por más de tres horas, tiempo durante el cual la tecnología no nos falló para nada, horas que nos conectaron más allá de lo físico, que nos permitió expresarnos con franqueza y emoción; una navidad, la más especial que hayamos vivido, que nos unió como nunca. ¡Bendito Internet!
Human de The Killeres
Lisboa, Oporto, Santiago de Compsotela, Madrid – 2008
Fue un viaje de trabajo, pero no por eso exento de descubrimientos singulares, de esa clase de descubrimientos que surgen si uno realmente está abierto a las personas con las que nos relacionamos así sea de esa manera tan forzada que es el vínculo laboral. Recuerdo este viaje a la ciudad de Garzón, en el Huila, especialmente por varias razones: la primera es que fue el día (9 de junio) en que cumplí veinte años de mi graduación como ingeniero químico; la segunda es que me encontraba en un estado de aprensión creciente debido a la obligación que tenía de viajar por tierra desde Neiva hasta Garzón a sabiendas de que no muchos meses atrás esa vía había sido objeto de varios ataques por parte de las FARC, dos asuntos que le comenté a Gloria, la persona que me recibió en el aeropuerto, y con quien trabajaría aquel día.
Gloria me escuchó entre atenta y entretenida, especialmente cuando le comenté mi temor por las noticias que tenía de la peligrosidad de la vía que transitábamos, pero me tranquilizó enumerándome varias razones para estar seguros de que no íbamos a sufrir ningún percance. La verdad es que no recuerdo esas razones y creo que tampoco las entendí muy bien en su momento: respondían a una especie de código local que acepté a regañadientes y por el que no quise indagar, decidido a no convertir aquél encuentro en un episodio paranoico.
Después de dos horas de viaje durante las cuales alcanzamos a contarnos la esencia de nuestras historias personales, llegamos a Garzón convertidos en dos viejos amigos, gracias a la espontaneidad y confianza de Gloria que hicieron mucho más fácil el trabajo con ella. Estuvimos toda la mañana adelantando los informes y evaluaciones que me habían llevado hasta allí. Pocos minutos después del medio día, escuchamos llegar a la oficina a varias personas. Se trataba del esposo de Gloria y de sus dos hijos, un niño de unos nueve años y una niña de once. Fue el chico quien se acercó primero a mí y se presentó con su nombre propio completo y me ofreció la mano como si de unadulto se tratara. La niña fue más tímida y sólo al final se presentó el esposo de Gloria.
Se lo comenté a Gloria durante el almuerzo: el chico me dejó muy impresionado, no sólo por la belleza física que poseía, sino por la tremenda energía que irradiaba, efecto, propuse yo, de la conciencia (si se puede hablar de conciencia a esa edad) de su gran belleza. Gloria estuvo de acuerdo, habló de su hijo como de un ser especial que a dónde llegaba o se presentaba causaba ese mismo impacto. Pero eso que podría ser como una bendición para la familia, me confesó Gloria, había traído no pocos problemas, comenzando por el de la envidia y pasando por complicaciones en la personalidad del niño, quien empezaba a sufrir una especie de conflicto de identidad sexual y una madurez anticipada en ese sentido. No pocas veces, además, hubo dificultades por acercamientos incómodos y acosos sexuales por parte tanto de niños como de niñas.
Terminado el almuerzo y un poco avergonzada de sus confesiones, Gloria se dedicó exclusivamente a terminar el trabajo que nos faltaba y ya no hablamos más de su familia. La verdad es que yo tampoco insistí más, consciente de que habíamos traspasado ciertos límites de la intimidad. El regreso a Neiva lo hice solo y sin ninguna clase de contratiempos, de modo que alcancé a tener suficientes minutos como para echar a mi maleta una buena cantidad de las famosas achiras huilenses y otros manjares y descansar en el aeropuerto antes de abordar el avión que me llevaría de regreso a Bogotá.
No volví a pensar en aquél chico de belleza extraordinaria, energía potente y problemas de acoso hasta casi dos años después, cuando vi en la televisión por cable una impactante pero estupenda película: “No night is too long” (2002) en la que se relata la historia de amor de un trío muy particular y en la que el protagonista sufre esas mismas condiciones del chico de mi pueblito perdido en Colombia: un ángel al que todos desean y manosean.
Basada en la novela de Ruth Rendell y dirigida por Tom Shankland, “Ninguna noche es suficientemente larga” (su traducción al español), narra la historia de Tim Cornish (interpretado por Lee Williams), un estudiante universitario que lleva una vida aparentemente normal, pero que de pronto y sin mucha explicación se siente atraídopor Ivo Steadman (interpretado por Mark Warren), un profesor universitario, doctor en paleontología.
Esta atracción aunque inicialmente obsesiva, se revela con el tiempo superficial, al menos para Tim, quien confiesa a Ivo que el encanto ha desaparecido así de inexplicablemente como apareció. Esto lleva a Tim a los brazos de una mujer llamada Isabel (interpretada por Mikela J. Mikael) y a la decisión de que debe salir de su relación con Ivo de cualquier manera como pueda, incluso si eso significa darle muerte.
A través de flash-escenas, descubrimos que Tim fue víctima de abuso sexual de niño. Aunque consciente de este hecho, Tim no puede hacer nada para cambiar esta tristeza que lleva dentro de sí mismo desde entonces. Por su parte Ivo, quien al comienzo parece un ser egoísta abusivo y hasta brutal, termina convertido en la parte vulnerable de la relación. Pero la cosa no es tan sencilla, pues sibien Tim tiene claro que Ivo ya no le gusta, depende todavía de él, y ahí es donde la película adquiere el tono de thriller.
El ritmo de la película cambia y, durante los últimos treinta minutos,se produce un interesante tour de force emocional. El amor de Tim que parecía tan claro y decidido aparece de pronto mucho menos apasionado que el de Ivo. Tim se desespera, quiere zafarse, incluso se sugiere todo el tiempo el asesinato como salida y el rol de Isabel adquiere gran importancia como motivo y ayuda en los propósitos de Tim. Entonces nos enteramos de que Isabel es la hermana de Ivo y que quiere ayudar a su hermano pero ha sido incapaz de resistirse a los encantos de Tim.
Se trata, en fin, de una muy buena película sobre las relaciones humanas y sus inesperados matices (donde el amor gay es sólo una excusa para la exploración profunda de los sentimientos y de sus metamorfosis), con personajes complejos y contradictorios.Tim Cornish es una víctima perfecta de su vida, de su belleza y de su éxito. Ivo pasa de dominador a víctima; pasa de ser la persona fascinante a chivo expiatorio de la profunda culpa de Tim. Isabela, por su parte Isabela aparece como tabla de salvación para Tim y como señuelo al mismo tiempo, pero se convierte, al fin y al cabo, en el mejor instrumento para comprender el sentido de su existencia.
De contenido dinámico, con fuertes y violentas escenas homoeróticas, espectacular fotografía y actuaciones naturales, sumado a esos personajes complejísimos e indescifrables, “No night is too long” es un thriller que funciona en todos los niveles: trama de giros inesperados y cinematografía del más alto nivel.
Pues bien, no pude pensar más que en el hijo de Gloria durante toda la película, pues veía en Tim su mejor representación y (ojala no) su anticipación. El ángel deseado por todos, por quien todos creen tener derecho a disfrutar o maltratar, encerrado en un cuerpo magnífico que lo pone en una relación especial y dramática (casi diría, ojala no, trágica) con el mundo. Ese es el Tim que veía yo también en el chico de Garzón, por quien no he dejado de preguntar cada vez que puedo y por el que ruego que pueda encontrar caminos menos tormentosos
Pero el ángel tiene su contraparte arquetípica en la mariposa, vistos ambos como modelos de amantes; y sólo comprendiéndolos en su dialéctica es posible entender mejor a cada uno.
Lo digo porque cuando vi el videoclip con el que el grupo mexicano de rock Maná, promociona su canción, Mariposa traicionera, volví a pensar en Tim y en el hijo de Gloria. La mariposa en este contexto, es una persona (por lo general una mujer) tan atractiva y sensual como el ángel, pero a diferencia de éste, toma la iniciativa y goza sexualmente sin escrúpulos y sin pensar en el daño consecuente. La mariposa hace, literalmente, lo que se le da la gana, amparada en su gran atractivo sexual. El ángel en cambio es la víctima, son los otros los que hacen con él lo que se les da la gana.
El paradigma de la mariposa se ve muy bien reflejado tanto en la letra de la canción de maná como en el video que la acompaña. La letra (compuesta por Fher Olvera) lo dice todo por sí misma:
Eres como una mariposa
vuelas y te posas vas de boca en boca
fácil y ligera de quien te provoca
Yo soy ratón de tu ratonera
trampa que no mata pero no libera
vivo muriendo prisionero
Mariposa traicionera
todo se lo lleva el viento
Mariposa no regreso
Ay, mariposa de amor, mi mariposa de amor
Ya no regreso contigo
Ay, mariposa de amor, mi mariposa de amor
Nunca jamas junto a ti
vuela amor, vuela dolor
y no regreses a un lado
ya vete de flor en flor
seduciendo a los pistilos
y vuela cerca del sol
pa’que sientas lo que es dolor
Ay, mujer cómo haces daño
pasan los minutos cual si fueran años
mira estos celos me están matando
Ay, mujer que fácil eres
abres tus alitas, muslos de colores
donde se posan tus amores
Mariposa traicionera
todo se lo lleva el viento
mariposa no regreso
Ay, mariposa de amor, mi mariposa de amor
Ya no regreso contigo
Ay, mariposa de amor, mi mariposa de amor
Nunca jamas junto a ti
vuela amor, vuela dolor
que tengas suerte en tu vida
ay, ay, ay, ay, ay dolor
yo te llore todo un río
ay, ay, ay, ay, ay amor
tu te me vas a volar
El video por su parte es más sutil:
Se abre y se cierra con la misma escena: un hombre joven sentado a la barra de un bar, abatido, bebiendo, maltrecho. Entre el comienzo y el cierre transcurren cuatro minutos (los mismos de duración de la canción): entre las 5 y 33 y las 5 y 37 de la mañana. Entretanto se narran los hechos. El primero es el de la preparación del atuendo de la mariposa, en su casa a las 10 y 41 pm: una mujer muy atractiva escoge gozosa sus ropas que son sus herramientas de seducción. A las 12 y 55, la mariposa hace su entrada triunfal al bar, de la mano de su hombre. Bebe y empieza a besarlo apasionadamente, pero le “echa el ojo” a otro hombre. Entre la 1 y 47 y la 1 y 54 (¡siete minutos!), la mariposa “vuela” de la mesa donde se encuentra, pasa al lado del hombre que ha avistado poco antes y lo atrae hasta el baño, no sin ambigüedad, donde hace escandalosamente el amor. Vuelve a la mesa como si nada, pero pronto vuelve a sus andadas, esta vez con una mujer en la barra, con quien protagoniza una escena lésbica sin reparos en lo público de la misma. Entretanto, alguna mujer se acerca donde el hombre joven y le cuenta lo que está sucediendo. Son las 4 y 40 de la mañana, cuando el hombre decide buscar a su mariposa ante su ya insoportable y larga ausencia. La encuentra afuera, en actos amorosos con otro hombre, en plena lluvia. Se da una escena de golpes, de la que sale mal librado nuestro pobre protagonista, quien al parecer se resigna y vuelve, golpeado y maltrecho al bar, donde se dedica a beber. Fin del vídeo.
Obviamente, las características de la mariposa se ven en esta historia magnificadas, por la posición del hombre que la ama, quien, según la letra de la canción, espera fidelidad y amor. Debe ser un hombre afectuoso y romántico o tal vez idealista e intelectual o quizá tradicional y entregado. No parece en todo caso el prototipo del gran fascinador o del dominante y receloso, mucho menos del fuerte y obsesivo o del emancipado; tal vez podría caber en el arquetipo del discreto e imaginativo, pero no está en todo caso en posición de hacer reclamos o de luchar por el amor de su mariposa y por eso canta. no le queda otra opción. Se encuentra muy lejos de poder salvaguardarse del poder destructivo de la mariposa, quien debe verlo como uno más de sus objetos de placer.
Mariposa y ángel, dos arquetipos del amor, extremos y potentes. Mariposa y ángel viven, son, se multiplican, tal vez no se contactan nunca, existen para su propia felicidad o desgracia y para las de los demás.
Llegamos a nuestro sitio de retiro a eso de las siete de la noche, un miércoles. El compromiso era permanecer allí hasta el sábado en la tarde, totalmente desconectados de nuestros vínculos familiares, sociales y laborales, pero sé que no todos cumplimos el pacto al cien por cien. Yo por ejemplo llevé un celular para comunicarme con mi familia y un libro: Ojos azules de Toni Morrison para leer en tiempos de tedio.
Éramos un grupo de seis personas, incluido el director espiritual, otros dos hombres y tres mujeres. Nos reunimos en el comedor, donde conversamos un poco y pusimos sobre la mesa las razones y expectativas de cada uno frente a los ejercicios espirituales ignacianos que realizaríamos durante tres días, pero inmediatamente después de la cena entramos en el silencio total. La idea era, según las palabras de nuestro director de conciencia, alistarse para un tiempo fuerte de la acción de Dios y cooperar con esa acción.
La habitación asignada era pequeña, tipo celda, con su baño individual, una cama exigua, una estrecha cómoda, una mesa de noche, una lámpara, una Biblia y una guía de los ejercicios. En seguida recordé mi experiencia de soledad acaecida trece años antes. Entonces era estudiante de Ingeniería Nuclear en Argentina y tuve que permanecer solo en varios de los sititos a donde tuve que ir para mi entrenamiento. Recuerdo especialmente el final de mi primera semana en Buenos Aires cuando, después de cinco días de deslumbramientos y exploraciones, sobrevino una intempestiva e irracional fuerza que se manifestó al principio con la cara de la nostalgia, pero que después me mostró la de la culpa y la del dolor, un dolor no sólo emocional, sino incluso físico, que ya no me dejó durante aquellos meses y que irrumpía sin aviso ni compasión. Aquél tiempo tuvo, sin embargo, una compensación: el afianzamiento de mi amor por Yaneth y la decisión de convertirme en escritor. Pensé también en los tiempos de soledad de mis viajes al extranjero, en los tiempos de soledad que exigía mi escritura, en los tiempos de soledad del desamor; todos tiempos de vacío, de carencia, de ausencia que sólo podían ser llenados con amor, con el amor que a veces no tenía a la mano. Tal vez ahora (trece años después, el ciclo de tiempo de los mayas) podría sobrevenir algo similar, pero ya me sentía curtido. Y con ese pensamiento de alivio me dormí aquella primera noche de mis retiros espirituales, en medio de una soledad inédita.Al otro día, muy temprano, se iniciaron los ejercicios.
Yo estaba a la expectativa, pues ni siquiera como estudiante de los jesuitas en la época de mi bachillerato, había tenido esta experiencia. Descubrí pronto la estructura. Cada ejercicio demandaba tres momentos: la preparación, definida como un dejar hacer a Dios, un recibir activo; el cómo hacer, que incluía varias posibilidades: escuchar, orar, examinar, meditar, contemplar, leer, respirar, concentrase; y finalmente desarrollar una actualización de los contenidos bíblicos propuestos. El objetivo: ejercicios de fe, salir de algunas certezas y seguridades y dejarse capturar por el misterio, discernir, ordenar nuestra tendencialidad, llenar nuestros vacíos, confirmar lo que se tiene, buscar lo que no se tiene en términos espirituales.
A pesar de mi natural escepticismo, que se mantuvo presente (no sin ambigüedades) durante todo el tiempo del retiro, la verdad es que esta experiencia terminó confrontándome con varias realidades personales que sólo e indudablemente por efecto de la estrategia de concientización desarrollada, adquirieron allí visibilidad, como si de un auténtico sicoanálisis se tratara. Descubrimientos que fui anotando en mi cuaderno bajo el título de “observaciones” y que ahora trascribo y gloso.
Primera observación: todo se conecta
Ante el propósito, que se ha planteado de entrada, de reforzar la fe, no puedo menos que pensar en la novela que acabo de terminar cuyo tema es ni más ni menos la pérdida de la fe. Una novela sobre los tiempos terribles que me ha llevado a admitir mi incapacidad para ofrecer una ilustración narrativa de, siguiendo a Laplantine, los tiempos de la resistencia y menos aún de los de la acción. Perdida de la fe, incapacidad para la esperanza, ¡qué misterio! Mi novela habla de imaginar el mal para generar temor: imágenes apocalípticas como estrategia para anticipar los tiempos terribles, deterioro para desear el orden, orden del hombre versus orden de Dios, según nuestro guía, lo que me lleva a la temática de mi primera novela: caos que exige orden, secuencia interminable. Todo se conecta
Segunda observación: efectos del silencio
Empiezo a sufrir los efectos de la disciplina. Una especie de sensación de libertad, de tranquilidad y sobre todo ganas de permanecer así, como si fuera el estado ideal de la vida. Por eso siento tan extraños a los compañeros de trabajo que han llegado con motivo de alguna reunión, me parece que parlotean y revolotean arrastrados por la lava del volcán de las tareas cotidianas. No puedo menos que recordar mi cuento “un instante de su piel” y esa anticipación de este momento allí lograda: “Quisiera quedarme en esta paz, en esta paz”, quisiera extender la magia de este instante.Otros efectos: respiro mejor y mi cavidad torácica se llena de presencia, de mundo. Así mismo experimento una sobre-sensibilización creciente: la vista de los jardines se me hace magnífica, el gusto en la comida se acrecienta, el olfato percibe con nitidez y a veces con extrañeza los más sutiles aromas, con el tacto recibo señales fuertes, sobre todo de los elementos naturales, como las hojas de las plantas. Me demoro, me demoro en cada sensación
Tercera observación: humildad, humildad, humildad
Qué fácil, qué natural resulta ahora aceptar los contenidos propuestos por el director (¿esa, la estrategia?): nuestra sensación de tranquilidad y paz, según él, responde al hecho de que estamos aceptando que hay un orden más allá del humano cotidiano con sus artificios y conflictos: el orden de Dios. Conclusión: el hombre debe servir a ese orden y no al otro, debe por tanto desprenderse, desapegarse de las obras creadas por el hombre y cooperar con el orden divino que da sentido a todos los significados. Claro: debe ser una decisión mediada por la libertad, máximo don del hombre (también ofrecido por Dios). Libertad y humildad, parece ser el lema, un lema que he leído antes, en mi habitación, en un texto que hay en alguno de los cajones de la mesa de noche:
Concédeme una inteligencia que te reconozca
Una generosidad que te busque
Una sabiduría que te encuentre
Una vida santa que te agrade
Pregunta: ¿Qué me “impide” encontrar a Dios? ¿Acaso mi demasiada racionalidad, mi poca generosidad? ¿A qué estoy apegado?
La diferencia entre el comienzo y el final del ciclo (de los trece años) está en que ante la primera experiencia, me resistí y eso causó dolor; en cambio ahora hay decisión y voluntad y por tanto gratificación
Cuarta Observación: Ojos azules
Leer, escribir, ¿no son otras maneras de dialogar con Dios?, ¿acaso mis maneras? Es cierto, mi trampa en estos ejercicios espirituales ha sido leer, pero hasta la lectura ha tenido para mí un valor diferente, un valor agregado, un valor espiritual y hasta terapéutico, las consecuencias terapéuticas de un libro genial como éste de la premio nobel afroamericana Toni Morrison, Ojos azules que narra la triste historia de Pecola, una pequeña negra que todas la noches reza para poder tener ojos azules. A su corta edad nunca nadie se ha fijado en ella, pero piensa que si tuviera ojos azules, todo sería diferente. Sería tan linda que sus padres dejarían de pelearse, su padre dejaría la bebida y su hermano ya no volvería a escaparse de casa. Todo lo que desea es ser bonita.
Ojos azules es la primera novela escrita por Toni Morrison (premio nobel de literatura 1993). Narra, a través de los ojos de Pecola, la historia de una familia negra que se muda a Ohio para escapar de la pobreza y la discriminación del sur, con todas las connotaciones racistas y condiciones de vida miserables que ello conlleva. Pero lo interesante de este relato es que nos permite conocer cómo percibe esa realidad una niña de once años a la que nunca le han prestado atención ni brindado el cuidado ni el amor que necesita. Para ella todo sería diferente si en vez de ser negra, y por lo tanto fea, pudiese tener ojos azules como las bonitas muñecas que ve en los escaparates, como esas dos niñas que representan los cánones de belleza perfecta: Shirley Temple y Mary Jane.
Es una historia fuerte pero muy bien narrada y llena de esos detalles que conducen a la inmersión total en el mundo propuesto y que, mezclada con la reflexión que hemos hecho este día, en uno de los ejercicios, ha hecho estallar una terrible verdad de mi corazón. En efecto, hemos leído los pasajes correspondientes a las dos imágenes bíblicas de la mujer: de un lado Eva, la pecadora, la inductora, el origen del caos, pero también la mujer de las iniciativas, la mujer fuerte y autónoma; y, de otro, María, la redentora, la restablecedora del orden divino, pero también la mujer sumisa, heterónoma. Y me he dado cuenta de una cosa: dentro, muy dentro de mí, la mujer pecadora, la de las iniciativas, la enviada del demonio, corresponde a (se me ha presentado siempre como) la figura de una mujer rubia y de ojos claros (¡ojos azules!): la imagen de mi propia madre. Ha sido por eso que las mujeres en mi vida con esa figura me atraen tanto, pero también son las que me han hecho más daño, son (¿quiero que sean?) las mujeres malvadas, las que introducen el desorden. Pero más aún, Yaneth, mi esposa es morena y de ojos oscuros, es la “María” de mis mujeres, la que otorga la paz, la seguridad y la armonía a mi vida. Dos caras de la feminidad, dos rostros distintos.
Resulta por eso tan impactante descubrir así lo que he llevado por dentro “programado” para mi vida sentimental todo este tiempo: de un lado, la irresistible atracción por figuras parecidas a mi madre, pero, al tiempo, temor a ser tratado por ellas como ha sido tratado mi padre, con la superioridad prepotente que les dan sus ojos azules. Y de otro, la sensación de inocencia (¿de sumisión?) que me ofrecen los rostros morenos, las mujeres trigueñas.
Quinta observación: fin de los efectos, vuelvo a la resistencia
Del estado de paz y sosiego del comienzo, y que me había hecho hasta ahora tan buen receptor a las lecciones de estos ejercicios, no queda hoy nada. Estoy ofuscado tras la sesión en la que se reflexionó sobre el pecado, una sesión que no deja más cabida que admitir ser pecadores; pero eso no es lo que me molesta, sino la línea que conduce desde esa admisión hasta su solución: la humillación de tener que confesar los presuntos pecados ante un mediador como condición para su purificación. Tan molesto estoy que quise hablar con el director de conciencia sobre mi estado emocional. Creo que he hecho bien al no haber conversado con él finalmente.
La idea esencial es la siguiente: el pecado es la pérdida de la referencia al orden de Dios y se presenta continuamente en la vida, por lo que se hace necesario cultivar una actitud, es decir, una práctica estable que lo neutralice: el discernimiento continuo. El director ha mencionado una imagen terrible: el enemigo y sus mil caras. Según él, el enemigo está presente todo el tiempo y nos tienta, nos ofrece cosas que parecen buenas (placeres aparentes, justificaciones del pecado), pero que en realidad ofenden el orden divino. Ahí la cosa se complica, porque la solución sería adquirir una especie de sensor personal especial (lo que no parece fácil, pues ni San Pablo lo tenía, según se deduce de su famosa frase: “no hago el bien que quiero sino que obro el mal que no quiero”) o acudir a una ayuda externa: el buen espíritu, el cual actúa en dos situaciones: cuando hay pecado y el pecador no es consciente de ello (porque el enemigo lo ha engañado) punza y revuelve para que el pecador se sienta mal y se cuestione y actúe; cuando el hombre está en estado de santidad, es el enemigo o mal espíritu el crea desolación y el buen espíritu actúa para restablecer la paz, la gratificación.
La práctica que lleva a la adquisición del “sensor” es el examen de conciencia que consiste en poner en cuestión cada acto de la vida y buscar, punzar, revolver hasta que no quede ninguna duda de que esos actos no están manchados por el pecado. Pero si hay alguna duda, por pequeña que sea, hay que asumir que el acto es pecaminoso. Una vez llegado a este punto, entra una nueva dimensión: la dimensión social. El pecado no es sólo personal, es siempre social, afecta siempre y en algún grado el entorno del pecador y por eso se hace necesaria la enmienda social a través de la figura del confesor, quien recibe nuestra “declaración” de pecados y la lleva a Dios y trae de él la penitencia y el perdón.
El asunto del pecado, de la reflexión sobre mi desorden y sobre la manera como ha afectado a los demás, ha hecho que el ritmo que llevaba y la experiencia misma hayan cambiado. Se ha hecho menos grata, tal vez por mis resistencias más íntimas a los preceptos y sacramentos católicos, cómo este de la confesión como requisito para no ser excluido (de la comunión, de la cena), como efectivamente ha sucedido, pues después de todo esto, mis compañerors de ejercicio se han confesado ante el director de conciencia, todos menos yo han comulgado. ¿Debo revisar mi vida, debo aceptar los preceptos, debo practicar los sacramentos? Me resisto a ello, he pensado en abandonar
Sexta observación: el padre elegido
Quizá uno de los factores que ha influido más en mi estado de ofuscación ha sido el hecho de que la confesión (de haber decidido confesarme) debía hacerla ante el director de conciencia, el padre Gaitán, quien es ahora mi colega, pero ha sido antes mi profesor y también mi consejero y con quien no pocas veces he discutido y he disgustado. Por eso ha surgido esta nueva conciencia: El padre Gaitán es en realidad un padre encontrado, un padre deseado. No es tan descabellado el asunto: varios signos pueden confirmarlo. El primero es su edad: la edad de Gaitán es prácticamente la de mi padre biológico; el otro es el paralelismo (o mejor diría la discordancia) de sus vidas: el uno (Gaitán) de buena familia y que vivió por eso un país y una historia tan distintos al del otro (mi padre), proveniente de una familia campesina. El uno educado e instruido, el otro con un nivel muy escaso de educación y por eso inseguro y pusilánime. El uno lleno de experiencia, el otro agotado anímicamente por la explotación laboral. Gaitán se ha convertido en un padre encontrado y deseado, y yo, inconscientemente lo he adoptado como tal. Eso explica mi admiración, mis conflictos, mis dependencias, mi estrecho vínculo emocional con Gaitán y también mis bloqueos, mis resistencias. ¿Ha sido una mala idea venir?
Séptima observación: órdenes complejos
Orden humano, orden divino; orden secular, ¿orden complejo? La teoría del caos afirma que no existe el desorden, que todo desorden es la apariencia de un orden complejo, un orden que no se explica por paradigmas tradicionales como el de causa efecto (cuya mejor imagen es el famoso efecto mariposa: “El aleteo de una mariposa que vuela en la China puede producir un mes después un huracán en Texas”) o el de modelo, contramodelo (cuya mejor ilustración es la contraposición orden divino versus orden humano). También afirma que los sistemas dinámicos son explicables, basta una buena serie matemática y un buen aparato de cálculo para hacer que eso que parece misterioso o aleatorio se vuelva sistémico, regular. Finalmente, eso que llamamos desorden o calor o entropía adquiere una nueva manera de apreciarse en la teoría del caos que considera estos fenómenos como estructuras disipativas, es decir órdenes en potencia. Cuando no teníamos la herramienta de la teoría del caos y de la complejidad debimos acudir a otras para explicar el misterio: el símbolo, la religión, la poesía. Pero parece que la ciencia, la del tipo caótico o complejo, hace una segunda arremetida y coloniza ahora los espacios que la ciencia determinística dejo abandonados y a merced de hermeneutas, sacerdotes y poetas. ¿No es acaso la literatura una forma secular de la trascendencia? ¿No es la trascendencia una forma compleja de la literatura?
Octava observación: no más mediaciones
Qué extraño. He dicho atrás hermeneutas, sacerdotes y poetas, ¿no debo agregar escritores? Es decir, la supuesta mediación que cada una de estas figuras ejerce se justifica porque supuestamente existe el misterio y es necesario acercar a los demás, a los que no tienen manera de vivirlo adecuadamente, a una vivencia pertinente del misterio. Lo que creo es que esas mediaciones pueden ir desapareciendo en función de lo que nos enseñen las nuevas herramientas de acceso al misterio: la teoría del caos, el pensamiento complejo y las nuevas tecnologías. Lo que creo que debemos asumir es un dialogo universal (en un sentido técnico pero también humano) que nos permita el discernimiento colectivo del desorden, o lo que sería mejor: la comprensión de los órdenes complejos, incluidos los de tipo espiritual y religioso. Acudiendo a lo que conozco del hipertexto y su potencial comunicativo, la tarea que debería salir de todo esto es la de contribuir a una pedagogía y a una ingeniería del caos y del pensamiento complejo
Novena Observación: desapegos y limitaciones
Se nos ha pedido constantemente desapegarnos, desapegarnos de todo aquello que ofenda el orden divino. En la práctica, esos desapegos (al dinero, a la familia, al hedonismo, al trabajo, a la vida, por citar algunos) podrían tener efectos “positivos” (en cuanto actitud) sobre peligros tan constantes en nuestro país como son el despido, la guerra, el secuestro, la muerte. Esto suena bien y hasta lo creo viable, pero ¿en realidad seré capaz, al salir de aquí, de ponerlas en práctica? Espero poder lograr un cierto nivel de desapego, pero quizá mi tarea sea la de mostrar literariamente estas tensiones, construir relatos y novelas que muestren esas tensiones en el caldo de cultivo de nuestra sociedad.
De salida
Sábado. Hemos terninado de almorzar y el voto de silencio ha quedado abolido. Hablo con Yaneth y con mis hijos por el celular y escribo las últimas líneas. Siento que la experiencia me ha servido, salgo con un par de claridades y varios propósitos. Tal vez la forma como expreso esos logros no coincida con la forma como se han expresado aquí los objetivos del retiro. Tal vez hay necesidad de construir una especie de diccionario que traduzca lo que San Ignacio y sus seguidores han propuesto desde que crearon esta experiencia al lenguaje de hoy y sobre todo al lenguaje de mi propia visión de mundo.
En ese dentido, quiero expresar una última observación general: ha sido para mí más facil encontrar coincidencias entre mis creencias personales y la idea de Dios y de su acción fuerte, puestas aquí en escena (por ejemplo con la idea de la complejidad). En cambio me sigue costando aceptar la propuesta de considerar la vida de cristo como modelo universal e imperecedero. Y lo que si queda defintivamente por fuera de mi alcance es la aceptación del sentido de los ritos y de los sacramentos derivados por la iglesia católica: me resultan no sólo arbitrarios sino odiosos. Creer en Dios tal vez sea eso que la gente de la nueva era ha propuesto: volver a una espiritualidad más original, más molecular y menos afectada por las grandes narrativas y sus instituciones
Décima Observación (extemporánea): sobre los (perversos) alcances de la inmersión
Segundo semestre de 2006. Siete años después. Por recomendación de mi amigo Alejandro Pisccitelli he leído el libro de Marie Laure Ryan: La narración como realidad virtual y para mi sorpresa, uno de sus interludios está dedicado a los ejercicios espirituales inventados por San Ignacio de Loyola. Para esta estudiosa suiza, dichos ejercicios constituyen el mejor modelo de lo que ella llama la inmersión narrativa:
A san Ignacio de Loyola le corresponde buena parte del mérito de haber desarrollado la técnica para convertir la simulación aristoteliana en una disciplina de la lectura. En los Ejercicios Espirituales, el fundador de los jesuitas realizó una descripción meticulosa de las operaciones mentales que conducen a la inmersión en un mundo textual, que constituye un documento fascinante sobre el sueño utópico de la simulación total y una prefiguración de muchos de los temas que se discuten en el foro de la tecnología de la Realidad Virtual
Los Ejercicios son un programa para el desarrollo y fortalecimiento de la fe que recuerdan curiosamente a un programa para el desarrollo y fortalecimiento de los músculos. (Se cuenta que Ignacio era un entusiasta de la práctica de las artes militares de su tiempo, hasta que la conversión religiosa originada por una herida física le hizo reorientar sus energías hacia la salvación del alma).
El practicante debe recorrer un elaborado protocolo que describe con minucioso detalle una secuencia de ejercicios que deben ser completados en un período de cuatro semanas con la guía de un «director de conciencia». Las instrucciones especifican cuántas repeticiones de cada ejercicio hay que realizar, qué tipo de variaciones hay que introducir en cada repetición, cómo mantener el interés del practicante (manteniendo, el suspense narrativo acerca de la siguiente rutina), y cómo equilibrar el entrenamiento espiritual con la vida diaria y las demandas del cuerpo Los ejercicios espirituales propiamente dichos consisten en meditaciones y contemplaciones de las narraciones bíblicas y están dirigidos a producir una participación vivida del yo en los acontecimientos fundacionales de la fe cristiana.
De acuerdo con la doctrina cristina para Ignacio el alma está «encarcelada en este cuerpo corruptible».
El alma es el principal objetivo de este programa de entrenamiento porque, si acepta la redención, tiene el poder de sobrevivir a su prisión y recibir un cuerpo nuevo e incorruptible. El truco consiste en poner la parte corpórea del yo al servicio del alma. San Ignacio no propone un modo de escapar a la prisión del cuerpo (eso es algo que sólo los muertos pueden conseguir y los Ejercicios están claramente dirigidos a los miembros vivos y activos de la sociedad) pero sí que explotemos las facultades que poseen, estos «muros inteligentes». La originalidad del método que propone San Ignacio reside en la idea de que los sentidos del cuerpo (vista, oído, olfato, gusto y tacto) pueden utilizarse como peldaños para activar los dos sentidos del alma, la voluntad y el intelecto. Cuando pide al ejercitante, por ejemplo, que contemple el infierno, Ignacio dirige su atención de un sentido al otro, en una sucesión que implica una proximidad creciente del cuerpo al objeto de contemplación. La pintura mental de las torturas del infierno no es un fin en sí misma, sino el primer paso de un ejercicio que consta de tres partes y que conduce de lo sensorial a lo espiritual: 1) comprender la gravedad del pecado y sus consecuencias; 2) utilizar el intelecto para razonar contra él; y 3) utilizar la voluntad para decidir evitarlo.
Tal y como ocurre en el caso de la tecnología de la Realidad Virtual, para que tenga lugar la inmersión en estos episodios sagrado es imprescindible una transparencia relativa del medio. Barthesha recalcado lo «plano del estilo» del texto de los Ejercicios: «Purificando de cualquier contacto con las ilusiones y la seducción de la forma, se ha dicho que el texto de Ignacio apenas puede considerarselenguaje. El camino seguro y neutro que garantiza la transmisión de una experiencia mental». El lenguaje, para Ignacio, no es un objeto de contemplación, sino un conjunto de instrucciones para la imaginación que pueden ser parafraseadas libremente.
Esta filosofía no sólo conforma su propia escritura práctica sino que también afecta a su manejo del propio texto bíblico. Durante la cuarta y última semana del programa, mientras se muestra al ejercitante cómo rememorar y revivir todo el relato de la Pasión, Ignacio no duda en sustituir el original por su propia narración; el texto que ofrece como guía para la imaginación es un resumen sintético de los cuatro Evangelios. Todas las historias pueden ser contadas un número infinito de veces, y en lo que concierne a los hechos, la versión de san Ignacio es tan buena como cualquier otra. Mientras recorre el itinerario del programa laboriosamente diseñado de los Ejercicios, el ejercitante de la disciplina ignaciana conoce tres maneras de inmersión en el texto bíblico; la representación imaginada del cuerpo en el espacio representado, la participación en las emociones de los personajes y la reconstrucción momento por momento del relato de la Pasión. Cada uno de estos tipos de experiencias está asociado a uno de los constituyentes básicos de la gramática narrativa: escenario, personaje y argumento.
Ahora, siete años después de la experiencia de mis retiros espirituales, puedo afirmar que la descripción que hace Ryan de los ejercicios es perfecta, al menos en lo que tiene que ver con la inmersión en los contenidos bíblicos, pero también en relación con el uso del cuerpo (y de los sentidos) que se hace para disponer el alma. Tal vez, si hubiera podido conocer este texto antes, habría podido vivir otra experiencia muy distinta a la descrita en esta crónica. Tal vez incluso habría decidido no ir. O tal vez no.
Nunca se casó y ahora todos la tratan como la loquita del paseo. Puede sonar duro, pero es cierto, hoy Patricia, a sus cincuenta y cinco años, no es más que una piltrafa mental, una mujer asustadiza, a veces incluso agresiva y siempre imprevisible. En un buen día puedes conversar con ella y no le notas nada, tal vez un tic suave en sus labios, un leve descordine en alguna frase trivial, la mirada esporádicamente esquiva, el acento fuerte en ciertas palabras, nada de qué preocuparse; pero si te toca el final de una tarde agotadora o el comienzo paranoico de un día, puedes llegar a convertirte en el desafortunado chivo expiatorio de todos sus males, en el culpable de sus desgracias y, lo peor, en el destinatario de sus alucinaciones.
Esa es ahora Patricia, que pena, una mujer que a los veinticinco años era una profesional brillante, llena de futuro y de proyectos, culta, cultísima como ninguna, nada fea y con una personalidad a toda prueba. Proveniente de una familia con recursos, tradición y no exenta de alcurnia, pero sencilla, Patricia era lo que uno podía llamar una mujer interesante, abierta a las ideas progresistas, sensible a la endémica injusticia social de nuestro país pero no por ello afiliable a la izquierda política, pues despreció siempre el falso compromiso burocrático de los partidos y nunca creyó en la vía violenta como salida.
Nadie podía imaginar que eso que comenzó como uno de los numerosos y arbitrarios allanamientos derivados de la reciente aprobación y aplicación del tristemente célebre “Estatuto de Seguridad” (estrategia de terror antisubversivo del gobierno de Turbay Ayala), y que constituyó un pequeño escándalo, si, y hasta se convirtió en el tema de comentarios para los habitantes del edificio de apartamentos de estrato cinco donde vivían Patricia y su familia; nadie podía imaginar que todo ello terminaría en semejante tragedia.
Es más, después de los casi dos meses de reclusión que sufrió Patricia en las fatídicas caballerizas del ejército en Usaquén, todo pareció regresar a la normalidad. Ella regresó a sus clases en la universidad nacional, su familia sorteó con dignidad la morbosa curiosidad de sus vecinos y de sus amigos y hasta el temido estatuto fue declarado inexequible por la Corte Constitucional, de modo que el asunto habría podido archivarse en el mismo lugar a donde van a parar las anécdotas o los gajes del oficio o las cosas de la vida. Pero no, no porque la procesión venía por dentro…
Casi un mes después, Patricia sufrió su primera recaída. Al principio malos sueños, pesadillas que la llevaban a la sala de torturas o a su celda, donde el rostro del verdugo aparecía burlándose cruelmente de su condición. Después, ataques incontrolables de paranoia que podían suceder lo mismo en su oficina que en medio de una clase y que con el tiempo se hicieron intolerables para sus colegas y sobre todo para los muchachos que sólo pedían tener al frente a una persona normal dispuesta a ofrecerles sus conocimientos.
Su situación se complicó tanto que tuvo que ser ingresada a un centro de atención mental, donde permaneció un mes y donde se le diagnosticó una grave psicopatía. Después de eso ya las cosas no fueron lo mismo. Tuvo que renunciar a la universidad y sus relaciones personales se deterioraron hasta el punto que su propia familia se declaró impotente para sobrellevar el problema. Pero lo más sorprendente vino poco después.
Tras un largo tratamiento, se supo que Patricia se había enamorado perdidamente de su verdugo. Nada más irónico; el mismo hombre que noche tras noche la visitaba allá en la celda a las horas más inesperadas para preguntarle con voz suave y gentiles modales si necesitaba algo, pero que en realidad sólo esperaba minar su voluntad impidiéndole dormir adecuadamente, el mismo hombre que no tuvo reparo en coordinar el trabajo más sucio (incluidas torturas físicas) para sacarle la verdad, el mismo hombre que le llevaba las mentiras más atroces acerca de sus parientes y de sus amigos para quebrar su entereza, ese mismo hombre, un sobresaliente carnicero, graduado con honores en el arte de la tortura resultaba ahora ser su amor, la necesidad más grande en su vida.
Nada más irónico.
No había modo de entenderlo, por más explicaciones reforzadas que ofreciera el sicólogo, que una manifestación singular del complejo de Electra, que una rara manera de soportar el terrible recuerdo que sus mecanismos síquicos de defensa habían inventado, que la evidencia de una negación sicótica, nada podía explicar semejante exabrupto. Pero Patricia se empeñaba en defenderlo, en justificar sus acciones como producto de una manipulación de la que él era una víctima, y si no, ¿cómo explicar que la siguiera llamando, que la siguiera viendo, que la tratara con tanto cariño, cuidado y arrepentimiento? Y no había manera de hacerla entrar en razón, no hubo manera de hacerle saber del peligro que había en ver al verdugo, que el hombre seguramente la engañaba para mantenerla a la vista, bajo vigilancia.
Pero no, nada que hacer, los sueños de Patricia se convertían en una cada vez más insoportable mezcla de fantasías eróticas y terribles espejismos de sus torturas, y en la vigilia no había más espacio que para la obsesión de su “gran amor”. Un gran amor que resultó ser otra farsa de su mente, quizá la más elaborada, la más terrible, pues se supo que, en medio de su paranoia creciente, ella había inventado otro mundo, mundo perfecto donde Diego, el verdugo, era el ser más agraciado, inteligente y bondadoso, y su relación con él la más armoniosa que nadie podía demandar. Fantasía que la condujo a la esquizofrenia, para la cual no hubo más remedio que el tratamiento siquiátrico, con sus drogas y sus tratamientos, pero sin una cura real.
Pasaron los años, con épocas de recuperación, con momentos brillantes y productivos, pero con recaídas terribles, y no hubo más remedio que convivir con aquél mal, con la triste historia de horror de Patricia, una más de las víctimas de aquella época oscura que vivió el país y que comenzó el 6 de septiembre de 1978, cuando, recién posesionado, el Presidente Julio César Turbay Ayala, expidió el decreto 1923, conocido como Estatuto de Seguridad.
Este decreto fue la respuesta del gobierno a un llamado hecho un año antes por los altos mandos militares al gobierno de López Michelsen, quienes, inspirados en la experiencia argentina y apoyados por la “inteligencia norteamericana” esperaban que el gobierno tomara nuevas medidas para salvaguardar la soberanía nacional interna y externa, pero sobretodo para evitar la repetición de hechos como los acaecidos un año antes, durante la llamada huelga general del 14 de septiembre y que significó la comprobación de una madurez política popular que resultaba intolerable no sólo para los militares, sino para lo que ellos llamaban en su carta las fuerzas vivas del país.
Amparados en el Estatuto de Seguridad, las Fuerzas Militares detuvieron y torturaron a varios miles de personas. La inmensa mayoría de éstas fueron procesadas por tribunales militares, acusadas de actividades subversivas. Se desencadenó una oleada de allanamientos, se llenaron de presos políticos las cárceles y las torturas y violaciones de derechos humanos se convirtieron en el pan de cada día.
Entre los casos más sonados se recuerdan el del poeta Luis Vidales quien, con ochenta años de edad, fue conducido a las caballerizas de Usaquén, lugar de las torturas y de los ajusticiamientos; el del escritor Gabriel García Márquez, quien tuvo que salir del país, bajo protección mexicana, cuando se descubrió que estaba en una lista de personas a detener; la detención arbitraria y las torturas causadas a Olga López de Roldán que dieron lugar a un fallo de condena a la nación por el Consejo de Estado; las torturas infligidas por personal militar contra dieciocho estudiantes detenidos en Bogotá en 1979 y que le Instituto de Medicina Legal documentó en un dictamen pericial concluyente como “lesiones externas visibles de violencia”; y la muerte de Jorge Marcos Zambrano en febrero de 1980, debido a torturas ocasionadas por personal de Inteligencia Militar en las instalaciones del batallón Pichincha de Palmira, famoso porque después de dos consejos verbales de guerra, los militares involucrados fueron declarados inocentes a pesar de toda la evidencia en su contra.
Qué curioso, se pregunta uno ahora, cuántas Patricias, cuántas Olgas, cuantos estudiantes, cuántos Jorge Marcos ya no están con nosotros o, peor, andan por ahí medio chiflados, muertos en vida, con existencias destrozadas, víctimas de ese vaivén (entre la legitimidad y la violencia como diría el historiador Marcos Palacios) que nuestro país ha convertido en su modo de ser desde que inició su historia.
Qué curioso, a una acción de protesta legítima como la del 14 de septiembre del 77, siguió la aplicación del estatuto, a su declaración de ilegalidad, siguió la conformación de las tenebrosas fuerzas paramiltares que acabaron no sólo exterminando un partido político completo (es decir, convertidos en los sucedáneos de la tarea que ya el ejército y la policía no podían hacer abiertamente), sino que construyeron, con el apoyo de cierta fracción de la clase política del país, todo un proyecto de reconstrucción de “la Patria”, hoy legitimado bajo la llamada política de seguridad democrática del gobierno de Uribe.
Qué curioso, me pregunto hoy si ese “lavado de cerebro” que le infringieron a Patricia allá en las caballerizas de Usaquén y que la hizo amante de su verdugo no es el mismo en esencia que hoy a nivel colectivo explica por qué adoramos al autoproclamado mesías que hoy tenemos por presidente, el mejor títere de Washington (y de su doctrina de dominación) que jamás hayamos tenido.
¡Nos lavaron el cerebro!
Con cuánta gente nos tropezamos diariamente sin percatarnos de nada, hombres y mujeres asustadizos, a veces incluso agresivos, pero siempre imprevisibles con quienes en un buen día se puede conversar sin notar nada, tal vez un tic suave en sus labios, un leve decordine en alguna frase trivial, la mirada esporádicamente esquiva, el acento fuerte en ciertas palabras, nada de qué preocuparse; la misma gente que, sin embargo, tras una tarde agotadora o el difícil comienzo de un día, puede llegar a convertirnos en el desafortunado chivo expiatorio de todos sus males, en los culpables de sus desgracias o, lo peor, en los destinatarios de sus alucinaciones… Con cuánta gente no tropezamos diariamente sin percatarnos de nada…
Fue uno de esos encuentros ambiguos, destinado en principio a la reunión en grado de igualdad (¡submit!), de representantes de universidades gringas y de universidades latinoamericanas. Pero el encuentro se convirtió rápidamente en un acto de pleitesía latinoamericana para con los visitantes del norte. Primero, porque a pesar de la muy eficiente traducción simultánea con la que contó el evento, el idioma cotidiano fue el inglés. ¿Por qué los visitantes, por pura cortesía, no se prepararon para hablar en español? ¿Por qué asumimos tan naturalmente que debíamos hablar, incluso entre nosotros, en el idioma del imperio? ¿Por qué en un país como Nicaragua, con una historia tan tormentosa, generada precisamente por la sistemática intromisión yanqui, se dispuso todo para hacer sentir bien a los prepotentes huéspedes?
La segunda señal ocurrió muy pronto. Después de un breve saludo de bienvenida, la actividad primera fue un tour por la ciudad de Managua. Eso, definitivamente, le dio el tono a la reunión: turismo para los gringos, quienes, de otro lado, llegaron acompañados de sus mujeres y vestidos con el atuendo típico de quien cree que Latinoamérica es un infierno a donde sólo se puede ir de pantalones cortos, pantuflas y camisa de colores.
Pues bien, salimos del hotel Hilton donde estábamos hospedados, ubicado en la pomposa aunque pequeña zona rosa de Managua, hacia el centro histórico, pasando por la catedral nueva, el mirador Tocapa, el malecón
y llegando finalmente a la zona donde tres edificios se destacan: la catedral vieja, el palacio presidencial y el palacio de cultura, antigua sede del parlamento, famosa, porque ahí tuvo lugar el incidente del comandante cero, Edén Pastora en 1978;
y terminamos el paseo en el mirador del Lago de Managua, a la sombra del monumento a Sandino.
Los dos días siguientes fueron de alguna manera más “académicos”, sin embargo, siempre hubo lugar para la fiesta, como la cena en la feria de Masaya, un pueblito a una hora escasa de Managua y donde tuvimos, comida típica, artesanías y espectáculo folklórico, muy bello y todo, pero muy para ellos y muy poco para nosotros.
El segundo día estuvo marcado por dos acontecimientos que convirtieron mi malestar creciente en el retorno a una vieja conciencia, a un viejo sabor: el de la solidaridad latinoamericana, cúmulo de sensaciones que no había vuelto a experimentar desde mis épocas de universitario. El primero de esos acontecimientos ocurrió en el seno mismo del congreso, cuando uno de los actos marginales: la presentación de un grupo de trabajo comunitario, se transformó en una auténtica conmoción.
En efecto, un grupo de jóvenes campesinos, curiosamente liderados por un viejo jesuita gringo que tenía más pinta de hippie que de cura, expuso su trabajo. Los tres miembros del grupo, Solidaridad de Arenal, al principio tímidamente y luego, alentados por la cara de sorpresa del auditorio, con mayor seguridad, nos mostraron su hermosa labor, orientada a recuperar la memoria colectiva, a atender a sus mujeres y jóvenes, a procurar la salud de sus gentes, a respetar el medio ambiente, a fomentar expresiones tradicionales como la cuentería y donde los universitarios que se han formado en la capital o en el exterior, regresan a ayudar a su comunidad y donde el cooperativismo es una verdadera estrategia de apoyo mutuo.
A medida que veíamos las imágenes que daban testimonio de su organización, de la determinante participación de las mujeres, del acompañamiento a los jóvenes, de la forma en que rescatan sus raíces culturales; a medida que nos adentrábamos en ese mundo con sus ferias campesinas, con sus actos culturales, con su bella solidaridad, con su apuesta por la historia propia; a medida que el discurso de las muchachas y muchachos que teníamos al frente con su semblante indígena, con su acento indígena, con su visión indígena, iba subiendo de tono, a medida que comprendíamos el valor de los héroes, de Sandino, claro, pero también de Carlos Fonseca, del Padre Romero, de Bolívar, nosotros y digo nosotros, los latinoamericanos y también los gringos, sentíamos todos que sí hay alternativas, que sí hay esperanza, que sí hay posibilidades.
Y entonces sucedió algo insólito, los gringuitos empezaron a expresar un sentimiento ya no de sorpresa, como de culpa, de contrición. Curioso, pero del todo inocuo, pues la gente de Arenal no cuenta ni con ese sentimiento, ni con ayudas más concretas; han aprendido muy bien la lección histórica, lección que, en contraste, no percibí para nada asumida entre los anfitriones: profesores, directivos y estudiantes de la clase alta nicaragüense.
El segundo acontecimiento ocurrió en la noche de ese mismo segundo día. Fernando Escobar, Méxicano, representante del Iteso, con quien había trabado ya amistad a pesar de nunca habernos cruzado en el camino, me invitó a una presentación suya en la casa de los Mejía Godoy. Fernando, tal y como reza en su semblanza, es un cantautor tapatío que ha incursionado por diversos géneros “en busca del disfrute, el aprendizaje y un poco de comunicación”. Sus primeros años artísticos los dedicó a la interpretación de la trova clásica, explorando la poesía y la composición, luego experimentó con el Rock (con el grupo Prólogo), con algo de música para teatro, con la coral clásica (Coro Providencia), y con el progresivo, en donde probó esa sabrosa mezcla con la trova que supuso la experiencia con el grupo Cristal Líquido.
En su trabajo como solista retoma algunos de esos temas y propuestas, pero exhibe con claridad un proyecto propio, muy personal, como son las canciones que presenta en su producción “En este viaje” (2004) que tuve el honor de recibir de sus propias manos
Ha compartido escenario y grabaciones con artistas como: Pancho Madrigal, Paco Padilla, José Fors, Fernando Delgadillo, Alejandro Fillo, Amaury Pérez, Yahir Durán, Jaramar, David Fillo, Andrés Huerta, Eduardo Ulloa, Gonzalo Ceja, Alberto Escobar, Mauricio Díaz “El Hueso”, y Gabino Palomares, quien en su producción “Historia Cotidiana” (2000), le grabó el tema “Cantamos”.
Y allí, de pronto estábamos en la Casa de los hermanos Mejía Godoy, un lugar mágico, donde se respira un ambiente festivo y de libertad realmente especial. Carlos, el mayor de los hermanos (famoso por su Son tus Perjumenes Mujer, María de los Guardias y Nicaragua, Nicaraguita entre otras muchas canciones que ya antes había escuchado, pero sin mucha conciencia), fue hasta nuestra mesa, saludó efusivamente a Fernando y nos lo robó por media hora, media hora en la que el mexicano nos asombró con su poesía.
Fernando es un magnífico representante de los cantautores latinoamericanos, que son seres que le apuestan a la revolución cultural y mental antes que a la social socialista. Precisamente un poema suyo, presente en “Este viaje”, es como su manifiesto:
Ya sé que pasan los años
Ya sé que pasan los años
Y aunque resulte extraño
Voy tras los mismos sueños
Muero en el mismo empeño
De hacer las cosas a mi manera.
Y no es que tenga madera de profeta,
Ni es por llegar a la meta
Primero que los demás
Tal vez no supe, ni sé
Como hacer trampa al destino
Este timón es un sino,
Roto como mis manos
Roto, y no sé por qué
Ya sé que pasan los años
Y te resultan extraños
Mis jeans y mi pelo largo
Y sin embargo, no es nada
Cuando de ideas se trata,
“eso está bueno”, me dices,
“cuando teníamos veinte
¡Mira tus cicatrices!
No es para gente decente
Cantautor que conserva la esperanza y la irradia con esa fuerza arrolladora que sentimos sus invitados esa noche, cuando tomó su guitarra y nos recordó por qué canta, por qué sigue cantando:
Cantamos
Preguntas los motivos de este canto
Que se alza entre lamentos, entre llanto.
Son muchas las mentiras que has bebido
Son tantas las esperas sin sentido
El viento ya no sabe a hierba fresca
Chapala ya no tiene buena pesca,
En las calles se ha enseñado la tristeza
Andando entre la prisa y la violencia
Preguntas, y no te faltan razones
Si al cabo de los años nada cambia
Y sigue, sin haber explicaciones, reinando el odio sobre las razones
Y entonces… ¿Por qué cantamos?
Cantamos porque huele a primavera
Si bien no es que se anuncie nueva era
Nos trae algunas flores de esperanza
Y tiene otro color, otra fragancia
Cantamos porque el canto es esperanza
Y envuelto en la canción mi pueblo avanza
Quien canta por la vida y por la muerte
No aprenderá a callar ante amenazas
Cantamos porque el niño pese a todo
Sabe mirar al centro de la tierra
No ignoro los cañones de la guerra
Mas no hemos de vencerla a su manera.
Hombre romántico que le canta al amor, al desamor, a la muerte y a la vida, sobre todo a la vida:
Es tan difícil
Es tan difícil no estar junto a ti
Más si te acercas no sé qué decir,
En tu mirada viaja un no sé qué de abril
Tantos recuerdos, tanto porvenir
Como quisiera darte una canción
Que te dijera más que una razón
Viento en las alas, ojos en el corazón
Mirada firme, sin miedo a la ilusión
Sé que te han dicho que el amor termina mal,
-siempre al final-
Y el beso pierde su caudal
Que nada valen tantos años de intentar
“una vez más”
que al fin de cuentas es “normal”
que lo que empieza debe terminar
Pero sobre todo, poeta, Fernando es un poeta y de largo vuelo, o si no, este botón:
De viaje
Junto al ocaso de tus ojos
hace frío
-nada lo quita-
en el viaje de tu risa
sólo el silencio
frío y silencio
(hay un invierno creciendo)
Hombre de viajes, de convicciones, de fuerza y de ternura grande, de una ternura que seduce y que confronta a la vez:
Yo no nací en el mar
Yo no nací en el mar
Pero conozco su abrazo poderoso
Su soledad impostergable
Su vida y su muerte, mi muerte
En el vaivén interminable de sus olas
En su inquietante arrullo de sol… y caracolas
Yo no nací acaso junto al mar
Pero en mis playas anidó también una gaviota
Junto a mis remos juguetean sus peces
Bajo mi cuerpo el agua, bajo mi noche un verso,
Que se repite como tu, con la nostalgia
De soles bebidos por tu boca
De ojos extasiados de horizontes
De soledades y abrazos de risas y llantos
Versos y cantos, de lunas de besos de esperanzas
Ya no sé si fue por efecto del delicioso Flor de caña – once años, que nos bebimos aquella noche o por la energía maravillosa que circulaba en ese lugar, lo cierto es que estábamos embriagados, pero no de licor, sino de amor, de amistad y de solidaridad. En la mesa estábamos un colombiano, varios mexicanos, un venezolano, una salvadoreña, un guatemalteco, varios nicaragüenses y… una gringa que se tiró todo, porque nos tocaba hablarle en inglés, porque se desinhibió vulgarmente y porque terminó mostrando el cobre al invitar a Fernando, no a dar una conferencia, sino a cantar en su universidad gringa; claro los que hablan son ellos, los bufones somos nosotros.
Y luego, la apoteosis: el canto de Carlos Mejía Godoy. Nada mejor para una justa semblanza del cantautor que estas palabras tomadas de su biografía en Internet:
Uno de los compositores e intérpretes más importantes del canto nicaragüense. En los años 60 irrumpió con su “Alforja Campesina”, interpretada por Los Madrigales, en toda esa década escribe numerosas canciones que aún no decide interpretar públicamente. Su inserción en el movimiento estudiantil de la Universidad, marca una etapa decisiva, como cronista – cantor de la dramática vida de nuestro pueblo. Así lo vemos aparecer sólo con su acordeón, cantando las primeras tonadas musicales sociales: “desde Siuna con Amor”, “Muchacha del F.S.L.N.”, “La Tumba del Guerrillero”. En esta época es importante destacar su acercamiento a “Los Bisturices Armónicos” con quienes recopila y divulga viejas canciones campesinas.
“Yo no sé cuánto debe la Revolución – reconocía Sergio Ramírez en 1982- a las canciones de Carlos Mejía Godoy, que lograron organizar un sentimiento colectivo del pueblo, extrayendo sus temas y sus acordes de lo más hondo de nuestras raíces y preparando ese sentimiento para la lucha”.
Y, realmente, Mejía Godoy – como trovador moderno – contribuyó en forma decisiva gestar esa lucha y su victoria el 19 de julio de 1979”. En los 70, su canto fue arrollador, identificándose con las esperanzas e ilusiones de las mayorías, creando o retratando personajes populares (“Terencio Acahualinca”, “Panchito Escombros”, “Clodomiro el ñajo”, “María de los guardias”, siendo esta pieza acaso la de mayor dimensión nacional porque era compartida y disfrutada también).
…Pero también sonaron allí, La Tula Cuecho, Clodomiro el Ñajo, El Almendro deonde la Tere, Quincho Barrilete, Flor de Pino, Palomita Guasiruca, Hacienda de don Merlo, Comadre tengame al niño y El Pocoyito, o al menos eso creo, eso deseo, que haya pasado…
El último día del congreso fue muy pesado: conclusiones, discursos y sobre todo: guayabo, no por el licor, sino por la certeza de que habíamos sido poseídos por unos instantes nada más, de que la magia se había acabado, de que volver a vivir lo de aquélla noche sería ya un imposible.
Pero quedo agradecido. Con Fernando en primer lugar, por su amistad, su apertura y su canto; con Carlos Mejía Godoy en segundo, por la potencia de su voz, por el poder de su energía vital, por la capacidad de llevarnos a nuestra raíces; y, finalmente, con los amigos que estuvieron allí, compartiendo ese pedacito de felicidad
La primera vez que tuve la convicción de que moriría una tarde, solitario y lejos de casa fue en México. Había ido a un congreso en el deefe por una semana y el día posterior al de mi ponencia decidí ir de tour a las pirámides de Teotihuacan.
Estuve todo el día fuera, bajo un sol despiadado, recorriendo con desconocidos el camino prefabricado para los turistas. Ya en las ruinas de la ciudad azteca, me sorprendió gratamente el poder de mis pulmones y de mi sangre todavía joven cuando superé, camino a la cima de la pirámide del sol, a un grupo de adolescentes con descarada y fastidiosa pinta de gringos bien que debieron hacer un par de largas estaciones antes de coronar. La vida en Bogotá, una ciudad ubicada a 2600 metros de altura, según me lo han repetido desde chiquito, me había dado esa virtud de la que sólo ahora me hacía consciente. En la cúspide, cumplí cuidadosamente el ritual de recarga energética que me había recomendado un colega antropólogo y disfruté por varios minutos de la espectacular vista que me sugería, con una atracción increíble y misteriosa, todo el poder de la historia albergada en esa calle ahora deshecha: la calle de los muertos.
Regresé al atardecer y ya en el metro tuve un aviso de lo que vendría: un ataque inaudito de claustrofobia que me obligó a bajar varias estaciones antes de mi parada y a caminar por unas calles deterioradas y apestosas a maíz cocido.
Apenas si comí algo y me acosté temprano sin esperar al dueño del apartamento donde me hospedaba, el amigo de un amigo que me había recibido en su casa y que de ese modo me había permitido un ahorro oportuno. Al día siguiente, volví a la sede del congreso, pero el dolor de cabeza que se me había instalado subrepticiamente durante la noche, y que me había estropeado el desayuno, no me dejó ya en ningún momento. Tras el almuerzo, la situación empeoró, así que resolví ir a casa.
Por supuesto no había nadie cuando llegué. Me recosté y me quedé dormido unos minutos. Me desperté con una nostalgia tan profunda que me estremeció hasta las lágrimas. Jamás me había sucedido, ni tras la muerte de mi hermano, ni durante las vivencias de largos años en el extranjero, cuando estuve más expuesto a la separación. Fue como si una potencia extraña se hubiera tomado mis afectos durante el breve sueño y me hubiera sorbido hasta la última gota de esperanza, de esa esperanza que había construido y reconstruido con temple y no sin afugias por años. Una sensación insoportable que me hizo levantarme todavía un poco mareado y decaído. Miré por la ventana del cuarto hacia la calle y entonces sobrevino: una especie de indolencia del mundo que me excluía de su lógica y de sus movimientos.
Afuera, un gato maullaba con la extraña sonoridad del llanto de un niño y los niños llegaban de la escuela, vistosos y tranquilos, y las nanas empezaban a prepararse para salir. Afuera, un sol todavía radiante teñía de miel las fachadas de los edificios, los autos seguían recorridos misteriosos y la gente parecía hacer su oficio con entusiasmo. Desde afuera, el rumor de alguna radio llegaba con la insistencia de una alegría ajena y yo contemplaba todo eso como desde un mirador situado a muchos metros de altura, sin que nadie se diera cuenta, sin que a nadie le importara, como si todo estuviera cumplido y ya no fuera una pieza necesaria del engranaje.
Me alejé de un salto de la ventana y salí del apartamento como si alguna presencia espantosa me hubiera expulsado. Vagué durante horas por las calles de un México que ahora parecía extraño, misterioso y acosador.
Me interné en uno de los túneles del metro y sin pensarlo me subí con una premura inexplicable al tren que estacionaba en ese momento y del que desconocía su origen y su destino.
Sentado en uno de los asientos vacíos, vi entonces el reflejo de mi rostro en el vidrio de una de las puertas de salida que estaba enfrente. La depresión galopaba en mi pecho y pronto se convirtió en necesidad de acabar, de suicidarme, de no darle más oportunidad a la vida, de morir. Llevé mis manos al rostro intentando contener el ansia y lo mantuve encajonado por varios minutos. Sólo escuchaba el ruido del tren sobre los rieles, ni una voz, ni una presencia que viniera en mi ayuda.
Cuando solté las manos, miré de nuevo el vidrio de la puerta de enfrente, pero ya no vi mi reflejo en ella. Horrorizado, sentí como si un pedazo de tiempo se hubiera refundido, como si algo realmente valioso hubiera sucedido mientras tuve agarrada mi cabeza entre mis manos, algo que ya no conocería en mi vida.
Después de varias horas, sin saber muy bien cómo, llegué al apartamento y me envolví en las cobijas a la espera de un amanecer que, como nunca, deseé con todas mis fuerzas que llegara. Pero así como un músculo o un hueso se lesiona de por vida tras algún accidente, así mi ánimo quedó lisiado: basta que me encuentre sólo, recostado en la cama a eso de las dos o tres de la tarde para que toda es barahúnda de sentimientos que alguna vez me perturbó de manera tan inaudita me atropelle con la fuerza de un sunami.
Tal vez fue sólo el efecto de una insolación leve, tal vez cometí alguna imprudencia ante los dioses aztecas, tal vez estaba enfermo, no sé cómo explicar lo que me sucedió, lo único cierto es que fui premiado (¿o castigado?) con la oportunidad de anticipar el tipo de sentimientos que llegarán alguna vez a mi lecho de muerte.
Algunos de mis sueños más recurrentes tienen que ver con sobrevuelos por regiones desconocidas que sin embargo me resultan familiares. Caseríos medievales, poblados de gente sencilla y trabajadora, volcados sobre ensenadas de mares traidores o a la ribera de vigorosos ríos, como desperdigados por alguna mano poderosa y arbitraria. Si no fuera porque mis creencias me lo impiden, habría aceptado ya que en alguna vida anterior viví en esos lugares.
Mis indagaciones me han llevado a confirmar que las imágenes que sueño corresponden a esa región noroeste del litoral gallego llamada a costa da morte, nombre que produce escalofríos, pero que en realidad proviene de la antigua creencia de que ese lugar era el finis terrae, el fin del mundo, la puerta del más allá, lugar del ocaso, donde el sol se hunde inexorablemente en el mar. Pero también se dice que el nombre atañe al hecho de que a lo largo de la costa se exhiben cruces que recuerdan las víctimas de los múltiples y frecuentes naufragios que se producen en esa ribera desmedidamente recortada, albergue de tormentas y tempestades invernales que las leyendas y mitos han inmortalizado.
El primer “contacto real” con la imágenes de esos sueños lo tuve cuando por pura casualidad vi en la televisión por cable un programa sobre Galicia, realizado precisamente en el formato de sobrevuelo. No pude evitar entonces un profundo sentimiento de arraigo cuando las imágenes mostraron a los oleiros de Buño en plena acción creando sus bellas piezas de alfarería. ¡Quizá yo mismo fui uno de ellos!, pensé en ese momento.
Cómo no respirar el aire salino de Malpica de Bergantiños, cómo no estremecerse con el humor agrio que exudan sus marineros agolpados en el puerto, cómo no errar por entre las callejuelas que cuelgan sobre las rocas, cómo no disfrutar de las vistas del mar desde la parte alta de la zona vieja. ¿Acaso no viví por esos lares? Cómo no admirar el santuario de San Adrián do Mar, si las imágenes de sus romerías se llenaban de un significado secreto, cómo no sentirlo mío si la mirada larga que llega desde sus ventanas hasta las Islas Sisargas se me quedaba extasiada para darle paso a los pulsos de mi corazón. Cómo no confirmar con la sola mención que Beo, Cores y Nemeño son lugares conocidos y transitados. Tal vez viví allí, tal vez me hice matar por una mujer en alguno de ellos, tal vez fue en uno de esos puertos que embarqué para siempre en algún buque fantasma, quién sabe. Cómo no detenerse a orar en la iglesia románica de Mens, donde quizá fui monje superior en tiempos medievales. Cómo no atreverse a subir de nuevo al Monte Branco y disfrutar desde la cima el espléndido encuentro del río Anllóns con el mar que resuena como un bello apareamiento erótico. Cómo no impresionarse con los acantilados de O Roncudo que esconden entre sus quiebres a tanto muerto y a tanto náufrago que todavía cree estar vivo. Cómo no sentir en toda su dimensión ancestral la excitación del origen que causa la vista del Dolmen de Dombate. Cómo no caer en la tentación de pasar unas horas en las bellas y tranquilas playas de Cabana, si sus arenas parecen infinitas.
A medida que avanzaba el documental, me internaba en sus imágenes y me conmovía con la afinidad y la añoranza que me causaba su repaso. Aparecían sobre la pantalla, pero era como si lo hicieran en mi habitación, las dunas de la laguna de Traba que recuerdan que el agua no muere sino que viene y va, va y viene como van y vienen los hilares que mueven las mágicas manos de las palilleiras de Carmiña, cuyos encajes seducen a los hombres. Cómo no adentrarse en el Castillo de Vimianzo, recorrer sus laberintos y enfrentar alguna aventura romántica. Cómo no detenerse en Corcubión a probar los mariscos y el magnífico pescado. Tal vez esas grandes manos mías, y que no sirven para nada en una universidad, hayan sido hechas a golpe de herencias genéticas para la pesca fuerte, para el trabajo duro. Cómo no visitar el Castelo do Cardeal y admirar el Pazo de los Condes de Altamira. Cómo no, finalmente, llegar para quedarse en Fisterra, cómo no volver a sorprenderse con la imagen del sol poniéndose sobre las aguas del Atlántico, cómo no volver a fascinarse con los rocoos acantilados que allí, como en ningún otro sitio, luchan impetuosamente con las aguas del océano. Cómo no ir al castillo de San Carlos y luego parar, para morir, en las playas de Mar de Fora, Langosteira o Estorde,
Y entonces vino la ocasión de un segundo contacto, este más real: la posibilidad de visitar la costa de la muerte, aprovechando un viaje que por motivos de trabajo debía hacer a Madrid.
Dicho y hecho: lo soñado entre tinieblas, lo visto en una mala televisión, se desplegaba ahora ante mis ojos, a medida que avanzaba por las carreteras, caminos y playas que, tras haberme unido a una excursión turística, podía ahora apreciar en su esplendor, y bajo un sol que sus habitantes calificaban de extraño para la época, pero que para mi era como un regalo maravilloso, pues los velos que mis sueños tendían y los efectos del tubo catódico sobre la visión del documental se habían desecho gracias a la luz extraordinaria de ese sol impertinente.
Mi viaje culminó con la visita a Santiago de Compostella, ciudad bella, llena de callecitas laberínticas que conducen irremediablemente a la catedral. Cumplía así y talvez en el orden histórico correcto, con el ritual católico, tras haber hecho el ritual pagano.
La visita a Santiago me dio la certeza de que la región de Galicia había sido una especie de zona de experimentación católica en la que se ensayaron (y se ensañaron) las estrategias medievales de cristianización de lo pagano. Menciono aquí al menos tres ejemplos. El primero tiene que ver con lo que hoy todavía se llama la peregrinación religiosa y la peregrinación profana.
Hay mucha gente de la que hace el Camino de Santiago que después de llegar a la Catedral y de saludar al Santo sigue hasta Finisterra, el sitio que antes del cristianismo era el que merecía la peregrinación de los europeos. Hasta allí llegaba la gente porque se creía que era el fin de la tierra, y esa sensación se percibe hoy todavía. Al menos a mí me causó mayor emoción llegar al fin del mundo que conocer la supuesta tumba de un santo que uno no sabe si en realidad murió por esos lares. Está claro que la intención lograda fue la de darle un sentido cristiano a esas adoraciones paganas, asunto que en su momento tuvo toda la legitimidad, fue en realidad una manera de ordenar los sentimientos, de configurar una especie de identidad, la identidad europea.
Aunque hoy, cuando hasta la misma noción de identidad está en crisis, cuando las grandes ideologías se derrumban, me pregunto ¿para qué sostener la caña? En todo caso me resultó totalmente anacrónico.
Un segundo ejemplo de eso que he llamado la sagacidad católica es el siguiente: en Galicia ha existido siempre mucha espiritualidad cuya fuente es esa cercanía con el fin del mundo que comenté antes. Una de las cosas que los Gallegos desarrollaron dentro de su folklore fue la imagen de la ánimas en pena, o almas que no van directamente al cielo o al infierno, sino que se quedan vagando en la tierra. Era la manera de soportar la desaparición de los cuerpos que se tragaba el mar, debido a los naufragios, a las salidas fallidas a alta mar y todo eso. Hay pues una tercera posibilidad que la iglesia acoge y cristianiza, reconvierte esa idea típica en la idea del purgatorio, lugar de transición entre el cielo y el infierno.
Y fueron, ni más ni menos, los doctores de la iglesia cristiana medieval, los encargados de desarrollar la estrategia discursiva del número tres. Ya no sólo era cielo e infierno, sino también un tercero: el purgatorio. Ya no sólo era el primer advenimiento de Cristo, humilde y difícil, frente al segundo: glorioso y apoteósico, sino un tercero: el advenimiento personal, la apertura de cada quien a la presencia “cotidiana” de Cristo. Esa necesidad tan típicamente cristiana de reconvertir todo lo pagano, de cambiarle el sentido, llevó al descubrimiento de una estrategia discursiva y retórica que definitivamente disparó el pensamiento occidental. Después ya todo es extensión de de esa lógica, no dos, sino tres, no sólo padre e hijo, sino espíritu santo, etc.
El otro caso gallego es el del botafumeiro, esa bella palabra que usan los gallegos para indicar el dispensador de incienso en las iglesias: el aparato que bota fumo, humo, el botador de humo, botafumeiro. Una de las cosas que quería ver en la Catedral era el botafumeiro porque supe de él en uno de los primeros artículos que hablaban de la ciencia del caos o de las catástrofes. Resulta que el botafumeiro es como un gran péndulo cuyo movimiento debe regirse entonces por la ley de oscilación de Foucault, pero han ocurrido accidentes en la Catedral de Santiago de Compostela documentados que indican que no siempre se cumplió la ley de oscilación pendular. Eso llevó a varios científicos a examinar las catástrofes del botafumeiro y a constituir toda una física particular llamada la física del botafumeiro.
Y tuve la fortuna de verlo en funcionamiento, pues no en todas las misas lo ponen a marchar. No puedo negar que es toda una maravilla ver ese gran péndulo oscilando y botando humo, la gente se emociona, y cuando termina su oscilación, cuando ha dejado de moverse sobre nuestras cabezas, se habla de lo que significa ese humo invadiendo el gran recinto de la catedral y subiendo hacia la cúpula, se habla del humo como símbolo de nuestro agradecimiento a Dios y se lo designa como imagen de nuestra comunicación con Él y todo eso. Pues bien, resulta que el botafumeiro se lo inventaron los curas de Santiago para mitigar los olores nauseabundos de los miles de peregrinos que llegaban después de semanas de caminata sin baño y atestaban la Catedral. El botafumeiro es un gran dispensador de humos aromáticos, humos que también son de desprecio y de repugnancia. Y una manera de hacer que esa estrategia tan mundana, incluso tan vergonzosa, tan pagana, tuviera aceptación era llenándola de ese significado espiritual que hoy todavía se expresa en las misas de la Catedral. Una viveza, una más de las vivezas cristianas.
Pero Galicia, estoy seguro, sigue siendo sobre todo tierra de paganos, gente con una espiritualidad que vas más allá de los ritos católicos, que conserva y explora sus mitos, sus leyendas, sus alternativas culturale; tierra indómita, pero tranquila…
Santiago de Compostela, Costa da Morte, 2004
Bogotá, 2006
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