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Ciudades visitadas por Jaime Alejandro

La Mariposa y el ángel

Fue un viaje de trabajo, pero no por eso exento de descubrimientos singulares, de esa clase de descubrimientos que surgen si uno realmente está abierto a las personas con las que nos relacionamos así sea de esa manera tan forzada que es el vínculo laboral. Recuerdo este viaje a la ciudad de Garzón, en el Huila, especialmente por varias razones: la primera es que fue el día (9 de junio) en que cumplí veinte años de mi graduación como ingeniero químico; la segunda es que me encontraba en un estado de aprensión creciente debido a la obligación que tenía de viajar por tierra desde Neiva hasta Garzón a sabiendas de que no muchos meses atrás esa vía había sido objeto de varios ataques por parte de las FARC, dos asuntos que le comenté a Gloria, la persona que me recibió en el aeropuerto, y con quien trabajaría aquel día.

Gloria me escuchó entre atenta y entretenida, especialmente cuando le comenté mi temor por las noticias que tenía de la peligrosidad de la vía que transitábamos, pero me tranquilizó enumerándome varias razones para estar seguros de que no íbamos a sufrir ningún percance. La verdad es que no recuerdo esas razones y creo que tampoco las entendí muy bien en su momento: respondían a una especie de código local que acepté a regañadientes y por el que no quise indagar, decidido a no convertir aquél encuentro en un episodio paranoico.

Después de dos horas de viaje durante las cuales alcanzamos a contarnos la esencia de nuestras historias personales, llegamos a Garzón convertidos en dos viejos amigos, gracias a la espontaneidad y confianza de Gloria que hicieron mucho más fácil el trabajo con ella. Estuvimos toda la mañana adelantando los informes y evaluaciones que me habían llevado hasta allí. Pocos minutos después del medio día, escuchamos llegar a la oficina a varias personas. Se trataba del esposo de Gloria y de sus dos hijos, un niño de unos nueve años y una niña de once. Fue el chico quien se acercó primero a mí y se presentó con su nombre propio completo y me ofreció la mano como si de unadulto se tratara. La niña fue más tímida y sólo al final se presentó el esposo de Gloria.

Se lo comenté a Gloria durante el almuerzo: el chico me dejó muy impresionado, no sólo por la belleza física que poseía, sino por la tremenda energía que irradiaba, efecto, propuse yo, de la conciencia (si se puede hablar de conciencia a esa edad) de su gran belleza. Gloria estuvo de acuerdo, habló de su hijo como de un ser especial que a dónde llegaba o se presentaba causaba ese mismo impacto. Pero eso que podría ser como una bendición para la familia, me confesó Gloria, había traído no pocos problemas, comenzando por el de la envidia y pasando por complicaciones en la personalidad del niño, quien empezaba a sufrir una especie de conflicto de identidad sexual y una madurez anticipada en ese sentido. No pocas veces, además, hubo dificultades por acercamientos incómodos y acosos sexuales por parte tanto de niños como de niñas.

Terminado el almuerzo y un poco avergonzada de sus confesiones, Gloria se dedicó exclusivamente a terminar el trabajo que nos faltaba y ya no hablamos más de su familia. La verdad es que yo tampoco insistí más, consciente de que habíamos traspasado ciertos límites de la intimidad. El regreso a Neiva lo hice solo y sin ninguna clase de contratiempos, de modo que alcancé a tener suficientes minutos como para echar a mi maleta una buena cantidad de las famosas achiras huilenses y otros manjares y descansar en el aeropuerto antes de abordar el avión que me llevaría de regreso a Bogotá.

No volví a pensar en aquél chico de belleza extraordinaria, energía potente y problemas de acoso hasta casi dos años después, cuando vi en la televisión por cable una impactante pero estupenda película: “No night is too long” (2002) en la que se relata la historia de amor de un trío muy particular y en la que el protagonista sufre esas mismas condiciones del chico de mi pueblito perdido en Colombia: un ángel al que todos desean y manosean.

Basada en la novela de Ruth Rendell y dirigida por Tom Shankland, “Ninguna noche es suficientemente larga” (su traducción al español), narra la historia de Tim Cornish (interpretado por Lee Williams), un estudiante universitario que lleva una vida aparentemente normal, pero que de pronto y sin mucha explicación se siente atraídopor Ivo Steadman (interpretado por Mark Warren), un profesor universitario, doctor en paleontología.

Esta atracción aunque inicialmente obsesiva, se revela con el tiempo superficial, al menos para Tim, quien confiesa a Ivo que el encanto ha desaparecido así de inexplicablemente como apareció. Esto lleva a Tim a los brazos de una mujer llamada Isabel (interpretada por Mikela J. Mikael) y a la decisión de que debe salir de su relación con Ivo de cualquier manera como pueda, incluso si eso significa darle muerte.

A través de flash-escenas, descubrimos que Tim fue víctima de abuso sexual de niño. Aunque consciente de este hecho, Tim no puede hacer nada para cambiar esta tristeza que lleva dentro de sí mismo desde entonces. Por su parte Ivo, quien al comienzo parece un ser egoísta abusivo y hasta brutal, termina convertido en la parte vulnerable de la relación. Pero la cosa no es tan sencilla, pues sibien Tim tiene claro que Ivo ya no le gusta, depende todavía de él, y ahí es donde la película adquiere el tono de thriller.

 

El ritmo de la película cambia y, durante los últimos treinta minutos,se produce un interesante tour de force emocional. El amor de Tim que parecía tan claro y decidido aparece de pronto mucho menos apasionado que el de Ivo. Tim se desespera, quiere zafarse, incluso se sugiere todo el tiempo el asesinato como salida y el rol de Isabel adquiere gran importancia como motivo y ayuda en los propósitos de Tim. Entonces nos enteramos de que Isabel es la hermana de Ivo y que quiere ayudar a su hermano pero ha sido incapaz de resistirse a los encantos de Tim.

Se trata, en fin, de una muy buena película sobre las relaciones humanas y sus inesperados matices (donde el amor gay es sólo una excusa para la exploración profunda de los sentimientos y de sus metamorfosis), con personajes complejos y contradictorios.Tim Cornish es una víctima perfecta de su vida, de su belleza y de su éxito. Ivo pasa de dominador a víctima; pasa de ser la persona fascinante a chivo expiatorio de la profunda culpa de Tim. Isabela, por su parte Isabela aparece como tabla de salvación para Tim y como señuelo al mismo tiempo, pero se convierte, al fin y al cabo, en el mejor instrumento para comprender el sentido de su existencia.

 

 

 

 

De contenido dinámico, con fuertes y violentas escenas homoeróticas, espectacular fotografía y actuaciones naturales, sumado a esos personajes complejísimos e indescifrables, “No night is too long” es un thriller que funciona en todos los niveles: trama de giros inesperados y cinematografía del más alto nivel.

Pues bien, no pude pensar más que en el hijo de Gloria durante toda la película, pues veía en Tim su mejor representación y (ojala no) su anticipación. El ángel deseado por todos, por quien todos creen tener derecho a disfrutar o maltratar, encerrado en un cuerpo magnífico que lo pone en una relación especial y dramática (casi diría, ojala no, trágica) con el mundo. Ese es el Tim que veía yo también en el chico de Garzón, por quien no he dejado de preguntar cada vez que puedo y por el que ruego que pueda encontrar caminos menos tormentosos

Pero el ángel tiene su contraparte arquetípica en la mariposa, vistos ambos como modelos de amantes; y sólo comprendiéndolos en su dialéctica es posible entender mejor a cada uno.

Lo digo porque cuando vi el videoclip con el que el grupo mexicano de rock Maná, promociona su canción, Mariposa traicionera, volví a pensar en Tim y en el hijo de Gloria. La mariposa en este contexto, es una persona (por lo general una mujer) tan atractiva y sensual como el ángel, pero a diferencia de éste, toma la iniciativa y goza sexualmente sin escrúpulos y sin pensar en el daño consecuente. La mariposa hace, literalmente, lo que se le da la gana, amparada en su gran atractivo sexual. El ángel en cambio es la víctima, son los otros los que hacen con él lo que se les da la gana.

El paradigma de la mariposa se ve muy bien reflejado tanto en la letra de la canción de maná como en el video que la acompaña. La letra (compuesta por Fher Olvera) lo dice todo por sí misma:

Eres como una mariposa

vuelas y te posas vas de boca en boca

fácil y ligera de quien te provoca

Yo soy ratón de tu ratonera

trampa que no mata pero no libera

vivo muriendo prisionero

Mariposa traicionera

todo se lo lleva el viento

Mariposa no regreso

Ay, mariposa de amor, mi mariposa de amor

Ya no regreso contigo

Ay, mariposa de amor, mi mariposa de amor

Nunca jamas junto a ti

vuela amor, vuela dolor

y no regreses a un lado

ya vete de flor en flor

seduciendo a los pistilos

y vuela cerca del sol

pa’que sientas lo que es dolor

Ay, mujer cómo haces daño

pasan los minutos cual si fueran años

mira estos celos me están matando

Ay, mujer que fácil eres

abres tus alitas, muslos de colores

donde se posan tus amores

Mariposa traicionera

todo se lo lleva el viento

mariposa no regreso

Ay, mariposa de amor, mi mariposa de amor

Ya no regreso contigo

Ay, mariposa de amor, mi mariposa de amor

Nunca jamas junto a ti

vuela amor, vuela dolor

que tengas suerte en tu vida

ay, ay, ay, ay, ay dolor

yo te llore todo un río

ay, ay, ay, ay, ay amor

tu te me vas a volar

 

 

El video por su parte es más sutil:

Se abre y se cierra con la misma escena: un hombre joven sentado a la barra de un bar, abatido, bebiendo, maltrecho. Entre el comienzo y el cierre transcurren cuatro minutos (los mismos de duración de la canción): entre las 5 y 33 y las 5 y 37 de la mañana. Entretanto se narran los hechos. El primero es el de la preparación del atuendo de la mariposa, en su casa a las 10 y 41 pm: una mujer muy atractiva escoge gozosa sus ropas que son sus herramientas de seducción. A las 12 y 55, la mariposa hace su entrada triunfal al bar, de la mano de su hombre. Bebe y empieza a besarlo apasionadamente, pero le “echa el ojo” a otro hombre. Entre la 1 y 47 y la 1 y 54 (¡siete minutos!), la mariposa “vuela” de la mesa donde se encuentra, pasa al lado del hombre que ha avistado poco antes y lo atrae hasta el baño, no sin ambigüedad, donde hace escandalosamente el amor. Vuelve a la mesa como si nada, pero pronto vuelve a sus andadas, esta vez con una mujer en la barra, con quien protagoniza una escena lésbica sin reparos en lo público de la misma. Entretanto, alguna mujer se acerca donde el hombre joven y le cuenta lo que está sucediendo. Son las 4 y 40 de la mañana, cuando el hombre decide buscar a su mariposa ante su ya insoportable y larga ausencia. La encuentra afuera, en actos amorosos con otro hombre, en plena lluvia. Se da una escena de golpes, de la que sale mal librado nuestro pobre protagonista, quien al parecer se resigna y vuelve, golpeado y maltrecho al bar, donde se dedica a beber. Fin del vídeo.

 

Obviamente, las características de la mariposa se ven en esta historia magnificadas, por la posición del hombre que la ama, quien, según la letra de la canción, espera fidelidad y amor. Debe ser un hombre afectuoso y romántico o tal vez idealista e intelectual o quizá tradicional y entregado. No parece en todo caso el prototipo del gran fascinador o del dominante y receloso, mucho menos del fuerte y obsesivo o del emancipado; tal vez podría caber en el arquetipo del discreto e imaginativo, pero no está en todo caso en posición de hacer reclamos o de luchar por el amor de su mariposa y por eso canta. no le queda otra opción. Se encuentra muy lejos de poder salvaguardarse del poder destructivo de la mariposa, quien debe verlo como uno más de sus objetos de placer.

Mariposa y ángel, dos arquetipos del amor, extremos y potentes. Mariposa y ángel viven, son, se multiplican, tal vez no se contactan nunca, existen para su propia felicidad o desgracia y para las de los demás.

Bogotá, 2002; Garzón, 2003

Bogotá, 2004 - 2008

Trece años después. Crónica de unos sorprendentes ejercicios espirituales

Llegamos a nuestro sitio de retiro a eso de las siete de la noche, un miércoles. El compromiso era permanecer allí hasta el sábado en la tarde, totalmente desconectados de nuestros vínculos familiares, sociales y laborales, pero sé que no todos cumplimos el pacto al cien por cien. Yo por ejemplo llevé un celular para comunicarme con mi familia y un libro: Ojos azules de Toni Morrison para leer en tiempos de tedio.

Éramos un grupo de seis personas, incluido el director espiritual, otros dos hombres y tres mujeres. Nos reunimos en el comedor, donde conversamos un poco y pusimos sobre la mesa las razones y expectativas de cada uno frente a los ejercicios espirituales ignacianos que realizaríamos durante tres días, pero inmediatamente después de la cena entramos en el silencio total. La idea era, según las palabras de nuestro director de conciencia, alistarse para un tiempo fuerte de la acción de Dios y cooperar con esa acción.

La habitación asignada era pequeña, tipo celda, con su baño individual, una cama exigua, una estrecha cómoda, una mesa de noche, una lámpara, una Biblia y una guía de los ejercicios. En seguida recordé mi experiencia de soledad acaecida trece años antes. Entonces era estudiante de Ingeniería Nuclear en Argentina y tuve que permanecer solo en varios de los sititos a donde tuve que ir para mi entrenamiento. Recuerdo especialmente el final de mi primera semana en Buenos Aires cuando, después de cinco días de deslumbramientos y exploraciones, sobrevino una intempestiva e irracional fuerza que se manifestó al principio con la cara de la nostalgia, pero que después me mostró la de la culpa y la del dolor, un dolor no sólo emocional, sino incluso físico, que ya no me dejó durante aquellos meses y que irrumpía sin aviso ni compasión. Aquél tiempo tuvo, sin embargo, una compensación: el afianzamiento de mi amor por Yaneth y la decisión de convertirme en escritor. Pensé también en los tiempos de soledad de mis viajes al extranjero, en los tiempos de soledad que exigía mi escritura, en los tiempos de soledad del desamor; todos tiempos de vacío, de carencia, de ausencia que sólo podían ser llenados con amor, con el amor que a veces no tenía a la mano. Tal vez ahora (trece años después, el ciclo de tiempo de los mayas) podría sobrevenir algo similar, pero ya me sentía curtido. Y con ese pensamiento de alivio me dormí aquella primera noche de mis retiros espirituales, en medio de una soledad inédita. Al otro día, muy temprano, se iniciaron los ejercicios.

Yo estaba a la expectativa, pues ni siquiera como estudiante de los jesuitas en la época de mi bachillerato, había tenido esta experiencia. Descubrí pronto la estructura. Cada ejercicio demandaba tres momentos: la preparación, definida como un dejar hacer a Dios, un recibir activo; el cómo hacer, que incluía varias posibilidades: escuchar, orar, examinar, meditar, contemplar, leer, respirar, concentrase; y finalmente desarrollar una actualización de los contenidos bíblicos propuestos. El objetivo: ejercicios de fe, salir de algunas certezas y seguridades y dejarse capturar por el misterio, discernir, ordenar nuestra tendencialidad, llenar nuestros vacíos, confirmar lo que se tiene, buscar lo que no se tiene en términos espirituales.

A pesar de mi natural escepticismo, que se mantuvo presente (no sin ambigüedades) durante todo el tiempo del retiro, la verdad es que esta experiencia terminó confrontándome con varias realidades personales que sólo e indudablemente por efecto de la estrategia de concientización desarrollada, adquirieron allí visibilidad, como si de un auténtico sicoanálisis se tratara. Descubrimientos que fui anotando en mi cuaderno bajo el título de “observaciones” y que ahora trascribo y gloso.

Primera observación: todo se conecta

Ante el propósito, que se ha planteado de entrada, de reforzar la fe, no puedo menos que pensar en la novela que acabo de terminar cuyo tema es ni más ni menos la pérdida de la fe. Una novela sobre los tiempos terribles que me ha llevado a admitir mi incapacidad para ofrecer una ilustración narrativa de, siguiendo a Laplantine, los tiempos de la resistencia y menos aún de los de la acción. Perdida de la fe, incapacidad para la esperanza, ¡qué misterio! Mi novela habla de imaginar el mal para generar temor: imágenes apocalípticas como estrategia para anticipar los tiempos terribles, deterioro para desear el orden, orden del hombre versus orden de Dios, según nuestro guía, lo que me lleva a la temática de mi primera novela: caos que exige orden, secuencia interminable. Todo se conecta

Segunda observación: efectos del silencio

Empiezo a sufrir los efectos de la disciplina. Una especie de sensación de libertad, de tranquilidad y sobre todo ganas de permanecer así, como si fuera el estado ideal de la vida. Por eso siento tan extraños a los compañeros de trabajo que han llegado con motivo de alguna reunión, me parece que parlotean y revolotean arrastrados por la lava del volcán de las tareas cotidianas. No puedo menos que recordar mi cuento “un instante de su piel” y esa anticipación de este momento allí lograda: “Quisiera quedarme en esta paz, en esta paz”, quisiera extender la magia de este instante. Otros efectos: respiro mejor y mi cavidad torácica se llena de presencia, de mundo. Así mismo experimento una sobre-sensibilización creciente: la vista de los jardines se me hace magnífica, el gusto en la comida se acrecienta, el olfato percibe con nitidez y a veces con extrañeza los más sutiles aromas, con el tacto recibo señales fuertes, sobre todo de los elementos naturales, como las hojas de las plantas. Me demoro, me demoro en cada sensación

Tercera observación: humildad, humildad, humildad

Qué fácil, qué natural resulta ahora aceptar los contenidos propuestos por el director (¿esa, la estrategia?): nuestra sensación de tranquilidad y paz, según él, responde al hecho de que estamos aceptando que hay un orden más allá del humano cotidiano con sus artificios y conflictos: el orden de Dios. Conclusión: el hombre debe servir a ese orden y no al otro, debe por tanto desprenderse, desapegarse de las obras creadas por el hombre y cooperar con el orden divino que da sentido a todos los significados. Claro: debe ser una decisión mediada por la libertad, máximo don del hombre (también ofrecido por Dios). Libertad y humildad, parece ser el lema, un lema que he leído antes, en mi habitación, en un texto que hay en alguno de los cajones de la mesa de noche:

Concédeme una inteligencia que te reconozca

Una generosidad que te busque

Una sabiduría que te encuentre

Una vida santa que te agrade

Pregunta: ¿Qué me “impide” encontrar a Dios? ¿Acaso mi demasiada racionalidad, mi poca generosidad? ¿A qué estoy apegado?

La diferencia entre el comienzo y el final del ciclo (de los trece años) está en que ante la primera experiencia, me resistí y eso causó dolor; en cambio ahora hay decisión y voluntad y por tanto gratificación

Cuarta Observación: Ojos azules

Leer, escribir, ¿no son otras maneras de dialogar con Dios?, ¿acaso mis maneras? Es cierto, mi trampa en estos ejercicios espirituales ha sido leer, pero hasta la lectura ha tenido para mí un valor diferente, un valor agregado, un valor espiritual y hasta terapéutico, las consecuencias terapéuticas de un libro genial como éste de la premio nobel afroamericana Toni Morrison, Ojos azules que narra la triste historia de Pecola, una pequeña negra que todas la noches reza para poder tener ojos azules. A su corta edad nunca nadie se ha fijado en ella, pero piensa que si tuviera ojos azules, todo sería diferente. Sería tan linda que sus padres dejarían de pelearse, su padre dejaría la bebida y su hermano ya no volvería a escaparse de casa. Todo lo que desea es ser bonita.

Ojos azules es la primera novela escrita por Toni Morrison (premio nobel de literatura 1993). Narra, a través de los ojos de Pecola, la historia de una familia negra que se muda a Ohio para escapar de la pobreza y la discriminación del sur, con todas las connotaciones racistas y condiciones de vida miserables que ello conlleva. Pero lo interesante de este relato es que nos permite conocer cómo percibe esa realidad una niña de once años a la que nunca le han prestado atención ni brindado el cuidado ni el amor que necesita. Para ella todo sería diferente si en vez de ser negra, y por lo tanto fea, pudiese tener ojos azules como las bonitas muñecas que ve en los escaparates, como esas dos niñas que representan los cánones de belleza perfecta: Shirley Temple y Mary Jane.

Es una historia fuerte pero muy bien narrada y llena de esos detalles que conducen a la inmersión total en el mundo propuesto y que, mezclada con la reflexión que hemos hecho este día, en uno de los ejercicios, ha hecho estallar una terrible verdad de mi corazón. En efecto, hemos leído los pasajes correspondientes a las dos imágenes bíblicas de la mujer: de un lado Eva, la pecadora, la inductora, el origen del caos, pero también la mujer de las iniciativas, la mujer fuerte y autónoma; y, de otro, María, la redentora, la restablecedora del orden divino, pero también la mujer sumisa, heterónoma. Y me he dado cuenta de una cosa: dentro, muy dentro de mí, la mujer pecadora, la de las iniciativas, la enviada del demonio, corresponde a (se me ha presentado siempre como) la figura de una mujer rubia y de ojos claros (¡ojos azules!): la imagen de mi propia madre. Ha sido por eso que las mujeres en mi vida con esa figura me atraen tanto, pero también son las que me han hecho más daño, son (¿quiero que sean?) las mujeres malvadas, las que introducen el desorden. Pero más aún, Yaneth, mi esposa es morena y de ojos oscuros, es la “María” de mis mujeres, la que otorga la paz, la seguridad y la armonía a mi vida. Dos caras de la feminidad, dos rostros distintos.

Resulta por eso tan impactante descubrir así lo que he llevado por dentro “programado” para mi vida sentimental todo este tiempo: de un lado, la irresistible atracción por figuras parecidas a mi madre, pero, al tiempo, temor a ser tratado por ellas como ha sido tratado mi padre, con la superioridad prepotente que les dan sus ojos azules. Y de otro, la sensación de inocencia (¿de sumisión?) que me ofrecen los rostros morenos, las mujeres trigueñas.

Quinta observación: fin de los efectos, vuelvo a la resistencia

Del estado de paz y sosiego del comienzo, y que me había hecho hasta ahora tan buen receptor a las lecciones de estos ejercicios, no queda hoy nada. Estoy ofuscado tras la sesión en la que se reflexionó sobre el pecado, una sesión que no deja más cabida que admitir ser pecadores; pero eso no es lo que me molesta, sino la línea que conduce desde esa admisión hasta su solución: la humillación de tener que confesar los presuntos pecados ante un mediador como condición para su purificación. Tan molesto estoy que quise hablar con el director de conciencia sobre mi estado emocional. Creo que he hecho bien al no haber conversado con él finalmente.

 

La idea esencial es la siguiente: el pecado es la pérdida de la referencia al orden de Dios y se presenta continuamente en la vida, por lo que se hace necesario cultivar una actitud, es decir, una práctica estable que lo neutralice: el discernimiento continuo. El director ha mencionado una imagen terrible: el enemigo y sus mil caras. Según él, el enemigo está presente todo el tiempo y nos tienta, nos ofrece cosas que parecen buenas (placeres aparentes, justificaciones del pecado), pero que en realidad ofenden el orden divino. Ahí la cosa se complica, porque la solución sería adquirir una especie de sensor personal especial (lo que no parece fácil, pues ni San Pablo lo tenía, según se deduce de su famosa frase: “no hago el bien que quiero sino que obro el mal que no quiero”) o acudir a una ayuda externa: el buen espíritu, el cual actúa en dos situaciones: cuando hay pecado y el pecador no es consciente de ello (porque el enemigo lo ha engañado) punza y revuelve para que el pecador se sienta mal y se cuestione y actúe; cuando el hombre está en estado de santidad, es el enemigo o mal espíritu el crea desolación y el buen espíritu actúa para restablecer la paz, la gratificación.

La práctica que lleva a la adquisición del “sensor” es el examen de conciencia que consiste en poner en cuestión cada acto de la vida y buscar, punzar, revolver hasta que no quede ninguna duda de que esos actos no están manchados por el pecado. Pero si hay alguna duda, por pequeña que sea, hay que asumir que el acto es pecaminoso. Una vez llegado a este punto, entra una nueva dimensión: la dimensión social. El pecado no es sólo personal, es siempre social, afecta siempre y en algún grado el entorno del pecador y por eso se hace necesaria la enmienda social a través de la figura del confesor, quien recibe nuestra “declaración” de pecados y la lleva a Dios y trae de él la penitencia y el perdón.

 

El asunto del pecado, de la reflexión sobre mi desorden y sobre la manera como ha afectado a los demás, ha hecho que el ritmo que llevaba y la experiencia misma hayan cambiado. Se ha hecho menos grata, tal vez por mis resistencias más íntimas a los preceptos y sacramentos católicos, cómo este de la confesión como requisito para no ser excluido (de la comunión, de la cena), como efectivamente ha sucedido, pues después de todo esto, mis compañerors de ejercicio se han confesado ante el director de conciencia, todos menos yo han comulgado. ¿Debo revisar mi vida, debo aceptar los preceptos, debo practicar los sacramentos? Me resisto a ello, he pensado en abandonar

 

Sexta observación: el padre elegido

 

Quizá uno de los factores que ha influido más en mi estado de ofuscación ha sido el hecho de que la confesión (de haber decidido confesarme) debía hacerla ante el director de conciencia, el padre Gaitán, quien es ahora mi colega, pero ha sido antes mi profesor y también mi consejero y con quien no pocas veces he discutido y he disgustado. Por eso ha surgido esta nueva conciencia: El padre Gaitán es en realidad un padre encontrado, un padre deseado. No es tan descabellado el asunto: varios signos pueden confirmarlo. El primero es su edad: la edad de Gaitán es prácticamente la de mi padre biológico; el otro es el paralelismo (o mejor diría la discordancia) de sus vidas: el uno (Gaitán) de buena familia y que vivió por eso un país y una historia tan distintos al del otro (mi padre), proveniente de una familia campesina. El uno educado e instruido, el otro con un nivel muy escaso de educación y por eso inseguro y pusilánime. El uno lleno de experiencia, el otro agotado anímicamente por la explotación laboral. Gaitán se ha convertido en un padre encontrado y deseado, y yo, inconscientemente lo he adoptado como tal. Eso explica mi admiración, mis conflictos, mis dependencias, mi estrecho vínculo emocional con Gaitán y también mis bloqueos, mis resistencias. ¿Ha sido una mala idea venir?

 

Séptima observación: órdenes complejos

 

Orden humano, orden divino; orden secular, ¿orden complejo? La teoría del caos afirma que no existe el desorden, que todo desorden es la apariencia de un orden complejo, un orden que no se explica por paradigmas tradicionales como el de causa efecto (cuya mejor imagen es el famoso efecto mariposa: “El aleteo de una mariposa que vuela en la China puede producir un mes después un huracán en Texas”) o el de modelo, contramodelo (cuya mejor ilustración es la contraposición orden divino versus orden humano). También afirma que los sistemas dinámicos son explicables, basta una buena serie matemática y un buen aparato de cálculo para hacer que eso que parece misterioso o aleatorio se vuelva sistémico, regular. Finalmente, eso que llamamos desorden o calor o entropía adquiere una nueva manera de apreciarse en la teoría del caos que considera estos fenómenos como estructuras disipativas, es decir órdenes en potencia.
Cuando no teníamos la herramienta de la teoría del caos y de la complejidad debimos acudir a otras para explicar el misterio: el símbolo, la religión, la poesía. Pero parece que la ciencia, la del tipo caótico o complejo, hace una segunda arremetida y coloniza ahora los espacios que la ciencia determinística dejo abandonados y a merced de hermeneutas, sacerdotes y poetas. ¿No es acaso la literatura una forma secular de la trascendencia? ¿No es la trascendencia una forma compleja de la literatura?

 

Octava observación: no más mediaciones

 

Qué extraño. He dicho atrás hermeneutas, sacerdotes y poetas, ¿no debo agregar escritores? Es decir, la supuesta mediación que cada una de estas figuras ejerce se justifica porque supuestamente existe el misterio y es necesario acercar a los demás, a los que no tienen manera de vivirlo adecuadamente, a una vivencia pertinente del misterio. Lo que creo es que esas mediaciones pueden ir desapareciendo en función de lo que nos enseñen las nuevas herramientas de acceso al misterio: la teoría del caos, el pensamiento complejo y las nuevas tecnologías. Lo que creo que debemos asumir es un dialogo universal (en un sentido técnico pero también humano) que nos permita el discernimiento colectivo del desorden, o lo que sería mejor: la comprensión de los órdenes complejos, incluidos los de tipo espiritual y religioso. Acudiendo a lo que conozco del hipertexto y su potencial comunicativo, la tarea que debería salir de todo esto es la de contribuir a una pedagogía y a una ingeniería del caos y del pensamiento complejo

 

Novena Observación: desapegos y limitaciones

 

Se nos ha pedido constantemente desapegarnos, desapegarnos de todo aquello que ofenda el orden divino. En la práctica, esos desapegos (al dinero, a la familia, al hedonismo, al trabajo, a la vida, por citar algunos) podrían tener efectos “positivos” (en cuanto actitud) sobre peligros tan constantes en nuestro país como son el despido, la guerra, el secuestro, la muerte. Esto suena bien y hasta lo creo viable, pero ¿en realidad seré capaz, al salir de aquí, de ponerlas en práctica? Espero poder lograr un cierto nivel de desapego, pero quizá mi tarea sea la de mostrar literariamente estas tensiones, construir relatos y novelas que muestren esas tensiones en el caldo de cultivo de nuestra sociedad.

 

De salida

 

Sábado. Hemos terninado de almorzar y el voto de silencio ha quedado abolido. Hablo con Yaneth y con mis hijos por el celular y escribo las últimas líneas. Siento que la experiencia me ha servido, salgo con un par de claridades y varios propósitos. Tal vez la forma como expreso esos logros no coincida con la forma como se han expresado aquí los objetivos del retiro. Tal vez hay necesidad de construir una especie de diccionario que traduzca lo que San Ignacio y sus seguidores han propuesto desde que crearon esta experiencia al lenguaje de hoy y sobre todo al lenguaje de mi propia visión de mundo.

 

En ese dentido, quiero expresar una última observación general: ha sido para mí más facil encontrar coincidencias entre mis creencias personales y la idea de Dios y de su acción fuerte, puestas aquí en escena (por ejemplo con la idea de la complejidad). En cambio me sigue costando aceptar la propuesta de considerar la vida de cristo como modelo universal e imperecedero. Y lo que si queda defintivamente por fuera de mi alcance es la aceptación del sentido de los ritos y de los sacramentos derivados por la iglesia católica: me resultan no sólo arbitrarios sino odiosos. Creer en Dios tal vez sea eso que la gente de la nueva era ha propuesto: volver a una espiritualidad más original, más molecular y menos afectada por las grandes narrativas y sus instituciones

 

Décima Observación (extemporánea): sobre los (perversos) alcances de la inmersión

 

Segundo semestre de 2006. Siete años después. Por recomendación de mi amigo Alejandro Pisccitelli he leído el libro de Marie Laure Ryan: La narración como realidad virtual y para mi sorpresa, uno de sus interludios está dedicado a los ejercicios espirituales inventados por San Ignacio de Loyola. Para esta estudiosa suiza, dichos ejercicios constituyen el mejor modelo de lo que ella llama la inmersión narrativa:

 

A san Ignacio de Loyola le corresponde buena parte del mérito de haber desarrollado la técnica para convertir la simulación aristoteliana en una disciplina de la lectura. En los Ejercicios Espirituales, el fundador de los jesuitas realizó una descripción meticulosa de las operaciones mentales que conducen a la inmersión en un mundo textual, que constituye un documento fascinante sobre el sueño utópico de la simulación total y una prefiguración de muchos de los temas que se discuten en el foro de la tecnología de la Realidad Virtual

Los Ejercicios son un programa para el desarrollo y fortalecimiento de la fe que recuerdan curiosamente a un programa para el desarrollo y fortalecimiento de los músculos. (Se cuenta que Ignacio era un entusiasta de la práctica de las artes militares de su tiempo, hasta que la conversión religiosa originada por una herida física le hizo reorientar sus energías hacia la salvación del alma).

 

El practicante debe recorrer un elaborado protocolo que describe con minucioso detalle una secuencia de ejercicios que deben ser completados en un período de cuatro semanas con la guía de un «director de conciencia». Las instrucciones especifican cuántas repeticiones de cada ejercicio hay que realizar, qué tipo de variaciones hay que introducir en cada repetición, cómo mantener el interés del practicante (manteniendo, el suspense narrativo acerca de la siguiente rutina), y cómo equilibrar el entrenamiento espiritual con la vida diaria y las demandas del cuerpo Los ejercicios espirituales propiamente dichos consisten en meditaciones y contemplaciones de las narraciones bíblicas y están dirigidos a producir una participación vivida del yo en los acontecimientos fundacionales de la fe cristiana.

De acuerdo con la doctrina cristina para Ignacio el alma está «encarcelada en este cuerpo corruptible».

 

El alma es el principal objetivo de este programa de entrenamiento porque, si acepta la redención, tiene el poder de sobrevivir a su prisión y recibir un cuerpo nuevo e incorruptible. El truco consiste en poner la parte corpórea del yo al servicio del alma. San Ignacio no propone un modo de escapar a la prisión del cuerpo (eso es algo que sólo los muertos pueden conseguir y los Ejercicios están claramente dirigidos a los miembros vivos y activos de la sociedad) pero sí que explotemos las facultades que poseen, estos «muros inteligentes». La originalidad del método que propone San Ignacio reside en la idea de que los sentidos del cuerpo (vista, oído, olfato, gusto y tacto) pueden utilizarse como peldaños para activar los dos sentidos del alma, la voluntad y el intelecto. Cuando pide al ejercitante, por ejemplo, que contemple el infierno, Ignacio dirige su atención de un sentido al otro, en una sucesión que implica una proximidad creciente del cuerpo al objeto de contemplación. La pintura mental de las torturas del infierno no es un fin en sí misma, sino el primer paso de un ejercicio que consta de tres partes y que conduce de lo sensorial a lo espiritual: 1) comprender la gravedad del pecado y sus consecuencias; 2) utilizar el intelecto para razonar contra él; y 3) utilizar la voluntad para decidir evitarlo.

 

Tal y como ocurre en el caso de la tecnología de la Realidad Virtual, para que tenga lugar la inmersión en estos episodios sagrado es imprescindible una transparencia relativa del medio. Barthesha recalcado lo «plano del estilo» del texto de los Ejercicios: «Purificando de cualquier contacto con las ilusiones y la seducción de la forma, se ha dicho que el texto de Ignacio apenas puede considerarselenguaje. El camino seguro y neutro que garantiza la transmisión de una experiencia mental». El lenguaje, para Ignacio, no es un objeto de contemplación, sino un conjunto de instrucciones para la imaginación que pueden ser parafraseadas libremente.

 

Esta filosofía no sólo conforma su propia escritura práctica sino que también afecta a su manejo del propio texto bíblico. Durante la cuarta y última semana del programa, mientras se muestra al ejercitante cómo rememorar y revivir todo el relato de la Pasión, Ignacio no duda en sustituir el original por su propia narración; el texto que ofrece como guía para la imaginación es un resumen sintético de los cuatro Evangelios. Todas las historias pueden ser contadas un número infinito de veces, y en lo que concierne a los hechos, la versión de san Ignacio es tan buena como cualquier otra. Mientras recorre el itinerario del programa laboriosamente diseñado de los Ejercicios, el ejercitante de la disciplina ignaciana conoce tres maneras de inmersión en el texto bíblico; la representación imaginada del cuerpo en el espacio representado, la participación en las emociones de los personajes y la reconstrucción momento por momento del relato de la Pasión. Cada uno de estos tipos de experiencias está asociado a uno de los constituyentes básicos de la gramática narrativa: escenario, personaje y argumento.

Ahora, siete años después de la experiencia de mis retiros espirituales, puedo afirmar que la descripción que hace Ryan de los ejercicios es perfecta, al menos en lo que tiene que ver con la inmersión en los contenidos bíblicos, pero también en relación con el uso del cuerpo (y de los sentidos) que se hace para disponer el alma. Tal vez, si hubiera podido conocer este texto antes, habría podido vivir otra experiencia muy distinta a la descrita en esta crónica. Tal vez incluso habría decidido no ir. O tal vez no.

Bogotá 1999

Bogotá 2006-2008

Mi verdugo amante

¡Le lavaron el cerebro!

Nunca se casó y ahora todos la tratan como la loquita del paseo. Puede sonar duro, pero es cierto, hoy Patricia, a sus cincuenta y cinco años, no es más que una piltrafa mental, una mujer asustadiza, a veces incluso agresiva y siempre imprevisible. En un buen día puedes conversar con ella y no le notas nada, tal vez un tic suave en sus labios, un leve descordine en alguna frase trivial, la mirada esporádicamente esquiva, el acento fuerte en ciertas palabras, nada de qué preocuparse; pero si te toca el final de una tarde agotadora o el comienzo paranoico de un día, puedes llegar a convertirte en el desafortunado chivo expiatorio de todos sus males, en el culpable de sus desgracias y, lo peor, en el destinatario de sus alucinaciones.

Esa es ahora Patricia, que pena, una mujer que a los veinticinco años era una profesional brillante, llena de futuro y de proyectos, culta, cultísima como ninguna, nada fea y con una personalidad a toda prueba. Proveniente de una familia con recursos, tradición y no exenta de alcurnia, pero sencilla, Patricia era lo que uno podía llamar una mujer interesante, abierta a las ideas progresistas, sensible a la endémica injusticia social de nuestro país pero no por ello afiliable a la izquierda política, pues despreció siempre el falso compromiso burocrático de los partidos y nunca creyó en la vía violenta como salida.

Nadie podía imaginar que eso que comenzó como uno de los numerosos y arbitrarios allanamientos derivados de la reciente aprobación y aplicación del tristemente célebre “Estatuto de Seguridad” (estrategia de terror antisubversivo del gobierno de Turbay Ayala), y que constituyó un pequeño escándalo, si, y hasta se convirtió en el tema de comentarios para los habitantes del edificio de apartamentos de estrato cinco donde vivían Patricia y su familia; nadie podía imaginar que todo ello terminaría en semejante tragedia.

Es más, después de los casi dos meses de reclusión que sufrió Patricia en las fatídicas caballerizas del ejército en Usaquén, todo pareció regresar a la normalidad. Ella regresó a sus clases en la universidad nacional, su familia sorteó con dignidad la morbosa curiosidad de sus vecinos y de sus amigos y hasta el temido estatuto fue declarado inexequible por la Corte Constitucional, de modo que el asunto habría podido archivarse en el mismo lugar a donde van a parar las anécdotas o los gajes del oficio o las cosas de la vida. Pero no, no porque la procesión venía por dentro…

Casi un mes después, Patricia sufrió su primera recaída. Al principio malos sueños, pesadillas que la llevaban a la sala de torturas o a su celda, donde el rostro del verdugo aparecía burlándose cruelmente de su condición. Después, ataques incontrolables de paranoia que podían suceder lo mismo en su oficina que en medio de una clase y que con el tiempo se hicieron intolerables para sus colegas y sobre todo para los muchachos que sólo pedían tener al frente a una persona normal dispuesta a ofrecerles sus conocimientos.

Su situación se complicó tanto que tuvo que ser ingresada a un centro de atención mental, donde permaneció un mes y donde se le diagnosticó una grave psicopatía. Después de eso ya las cosas no fueron lo mismo. Tuvo que renunciar a la universidad y sus relaciones personales se deterioraron hasta el punto que su propia familia se declaró impotente para sobrellevar el problema. Pero lo más sorprendente vino poco después.

Tras un largo tratamiento, se supo que Patricia se había enamorado perdidamente de su verdugo. Nada más irónico; el mismo hombre que noche tras noche la visitaba allá en la celda a las horas más inesperadas para preguntarle con voz suave y gentiles modales si necesitaba algo, pero que en realidad sólo esperaba minar su voluntad impidiéndole dormir adecuadamente, el mismo hombre que no tuvo reparo en coordinar el trabajo más sucio (incluidas torturas físicas) para sacarle la verdad, el mismo hombre que le llevaba las mentiras más atroces acerca de sus parientes y de sus amigos para quebrar su entereza, ese mismo hombre, un sobresaliente carnicero, graduado con honores en el arte de la tortura resultaba ahora ser su amor, la necesidad más grande en su vida.

Nada más irónico.

No había modo de entenderlo, por más explicaciones reforzadas que ofreciera el sicólogo, que una manifestación singular del complejo de Electra, que una rara manera de soportar el terrible recuerdo que sus mecanismos síquicos de defensa habían inventado, que la evidencia de una negación sicótica, nada podía explicar semejante exabrupto. Pero Patricia se empeñaba en defenderlo, en justificar sus acciones como producto de una manipulación de la que él era una víctima, y si no, ¿cómo explicar que la siguiera llamando, que la siguiera viendo, que la tratara con tanto cariño, cuidado y arrepentimiento? Y no había manera de hacerla entrar en razón, no hubo manera de hacerle saber del peligro que había en ver al verdugo, que el hombre seguramente la engañaba para mantenerla a la vista, bajo vigilancia.

Pero no, nada que hacer, los sueños de Patricia se convertían en una cada vez más insoportable mezcla de fantasías eróticas y terribles espejismos de sus torturas, y en la vigilia no había más espacio que para la obsesión de su “gran amor”. Un gran amor que resultó ser otra farsa de su mente, quizá la más elaborada, la más terrible, pues se supo que, en medio de su paranoia creciente, ella había inventado otro mundo, mundo perfecto donde Diego, el verdugo, era el ser más agraciado, inteligente y bondadoso, y su relación con él la más armoniosa que nadie podía demandar. Fantasía que la condujo a la esquizofrenia, para la cual no hubo más remedio que el tratamiento siquiátrico, con sus drogas y sus tratamientos, pero sin una cura real.

Pasaron los años, con épocas de recuperación, con momentos brillantes y productivos, pero con recaídas terribles, y no hubo más remedio que convivir con aquél mal, con la triste historia de horror de Patricia, una más de las víctimas de aquella época oscura que vivió el país y que comenzó el 6 de septiembre de 1978, cuando, recién posesionado, el Presidente Julio César Turbay Ayala, expidió el decreto 1923, conocido como Estatuto de Seguridad.

Este decreto fue la respuesta del gobierno a un llamado hecho un año antes por los altos mandos militares al gobierno de López Michelsen, quienes, inspirados en la experiencia argentina y apoyados por la “inteligencia norteamericana” esperaban que el gobierno tomara nuevas medidas para salvaguardar la soberanía nacional interna y externa, pero sobretodo para evitar la repetición de hechos como los acaecidos un año antes, durante la llamada huelga general del 14 de septiembre y que significó la comprobación de una madurez política popular que resultaba intolerable no sólo para los militares, sino para lo que ellos llamaban en su carta las fuerzas vivas del país.

Amparados en el Estatuto de Seguridad, las Fuerzas Militares detuvieron y torturaron a varios miles de personas. La inmensa mayoría de éstas fueron procesadas por tribunales militares, acusadas de actividades subversivas. Se desencadenó una oleada de allanamientos, se llenaron de presos políticos las cárceles y las torturas y violaciones de derechos humanos se convirtieron en el pan de cada día.

Entre los casos más sonados se recuerdan el del poeta Luis Vidales quien, con ochenta años de edad, fue conducido a las caballerizas de Usaquén, lugar de las torturas y de los ajusticiamientos; el del escritor Gabriel García Márquez, quien tuvo que salir del país, bajo protección mexicana, cuando se descubrió que estaba en una lista de personas a detener; la detención arbitraria y las torturas causadas a Olga López de Roldán que dieron lugar a un fallo de condena a la nación por el Consejo de Estado; las torturas infligidas por personal militar contra dieciocho estudiantes detenidos en Bogotá en 1979 y que le Instituto de Medicina Legal documentó en un dictamen pericial concluyente como “lesiones externas visibles de violencia”; y la muerte de Jorge Marcos Zambrano en febrero de 1980, debido a torturas ocasionadas por personal de Inteligencia Militar en las instalaciones del batallón Pichincha de Palmira, famoso porque después de dos consejos verbales de guerra, los militares involucrados fueron declarados inocentes a pesar de toda la evidencia en su contra.

Qué curioso, se pregunta uno ahora, cuántas Patricias, cuántas Olgas, cuantos estudiantes, cuántos Jorge Marcos ya no están con nosotros o, peor, andan por ahí medio chiflados, muertos en vida, con existencias destrozadas, víctimas de ese vaivén (entre la legitimidad y la violencia como diría el historiador Marcos Palacios) que nuestro país ha convertido en su modo de ser desde que inició su historia.

Qué curioso, a una acción de protesta legítima como la del 14 de septiembre del 77, siguió la aplicación del estatuto, a su declaración de ilegalidad, siguió la conformación de las tenebrosas fuerzas paramiltares que acabaron no sólo exterminando un partido político completo (es decir, convertidos en los sucedáneos de la tarea que ya el ejército y la policía no podían hacer abiertamente), sino que construyeron, con el apoyo de cierta fracción de la clase política del país, todo un proyecto de reconstrucción de “la Patria”, hoy legitimado bajo la llamada política de seguridad democrática del gobierno de Uribe.

Qué curioso, me pregunto hoy si ese “lavado de cerebro” que le infringieron a Patricia allá en las caballerizas de Usaquén y que la hizo amante de su verdugo no es el mismo en esencia que hoy a nivel colectivo explica por qué adoramos al autoproclamado mesías que hoy tenemos por presidente, el mejor títere de Washington (y de su doctrina de dominación) que jamás hayamos tenido.

¡Nos lavaron el cerebro!

Con cuánta gente nos tropezamos diariamente sin percatarnos de nada, hombres y mujeres asustadizos, a veces incluso agresivos, pero siempre imprevisibles con quienes en un buen día se puede conversar sin notar nada, tal vez un tic suave en sus labios, un leve decordine en alguna frase trivial, la mirada esporádicamente esquiva, el acento fuerte en ciertas palabras, nada de qué preocuparse; la misma gente que, sin embargo, tras una tarde agotadora o el difícil comienzo de un día, puede llegar a convertirnos en el desafortunado chivo expiatorio de todos sus males, en los culpables de sus desgracias o, lo peor, en los destinatarios de sus alucinaciones… Con cuánta gente no tropezamos diariamente sin percatarnos de nada…

¡Nos lavaron el cerebro!

Bogotá 1979

Bogotá 2008

Arribo

Llegué a un aeropuerto desolado

Managua o el sentimiento latinoamericano

Fue uno de esos encuentros ambiguos, destinado en principio a la reunión en grado de igualdad (¡submit!), de representantes de universidades gringas y de universidades latinoamericanas. Pero el encuentro se convirtió rápidamente en un acto de pleitesía latinoamericana para con los visitantes del norte. Primero, porque a pesar de la muy eficiente traducción simultánea con la que contó el evento, el idioma cotidiano fue el inglés. ¿Por qué los visitantes, por pura cortesía, no se prepararon para hablar en español? ¿Por qué asumimos tan naturalmente que debíamos hablar, incluso entre nosotros, en el idioma del imperio? ¿Por qué en un país como Nicaragua, con una historia tan tormentosa, generada precisamente por la sistemática intromisión yanqui, se dispuso todo para hacer sentir bien a los prepotentes huéspedes?

La segunda señal ocurrió muy pronto. Después de un breve saludo de bienvenida, la actividad primera fue un tour por la ciudad de Managua. Eso, definitivamente, le dio el tono a la reunión: turismo para los gringos, quienes, de otro lado, llegaron acompañados de sus mujeres y vestidos con el atuendo típico de quien cree que Latinoamérica es un infierno a donde sólo se puede ir de pantalones cortos, pantuflas y camisa de colores.


Pues bien, salimos del hotel Hilton donde estábamos hospedados, ubicado en la pomposa aunque pequeña zona rosa de Managua, hacia el centro histórico, pasando por la catedral nueva, el mirador Tocapa, el malecón


y llegando finalmente a la zona donde tres edificios se destacan: la catedral vieja, el palacio presidencial y el palacio de cultura, antigua sede del parlamento, famosa, porque ahí tuvo lugar el incidente del comandante cero, Edén Pastora en 1978;


y terminamos el paseo en el mirador del Lago de Managua, a la sombra del monumento a Sandino.

Los dos días siguientes fueron de alguna manera más “académicos”, sin embargo, siempre hubo lugar para la fiesta, como la cena en la feria de Masaya, un pueblito a una hora escasa de Managua y donde tuvimos, comida típica, artesanías y espectáculo folklórico, muy bello y todo, pero muy para ellos y muy poco para nosotros.


El segundo día estuvo marcado por dos acontecimientos que convirtieron mi malestar creciente en el retorno a una vieja conciencia, a un viejo sabor: el de la solidaridad latinoamericana, cúmulo de sensaciones que no había vuelto a experimentar desde mis épocas de universitario. El primero de esos acontecimientos ocurrió en el seno mismo del congreso, cuando uno de los actos marginales: la presentación de un grupo de trabajo comunitario, se transformó en una auténtica conmoción.


En efecto, un grupo de jóvenes campesinos, curiosamente liderados por un viejo jesuita gringo que tenía más pinta de hippie que de cura, expuso su trabajo. Los tres miembros del grupo, Solidaridad de Arenal, al principio tímidamente y luego, alentados por la cara de sorpresa del auditorio, con mayor seguridad, nos mostraron su hermosa labor, orientada a recuperar la memoria colectiva, a atender a sus mujeres y jóvenes, a procurar la salud de sus gentes, a respetar el medio ambiente, a fomentar expresiones tradicionales como la cuentería y donde los universitarios que se han formado en la capital o en el exterior, regresan a ayudar a su comunidad y donde el cooperativismo es una verdadera estrategia de apoyo mutuo.

A medida que veíamos las imágenes que daban testimonio de su organización, de la determinante participación de las mujeres, del acompañamiento a los jóvenes, de la forma en que rescatan sus raíces culturales; a medida que nos adentrábamos en ese mundo con sus ferias campesinas, con sus actos culturales, con su bella solidaridad, con su apuesta por la historia propia; a medida que el discurso de las muchachas y muchachos que teníamos al frente con su semblante indígena, con su acento indígena, con su visión indígena, iba subiendo de tono, a medida que comprendíamos el valor de los héroes, de Sandino, claro, pero también de Carlos Fonseca, del Padre Romero, de Bolívar, nosotros y digo nosotros, los latinoamericanos y también los gringos, sentíamos todos que sí hay alternativas, que sí hay esperanza, que sí hay posibilidades.


Y entonces sucedió algo insólito, los gringuitos empezaron a expresar un sentimiento ya no de sorpresa, como de culpa, de contrición. Curioso, pero del todo inocuo, pues la gente de Arenal no cuenta ni con ese sentimiento, ni con ayudas más concretas; han aprendido muy bien la lección histórica, lección que, en contraste, no percibí para nada asumida entre los anfitriones: profesores, directivos y estudiantes de la clase alta nicaragüense.

El segundo acontecimiento ocurrió en la noche de ese mismo segundo día. Fernando Escobar, Méxicano, representante del Iteso, con quien había trabado ya amistad a pesar de nunca habernos cruzado en el camino, me invitó a una presentación suya en la casa de los Mejía Godoy. Fernando, tal y como reza en su semblanza, es un cantautor tapatío que ha incursionado por diversos géneros “en busca del disfrute, el aprendizaje y un poco de comunicación”. Sus primeros años artísticos los dedicó a la interpretación de la trova clásica, explorando la poesía y la composición, luego experimentó con el Rock (con el grupo Prólogo), con algo de música para teatro, con la coral clásica (Coro Providencia), y con el progresivo, en donde probó esa sabrosa mezcla con la trova que supuso la experiencia con el grupo Cristal Líquido.

En su trabajo como solista retoma algunos de esos temas y propuestas, pero exhibe con claridad un proyecto propio, muy personal, como son las canciones que presenta en su producción “En este viaje” (2004) que tuve el honor de recibir de sus propias manos

Ha compartido escenario y grabaciones con artistas como: Pancho Madrigal, Paco Padilla, José Fors, Fernando Delgadillo, Alejandro Fillo, Amaury Pérez, Yahir Durán, Jaramar, David Fillo, Andrés Huerta, Eduardo Ulloa, Gonzalo Ceja, Alberto Escobar, Mauricio Díaz “El Hueso”, y Gabino Palomares, quien en su producción “Historia Cotidiana” (2000), le grabó el tema “Cantamos”.


Y allí, de pronto estábamos en la Casa de los hermanos Mejía Godoy, un lugar mágico, donde se respira un ambiente festivo y de libertad realmente especial. Carlos, el mayor de los hermanos (famoso por su Son tus Perjumenes Mujer, María de los Guardias y Nicaragua, Nicaraguita entre otras muchas canciones que ya antes había escuchado, pero sin mucha conciencia), fue hasta nuestra mesa, saludó efusivamente a Fernando y nos lo robó por media hora, media hora en la que el mexicano nos asombró con su poesía.

Fernando es un magnífico representante de los cantautores latinoamericanos, que son seres que le apuestan a la revolución cultural y mental antes que a la social socialista. Precisamente un poema suyo, presente en “Este viaje”, es como su manifiesto:

Ya sé que pasan los años

Ya sé que pasan los años
Y aunque resulte extraño
Voy tras los mismos sueños
Muero en el mismo empeño
De hacer las cosas a mi manera.

Y no es que tenga madera de profeta,
Ni es por llegar a la meta
Primero que los demás
Tal vez no supe, ni sé
Como hacer trampa al destino

Este timón es un sino,
Roto como mis manos
Roto, y no sé por qué

Ya sé que pasan los años
Y te resultan extraños
Mis jeans y mi pelo largo
Y sin embargo, no es nada
Cuando de ideas se trata,
“eso está bueno”, me dices,
“cuando teníamos veinte
¡Mira tus cicatrices!
No es para gente decente

Cantautor que conserva la esperanza y la irradia con esa fuerza arrolladora que sentimos sus invitados esa noche, cuando tomó su guitarra y nos recordó por qué canta, por qué sigue cantando:

Cantamos

Preguntas los motivos de este canto
Que se alza entre lamentos, entre llanto.
Son muchas las mentiras que has bebido
Son tantas las esperas sin sentido

El viento ya no sabe a hierba fresca
Chapala ya no tiene buena pesca,
En las calles se ha enseñado la tristeza
Andando entre la prisa y la violencia

Preguntas, y no te faltan razones
Si al cabo de los años nada cambia
Y sigue, sin haber explicaciones, reinando el odio sobre las razones
Y entonces… ¿Por qué cantamos?

Cantamos porque huele a primavera
Si bien no es que se anuncie nueva era
Nos trae algunas flores de esperanza
Y tiene otro color, otra fragancia

Cantamos porque el canto es esperanza
Y envuelto en la canción mi pueblo avanza
Quien canta por la vida y por la muerte
No aprenderá a callar ante amenazas

Cantamos porque el niño pese a todo
Sabe mirar al centro de la tierra
No ignoro los cañones de la guerra
Mas no hemos de vencerla a su manera.

Hombre romántico que le canta al amor, al desamor, a la muerte y a la vida, sobre todo a la vida:

Es tan difícil

Es tan difícil no estar junto a ti
Más si te acercas no sé qué decir,
En tu mirada viaja un no sé qué de abril
Tantos recuerdos, tanto porvenir

Como quisiera darte una canción
Que te dijera más que una razón
Viento en las alas, ojos en el corazón
Mirada firme, sin miedo a la ilusión

Sé que te han dicho que el amor termina mal,
-siempre al final-
Y el beso pierde su caudal
Que nada valen tantos años de intentar
“una vez más”
que al fin de cuentas es “normal”
que lo que empieza debe terminar

Pero sobre todo, poeta, Fernando es un poeta y de largo vuelo, o si no, este botón:

De viaje

Junto al ocaso de tus ojos
hace frío
-nada lo quita-

en el viaje de tu risa
sólo el silencio

frío y silencio
(hay un invierno creciendo)

Hombre de viajes, de convicciones, de fuerza y de ternura grande, de una ternura que seduce y que confronta a la vez:

Yo no nací en el mar

Yo no nací en el mar
Pero conozco su abrazo poderoso
Su soledad impostergable
Su vida y su muerte, mi muerte
En el vaivén interminable de sus olas
En su inquietante arrullo de sol… y caracolas
Yo no nací acaso junto al mar
Pero en mis playas anidó también una gaviota
Junto a mis remos juguetean sus peces
Bajo mi cuerpo el agua, bajo mi noche un verso,
Que se repite como tu, con la nostalgia
De soles bebidos por tu boca
De ojos extasiados de horizontes
De soledades y abrazos de risas y llantos
Versos y cantos, de lunas de besos de esperanzas

Ya no sé si fue por efecto del delicioso Flor de caña - once años, que nos bebimos aquella noche o por la energía maravillosa que circulaba en ese lugar, lo cierto es que estábamos embriagados, pero no de licor, sino de amor, de amistad y de solidaridad. En la mesa estábamos un colombiano, varios mexicanos, un venezolano, una salvadoreña, un guatemalteco, varios nicaragüenses y… una gringa que se tiró todo, porque nos tocaba hablarle en inglés, porque se desinhibió vulgarmente y porque terminó mostrando el cobre al invitar a Fernando, no a dar una conferencia, sino a cantar en su universidad gringa; claro los que hablan son ellos, los bufones somos nosotros.


Y luego, la apoteosis: el canto de Carlos Mejía Godoy. Nada mejor para una justa semblanza del cantautor que estas palabras tomadas de su biografía en Internet:

Uno de los compositores e intérpretes más importantes del canto nicaragüense. En los años 60 irrumpió con su “Alforja Campesina”, interpretada por Los Madrigales, en toda esa década escribe numerosas canciones que aún no decide interpretar públicamente. Su inserción en el movimiento estudiantil de la Universidad, marca una etapa decisiva, como cronista – cantor de la dramática vida de nuestro pueblo. Así lo vemos aparecer sólo con su acordeón, cantando las primeras tonadas musicales sociales: “desde Siuna con Amor”, “Muchacha del F.S.L.N.”, “La Tumba del Guerrillero”. En esta época es importante destacar su acercamiento a “Los Bisturices Armónicos” con quienes recopila y divulga viejas canciones campesinas.

“Yo no sé cuánto debe la Revolución – reconocía Sergio Ramírez en 1982- a las canciones de Carlos Mejía Godoy, que lograron organizar un sentimiento colectivo del pueblo, extrayendo sus temas y sus acordes de lo más hondo de nuestras raíces y preparando ese sentimiento para la lucha”.

Y, realmente, Mejía Godoy – como trovador moderno – contribuyó en forma decisiva gestar esa lucha y su victoria el 19 de julio de 1979”. En los 70, su canto fue arrollador, identificándose con las esperanzas e ilusiones de las mayorías, creando o retratando personajes populares (”Terencio Acahualinca”, “Panchito Escombros”, “Clodomiro el ñajo”, “María de los guardias”, siendo esta pieza acaso la de mayor dimensión nacional porque era compartida y disfrutada también).

…Pero también sonaron allí, La Tula Cuecho, Clodomiro el Ñajo, El Almendro deonde la Tere, Quincho Barrilete, Flor de Pino, Palomita Guasiruca, Hacienda de don Merlo, Comadre tengame al niño y El Pocoyito, o al menos eso creo, eso deseo, que haya pasado…

El último día del congreso fue muy pesado: conclusiones, discursos y sobre todo: guayabo, no por el licor, sino por la certeza de que habíamos sido poseídos por unos instantes nada más, de que la magia se había acabado, de que volver a vivir lo de aquélla noche sería ya un imposible.

Pero quedo agradecido. Con Fernando en primer lugar, por su amistad, su apertura y su canto; con Carlos Mejía Godoy en segundo, por la potencia de su voz, por el poder de su energía vital, por la capacidad de llevarnos a nuestra raíces; y, finalmente, con los amigos que estuvieron allí, compartiendo ese pedacito de felicidad

Managua
Marzo de 2006
Bogotá. 2006

El ascenso a la pirámide

La primera vez que tuve la convicción de que moriría una tarde, solitario y lejos de casa fue en México. Había ido a un congreso en el deefe por una semana y el día posterior al de mi ponencia decidí ir de tour a las pirámides de Teotihuacan.

Estuve todo el día fuera, bajo un sol despiadado, recorriendo con desconocidos el camino prefabricado para los turistas. Ya en las ruinas de la ciudad azteca, me sorprendió gratamente el poder de mis pulmones y de mi sangre todavía joven cuando superé, camino a la cima de la pirámide del sol, a un grupo de adolescentes con descarada y fastidiosa pinta de gringos bien que debieron hacer un par de largas estaciones antes de coronar. La vida en Bogotá, una ciudad ubicada a 2600 metros de altura, según me lo han repetido desde chiquito, me había dado esa virtud de la que sólo ahora me hacía consciente. En la cúspide, cumplí cuidadosamente el ritual de recarga energética que me había recomendado un colega antropólogo y disfruté por varios minutos de la espectacular vista que me sugería, con una atracción increíble y misteriosa, todo el poder de la historia albergada en esa calle ahora deshecha: la calle de los muertos.

Regresé al atardecer y ya en el metro tuve un aviso de lo que vendría: un ataque inaudito de claustrofobia que me obligó a bajar varias estaciones antes de mi parada y a caminar por unas calles deterioradas y apestosas a maíz cocido.


Apenas si comí algo y me acosté temprano sin esperar al dueño del apartamento donde me hospedaba, el amigo de un amigo que me había recibido en su casa y que de ese modo me había permitido un ahorro oportuno. Al día siguiente, volví a la sede del congreso, pero el dolor de cabeza que se me había instalado subrepticiamente durante la noche, y que me había estropeado el desayuno, no me dejó ya en ningún momento. Tras el almuerzo, la situación empeoró, así que resolví ir a casa.

Por supuesto no había nadie cuando llegué. Me recosté y me quedé dormido unos minutos. Me desperté con una nostalgia tan profunda que me estremeció hasta las lágrimas. Jamás me había sucedido, ni tras la muerte de mi hermano, ni durante las vivencias de largos años en el extranjero, cuando estuve más expuesto a la separación. Fue como si una potencia extraña se hubiera tomado mis afectos durante el breve sueño y me hubiera sorbido hasta la última gota de esperanza, de esa esperanza que había construido y reconstruido con temple y no sin afugias por años. Una sensación insoportable que me hizo levantarme todavía un poco mareado y decaído. Miré por la ventana del cuarto hacia la calle y entonces sobrevino: una especie de indolencia del mundo que me excluía de su lógica y de sus movimientos.

Afuera, un gato maullaba con la extraña sonoridad del llanto de un niño y los niños llegaban de la escuela, vistosos y tranquilos, y las nanas empezaban a prepararse para salir. Afuera, un sol todavía radiante teñía de miel las fachadas de los edificios, los autos seguían recorridos misteriosos y la gente parecía hacer su oficio con entusiasmo. Desde afuera, el rumor de alguna radio llegaba con la insistencia de una alegría ajena y yo contemplaba todo eso como desde un mirador situado a muchos metros de altura, sin que nadie se diera cuenta, sin que a nadie le importara, como si todo estuviera cumplido y ya no fuera una pieza necesaria del engranaje.

Me alejé de un salto de la ventana y salí del apartamento como si alguna presencia espantosa me hubiera expulsado. Vagué durante horas por las calles de un México que ahora parecía extraño, misterioso y acosador.

Me interné en uno de los túneles del metro y sin pensarlo me subí con una premura inexplicable al tren que estacionaba en ese momento y del que desconocía su origen y su destino.


Sentado en uno de los asientos vacíos, vi entonces el reflejo de mi rostro en el vidrio de una de las puertas de salida que estaba enfrente. La depresión galopaba en mi pecho y pronto se convirtió en necesidad de acabar, de suicidarme, de no darle más oportunidad a la vida, de morir. Llevé mis manos al rostro intentando contener el ansia y lo mantuve encajonado por varios minutos. Sólo escuchaba el ruido del tren sobre los rieles, ni una voz, ni una presencia que viniera en mi ayuda.

Cuando solté las manos, miré de nuevo el vidrio de la puerta de enfrente, pero ya no vi mi reflejo en ella. Horrorizado, sentí como si un pedazo de tiempo se hubiera refundido, como si algo realmente valioso hubiera sucedido mientras tuve agarrada mi cabeza entre mis manos, algo que ya no conocería en mi vida.


Después de varias horas, sin saber muy bien cómo, llegué al apartamento y me envolví en las cobijas a la espera de un amanecer que, como nunca, deseé con todas mis fuerzas que llegara. Pero así como un músculo o un hueso se lesiona de por vida tras algún accidente, así mi ánimo quedó lisiado: basta que me encuentre sólo, recostado en la cama a eso de las dos o tres de la tarde para que toda es barahúnda de sentimientos que alguna vez me perturbó de manera tan inaudita me atropelle con la fuerza de un sunami.

Tal vez fue sólo el efecto de una insolación leve, tal vez cometí alguna imprudencia ante los dioses aztecas, tal vez estaba enfermo, no sé cómo explicar lo que me sucedió, lo único cierto es que fui premiado (¿o castigado?) con la oportunidad de anticipar el tipo de sentimientos que llegarán alguna vez a mi lecho de muerte.

México 1997
Bogotá 2004 - 2006

Santiago de Compostela o la viveza católica

Algunos de mis sueños más recurrentes tienen que ver con sobrevuelos por regiones desconocidas que sin embargo me resultan familiares. Caseríos medievales, poblados de gente sencilla y trabajadora, volcados sobre ensenadas de mares traidores o a la ribera de vigorosos ríos, como desperdigados por alguna mano poderosa y arbitraria. Si no fuera porque mis creencias me lo impiden, habría aceptado ya que en alguna vida anterior viví en esos lugares.

Mis indagaciones me han llevado a confirmar que las imágenes que sueño corresponden a esa región noroeste del litoral gallego llamada a costa da morte, nombre que produce escalofríos, pero que en realidad proviene de la antigua creencia de que ese lugar era el finis terrae, el fin del mundo, la puerta del más allá, lugar del ocaso, donde el sol se hunde inexorablemente en el mar. Pero también se dice que el nombre atañe al hecho de que a lo largo de la costa se exhiben cruces que recuerdan las víctimas de los múltiples y frecuentes naufragios que se producen en esa ribera desmedidamente recortada, albergue de tormentas y tempestades invernales que las leyendas y mitos han inmortalizado.

El primer “contacto real” con la imágenes de esos sueños lo tuve cuando por pura casualidad vi en la televisión por cable un programa sobre Galicia, realizado precisamente en el formato de sobrevuelo. No pude evitar entonces un profundo sentimiento de arraigo cuando las imágenes mostraron a los oleiros de Buño en plena acción creando sus bellas piezas de alfarería. ¡Quizá yo mismo fui uno de ellos!, pensé en ese momento.

Cómo no respirar el aire salino de Malpica de Bergantiños, cómo no estremecerse con el humor agrio que exudan sus marineros agolpados en el puerto, cómo no errar por entre las callejuelas que cuelgan sobre las rocas, cómo no disfrutar de las vistas del mar desde la parte alta de la zona vieja. ¿Acaso no viví por esos lares? Cómo no admirar el santuario de San Adrián do Mar, si las imágenes de sus romerías se llenaban de un significado secreto, cómo no sentirlo mío si la mirada larga que llega desde sus ventanas hasta las Islas Sisargas se me quedaba extasiada para darle paso a los pulsos de mi corazón. Cómo no confirmar con la sola mención que Beo, Cores y Nemeño son lugares conocidos y transitados. Tal vez viví allí, tal vez me hice matar por una mujer en alguno de ellos, tal vez fue en uno de esos puertos que embarqué para siempre en algún buque fantasma, quién sabe. Cómo no detenerse a orar en la iglesia románica de Mens, donde quizá fui monje superior en tiempos medievales. Cómo no atreverse a subir de nuevo al Monte Branco y disfrutar desde la cima el espléndido encuentro del río Anllóns con el mar que resuena como un bello apareamiento erótico. Cómo no impresionarse con los acantilados de O Roncudo que esconden entre sus quiebres a tanto muerto y a tanto náufrago que todavía cree estar vivo. Cómo no sentir en toda su dimensión ancestral la excitación del origen que causa la vista del Dolmen de Dombate. Cómo no caer en la tentación de pasar unas horas en las bellas y tranquilas playas de Cabana, si sus arenas parecen infinitas.

A medida que avanzaba el documental, me internaba en sus imágenes y me conmovía con la afinidad y la añoranza que me causaba su repaso. Aparecían sobre la pantalla, pero era como si lo hicieran en mi habitación, las dunas de la laguna de Traba que recuerdan que el agua no muere sino que viene y va, va y viene como van y vienen los hilares que mueven las mágicas manos de las palilleiras de Carmiña, cuyos encajes seducen a los hombres. Cómo no adentrarse en el Castillo de Vimianzo, recorrer sus laberintos y enfrentar alguna aventura romántica. Cómo no detenerse en Corcubión a probar los mariscos y el magnífico pescado. Tal vez esas grandes manos mías, y que no sirven para nada en una universidad, hayan sido hechas a golpe de herencias genéticas para la pesca fuerte, para el trabajo duro. Cómo no visitar el Castelo do Cardeal y admirar el Pazo de los Condes de Altamira. Cómo no, finalmente, llegar para quedarse en Fisterra, cómo no volver a sorprenderse con la imagen del sol poniéndose sobre las aguas del Atlántico, cómo no volver a fascinarse con los rocoos acantilados que allí, como en ningún otro sitio, luchan impetuosamente con las aguas del océano. Cómo no ir al castillo de San Carlos y luego parar, para morir, en las playas de Mar de Fora, Langosteira o Estorde,

Y entonces vino la ocasión de un segundo contacto, este más real: la posibilidad de visitar la costa de la muerte, aprovechando un viaje que por motivos de trabajo debía hacer a Madrid.

Dicho y hecho: lo soñado entre tinieblas, lo visto en una mala televisión, se desplegaba ahora ante mis ojos, a medida que avanzaba por las carreteras, caminos y playas que, tras haberme unido a una excursión turística, podía ahora apreciar en su esplendor, y bajo un sol que sus habitantes calificaban de extraño para la época, pero que para mi era como un regalo maravilloso, pues los velos que mis sueños tendían y los efectos del tubo catódico sobre la visión del documental se habían desecho gracias a la luz extraordinaria de ese sol impertinente.


Mi viaje culminó con la visita a Santiago de Compostella, ciudad bella, llena de callecitas laberínticas que conducen irremediablemente a la catedral. Cumplía así y talvez en el orden histórico correcto, con el ritual católico, tras haber hecho el ritual pagano.

La visita a Santiago me dio la certeza de que la región de Galicia había sido una especie de zona de experimentación católica en la que se ensayaron (y se ensañaron) las estrategias medievales de cristianización de lo pagano. Menciono aquí al menos tres ejemplos. El primero tiene que ver con lo que hoy todavía se llama la peregrinación religiosa y la peregrinación profana.

Hay mucha gente de la que hace el Camino de Santiago que después de llegar a la Catedral y de saludar al Santo sigue hasta Finisterra, el sitio que antes del cristianismo era el que merecía la peregrinación de los europeos. Hasta allí llegaba la gente porque se creía que era el fin de la tierra, y esa sensación se percibe hoy todavía. Al menos a mí me causó mayor emoción llegar al fin del mundo que conocer la supuesta tumba de un santo que uno no sabe si en realidad murió por esos lares. Está claro que la intención lograda fue la de darle un sentido cristiano a esas adoraciones paganas, asunto que en su momento tuvo toda la legitimidad, fue en realidad una manera de ordenar los sentimientos, de configurar una especie de identidad, la identidad europea.

Aunque hoy, cuando hasta la misma noción de identidad está en crisis, cuando las grandes ideologías se derrumban, me pregunto ¿para qué sostener la caña? En todo caso me resultó totalmente anacrónico.

Un segundo ejemplo de eso que he llamado la sagacidad católica es el siguiente: en Galicia ha existido siempre mucha espiritualidad cuya fuente es esa cercanía con el fin del mundo que comenté antes. Una de las cosas que los Gallegos desarrollaron dentro de su folklore fue la imagen de la ánimas en pena, o almas que no van directamente al cielo o al infierno, sino que se quedan vagando en la tierra. Era la manera de soportar la desaparición de los cuerpos que se tragaba el mar, debido a los naufragios, a las salidas fallidas a alta mar y todo eso. Hay pues una tercera posibilidad que la iglesia acoge y cristianiza, reconvierte esa idea típica en la idea del purgatorio, lugar de transición entre el cielo y el infierno.

Y fueron, ni más ni menos, los doctores de la iglesia cristiana medieval, los encargados de desarrollar la estrategia discursiva del número tres. Ya no sólo era cielo e infierno, sino también un tercero: el purgatorio. Ya no sólo era el primer advenimiento de Cristo, humilde y difícil, frente al segundo: glorioso y apoteósico, sino un tercero: el advenimiento personal, la apertura de cada quien a la presencia “cotidiana” de Cristo. Esa necesidad tan típicamente cristiana de reconvertir todo lo pagano, de cambiarle el sentido, llevó al descubrimiento de una estrategia discursiva y retórica que definitivamente disparó el pensamiento occidental. Después ya todo es extensión de de esa lógica, no dos, sino tres, no sólo padre e hijo, sino espíritu santo, etc.

El otro caso gallego es el del botafumeiro, esa bella palabra que usan los gallegos para indicar el dispensador de incienso en las iglesias: el aparato que bota fumo, humo, el botador de humo, botafumeiro. Una de las cosas que quería ver en la Catedral era el botafumeiro porque supe de él en uno de los primeros artículos que hablaban de la ciencia del caos o de las catástrofes. Resulta que el botafumeiro es como un gran péndulo cuyo movimiento debe regirse entonces por la ley de oscilación de Foucault, pero han ocurrido accidentes en la Catedral de Santiago de Compostela documentados que indican que no siempre se cumplió la ley de oscilación pendular. Eso llevó a varios científicos a examinar las catástrofes del botafumeiro y a constituir toda una física particular llamada la física del botafumeiro.


Y tuve la fortuna de verlo en funcionamiento, pues no en todas las misas lo ponen a marchar. No puedo negar que es toda una maravilla ver ese gran péndulo oscilando y botando humo, la gente se emociona, y cuando termina su oscilación, cuando ha dejado de moverse sobre nuestras cabezas, se habla de lo que significa ese humo invadiendo el gran recinto de la catedral y subiendo hacia la cúpula, se habla del humo como símbolo de nuestro agradecimiento a Dios y se lo designa como imagen de nuestra comunicación con Él y todo eso. Pues bien, resulta que el botafumeiro se lo inventaron los curas de Santiago para mitigar los olores nauseabundos de los miles de peregrinos que llegaban después de semanas de caminata sin baño y atestaban la Catedral. El botafumeiro es un gran dispensador de humos aromáticos, humos que también son de desprecio y de repugnancia. Y una manera de hacer que esa estrategia tan mundana, incluso tan vergonzosa, tan pagana, tuviera aceptación era llenándola de ese significado espiritual que hoy todavía se expresa en las misas de la Catedral. Una viveza, una más de las vivezas cristianas.

Pero Galicia, estoy seguro, sigue siendo sobre todo tierra de paganos, gente con una espiritualidad que vas más allá de los ritos católicos, que conserva y explora sus mitos, sus leyendas, sus alternativas culturale; tierra indómita, pero tranquila…

Santiago de Compostela, Costa da Morte, 2004
Bogotá, 2006

Atrapados en Charlotte

THE SUN IS SO BRIGHT TODAY

El taxista acomodó su cachucha, dobló la pestaña del techo para protegerse del sol y me miró por el espejo retrovisor, mientras la autopista por la que transitábamos se metía con olor y todo por mi ventanilla. “The sun is so bright today”, dijo, y me lanzó una franca sonrisa. Era un hombre dicharachero y amable que, compadecido de mi pobre inglés, hablaba despacio, con frases sencillas, y ayudado de ademanes muy expresivos, de modo que pudiera seguirlo. En realidad yo estaba muy animado, pues apenas habían transcurrido cinco días de mi primera visita a Estados Unidos y ya podía sostener una corta conversación, aunque fuera sobre un tema tan trivial como el clima de Washington. Pero mi jovialidad provenía en realidad de algo mucho más profundo que esa simple comprobación. Durante la corta visita a la “Capital del Imperio” había ido tejiendo, casi inconscientemente, la tenue pero firme convicción de que mis prevenciones contra el sistema norteamericano de vida eran sólo eso: prevenciones. Es más, tenía en mi cabeza planes para volver pronto, con más idioma y algún proyecto concreto que me permitiera ir acomodándome a la academia gringa, única manera de acceder a las disquisiciones más recientes del mundo universitario al que pertenezco. Hasta había hablado con mi mujer acerca de la urgente necesidad de poner a nuestros hijos a estudiar con más disciplina el inglés y planear desde ya el tradicional año de intercambio.

El ambiente no podía ser mejor. A la mañana brillante, a la comprensión del taxista, a mi insólita confianza en el sueño americano, se sumaba ahora la amabilidad de los empleados del Dulles International Airport que a esa hora lucía desocupado y tranquilo. La revisión del equipaje sólo implicó para mí una pequeña molestia: una “special revision”, es decir, pasar por una máquina adicional de rayos X, según se advertía en la tarjeta donde el hombre del counter de la United Airlines consignó la orden. “Tiene razón”, pensé sin apuros ni fastidio: “un colombiano que ingresa por Miami, va a Washington y regresa a Miami, requiere de una special revision”; así que seguí las indicaciones que con tanta claridad había comprendido y fui hasta la máquina con mi equipaje. Hice pasar la maleta por la banda deslizante y puse mi cámara fotográfica y mi teléfono celular en una cestilla. Una y otros pasaron sin ningún problema y hasta le seguí el juego a la chica que aguardaba al final y que se puso a imitar a un fotógrafo con mi cámara, mientras yo recogía los enseres. Sólo entonces me di cuenta que había pasado por la máquina equivocada y que me encontraba en las salas de abordaje. Entonces hablé con la chica, quien sin recelo me indicó el sitio correcto. Allí el procedimiento fue sencillo y sin ningún trauma; es más, creo que el hombre de la máquina estaba completamente distraído.

Volví a la sala de abordaje y busqué un teléfono para hacer una llamada a casa. Debían ser las 7 y 15 de la mañana en Bogotá, cuando entró la comunicación. Le dije a mi mujer que en media hora abordaría mi vuelo a Miami y que la llamaría en la noche. Todo permanecía apacible y el sol seguía brillando en Washington… Pero, ¿acaso otra persona en mi lugar no habría aprovechado que ya estaba en la sala de abordaje para pasar su equipaje al avión, máxime si había algo que ocultar en él? ¿No había demasiado relajamiento en los funcionarios del aeropuerto? ¿Qué era preferible: la incomodidad de una medida de seguridad bien ejecutada o esa holgura que había disfrutado como consecuencia —eso creí— de la confianza, propia del sistema americano de vida? No podía ni quería hacerme esas preguntas. La atmósfera de calma era insuperable. Así que estaba lejos de imaginar que a esa hora dos (o quizás más) terroristas se paseaban a mi lado, preparados para incrustar en la Sala Oval un avión con 70 pasajeros y combustible de sobra como para acabar con todo el downtown. Lo único que me llamó la atención fue la desfachatez de una mujer que dormía en la sala de espera y el rostro casi infantil de un hombre con cabeza rapada que parecía medio despistado.

ESOS OJOS

El avión despegó a las 8 y 45, hora de Washington: justo el momento en que ocurrió el choque contra la primera torre gemela en Nueva York. No debía haber más de 40 pasajeros en un aparato con cupo para 150. Detrás de mí se sentó un hombre al que había escuchado hablar por su celular en español caribeño. Pero más que este detalle estratégico, fueron sus ojos los que llamaron mi atención: unos ojos que, de golpe, involuntariamente, forzaron mi memoria a recordar, sin resultados, dónde los había visto antes. En la misma fila mía, pero al otro lado del pasillo se sentó un hombre moreno y corpulento. Pensé que podía ser árabe. Hacia las 9 de la mañana, empezaron a servir el desayuno. Cuando terminé, pedí un café y alcancé a disfrutar unos sorbos. En ese momento noté un gran nerviosismo y movimientos acelerados del personal de servicio. Una de las azafatas prácticamente me arrebató la taza de café. Simultáneamente el Capitán anunció algo que no comprendí muy bien. Entendí, sí, que había que cambiar la ruta del vuelo y entonces pensé que el huracán, que por esa época amenazaba las costas de Florida, había afectado el clima en Miami y que por eso no podríamos aterrizar allí. El Capitán invitó a sintonizar las noticias en el canal 4 de la radio, habilitado ahora para que los pasajeros pudieran oír los informes. Entonces escuché que había ocurrido un atentado en Nueva York, pero no entendí más. Eran las 9 y 25 de la mañana. A esa hora, mi mujer seguramente ya había visto en Bogotá, en vivo y en directo, el choque del segundo avión contra la torre sur. Yo apenas si podía imaginar la explosión de un carrobomba en algún lugar público de la capital del mundo: ¡mi repertorio personal de imágenes no daba para tanto!

Los demás pasajeros permanecieron serenos, pero al advertir que varios empezaban a utilizar sus celulares, comprendí que algo realmente grave estaba sucediendo. En ese momento el avión comenzó a desviar su ruta hacia el aeropuerto de Charlotte, North Carolina, a donde aterrizamos a las 10 de la mañana. Durante la media hora que estuvimos parqueados antes de ingresar al muelle, pude enterarme de los detalles del atentado y de las medidas que se estaban tomando, gracias a la versión en español caribeño de las noticias, que amablemente me suministró el hombre de los ojos fascinantes. La mujer que dormía en la sala de espera y el hombre que parecía árabe se acercaron para enterarse también, y supe así que una era turista uruguaya y el otro un argentino residente en Miami.

Ingresamos a las 10 y 30 al muelle principal del aeropuerto y la primera imagen televisiva que vimos fue la del derrumbe de una de las torres. Pese a lo increíble de esta impresión, yo seguía sin sentir nada. Curioso: no sentí ni temor, ni pesar, ni siquiera regocijo, no sé si por efecto de la anestesia que ya cargo en mi sangre, gracias a la cotidianidad del terror en el país, o porque me parecía, inconscientemente, que el asunto, más allá de lo audaz, era natural (algún día les iba a tocar a los gringos) o porque no tuve el privilegio de ver en directo las imágenes de televisión y entonces no actuó sobre mí la máquina de visión. No sé, fue como si el asunto hubiera ido creciendo sólo poco a poco, muy lentamente en mi conciencia.

No hubo manera de comunicarme inmediatamente con mi casa y el nerviosismo se apoderó del lugar. Después de recoger los equipajes, movidos más por la fuerza del desamparo que por algún propósito claro, los cuatro latinos volvimos a reunirnos en uno de los corredores de la planta baja del aeropuerto, que a esa hora, debido al represamiento de los vuelos ordinarios y a la llegada de otros 20, desviados de su ruta original, era todo un caos. Mientras tanto tuvimos la oportunidad de intercambiar nuestros nombres y de conocer algunos datos: La mujer uruguaya se llamaba Mónica, El argentino que parecía árabe, Fernando, y el hombre de los ojos fascinantes, Carlos, era puertorriqueño, vivía en Washington y se dirigía a Miami para asistir a una reunión de trabajo.

Al conocer mi procedencia, Carlos lanzó una cuestión que me dejó frío. Esto dijo textualmente: “¿si sabes que a Fabio Ochoa le tenemos una cómoda celda para que pase sus próximos cincuenta años en los Estados Unidos como debe ser?”. Quedé algo molesto, pero sobre todo muy inquieto. ¿Quién era este hombre que se expresaba así de una situación que no debía ser de fácil conocimiento para el ciudadano medio norteamericano? Preferí no reaccionar. Pero mi malestar creció con la expresión exagerada de su indignación por lo que acababa de suceder. Hablaba usando la primera persona del plural como si de verdad fuera un norteamericano de pura sepa. Pedía venganza y una retaliación inmediata. Fue entonces cuando recordé dónde había visto esos ojos.

Estábamos sentados en unas sillas dispuestas sobre uno de los corredores del aeropuerto. Al frente estaban los equipajes de los cuatro. Mónica y Fernando habían ido a averiguar si la aerolínea asumiría los gastos de lo que parecía una inevitable estadía en Charlotte. Carlos seguía profiriendo sus expresiones. De pronto, lanzó un violento, irracional, inesperado, puñetazo sobre la maleta que hacía de mesa y juró estar dispuesto a desempolvar su uniforme de la Fuerza Aérea e ir a dónde se le ordenara… Ese mismo golpe, sobre una mesa, esa misma indignación, esos mismos ojos inyectados de rabia, habían estado al frente mío, casi 16 años antes, en una tienda del centro de Bogotá. Fue el día de la doble Toma del Palacio de Justicia. Otro Carlos, también caribeño, había jurado, con la misma ira, volver al monte, volver a sus andanzas guerrilleras, por lo que consideraba era el mayor atropello del Estado contra las fuerzas progresistas del país. Dos tragedias, dos símbolos destruidos, dos hombres indignados, uno de la izquierda, otro de la derecha, confluían ahora en mi confundida y asombrada memoria.

ATRAPADOS EN CHARLOTTE O LA FICCIÓN SE HACE REALIDAD

Hacia las 2 y 30 de la tarde, cuando ya el aeropuerto estaba semi vacío, decidimos ir en grupo al Counter de United Airlines para solicitar algún remedio a nuestra situación. En ese momento, el hombre de cabeza rapada y medio despistado se unió al grupo. Era un judío, de nombre Nuni, que no hablaba nada de español, pero sí muy buen inglés. Sería el hombre clave para nuestras comunicaciones.

A la grata sorpresa de haber sido atendidos con toda la consideración por los funcionarios de la United, se sumó enseguida la zozobra de