En su última novela (Alfred y Emily), Doris Lessing cuenta la vida que pudieron tener ella y su familia, la que hubieran querido tener si hubiesen podido elegirla.
Es sabido que un hecho mínimo, a menudo imperceptible, determina nuestra suerte: abrir o cerrar una puerta, tomar hacia la izquierda o la derecha, responder o no al teléfono o leer o no una carta hacen que nuestra vida sea una y no otra. Lessing decidió volver atrás, a ese punto decisivo, y encausar a sus padres por una senda no tomada. Así en esta versión imaginada, Alfred busca y encuentra la felicidad en el campo, en la Inglaterra rural, y son sus hijos, no Alfred, quienes son al fin llamados a luchar por su patria en las infernales trincheras de la Primera Guerra Mundial; Emily se casa muy joven con un médico prestigioso (el amor de su vida en el mundo real), pero su vida será no la de un ama de casa, sino la de una mujer independiente que, sin tener hijos propios, ayuda a los hijos de los otros, lucha contra la crueldad a los animales, funda escuelas innovadoras y, durante la guerra, crea refugios para mujeres y niños. Las vidas soñadas de Alfred y Emily (los verdaderos padres de Doris) se entrecruzan pero no se unen. La versión histórica es menos feliz. Alfred pierde una pierna durante el combate, se casa con Emily, y juntos emigran a Rhodesia donde, con poco éxito, instalan una granja.
La reflexión:
Esto que hace la novela, ¿no termina acaso cosificándose en el libro mismo como objeto? Ya se sabe: la flexibilidad de resultados de un performance es función de la plataforma y el libro es la menos flexible de ellas, pues tiende a fijar la base semántica. El hipertexto, en cambio, sobre todo el hipertexto dinámico, podría cambiar las cosas, pero también lo pueden hacer, a su modo, otras plataformas como los juegos de rol, la narrativa trasmediática, Narratopedia, Second life, y en general los mundos virtuales…

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