Somos el relato que producimos de nuestras vidas, esto quiere decir que no basta con vivir la(s) experiencia (s), sino que es necesario contarla (s). De hecho todos los días les relatamos a otros lo que creemos que vale la pena comunicar de nuestra experiencia. En ese acto cotidiano está implícito todo un mecanismo discursivo que implica seleccionar de lo vivido lo que creemos que tiene o contribuye a darle sentido a nuestra vida: alguna novedad, alguna lección aprendida, algún hecho doloroso o excepcional. Si nos situamos del lado del interlocutor, debemos estar atentos, no tanto al acontecimiento narrado, sino al por qué el narrador ha seleccionado justamente ese acontecimiento y al modo como es expresado.
Pero si además nos persuadimos de la necesidad de registrar ciertos acontecimientos (o para decirlo de la manera antigua: si nos persuadimos de dejar memoria de ciertos hechos), estamos elevando la categoría a dichos acontecimientos. Escribir exige mucha más conciencia del sentido de los hechos, es un esfuerzo tan grande que sólo ciertos eventos pasan el filtro de la escritura. Quienes hemos hecho un ejercicio constante de escritura sabemos que muchos acontecimientos que al comienzo parecían narrables se diluyen y se debilitan a la hora de ser expuestos a las exigencias de la escritura. En realidad, escribir es ofrecer un sentido complejo y fuerte a los hechos ocurridos y por eso en algunos casos descubrimos en el camino que algunos son triviales o insignificantes.
Pero la escritura es mucho más que registro o memoria supletoria, es un acto comunicativo que está definido por la mediatez, es un acto cuya recepción se difiere en el tiempo y eso hace que, al momento de la producción del texto que contiene el acontecimiento, el escritor prefigure, anticipe ese acto comunicativo que sólo la lectura podrá actualizar. Pero ese carácter mediato convierte la recepción del texto en un acto interpretativo y perverso en el que el lector decodifica primero y le da su sentido personal después a lo leído. Todo esto aleja el texto de la presentación y lo convierte en representación: representación de lo vivido, representación de lo leído.
Representar no es presentar, ni siquiera es presentificar; esto quiere decir que lo vivido no puede volver y por eso es necesario asumir que lo escrito es también una manera de ordenar el caos de la experiencia y en ese intento se traicionan los hechos. Los escritores conocen ese poder de la escritura y de la narrativa que obliga al narrador, por efecto de las lógicas intrínsecas de la narración, a traicionar lo vivido, lo que curiosamente acerca el género de la crónica a la ficción. O de otro modo, la ficción nace de la conciencia de que nada puede volver a ser presentado
La pregunta que por lo tanto debe evitar el lector es si todo lo escrito aquí ha sido vivido “literalmente” por el escritor; la pregunta que debe hacerse el lector es más bien: qué sentido tiene lo narrado, esto es: qué aporta al sentido de la vida, qué lección deja, qué anticipa, qué tipo de identificación o de antipatía produce y por qué, pues todo escrito no es más que un pretexto, una invitación para ese diálogo que se empieza a dar sólo cuando el lector se compromete con su actualización.
En ese orden de ideas, los nuevos medios digitales interactivos son más potentes por dos razones, porque son más inmediatistas, es decir, se disponen mucho más rápidamente a ese dialogo, y porque pueden hacer uso articulado de otras morfologías que enriquecen la “presentación” de los hechos. Pareciera entonces que el medio más adecuado fueran los blogs, pero esto no hace más que acentuar lo que Paula Sibilia llama “la crisis de la ficción”, uno de las caras de la espectacularización de la intimidad:
“En general, lo que sucede en los blogs o fotologs standard, es que se genera una obra donde el principal contenido es el yo, la vida propia. Y cuando se producen obras en sentido tradicional –textos, fotos– valen en la medida que contribuyen a adornar la imagen del autor-narrador-personaje. Pasa, por ejemplo, con los autores que no tiene obra pero si autobiografía, donde la principal obra es el personaje”


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