Como toda obra literaria que se respete (y la mía ha alcanzado, poco a poco, cierta consideración), Gabriella Infinita no es sino la versión metafòrica de un gran amor que fracasó. Escribí Gabriella para desahogar el sentimiento de desilusión que me estaba llevando al desespero. Fue una ordalía dolorosa, de más de cinco años, en la que no poca ficción reclamó su lugar. Pero resulta evidente que a la historia narrada le subyace una clara experiencia vivida. Los años setenta en la nacional, las figuras del profesor y de la estudiante, el ambiente sombrío en que se desenvuelve el relato que no es más que la exteriorización de mi propio desamparo, la huida de Federico a ese otro mundo que no es otro que el mundo evasivo de la poesía y del arte.
Años después cuando la obra había cobrado su primera metamorfosis y era ya un hipertexto, la otra Gabriella, la mujer que inspiró la novela, llegó un día a mi oficina. Sobra decir que no la esperaba, sobra decir que ya ni siquiera pensaba que un reencuentro fuera posible, sobra decir que ya había emprendido otra vida y que el punto final que había colocado a la novela años antes había sido también el punto final de mi historia con la otra Gabriella.
Pero ella había encontrado en mi página web el vínculo al hipertexto y se lo había leído de un sólo tirón. Se había reconocido como la protagonista, había sentido compasión por Federico y había soñado esa misma noche con los dos amantes. Se levantó muy temprano como movida por una rara inspiración y ya no descansó hasta que, una semana después, completó una serie de pequeñas pinturas que ilustraban la historia de Gabriella y Federico.
Pasó un mes pensando cómo llevármelas. Estuvo a punto de tirarlas a la basura, hasta que por fin se decidió. Buscó mis datos en el directorio de la universidad y llegó a mi oficina un jueves, a eso de la diez de la mañana para mi total sorpresa. Lo más curioso es que para esa época ya estaba metido de cabeza en la segunda metamorfosis de Gabriella, la que la convertiría en el hipermedia que hoy tanta gente conoce. Lo curioso es que como director del proyecto había rechazado más de una propuesta de ilustración. De modo que cuando tuve frente a mí esos doce grabados hechos por una pintora, y no cualquier pintora, ni más ni menos que la mujer que había iluminado la novela y que de pronto, milagrosamente, aparecía allí de la forma más extraña, supe que la vida es lo más extraordinario de la vida.
Sobra decir que más allá de las preguntas de rigor, de la mutua sorpresa, de unas pocas palabras de nostalgia, de un incómodo cruce de miradas y de largos silencios, el encuentro terminó allí mismo y ya nunca más la volví a ver.
Así que tras ese frio dato que aparece bajo el título “Fuentes” en la descripción del proyecto de Gabriella Infinita hay en realidad una historia tan humana y asombrosa como la que acabo de narrar: otra prueba de que la realidad siempre va más allá de la ficción

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