Va y viene como las olas del mar y como ellas a veces se posa tranquila sobre la playa, como cuando nos botamos sobre el prado de algún paraje a ver andar las nubes su despiste caprichoso o como cuando nos descubrimos inesperadamente en medio de la casa sin el ruido de los niños, sin las voces del hogar y gozamos un alivio regalado que nos anima a inventar algún poema. Soledad sumisa que nos lame los pies como perro amilanado.
Va y viene como las olas del mar y como ellas a veces irrumpe furiosa como cuando nos despertamos de sùbito en una habitación ajena, a miles de kilómetros de los amados y no sabemos cómo vamos a sobrevivir el dìa sin la caricia del amante, sin la sonrisa del amigo, sin las palabras cariñosas de la madre. Soledad insidiosa que se aprovecha de su fuerza para aplastarnos hasta la muerte y que nos muerde con la rabia de un perro traicionero.
Va y viene como las olas del mar y como ellas a veces nos envuelve juguetona, nos conduce gentilmente a sus profundidades y nos devuelve a la superficie para volver a hundirnos en sus aguas como cuando decidimos dar un respiro en el trabajo o en el amor y después de un rato salimos corriendo en busca de ese abrazo que nos recuerde que somos requeridos. Caprichosa soledad que nos bate la cola como perra interesada.
Va y viene como las olas del mar y como ellas a veces nos violenta con el ímpetu de un sunami, arrasa nuestro fuerte, destroza nuestras resistencias y acaba con nuestras pocas guardas, como cuando el amor nos deja o nos abandonan los amigos o nos recluyen los enemigos. Soledad tirana que escupe su fuego inmisericorde como dragón endemoniado.

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