Amarga Lisboa
Hacia el final del año, viajé a Europa a desarrollar actividades académicas dentro del programa Master Erasmus Mundos que se ofrece en siete universidades de un consorcio llamado el Cross Away European Humanities, y al que fui invitado por dos meses con la certeza de un estipendio que me permitiría vivir cómodamente en el ”venenoso” ambiente económico europeo. Pero ni comodidad, ni dinero y al poco tiempo de llegar las cosas empezaron a tornarse dramáticas.
Unas cuentas rápidas: el costo de alquiler de una habitación de hotel tres estrellas está en promedio en 70 euros y en unas residencias universitarias 35 euros, lo que quiere decir que el mes puede llegar a costar, sólo en hospedaje, más de 2000 euros, que es lo que yo gano como salario en Colombia. Pero allí tenía que comer y que comprar ropa para la estación y moverme, lo que hace que realmente, si uno no tiene plata suficiente, no pueda sobrevivir, al menos decentemente.
El asunto de la plata se enredó por procesos burocráticos y la prometida beca de sostenimiento no sólo no se hizo efectiva con la prontitud esperada, sino que el giro sólo llegó el último día de mi estancia, lo que me obligó (una vez agotados los escasos mil euros que llevé para sobrevivir unos días y que pasaron a la historia en menos de dos semanas) a acudir a un dinero que tomé prestado a las “malas” de un giro que yo llevaba para alguien en España, a los euros que un amigo colombiano me prestó aquí y a una platica que me giraron mis papás (recurrir a los papás a los 50 años no deja de ser vergonzoso). Pero nada de eso vale para los burócratas; según ellos no se trataba de pulsar un botón y girar el dinero, no, había que cumplir con todos los trámites, que la carta del banco donde se me iban consignar, que la certificación escrita de mis actividades firmada por cuatro certificadores en cuatros países distintos, en fin…
La verdad es que estaba preparado para seminarios, tertulias, conversaciones académicas, clases, debates y me encuentro (¿debería sorprenderme?) con que la realidad está gobernada por un discurso y una lógica burocráticos tanto o más duros que en mi propio país al que consideraba como uno de los más oficinescos del mundo. Y todo fue para peleas, malos entendidos, incomunicación. Si: el discurso burocrático no está hecho para el diálogo sino para el sometimiento, para el sometimiento de quienes lo diseñan, atrapados en sus términos, para su voceros y custodios que se aferran a él con una energía perversa y, obviamente, para quienes lo sufrimos.
Todos los días miraba el correo electrónico, con dos sensaciones, una de temor, pues mis reclamos sólo produjeron la reacción desproporcionada de uno de los voceros de la burocracia europea, quien intentó por todos los medios hacerme sentir culpable, no sé si de un error lógico o de un error moral, y entonces sólo esperaba y recibía regaños de él; y otra sensación de impotencia y abandono, resultado de la estrategia final de la burocracia: el silencio. Ya ni siquiera fueron regaños, ya no llegaban mensajes, manifestación exquisita de la prepotencia.
En semejante ambiente de incertidumbre y angustia económica, el tan deseado paso por la mágica y amistosa Lisboa se convirtió en una experiencia cercana a la amargura. Había soñado tanto con pasear una y muchas veces por el centro histórico de la capital lusitana, subir las colinas que llevan a la vista del rio y del mar desde las alturas y fatigar las callejuelas estrechas del laberinto de Alfarma; había querido tanto disfrutar de las pintorescas escenas de sus casas viejas con ropas colgando de las ventanas y niños jugando en las callecitas, había deseado con tanta expectación beber cerveza helada en alguna terraza, que cuando al fin me atreví a ir, todo se redujo a un paseo de lo más simple, sin la emoción del que se sorprende de lo nuevo y bello de los otros mundos. No había cabeza, no había ánimo para pasear una ciudad tan bella como en realidad es Lisboa.
Si no hubiera sido por Flor Alba, la secretaria de la embajada de Colombia en Lisboa, a quien acudí casi con desespero para que me enseñara algo de la Lisboa que ella conoce desde hace 24 años cuando vino a Portugal a ensayar vida y se quedó, sino hubiera sido por ella, me habría quedado con esa visión un poco agridulce de un transeúnte amargado que ni siquiera alcanza la condición de turista. Nos citamos el domingo, víspera de mi viaje a Santiago en Corcobeles, el pueblito donde ella vive, a unos cuarenta minutos de Lisboa, con el objetivo de recorrer un poco ese camino costero que atraviesa las ciudades “dormitorio” y conduce a Cascais, un pueblito muy cercano a otro quizá más famoso, por aquello de su casino, de su autódromo y por haber sido escenario de películas conocidas: Estoril. Al pie de la bella bahía de Cascais probé las castañas, un fruto que se come en invierno, más exactamente a partir del 10 de noviembre, día de San Martín. Sentir allí el ambiente marinero en un tarde con clima agradable y vistas hermosas realmente me reconcilió con Portugal. Caminé un buen rato por las playas, por las callecitas y por las explanadas que cubren ese muito bonito lugar turístico.
Ya de vuelta, paramos en la playa de San Pedro, al frente de Estoril, donde al sabor de uma boa cerveja conversamos sobre nuestras vidas hasta ahora desconocidas para cada uno, pero llenas de esos trayectos maravillosos e insospechados que se cruzan sin saberlo y nos convierten en amigos para siempre. De ese modo, algo de lo que había querido hacer en Lisboa se pudo cumplir y me llevé unos pocos pero bellos recuerdos de Lisboa
El Coronel no tiene quien le escriba
La apremiante espera del giro de mi beca, me hizo recordar la situación que vivió García Márquez en París cuando quedó, según sus palabras “varado”, sin dinero y a la espera de un cheque que nunca llegaba, pero que esperaba ver todos los días en el buzón de la entrada del edificio donde vivía con su esposa. Es entonces que escribe esa gran metáfora del Coronel al que nadie le escribe, del héroe militar al que le han prometido una pensión que nunca llega y que se encuentra en una situación tan dramática que termina centrando toda su confianza en el gallo de pelea (”heredado”) de su hijo, sobre cuya competencia cifra sus esperanzas, muy a pesar del escepticismo de su esposa.
Pues bien, guardadas las proporciones, una consecuencia de mi “varada” absurda en Europa, fue la reclusión casi permanente en mí cuarto, no sólo porque no tenía manera de hacer turismo por la falta de recursos, sino porque perdí el deseo de hacerlo. Así que al poco tiempo estaba metido en la escritura, no de una novela, sino del plan de una novela. Retomé ese proyecto narrativo que llevo ya varios meses trabajando y que comenzó como un intento por dar cuenta de la semblanza de tres de mis personajes más queridos: Hypatia de Alejandría, Johannes Kepler (de quien hice ya una biografía) y Ernesto Sábato (ese Sábato de “Antes del fin”), quienes representan para mí algo así como encarnaciones de tres momentos claves de la historia humana: el paso de la época clásica al medioevo, el paso del medioevo a la modernidad y el paso de la modernidad a la posmodernidad.
Encontré una buena alternativa de desarrollo cuando, tras releer la obra de Pierre Lévy (uno de los autores que esperaba exponer en el seminario que coordinaría en Santiago), me llegó la idea de construir una especie de metáfora “literal” de las relaciones que el filósofo argelino establece entre esos cuatro modos de vivir el mundo que él ha denominado, los espacios antropológicos de la tierra, el territorio, la mercancía y el conocimiento y que yo asocié en seguida con cuatro conceptos correspondientes: mito, modernidad, posmodernidad, cibercultura.
He querido leer como “sugerencias” al novelista o al narrador cinco asuntos que Lévy destaca en uno de los últimos capítulos de su famoso texto: Inteligencia colectiva, en relación con las complejas interrelaciones entre los espacios antropológicos. Son ellas:
1) Ya que los contactos entre unos espacios y otros pueden ser de tipo armónico (gobernados por el deseo y el derrame) o cacofónico (gobernados por la violencia y el poder), ¿por qué no novelar entonces esos contactos? Ya que todos nos movemos en cada uno de los espacios (pues los espacios, aunque surgen uno tras otro y se instalan irreversiblemente, no se eliminan sino que coexisten); ya que cada uno de nosotros asume, con frecuencias y velocidades diferenciales, el movimiento y paso por los cuatro espacios (“Los humanos están inmersos a la vez en todos los espacios. Las situaciones y los seres humanos están sumidos en varias frecuencias a la vez, ningún ser real subsiste en un solo éter”). Ya que cada uno de los espacios está siempre activo (siempre en relación efectiva, percibida en la cotidianidad como separación y diferencia, o como deseo o como temor) en espera de una reactivación (“los ambientes afectivos, las configuraciones existenciales son puestas en reserva, en memoria… están disponibles para todos los retornos”); ya que esos contactos son invisibles, ¿por qué no presentarlos, creando personajes situados en esas relaciones complejas? ¿Por qué no tomar por ejemplo el caso de “las células durmientes” de Al Qaeda en USA y otros lugares del mundo (seres humanos que viven como si estuvieran muy bien integrados al tercer espacio, pero en realidad están arraigados en el primero y lo quieren de vuelta), como pretexto a desarrollar en el marco de una novela?
2) Narrar la metáfora de los cuatro puntos cardinales que Lévy ha propuesto para dar cuenta de la relación cacofónica entre los espacios:
El sur: voluntad de la tierra de dirigir los otros espacios. Novelar al jefe de clan que se convierte en jefe de gobierno, ocasionando guerras civiles, dictaduras, hambrunas. Novelar al jefe de clan que se convierte en jefe de comercio, actuando por depredación en vez de intercambio y desatando el bandolerismo y la mafia. Novelar al profeta new age que confunde conocimiento con fundamentalismos (ecológico, religioso, político).
El este: voluntad del territorio de dirigir la mercancía y el conocimiento. Novelar los desastres de una economía dirigida, de una pobreza planificada, del totalitarismo, de poner el espectáculo al servicio del territorio. Novelar el fracaso inevitable de quienes intentan mostrar en esos ambientes las posibilidades del espacio del conocimiento. Novelar los extremismos de las burocracias, de las rutinas administrativas, del mando autoritario
El norte: La mercancía pretende dirigir el espacio del conocimiento. Narrar la superficialidad de la sociedad del espectáculo, el pensamiento ahogado en los medios, en la publicidad, en la tecnociencia; narrar las consecuencias de una desterritorialización sin freno, la locura de las multitudes y de la velocidad, sin recuperación subjetiva; la expansión por todas parte del norte: solo se sabe abandonar el norte para ir al este, se oscila entre el estado y el capital o se vira hacia el sur, al deseo de dominio total de la tierra
El oeste: convocatoria para la partida, silencioso llamado para la apertura de un nuevo espacio. Narrar ese espacio hoy desierto o abandonado pero requerido.
3) Usar la idea de la necesidad de un “pasador” entre los espacios
¿Cómo pasar de un espacio a otro? En lugar de aduaneros, pasadores, no sólo entre las fortalezas del territorio, sino para salir del laberinto territorial, para saltar de un espacio a otro. El pasador, dice Lévy, es el pensamiento en el mismo seno del individuo, el intelecto colectivo entre los hombres divididos. ¿Cómo mostrar esto en una novela?
4) Ahora, si se tratara de novela, tendría estas opciones:
Recuperar la idea de los atrapados en Gabriella Infinita (mi primera novela) y hacer surgir de allí, esta vez, las armonías y cacofonías.
Ubicar el tiempo de la novela en un tiempo pasado, lleno de ilusiones y de ráfagas de imágenes sobre un futuro que no llega, pero se imagina. Rapto de imágenes anticipatorias de la cibercultura, por ejemplo: mostrar la ingenuidad de la búsqueda y la banalidad del encuentro, tipo Nowhere (el cuento de Carlos Fuentes)
O, al contrario, la llegada de un hombre del futuro para dar un empujoncito a la cibercultura
Otra: imaginar ese “país” del conocimiento, donde todo fluye armónicamente (como el país de los cronopios)
O, imaginar una posada, administrada por una anfitriona mezquina y chantajista, a la que llegan personajes de los distintos destinos (sur, este, norte, oeste), que ella no reconoce pero nos presenta.
O quizás todo junto
5) Pero, si no fuera escritura individual, sino colectiva, imaginar una plataforma digital a la que le quepa cosmopédicamente todo y hacer la gestión para una “escritura” en red.
O tal vez algo más loco aún: desarrollar una metáfora literal y desarrollar una narrativa en tiempo real de los 4 espacios, imaginándolos, convocando desde la plataforma a una conquista de ese espacio por llenar, de esa frontera que es el oeste
Con estas ideas en mente, la diversión fue grande, tanto como para sustituir la del turista que no pude ser.
Tres ángeles
Sin ángeles a mi lado no habría sobrevivido en una situación tan dramática como la que me tocó vivir en esta última travesía. El primero que apareció fue Guillermo, un antiguo compañero de colegio, médico radicado hoy en las islas canarias y con quien me he encontrado en España cada vez que hemos podido. Por gracia del internet Guillermo estuvo siempre enterado de mi situación y me tendió la mano enviándome varios giros de dinero cuando tuve necesidad de ello; fue él quien me animó en todo momento, quien estuvo pendiente de la evolución del drama, quien me aconsejó en forma permanente y aunque sólo nos pudimos ver al final, cuando fui a Madrid, sentí siempre el alivio de su solidaridad y de su fraternidad.
En Madrid, me acompañó otro ángel: Winston, un periodista colombiano que ya me había recibido en su apartamento en otras ocasiones. La verdad es que hasta última hora no estaba en mis planes ir a su casa, pues lo previsto es que él no estuviera por las épocas (épocas navideñas) en que tuve que viajar a Madrid, pero por alguna de esas razones inesperadas, resultó aplazando su viaje a Suiza para después de noche vieja y así pudimos vernos y yo pude pasar esos días acompañado por alguien que no sólo estuvo atento a ofrecerme lo mejor en mi estadía, sino que hizo que mi permanencia fuera lo más agradable y provechosa. Mi querido amigo vive desde hace varios años en el barrio de Lavapiés, muy cerca a la plaza Tirso de Molina, de modo que más comodidad no podía pedir: tenía a la mano el centro histórico, la plaza del sol, el corte inglés, las ventas de baratillos, varios restaurantes, los museos y hasta una sala de cine a donde asistí a los estrenos de diciembre. No tuve además necesidad de comprar muchas cosas, pues Wisnton me ofreció con una generosidad absurda desde su magnífica biblioteca (de la que devoré un par de libros), hasta los víveres con los cuales preparar las comidas. Si quería más que me picaran caña.
El otro ángel fue mi querido amigo portugués Rui Torres. Rui es poeta y profesor de la Universidad Fernando Pessoa de Oporto. Lo conocí en el año 2006 y desde entonces somos cómplices incondicionales de ese proyecto que consiste en conseguirle un sitio legítimo a la literatura digital. Nos encontramos por casualidad en Lisboa y allí planeamos nuestro encuentro en Porto. Eso que había esperado en las otras dos universidades a las que se me había invitado oficialmente y que no encontré, se dio de una manera sencilla, intensa y fluida. En efecto, viajé un viernes desde Santiago de Compostela hasta Porto y allí Rui me tenía preparado todo: desde un cómodo y amable alojamiento en las residencias para profesores (una bella casona recién restaurada en el foz frente al mar, ubicada en una calle, cuyo nombre presagiaba todo: Monte da Luz), hasta una conferencia a la que asistieron más de cincuenta personas entre estudiantes y profesores que fue grabada y registrada para su posterior difusión en el periódico cultural de la ciudad. Me reuní un par de veces con el equipo de investigación que dirige Rui, conocí sus innumerables y novedosos proyectos, fui testigo de excepción de la obra preparada allí, en ese escenario creativo del futuro, y que pocas semanas después sería premiada en Barcelona con una distinción internacional para poesía digital; acordamos también varias estrategias de colaboración, en fin, la más productiva de mis vistas académicas. Pero todavía más: en la noche fui invitado a cenar con todo el equipo y probé más de una delicia lugareña acompañada de su correspondiente ilustración: el sábado, para terminar, Rui me sirvió de guía erudito en el paseo por el puerto y por el centro de la ciudad. Es decir, en un par de días hice lo que habría esperado hacer, lo que le habría dado sentido a dos meses de alejamiento de la casa, y fui tratado más que como todo un profesor invitado, casi como una estrella, en una universidad que no estaba prevista en mi trayecto y que no tenía ningún compromiso previo conmigo, lo que de alguna manera fue un desagravio a tanta decepción Pero quizá lo más interesante de todo, el verdadero plus de mi paso por Porto fue conocer a Pedro Barbosa.
El plan extraterrestre
Pedro Barbosa es uno de los pioneros de la literatura cibernética. Ya en 1978, mucho antes que cualquier otro, publicó un libro que exploraba las tremendas posibilidades que había abierto la convergencia entre literatura e informática. Hace parte del equipo de Rui Torres y su famosa ópera cuántica es uno de los primeros artefactos que aprovecha el nuevo medio para hacer narrativa y poesía. Fue uno de los convidados a la cena en Oporto y estaba muy interesado en conocer los detalles de ese cambio que suena tan radical en mi vida (mi conversión a literato y escritor después de haber estudiado y ejercido la ingeniería química). Cuando le dije que de alguna manera había vuelto, con mi último proyecto digital, a la ingeniería (a la ingeniería de mundos virtuales), quedó todavía más impresionado. Pero lo que lo abrió definitivamente a exponerme su actual visión de mundo fue mi insistencia en crear una red virtual de personas y proyectos dedicados a la literatura digital y mi propia confesión de la carga que significaba para mi dirigir y hasta defender un programa de literatura tan poco proclive a las nuevas posibilidades. Entonces me comentó su experiencia con comunidades telepáticas, auténtica red que las comunidades virtuales apenas anuncian, y sentí que algo en mi discurso y en mi vida le había dado la seguridad de confiarme sus secretos, y sus secretos tenían que ver con su participación en lo que quiero llamar el plan extraterrestre.
En efecto, Pedro es un contactado, un ser (entre muchos privilegiados) que los extraterrestres responsables de la supervivencia de ese proyecto cósmico llamado planeta tierra han elegido en el intento de enderezar el dramático estado de deterioro de dicho proyecto. Su contacto, un ser multiforme que se le ha presentado en cuatro ocasiones, durante los últimos veinte años, siempre en lugares distintos y con apariencias distintas, lo ha mantenido informado de las señales del deterioro, pero también de las posibilidades de salvación (una de las cuales es lo que algunos, incluido él, llamamos la cibercultura, esa convergencia entre cultura y tecnología que constituye hoy el estrato cognitivo y afectivo más avanzado de la humanidad), así como de las acciones que debe emprender (acciones que me han recordado las de los misioneros religiosos). Pero aún más: desde hace quince años, Pedro vive con un elemento extraño en su cuerpo (bajo la piel del talón de su pie izquierdo). Ya se ha descartado que sea un cáncer y sus médicos le han sugerido no extraerlo, pues se encuentra demasiado ligado la capa nervosa y dado que no molesta ni duele ni cambia, se puede considerar benigno. Pero Pedro ha investigado y sabe hoy que el corpúsculo no es un tumor, si no un implante, un artefacto que los extraterrestres han introducido en un lugar que tampoco es arbitrario. A diferencia de lo que se cree en algunos ámbitos, el implante no es un ship electrónico, sino un nódulo casi orgánico que estimula centros neuronales específicos, en este caso las zonas del cerebro responsables de la creatividad, lo que explica esa capacidad que ha hecho de Pedro un artista sobresaliente. Pedro sabe sin embargo que debe enfocar su capacidad creativa menos a insuflar su ego y más a mostrar los caminos que la humanidad debe seguir si quiere realmente sobrevivir como especie.
Como el final de la cena interrumpió nuestra conversación, Pedro me visitó el sábado en las residencias y estuvimos conversando por más de seis horas, tiempo durante el cual me presentó pruebas de sus planteamientos, me ofreció detalles del plan extraterrestre, me listó varias de las señales del deterioro que han llevado a la intervención de los responsables del proyecto tierra, me expuso los fuertes argumentos que dan consistencia a sus ideas y me entregó su mensaje final. Fue una muy interesante plática al término de la cual, si bien pude debatir y hasta rechazar algunas de sus afirmaciones, llegamos a ese punto de toda discusión bizantina en la cual o se aceptan los axiomas de uno o del otro o se sufre el disenso. Al final creo que ambos flexibilizamos nuestras posiciones o, al menos, yo traté de incorporar algunas de las sugerentes visiones de Pedro a mi propio sistema de creencias. El imperativo, por ejemplo, de ampliar y desarrollar responsabilidad social consecuente con los niveles de conciencia y con las capacidades de las que hemos sido dotados, o la conveniencia de abrir cierta dimensión espiritual a proyectos aparentemente tan inmanentes como el de la cibercultura, fueron dos consensos interesantes.
Tras la consabida promesa de seguir en contacto, Pedro me entregó su propio imperativo: prepararnos, cada uno a nuestra manera, para lo que es el inminente golpe de timón que se dará en el año 2012 al proyecto tierra. De mi parte, en un ataque de honestidad, le advertí que la manera de agradecer su franca y honrosa confianza, así como el conocimiento nuevo que me había regalado, sería aprovechando la maravillosa experiencia de haberlo conocido en algún proyecto creativo.
Navidad virtual: bendito Internet
Tramité las reservas del transporte aéreo con suficiente anticipación, pero cuando tuve que hacerlas efectivas ocurrió un incidente de lo más desagradable: me habían saqueado la cuenta de ahorros y la consecuente demora de los pagos ocasionó la pérdida de las reservas. Al tratar de renovarlas me vi forzado a aceptar el regreso para el 27 de diciembre (estaba inicialmente previsto para el 21), lo que me obligaba a pasar la navidad en Europa. Intenté cambiar las fechas de regreso pero la verdad es que media España viaja en diciembre a Colombia y fue imposible. Amén de lo que significaban esos días extras en términos económicos, la perspectiva de pasar navidad tan lejos de casa terminó de amargarme el viaje.
Durante mi estadía en Santiago de Compostela, recluido en un pequeño cuarto de las residencias estudiantiles, sin televisión, redescubrí las posibilidades comunicativas de Internet. No sólo fue la posibilidad de consultar el correo electrónico o de escribir con disciplina entradas a mis blogs o de consultar información constantemente (estado del tiempo. Itinerarios de viaje, cartelera de cines, visitas virtuales a museos y a sitios turísticos), sino de conectarme vía web a las emisoras de radio que normalmente escucho en Colombia, prepararme un menú diario de televisión a la carta, descargar aplicaciones del más variado tipo y sobre todo, sobre todo, contactarme en forma directa y en tiempo real, con mi gente en casa, viendo sus imágenes, escuchando sus voces, percibiendo sus emociones.
Bendito Internet: sin esa herramienta, mi vida en esos días habría sido realmente desconsolada. Claro: nada reemplaza el turismo real, la televisión en directo o la comunicación cara a cara, pero ante la imposibilidad de esas interacciones, un sucedáneo maravilloso lo ofrece la comunicación virtual. Y después de dos meses ya habíamos sincronizado, a un lado y otro del océano atlántico, esas comunicaciones que casi nunca fallaron y produjeron el efecto mágico de fortalecer la relación. De modo que cuando se acercó la fecha, preparamos una navidad virtual.
Al comienzo, Winston, mi ángel en Madrid, se sorprendió cuando rechacé su generosa invitación a pasar la noche buena en compañía suya y de unos amigos (¡¿prefieres estar frente a un aparato que disfrutar una magnífica cena madrileña y una cava delicioso?!), pero después no sólo lo entendió sino que se hizo cómplice del plan: me ofreció su bodega, me dejó lista la cena, el queso, los encurtidos, el jamón y hasta un bello regalo de navidad. Con la gente de mi casa (Yaneth, mis hijos y el novio de Juliana) concretamos la cita, de modo que nos conectamos a las 11 de la noche, hora madrileña, 5 de la tarde, hora bogotana. Ellos tenían preparado el vino, los quesos, las carnes frías y los regalos. Yo estaba viendo por la televisión española el especial de los 50 años de vida artística de Raphael y a través de la webcam hice una transmisión directa de momentos del especial. Nos turnamos la transmisión de canciones desde nuestras memorias digitales y conversamos al ritmo moroso y tranquilo del consumo de una buena botella de vino por más de tres horas, tiempo durante el cual la tecnología no nos falló para nada, horas que nos conectaron más allá de lo físico, que nos permitió expresarnos con franqueza y emoción; una navidad, la más especial que hayamos vivido, que nos unió como nunca. ¡Bendito Internet!
Human de The Killeres
Lisboa, Oporto, Santiago de Compsotela, Madrid – 2008
Bogotá – 2009

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