Los viajes son una brutalidad. Le obligan a uno a confiar en extraños y a perder de vista toda la comodidad familiar de la casa y de los amigos. Se está en continuo desequilibrio. Nada le pertenece a uno salvo las cosas esenciales: el aire, el descanso, los sueños, el mar, el cielo y todo tiende hacia lo eterno o a lo que imaginamos de la eternidad.
Cesar Pavese
Hijo de desplazados sale desarraigado
Creía que todo había comenzado en el año 1986 con mi primer viaje fuera del país, pero no. Ese deseo casi desesperado por conocer otros ámbitos, por escuchar otras voces que llevo muy adentro desde niño tiene en mi caso un origen profundo y complejo que se conecta paradójicamente con el dolor de tanta gente desplazada de su hogar a lo largo de la historia de tanta violencia en mi país.
De niño escuché muchas veces el relato del nomadismo forzado que tuvo que sufrir mi madre cuando era apenas niña; una experiencia dolorosa que ella siempre describía con algo de nostalgia y mucho de fantasía, fantasía que la chiquita de entonces usaba a modo de defensa mental y que la adulta seguía insuflando para hacer significativo lo vivido. Pero la verdad es que no hay nada más absurdo que huir todo el tiempo de enemigos mortales e invisibles, nada tiene menos sentido que convertir la vida entera en una eterna zozobra. Sin embargo ella insistía en la imagen de un padre aventurero que por puro capricho emprendía correrías por los pueblitos más perdidos de los llanos orientales.
En mi mente infantil, se fueron formando estampas maravillosas de esas correrías, y también admiración por ese abuelo nómada que murió en forma insensata aunque en su propia ley. Imaginaba una niña delgada, tímida, pero valiente que seguía a pie el camino que su padre y su abuela realizaban a caballo o en mulas desde Cumaral hasta Aguazul y desde allí hasta Barranca de Upìa para seguir hasta Yopal y luego de vuelta a Cumaral o a Restrepo o a Medina, en una travesía que duraba meses y que podía convertirse en una auténtica pesadilla por efecto de la persecución de esos personajes malvados, llamados en el relato maravilloso de mi madre, los chulavitas.
El abuelo era un liberal extremista que en noches de tragos podía hacerse matar en defensa de unos ideales prestados que apenas podía comprender, pero cuya bravura le dio ese prestigio de hombre duro y medio loco que lo señaló hasta el día su muerte, una muerte estúpida ocasionada por la fanfarronería del viejo, quien ese día, empecinado en demostrar que solo un liberal verraco como él podía atravesar a puro nado ni más ni menos que un embravecido Humea, no contó con el efecto acumulado de un almuerzo opíparo y unos malos tragos de chirrinche que lo traicionaron a mitad de camino y le causaron ese ahogo inesperado, ese calambre maldito que lo condujo a la fatalidad.
Mi madre jamás se lo perdonó: en menos de nada se había quedado huérfana por culpa del padre loco. Seis meses antes, en medio de otra borrachera, el abuelo había pateado a la abuela que esperaba entonces un niño, el noveno de la prole, y esos golpes de borracho le causaron la muerte. Ahora, a orillas del Humea, ella apenas si podía tener conciencia de lo que significaba ser una huérfana, pero empezó a sentir una desolación y una vergüenza y una rabia que ya nunca la abandonaron. La imagen del abuelo se hizo oscura en su memoria, pero yo me quedé con la figura del loco aventurero que levantaba carpas y hacia viajes largos huyendo de unos enemigos mortales e invisibles, ganados por alguna imprudencia majadera.
De niño, mi padre me regaló algunas de las imágenes más terribles de Bogotá. Ese otro nómada forzado, fue testigo y sobreviviente de El Bogotazo. La historia del Ignacio de mi novela, la he escuchado muchas veces, y es la de mi propio padre. Llevaba apenas unos días viviendo en Bogotá, proveniente del campo. Su padre, quien trabajaba como secretario de un juzgado, le había prometido la gestión de alguna oportunidad de trabajo en la ciudad, una de las cuales era la posibilidad de vincularse a la policía o al ejército. Dos días después, en pleno nueve de abril, perdió el contacto con su familia y vivió las terribles experiencias transferidas en la novela a probables imágenes de la guerra de hoy. Poco tiempo después, fue reclutado inexcusablemente para la guerra civil que se extendió por todo el país y que hoy no acabamos de clausurar. Fue allí en esa Bogotá convulsionada que conoció a quien, años después, sería mi madre.
Así que soy hijo de desplazados, y lo que se vive todo el tiempo al lado de los desplazados es una terrible melancolía por el lugar de origen. Mis padres vivieron siempre con esa nostalgia que se expresaba menos como tristeza que como infelicidad, una infelicidad que se convertía en deseo de cambiar de lugar, en incomodidad por todo, en constante frustración. Fue algo extraño, pues por un lado, a causa de toda una propaganda ideológica que hacía del campesino un ser inferior, se había instalado una especie de vergüenza por el origen y por el otro lado vivíamos la tragedia de tener que habitar un lugar que nadie les había preguntado si querían habitar.
Y en mi conciencia infantil se fue configurando el pensamiento de que había que cambiar, había que huir, aunque no se supiera bien de qué, tal vez del vecino que se había convertido en enemigo o del amigo que de pronto nos había traicionado o de la ciudad que se había hecho insoportable, huir, cambiar de lugar, viajar, conocer otros lugares, con la promesa nunca cumplida de encontrar algo parecido a ese rincón del que fuimos desterrados.
Te busco de Celia cruz:
De viaje por otros mundos
Pero el desarraigo tiene sus ventajas, siempre y cuando se viva sin el dolor y el resentimiento inevitables del desplazado. Una de ellas es la capacidad de adaptación, la flexibilidad con la que se vive no sólo respecto a la tierra, sino con respecto a todo lo que ata: el trabajo, las relaciones, los conocimientos. Y de esa flexibilidad he tenido que hacer gala desde 1986, año durante el cual hice mi primer viaje fuera del país, es decir, desde el momento en que por fin me asomo a la respuesta de una pregunta fundamental: ¿hay en realidad otros mundos? ¿Se puede vivir de otra manera? ¿Cómo son esos otros mundos?
En junio de 1986, viajo a Buenos Aires y vivo lo que sería una correría de más de seis meses por La Argentina, que me llevaría a lugares como Córdoba, Mendoza, San Rafael, Malargüe, Bariloche, Mar del Plata, Montevideo y Punta del Este: todo un banquete de viajes, lugares y gentes que marcarían definitivamente mi vida. Una correría que, bien miradas las cosas hoy en retrospectiva, no termina, pues después de ese primer viaje maravilloso, he tenido (y digámoslo ya: he buscado) la oportunidad de visitar más lugares, de reconocer otros mundos, de relacionarme con otras gentes, con su singularidad, con su propia cultura: y ello ha permitido comprender mejor qué soy como individuo y como integrante de esa comunidad que ha predeterminado mis horizontes: la comunidad de colombianos, porque los otros mundos nos son sino eso: espejos en los que vemos reflejados lo que somos.
La llegada a Ezeiza, el 29 de junio (día de la final del campeonato mundial de fútbol) no pudo ser más curiosa: el aeropuerto estaba prácticamente vacío y cuando pasé por la aduana, el funcionario de turno me hizo seguir adelante sin siquiera sellar mi pasaporte (asunto que después me complicó un poco la vida), pero con una sonrisa abierta que contradijo la imagen que me habían anticipado colegas que antes habían hecho el viaje: la de unos porteños antipáticos y desconfiados especialmente con los cabecitas negras, es decir, con los turistas suramericanos. Yo, un poco desconcertado, recogí el equipaje y me dirigí en taxi a Núñez, donde me esperaba la dueña de un apartamento en el que se alojaban varios estudiantes. A poco de haberme instalado, recibí la llamada inesperada de un compatriota que se había enterado de mi llegada y que me invitó a pasear por las calles cercanas del barrio. Frente a una Quilmes negra, me enteré que la selección de fútbol había ganado el campeonato mundial y por eso la ciudad era una fiesta total. Eso explicaba la extraña atmósfera en Ezeiza y justificaba el carnaval (un poco peligroso para mi gusto) que habían armado ya las patotas de hinchas que celebraban la segunda copa y que se prolongaría por varios días.
Muchas cosas sucedieron en ese viaje y que vale la pena relatar en extensión (cosa que hago en otro espacio), pero me interesa sobre todo recordar el ambiente festivo y abierto que impregnaba al país y sus gentes. No era para menos: se vivía la esperanza que el retorno de la democracia había instalado después de la terrible noche de los gobiernos de facto que se sucedieron desde 1976 hasta 1983. Escuchaba por doquier historias que daban cuenta de la guerra sucia desatada. No había nadie que no hubiera sido tocado de alguna forma por el proceso: algún amigo o pariente desaparecido o muerto, algún otro exiliado, otro obligado al silencio o a la colaboración. Pero todo parecía ahora distinto y especialmente se notaba en el ámbito cultural. Florecían de nuevo el teatro, el rock en español, el cine, la canción popular y la literatura. Retornaban algunos de los más famosos exiliados y Sábato había asegurado el Nunca más en ese bello país que otrora fuera la quinta potencia del mundo.
Me impresionaba la cantidad de revistas que podía conseguir, la gran actividad cultural no sólo en Buenos Aires, sino en Córdoba y en Mendoza. Recuerdo todavía con emoción la llegada de Vuelta argentina, la revista que había fundado Octavio Paz y la lectura de los cuentos de Daniel Moyano, especialmente uno (“El relato del halcón verde y la flauta maravillosa“) que narraba en forma metafórica el terror que representaban los Ford Falcon, autos en los que se movilizaban los oscuros agentes de la policía que secuestraban y desparecían “subversivos” (un término que se aplicaba inicialmente a los guerrilleros y que se fue ampliando hasta abarcar a cualquiera que no coincidiera con la idea arbitraria de lo que esperaba la junta militar que fuera el ciudadano argentino). No olvido mis compañeros de estudio y de trabajo, ni las correrías por el sur, ni al caleño, ni las extrañas vivencias en Montevideo, ni el apartamento en Palermo Viejo. No olvido la fiebre del futbol, ni el sorprendente sabor del vino argentino, ni la llegada de Yaneth y nuestra primera noche juntos, después de varios meses de separación, en un hotel de Chacharita; no olvido el tango, no olvido la Boca, ni el Caminito, ni el Rio, nada de ello se olvida, aunque la vida no me haya dado la oportunidad de volver.
Volví a Bogotá y me enteré enseguida de dos cosas: que el Banco de la República había emitido una nueva denominación (el billete de veinte mil pesos) y que Guillermo Cano el director del periódico de oposición acababa de ser asesinado por la mafia, dándose inicio a uno más de los oscuros ciclos de violencia del país.
Sólo diez años después volví a salir del país, de modo que por mucho tiempo, el viaje a la Argentina fue la única referencia de esos otros mundos que tanto me fascinaban. Pero desde 1997 y hasta la fecha he visitado muchos lugares en viajes con motivos académicos, patrocinados casi todos por la Universidad Javeriana y algunos de los cuales han sido asunto de registro en este blog (y corresponden a la sección: Otros ámbitos). He aprendido que no hay que cruzar fronteras para instalarse en otros mundos: “por acá no más”, en nuestro propio país, incluso en nuestra propia ciudad hay mundos diversos, desfases temporales, subculturas a veces incomprensibles. He aprendido que viajar no sólo es desplazarse geográficamente, hay “otros viajes” que generan los mismos efectos del contacto directo con otras gentes: aprendizajes y experiencias inéditas. He aprendido que nuestra vida, especialmente nuestra faceta sentimental, es un eterno viaje, una eterna formación, una constante mudanza.
Llanos orientales, 1936 – Buenos Aires, 1986
Bogotá, 2009

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