Los objetos yacen cadáveres cuando nos resultan inservibles. Una ráfaga de viento les arrebata su utilidad y nuestro apego. Los abandonamos sin más. No hay velatorio, ni entierro para ellos. Nos da igual que un día nos protegieran de tormentas o miradas, que salvaran nuestro peinado o nuestro vestido. Un mal día, y su intimidad queda al descubierto, y su razón de ser se estrella contra el bordillo de una calle.


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