Directo al alma, la música ataca por algún flanco débil las fibras más sensibles de mi cuerpo. Burbujeante, mi piel vibra, mientras el sonido de la flauta se apodera del cuarto y luego las voces del coro se presentan ante mis ojos. Es cierto: veo las voces, no los cuerpos de quienes las emiten, y de su barullo armonioso surge un par de alas: las del ángel que de pronto vuela desde la canción hasta mi cuerpo rendido. Me envuelven, me levantan y me sacan de la habitación para llevarme a parajes no vistos. Montañas, nevados, rios cristalinos, gentes extrañas y bellas que pasan frente a mí como si de un sueño se tratara. Miro alrededor y descubro que las alas son mías, que el ángel está a mi lado y me guía, que su sonrisa es la de alguien conocido que sin embargo no recuerdo. Caigo, caigo suavemente, sin miedo y regreso a mi cama y duermo, duermo feliz. No quiero volver a despertar.

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