Rainer Maria Rilke recorrió el viejo continente en busca de su poesía. Esa fue la única meta de sus días…
“Esta es mi lucha:
consagrado al anhelo
andar errante a través de los días”
Adviento, 1897
La soledad le acompañaba, era su mejor compañera: ¡el mejor regalo de amor!
“¿Cómo podría yo retener mi alma, y que no llegara
a rozar la tuya? ¿Cómo podría alzarla,
por encima de ti, y que llegara a las cosas?”
Nuevos Poemas, 1907
Fue un solitario que errantemente se aferraba a la búsqueda constante de Dios… pero, ¿llegó a encontrarle?
Quizás si…
“Apágame los ojos, y te seguiré viendo,
cierra mis oídos, y te seguiré oyendo,
sin pies te seguiré…”
El Libro de Horas, 1905
Tal vez no…
“¿Qué vas a hacer, Señor, cuando yo muera?”
“¿Qué vas a hacer entonces? Tengo miedo.”
El Libro de Horas, 1905
Se encerró, después de vivir y malvivir en pensiones, en una torre medieval suiza para terminar su obra. Una vez concluida, murió brezado por la suave voz de una amiga que le releía viejos poemas y le recuperaba antiguas histórias.
“Da a cada uno, Señor, su propia muerte,
la muerte que deriva de su vida,
esa vida en que hubo amor, pena y sentido.”
El Libro de Horas, 1905

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