Oh, ayer, ayer… ¡Ayer fue un gran día!
Te recuperé en un lugar extraño ¡mis niños te leyeron!
Ellos, jóvenes espíritus ajenos a tu persona y obra, se disputaban tus versos y su lectura oral, ¡ORAL!
… tal como tú querías.
No estoy convencida de si entendieron mucho…
pero el momento les embriagó
y Rilke rozó sus labios y sus almas
y renació, poéticamente, en la blanca habitación.
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