Augusto tiembla frente al televisor. No lo puede creer: él debería estar ahí, dentro de las torres, a lo mejor padeciendo una asfixia terrible, como las peores imágenes de sus pesadillas, o corriendo como loco por los laberínticos pasillos y las interminables escalinatas sin encontrar salida. Podría ser unos de esos pobres desesperados que se han votado por las ventanas, y cuya imagen repiten una y otra vez con regodeo morboso los noticieros.
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