¡Le lavaron el cerebro!
Nunca se casó y ahora todos la tratan como la loquita del paseo. Puede sonar duro, pero es cierto, hoy Patricia, a sus cincuenta y cinco años, no es más que una piltrafa mental, una mujer asustadiza, a veces incluso agresiva y siempre imprevisible. En un buen día puedes conversar con ella y no le notas nada, tal vez un tic suave en sus labios, un leve descordine en alguna frase trivial, la mirada esporádicamente esquiva, el acento fuerte en ciertas palabras, nada de qué preocuparse; pero si te toca el final de una tarde agotadora o el comienzo paranoico de un día, puedes llegar a convertirte en el desafortunado chivo expiatorio de todos sus males, en el culpable de sus desgracias y, lo peor, en el destinatario de sus alucinaciones.
Esa es ahora Patricia, que pena, una mujer que a los veinticinco años era una profesional brillante, llena de futuro y de proyectos, culta, cultísima como ninguna, nada fea y con una personalidad a toda prueba. Proveniente de una familia con recursos, tradición y no exenta de alcurnia, pero sencilla, Patricia era lo que uno podía llamar una mujer interesante, abierta a las ideas progresistas, sensible a la endémica injusticia social de nuestro país pero no por ello afiliable a la izquierda política, pues despreció siempre el falso compromiso burocrático de los partidos y nunca creyó en la vía violenta como salida.
Nadie podía imaginar que eso que comenzó como uno de los numerosos y arbitrarios allanamientos derivados de la reciente aprobación y aplicación del tristemente célebre “Estatuto de Seguridad” (estrategia de terror antisubversivo del gobierno de Turbay Ayala), y que constituyó un pequeño escándalo, si, y hasta se convirtió en el tema de comentarios para los habitantes del edificio de apartamentos de estrato cinco donde vivían Patricia y su familia; nadie podía imaginar que todo ello terminaría en semejante tragedia.
Es más, después de los casi dos meses de reclusión que sufrió Patricia en las fatídicas caballerizas del ejército en Usaquén, todo pareció regresar a la normalidad. Ella regresó a sus clases en la universidad nacional, su familia sorteó con dignidad la morbosa curiosidad de sus vecinos y de sus amigos y hasta el temido estatuto fue declarado inexequible por la Corte Constitucional, de modo que el asunto habría podido archivarse en el mismo lugar a donde van a parar las anécdotas o los gajes del oficio o las cosas de la vida. Pero no, no porque la procesión venía por dentro…
Casi un mes después, Patricia sufrió su primera recaída. Al principio malos sueños, pesadillas que la llevaban a la sala de torturas o a su celda, donde el rostro del verdugo aparecía burlándose cruelmente de su condición. Después, ataques incontrolables de paranoia que podían suceder lo mismo en su oficina que en medio de una clase y que con el tiempo se hicieron intolerables para sus colegas y sobre todo para los muchachos que sólo pedían tener al frente a una persona normal dispuesta a ofrecerles sus conocimientos.
Su situación se complicó tanto que tuvo que ser ingresada a un centro de atención mental, donde permaneció un mes y donde se le diagnosticó una grave psicopatía. Después de eso ya las cosas no fueron lo mismo. Tuvo que renunciar a la universidad y sus relaciones personales se deterioraron hasta el punto que su propia familia se declaró impotente para sobrellevar el problema. Pero lo más sorprendente vino poco después.
Tras un largo tratamiento, se supo que Patricia se había enamorado perdidamente de su verdugo. Nada más irónico; el mismo hombre que noche tras noche la visitaba allá en la celda a las horas más inesperadas para preguntarle con voz suave y gentiles modales si necesitaba algo, pero que en realidad sólo esperaba minar su voluntad impidiéndole dormir adecuadamente, el mismo hombre que no tuvo reparo en coordinar el trabajo más sucio (incluidas torturas físicas) para sacarle la verdad, el mismo hombre que le llevaba las mentiras más atroces acerca de sus parientes y de sus amigos para quebrar su entereza, ese mismo hombre, un sobresaliente carnicero, graduado con honores en el arte de la tortura resultaba ahora ser su amor, la necesidad más grande en su vida.
Nada más irónico.
No había modo de entenderlo, por más explicaciones reforzadas que ofreciera el sicólogo, que una manifestación singular del complejo de Electra, que una rara manera de soportar el terrible recuerdo que sus mecanismos síquicos de defensa habían inventado, que la evidencia de una negación sicótica, nada podía explicar semejante exabrupto. Pero Patricia se empeñaba en defenderlo, en justificar sus acciones como producto de una manipulación de la que él era una víctima, y si no, ¿cómo explicar que la siguiera llamando, que la siguiera viendo, que la tratara con tanto cariño, cuidado y arrepentimiento? Y no había manera de hacerla entrar en razón, no hubo manera de hacerle saber del peligro que había en ver al verdugo, que el hombre seguramente la engañaba para mantenerla a la vista, bajo vigilancia.
Pero no, nada que hacer, los sueños de Patricia se convertían en una cada vez más insoportable mezcla de fantasías eróticas y terribles espejismos de sus torturas, y en la vigilia no había más espacio que para la obsesión de su “gran amor”. Un gran amor que resultó ser otra farsa de su mente, quizá la más elaborada, la más terrible, pues se supo que, en medio de su paranoia creciente, ella había inventado otro mundo, mundo perfecto donde Diego, el verdugo, era el ser más agraciado, inteligente y bondadoso, y su relación con él la más armoniosa que nadie podía demandar. Fantasía que la condujo a la esquizofrenia, para la cual no hubo más remedio que el tratamiento siquiátrico, con sus drogas y sus tratamientos, pero sin una cura real.
Pasaron los años, con épocas de recuperación, con momentos brillantes y productivos, pero con recaídas terribles, y no hubo más remedio que convivir con aquél mal, con la triste historia de horror de Patricia, una más de las víctimas de aquella época oscura que vivió el país y que comenzó el 6 de septiembre de 1978, cuando, recién posesionado, el Presidente Julio César Turbay Ayala, expidió el decreto 1923, conocido como Estatuto de Seguridad.
Este decreto fue la respuesta del gobierno a un llamado hecho un año antes por los altos mandos militares al gobierno de López Michelsen, quienes, inspirados en la experiencia argentina y apoyados por la “inteligencia norteamericana” esperaban que el gobierno tomara nuevas medidas para salvaguardar la soberanía nacional interna y externa, pero sobretodo para evitar la repetición de hechos como los acaecidos un año antes, durante la llamada huelga general del 14 de septiembre y que significó la comprobación de una madurez política popular que resultaba intolerable no sólo para los militares, sino para lo que ellos llamaban en su carta las fuerzas vivas del país.
Amparados en el Estatuto de Seguridad, las Fuerzas Militares detuvieron y torturaron a varios miles de personas. La inmensa mayoría de éstas fueron procesadas por tribunales militares, acusadas de actividades subversivas. Se desencadenó una oleada de allanamientos, se llenaron de presos políticos las cárceles y las torturas y violaciones de derechos humanos se convirtieron en el pan de cada día.
Entre los casos más sonados se recuerdan el del poeta Luis Vidales quien, con ochenta años de edad, fue conducido a las caballerizas de Usaquén, lugar de las torturas y de los ajusticiamientos; el del escritor Gabriel García Márquez, quien tuvo que salir del país, bajo protección mexicana, cuando se descubrió que estaba en una lista de personas a detener; la detención arbitraria y las torturas causadas a Olga López de Roldán que dieron lugar a un fallo de condena a la nación por el Consejo de Estado; las torturas infligidas por personal militar contra dieciocho estudiantes detenidos en Bogotá en 1979 y que le Instituto de Medicina Legal documentó en un dictamen pericial concluyente como “lesiones externas visibles de violencia”; y la muerte de Jorge Marcos Zambrano en febrero de 1980, debido a torturas ocasionadas por personal de Inteligencia Militar en las instalaciones del batallón Pichincha de Palmira, famoso porque después de dos consejos verbales de guerra, los militares involucrados fueron declarados inocentes a pesar de toda la evidencia en su contra.
Qué curioso, se pregunta uno ahora, cuántas Patricias, cuántas Olgas, cuantos estudiantes, cuántos Jorge Marcos ya no están con nosotros o, peor, andan por ahí medio chiflados, muertos en vida, con existencias destrozadas, víctimas de ese vaivén (entre la legitimidad y la violencia como diría el historiador Marcos Palacios) que nuestro país ha convertido en su modo de ser desde que inició su historia.
Qué curioso, a una acción de protesta legítima como la del 14 de septiembre del 77, siguió la aplicación del estatuto, a su declaración de ilegalidad, siguió la conformación de las tenebrosas fuerzas paramiltares que acabaron no sólo exterminando un partido político completo (es decir, convertidos en los sucedáneos de la tarea que ya el ejército y la policía no podían hacer abiertamente), sino que construyeron, con el apoyo de cierta fracción de la clase política del país, todo un proyecto de reconstrucción de “la Patria”, hoy legitimado bajo la llamada política de seguridad democrática del gobierno de Uribe.
Qué curioso, me pregunto hoy si ese “lavado de cerebro” que le infringieron a Patricia allá en las caballerizas de Usaquén y que la hizo amante de su verdugo no es el mismo en esencia que hoy a nivel colectivo explica por qué adoramos al autoproclamado mesías que hoy tenemos por presidente, el mejor títere de Washington (y de su doctrina de dominación) que jamás hayamos tenido.
¡Nos lavaron el cerebro!
Con cuánta gente nos tropezamos diariamente sin percatarnos de nada, hombres y mujeres asustadizos, a veces incluso agresivos, pero siempre imprevisibles con quienes en un buen día se puede conversar sin notar nada, tal vez un tic suave en sus labios, un leve decordine en alguna frase trivial, la mirada esporádicamente esquiva, el acento fuerte en ciertas palabras, nada de qué preocuparse; la misma gente que, sin embargo, tras una tarde agotadora o el difícil comienzo de un día, puede llegar a convertirnos en el desafortunado chivo expiatorio de todos sus males, en los culpables de sus desgracias o, lo peor, en los destinatarios de sus alucinaciones… Con cuánta gente no tropezamos diariamente sin percatarnos de nada…
¡Nos lavaron el cerebro!
Bogotá 1979
Bogotá 2008

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