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Seguir soñando…

Aún escucho los rumores del viento, que deletrean cada segundo la silueta que compone tu andar. Mis ojos contemplan las nubes, que destellan los sueños, recostados en el pasto con besos apasionados.

Silencio, solo silencio en los pasillos de nuestra imaginación, repercuten paso a paso en las notas de nuestra sinfonía acerca del amor. Mis pies, temerosos, rodean tu hedor, me transportan sutilmente sobre el color de tu piel, ese  blanco…color caracol. Tan solo un minuto basta para encontrar lo que se perdió…un sin número de razones para seguir soñando gracias a tu voz…

A propósito de mi experiencia 11S, 10 años después

La pregunta que me han hecho es: ¿Y la literatura qué? En lo personal creo que la literatura ha cumplido su papel, dando cuenta de los hechos, de sus consecuencias y de sus perspectivas acudiendo a las microhistorias: las de los inmolados, las de los sobrevivientes, las de los victimarios, las de los espectadores de ese show que fueron los ataques a USA el 11S.

De entre las novelas que hemos podido conocer y que de alguna manera han tomado como referente la tragedia del 11 de septiembre se deben nombrar, la de Updike, Terrorista; la de Delillo, Failing man, la de McEwan, Sábado, la de Auster, Un hombre en la oscuridad y la de Roth, Sale el espectro, además de la gran cantidad de crónicas y relatos de toda índole que se ha publicado sobre la innumerable cantidad de testimonios tantos como “vidas” se pueden agrupar alrededor de los hechos.  Una fácil cuenta: si son más o menos tres mil las víctimas, son más o menos tres mil las novelas por conocer.

De otra manera, la literatura en su vertiente reflexiva ha dado muy buenas muestras. Para mencionar tres buenos ejemplos: Diario de guerra: el mundo después del 11 de septiembre de Marc Augé, Factor Dios de Saramago y 11 de septiembre de 2011 del siempre lúcido Noam Chomsky.

Pero creo que los hechos, que algunos han considerado como los que realmente inauguran el tercer milenio, han tenido su mejor expresión, rememoración y reflexión en formatos del tercer milenio: algunas películas (WTC, Flight 93, 11´09″ 01), varios documentales y series televisivas, videojuegos, videoclips, blogs…

y esa maravillosa videoedición que realizó History Chanel con la que ya se dijo todo: 102 minutos que cambiaron el mundo.

A propósito de la confirmación de mi viaje a Buenos Aires para finales de julio próximo, he redactado, en clave de conversación apócrifa, estas anécdotas del maravilloso viaje por La argentina en 1896., sacadas con urgencia del arsenal de mi memoria. En la imagen de la izquierda, un retrato mío de la época, a modo de comprobación de que el paso de 25 años explica perfectamente el deterioro. Son recuerdos pasados por el tamiz de la ficción que no corresponden entonces estrictamente a lo sucedido (por lo demás ya tan lejano que no es posible presentificarlo), sino más bien al tono que fue adquiriendo la supuesta conversación con mi imaginario interlocutor.

Malargüe insólito

En Malargüe, un pueblito en el sur de la provincia de Mendoza, sucedieron cosas muy curiosas. Llegué allí en plenas vacaciones de invierno, de modo que el campamento estaba prácticamente vacío y el ingeniero que me recibió y sirvió de tutor de mi pasantía hizo todo a regañadientes, como si yo hubiera llegado a incomodarlo. Nunca confié en él a pesar de que no hizo nada que pudiera calificarse de agresivo. Era más bien su modo de mirar y de hablarme lo que me llenaba de prevenciones. Me instalé en un pabellón que normalmente alberga a cuatro personas pero que debido a las circunstancias tuve para mí solo, lo que amplificaba la sensación de soledad. En los extremos de la construcción quedaban las habitaciones y en el centro los servicios comunales: baños, cocina y estar, pero permanecer allí sin compañía me hacía sentir muy extraño. Salíamos hacia las siete de la mañana a la planta de producción donde debía desarrollar el entrenamiento al que había sido asignado, y que quedaba a unos dos kilómetros del campamento; regresábamos al medio día, cada uno a su habitación a preparar el almuerzo y hacia las dos volvíamos al trabajo, para retornar a eso de la seis de la tarde. Así por largos veinte días. El silencio y la clausura eran tan abrumadores en las frías noches del campamento que en varios momentos tuve la impresión de que me estaba volviendo loco. El único consuelo era la radio que no sintonizaba sino una emisora local y de la cual se adueñaba el cura todo el día para convertirla en una extensión de su púlpito.

Así que no fue de mi tutor de quien pude ser amigo, sino de un muchacho de la administración, un poco más joven que yo, quien desde el comienzo fue muy amable, llevado tal vez por la compasión de verme tan íngrimo. Gracias a él pude salir de la sensación de haber llegado a un pueblo fantasma. Si bien Malargüe es muy pequeño, tiene una vida llevable, con todos los servicios, incluida una discoteca donde tenía lugar la fiesta de los jóvenes de cada fin de semana y a la que fui un par de veces con mi amigo Daniel. También de su mano conocí las impresionantes montañas de los alrededores y el famoso centro internacional de esquí de Las Leñas, que por aquella época estaba en su esplendor, así como la Laguna de Llancanelo y hasta el observatorio de rayos cósmicos, dos de sus atracciones más famosas. A la larga entonces no la pasé tan mal en aquél lugar argentino y eso me animó a pasar sin aviso por la cabaña del ingeniero, justo una par de horas antes de partir para el aeropuerto. 

Cuando llegué, no vi a nadie por allí, así que dudé entre regresar a mi cabaña o entrar. Pero como la puerta estaba abierta, me decidí por esto último y fui hasta el final del corredor hacia la sala donde tampoco encontré a nadie por lo que, atrevido, impertinente, entrometido, indiscreto, bruto, abrí la puerta de la habitación, sólo para ver al ingeniero de rodillas chupando la verga de un muchacho que reconocí enseguida como uno de los operarios de la planta. Petrificado, los vi desde la puerta; ellos también me vieron, pero apenas si se inmutaron. Alcancé a ver el rostro aindiado del ingeniero que salió de la habitación cuando partí presto y completamente impresionado hacia mi cabaña y, claro, no fue él quien me condujo al aeropuerto sino algún otro empleado de la planta que disculpó al ingeniero por haber tenido que atender una urgencia.

Todavía tengo pesadillas con aquella imagen inesperada. Se presenta en medio de mis sueños tranquilos con variantes y eso me atormenta. A veces el ingeniero arremete contra mí, a veces soy yo quien vulnera al joven operario, a veces estamos los tres y nos turnamos, es horrible. La cara de indio del ingeniero siempre está presente con sus ojos de hielo y su sonrisa sardónica y en ocasiones se vuelve gigantesca hasta copar toda la habitación, es insoportable. Después de viejo y todavía con estos temores adolescentes que quien sabe cómo interpretaría un loquero. A lo mejor es alguna mariconada mía por allá profunda, por eso mejor me la guardo, ¿no crees?

Con esos amigos para qué enemigos

Hablando de mariconadas, te quiero contar, a riesgo de que me creas poco varón, con la que me salió Oscar, el compatriota que me llevó a pasear por la avenida Santafé el día de mi llegada a Buenos Aires. Habían pasado ya un par de meses y yo la verdad es que todavía no tenía afinada la capacidad para reconocer maricones que hoy, a punta de fiascos ya tengo, o si no me hubiera dado cuenta de la gran loca que era el colombiano, una loca escondida detrás de su apariencia de ejecutivo, detrás de su barba cerrada, detrás de una voz de locutor. Si lo de la percepción homofóbica hubiera estado perfeccionada no hubiera aceptado la oferta de compartir su apartamento, por más colgado de plata que hubiera estado, por más aburrido de las rigideces de doña Raquel, por más cansado que hubiera estado de las prepotencias de mis compañeros argentinos de habitación. Pero no, me hubieras visto allí de lo más fresco, pasándome al apartamento y hasta aceptando, ingenuo, bruto, pendejo, dormir en la misma cama doble con el Oscar, por aquello de no pasar la noche en el incómodo sofá de la sala, mientras llegaba la cama que había adquirido, cosa que tardó más de lo debido. Mucho idiota. La primera noche, normal. Pero ya en la segunda, sentí que el compañero se acercaba demasiado, cosa a la que le di alguna explicación ligera, pero en la tercera (y la bendita cama nada que llegaba) ya se atrevió a tocarme el pirulí. Y ahí si se me salió todo la homofobia de la que era capaz y armé el escándalo allí mismo; escándalo del que tuve al final un beneficio inesperado y fue que me quedé yo solo con el apartamento, gracias también a la terrible amenaza que le lancé a la mañana siguiente del incidente y que de verdad estaba dispuesto a cumplir, lo que obligó al pobre Oscar a pernoctar en un hotel la cuarta noche y otras más, y a mudarse a otro apartamento bien lejos del que me albergó en Palermo Viejo por varios meses. Fin de la luna de miel.

Amores y plutonio


Pero no todos los chascos fueron de este tipo. Hay un par muy más graciosos y menos dramáticos. Sucedieron ambos en Córdoba. A mí llegada a esa bella y hospitalaria ciudad, tuve que escoger un hotel para los quince días de mi estadía y después de varias vueltas y de sopesar las posibilidades económicas, me instalé en un hotel del centro, de fachada republicana muy bonita y en apariencia bueno y limpio, pero la verdad es que resultó de lo más incómodo y asqueroso. Todo era viejo, no sólo la fachada sino incluso las cobijas, raídas y olorosas a moho. Así que al otro día inicié un nuevo tour en busca de un mejor hotel y esta vez mi criterio de selección fue una fachada moderna. Pasé toda la mañana en esas y ya un poco cansado me decidí por uno al que había entrado una hora antes. Me registré y recibí de la administradora dos preguntas. Una, si iba estar acompañado y la otra, cuánto tiempo me iba a quedar. Me parecieron normales y contesté que sólo y por dos semanas. Sin embargo, las respuestas debieron parecerle extrañas a mi interlocutora porque volvió a hacerlas y ante mi reiteración sólo miró a su asistente, quien levantando sus hombros dio a entender que nada se podía hacer. Quedé algo inquieto, pero pronto mis aprehensiones pasaron a un segundo plano, pues subí a la habitación y me encontré con un cuarto amplio, luminoso, limpio, de buen olor y con un balcón que me ofrecía una bonita vista. Como había perdido tiempo, dejé mi equipaje y salí presto para el laboratorio donde me esperaba un arduo trabajo. Esa noche, después de recibir a modo de saludo un gesto algo extraño del encargado nocturno del hotel, subí a la habitación y caí como una piedra. Me despertó un grito de mujer que parecía obedecer a una visión terrorífica. Se sucedieron los gritos un par de veces más, cada uno más intenso que el anterior y después vinieron unos jadeos, pero esta vez de un hombre que parecía estar ahogándose. Hubo un silencio y entonces escuché más jadeos, sólo que a una distancia mayor, como si provinieran de otra habitación. Pasé la noche en vela acosado por estos sonidos extraños y continuos y a la mañana comenté a la administradora lo sucedido. Vi el intento en su rostro de contener la risa, hasta que no pudo más y entonces me preguntó si en verdad no me había dado cuenta de que me había instalado en un hotel de paso, cuyos clientes habituales eran parejas urgidas de amor. No puede ser, le dije alarmado y avergonzado, pero ante la perspectiva de iniciar un nuevo recorrido de búsqueda le pregunté si resultaría muy extraño o incómodo que a pesar de eso me pudiera quedar y  ella dijo que ningún problema, que era mi decisión, que nada me lo impedía, y nos echamos a reír un buen rato. La verdad es que nos hicimos amigos y ella y su asistente, una chica joven muy guapa, se convirtieron en mi compañía, en mis confidentes y en mi guía por la hermosa ciudad argentina.

El otro asunto tiene que ver con el trabajo que yo desempeñaba. Como parte de mi entrenamiento, debía visitar la central atómica de Atucha. Junto con otros dos colegas, fuimos el día señalado hasta las impresionantes instalaciones nucleares, donde conocimos en detalle toda la parafernalia tecnológica de la que estaban tan orgullosos los militares. Pasamos por oficinas, gigantes consolas de control y laboratorios, y finalmente nos llevaron, con todas la medidas de seguridad del caso, incluida la aparatosa indumentaria antirradiación, a la sala del reactor nuclear. Pero justo antes de ingresar al corazón mismo de los reactores, el joven ingeniero guía nos entregó un breve folleto con lo que, sugería, eran las indicaciones en caso de accidente nuclear. Una primera rareza es que en la contraportada del folletito aparecía, completa, la oración del Padre Nuestro; la otra era que en el pie de la portada, en letra minúscula, se leía la siguiente exhortación: “Ábralo sólo en caso de incidente nuclear”. Mi curiosidad sin embargo fue mayor que esta advertencia y lo que encontré en la primera página fue el siguiente título: “Hijo de puta, le dije que sólo en caso de incidente nuclear”. Avergonzado, cerré el folleto y miré de reojo a uno de mis colegas que también había hecho lo mismo. Entonces los tres pasantes miramos al ingeniero, quien estalló en risa y luego nos explicó que era la manera que ellos habían encontrado para bajar la tensión natural que producían siempre estas visitas. Un poco drástica la estrategia pero realmente efectiva.

Sí, ese viaje a la argentina estuvo lleno de historias, todas de tipo formativo, fue mi verdadero ingreso a la madurez del mundo adulto y en ese sentido contribuyó a la pérdida definitiva de mi inocencia

Papa criolla, curuba y cocacola

Papa criolla, curuba y cocacola, sería un buen título para lo que te voy a contar ahora, si algún día te animas a publicarlo. Es parte también de los aprendizajes que me ofreció ese viaje por argentina. Hacia la segunda semana, después de haber conocido las delicias de la, para mí, desconocida pero a la larga escasa gastronomía argentina, de haber probado el bife chorizo, la milanesa, las empanadas, las picadas y los asados, pero también los alfajores y las pastas, hubo un día, en que sentí que algo en mi organismo se quebraba, como si nada pudiera satisfacer mis necesidades, como si los alimentos que ingería pasaran derecho sin entregarle a mi cuerpo sus nutrientes. Todo comenzó a hacerme daño y a los pocos días entré en colapso, tuve por varios días escalofríos, fiebres, diarreas y vómitos, dificultades para respirar, y por eso me llevaron al médico, quien al revisarme llegó a la conclusión de que había hecho un cuadro de abstinencia, pero como no tenía antecedentes de abuso de drogas o de alcohol, el asunto quedó en pura observación y la verdad es que a los pocos días todo volvió a la normalidad.

La explicación de ese curioso episodio llegó por vías inesperadas, a través de los sueños, que en las circunstancias de mi experiencia eran el único y más expedito camino hacia la verdad. Un día desperté ansioso en medio de un sueño en el que compartía un verdadero banquete de comida local con mis seres más queridos. Y de ese banquete, los alimentos que más se desacataban, los que yo comía desaforadamente, eran la papa criolla, el jugo de curuba y, entrometida, metiche, foránea, la bendita cocacola.

La papa criolla es un pequeño tubérculo redondo de color amarillo y sabor arenoso que se puede preparar cocida o frita y la curuba es una fruta indescriptible en palabras, de un sabor ácido y algo amargoso que generalmente se mezcla con leche. La cocacola, es todo lo contrario, no necesita ser presentada, como diría un mal animador de programas de televisión. Pues bien, la falta de esos tres alimentos, los dos primeros por física inexistencia en argentina y el último por lo elevado de su costo, había hecho que mi organismo reaccionara de esa forma tan radical. No tuve necesidad de que lo ratificara el médico, simplemente mi conciencia y sobro todo mi cuerpo lo supieron y ese fue el mejor tratamiento. Mi organismo soportó la prueba, salí airoso, pero tuve que resignarme a suplir con otros menos exóticos, menos placenteros, lo que no me daban, lo que me habían proporcionado por más de veinticinco años, mis  alimentos criollos.

La ganancia de todo esto estuvo en el hecho de haber encontrado en el maravilloso y barato vino argentino el mejor sustituto de la bendita pero foránea, metiche, cocacola.

El vinoducto

A propósito de vino, ¿sabías que en la ciudad de Mendoza, por la época en que viajé existía un vinoducto? Si, un vinoducto, es decir, una tubería que conectaba entre sí varias bodegas vinícolas y por las que circulaba lo que para mí era la auténtica sangre de la ciudad: el vino.

Mendoza es una ciudad tranquila, de gente tranquila, famosa por ser el centro vinícola del país.  Fue el destino elegido por los inmigrantes europeos que querían conservar una de sus tradiciones familiares más arraigadas: la elaboración de vino. Gracias a los privilegios naturales de suelo y el clima, Mendoza pasó a ser el territorio donde esa tradición se mantuvo y, como sabes tal vez, ha logrado el reconocimiento internacional por la excelencia de sus vinos Cuando arribé, después de haber estado por varias semanas en Buenos Aires, fue como haber llegado a casa. Sentí enseguida la diferencia en el trato, mucho más cercano y definitivamente menos prevenido que el de los porteños, asunto que los mismos mendocinos promocionan como una de sus idiosincrasias y como estrategia para atraer turistas. Excelente combinación: el mejor vino y la  cordialidad a flor de piel, más allá de la particular belleza de sus mujeres y la hermosura de sus paisajes.

Obviamente una de las cosas que hice a poco de llegar allí, fue pagar por un tour que prometía de todo: en un día, conocer la mejores bodegas, visitar algunos viñedos cercanos y probar lo mejores vinos. Pasamos por bodegas tan famosas como Valentín Bianchi, San Telmo, Trapiche, Norton, Giol, Lagarde, Goyenechea y Chandon. Todas de una gran calidad, inmensas, y en cada una nos dieron a probar lo mejor, pudimos aprender un poco del arte de la enología y hasta nos animamos a hacer amigos. La verdad es que como  a la quinta bodega y por efectos del famoso efecto in vino veritas ya éramos familia.

La curiosidad de la bodega Giol, que fue durante mucho tiempo la más grande de las bodegas en cantidad de litros elaborados, fue la del vinoducto, un mecanismo utilizado para garantizar eficiencia en el fraccionamiento y distribución de sus vinos. Tenía una longitud cercana a un kilómetro con un diámetro aproximado de cuatro pulgadas y conectaba tres bodegas. Sus planos se remontan, según nos dijeron  a 1952 y tenía tramos tanto subterráneos como aéreos. Estos eran los que causaban expectación, pues al estar desplegados públicamente la sensación era que podían ser vulnerados con facilidad. Y no faltaron las anécdotas de nuestro guía sobre borrachitos y también delincuentes que se aprovechaban de esa circunstancia. También nos mostraron cómo funcionaba el tal vinoducto. Se conectaba una manguera desde un primer tanque de almacenamiento hasta la boca de la tubería y luego, mediante una bomba, el vino era conducido hasta una pileta de varios miles de litros, subterránea, que estaba allí mismo en la vinería, y desde allí era conducido a otras piletas en otras bodegas y, finalmente, envasado.

Más de una fantasía se podía derivar de esa maravilla. La que hacía más rápidamente consenso entre los conocedores del secreto era la de conectar cañerías individuales a cada casa para garantizar, al modo como se hace con las cañerías de agua, con algún sistema de conteo bien diseñado, con tarifas claramente establecidas y con buen apoyo técnico, el consumo diario de vino en cada casa; asunto que bien visto se podría tratar como un servicio público más y que quedó ahí flotando en la mente de todos los que habíamos el hecho el tour, ya afectados por la cantidad de licor ingerido, como una posibilidad que nada parecía tener de descabellada, y que a lo mejor alguno podría concretar.

Un bello fantasma en Montevideo

Para terminar, déjame contar el viaje a Montevideo, si, fue chistoso y a la vez impresionante. Yaneth, mi mujer, acababa de llegar a Buenos Aires, después de varios meses sin vernos, así que había que aprovechar aquellas tres cortas semanas que iba a estar conmigo antes de volver a Bogotá. Estancia que a la larga fue la verdadera luna de miel, pues mi partida intempestiva a la Argentina, a poco de habernos casado, nos impidió vivir normalmente los primeros meses de reciéncasados.  Podrás imaginar la ansiedad y la emoción de nuestro encuentro. Como tenía huéspedes en mi apartamento de Palermo, si, el mismo que me dejó Oscar después de nuestro “affaire”, renté una habitación en un hotel de Chacarita para pasar nuestra primera noche juntos en Buenos Aires. Vino, cena especial en la suite, música, lágrimas de felicidad y amor mucho amor durante una noche que nos pareció cortísima. Al día siguiente nos trasladamos al apartamento y después de caminar por los alrededores, de mostrarle todo lo que podía mostrarle de la bella Buenos Aires, la invité a comer asado en un restaurante que tenía visto desde hacía días y luego fuimos al centro, a la plaza Sanmartín, lugar literario, cuya importancia para mí conocía muy bien Yaneth y nos conmovimos con el recorrido por el puerto de la boca, por caminito, por plaza de mayo y luego por la casa rosada. Su emoción y su curiosidad confirmaron que no estaba equivocado con la visión de  la ciudad que le había adelantado en las mil cartas de amor que le había enviado desde cuando nos separamos: Buenos Aires era una ciudad maravillosa, mágica, encantadora.

Mis dos huéspedes, compañeros de trabajo que conocían a la negrita (como le decíamos cariñosamente a Yaneth) fueron a la vez mis cómplices en esas tres semanas que se fueron convirtiendo casi sin querer en las vacaciones que no había tenido en mitad de mi pasantía. Fuimos los cuatro a Mar del Plata, paseamos los cuatro todo lo que había que pasear por Buenos Aires y finalmente hicimos lo que ninguno de nosotros había hecho todavía: pasar a la banda oriental del Rio de la Plata, visitar el maravilloso país del Uruguay, admirar sus campiñas, pasear por su capital y atrevernos a tocar el frio mar del famosísimo puerto de Punta del Este. Pero fue en Montevideo donde nos sucedió lo maravilloso.

Después de atravesar el Rio en el famoso Ferry que lleva pasajeros de una orilla a otra, de un país a otro, de  Buenos Aires en Argentina a Colonia en Uruguay, tomamos un autobús que nos llevó a Montevideo y le pedimos al taxista que nos condujo al centro que nos recomendara un hotel barato, pero decente para pasar allí las dos noches que teníamos planeadas dedicarle a Montevideo. Fuimos a parar a un hotel en pleno corazón de la capital, pero no muy lejos de las playas, un hotel de fachada antigua al estilo inglés, pero muy limpio y muy bien atendido y al parecer inmenso en su interior. 

Debido a que, según el administrador, el hotel estaba casi lleno no nos pudieron dar habitaciones contiguas, tal y como lo habíamos solicitado, de modo que nos citábamos a la hora de las comidas y de las salidas en el lobby del hotel. Y fue la primera noche, cuando Yaneth y yo avanzábamos por el corredor desde nuestra habitación a las escaleras con destino a la primera cita con nuestros amigos, cuando comenzaron a suceder cosas raras. Lo primero que advertimos fue que los huéspedes con los que nos cruzábamos en los corredores y con los que nos encontrábamos en la cafetería y en los restaurantes eran todos hombres y mujeres mayores. Algún plan especial para gente de tercera edad, nos dijimos como respuesta de consolación, pero entonces caímos en la cuenta de que todo, decorados, cuadros, estilo de las puertas, picaportes, todo, parecía llevarnos al pasado, a un  pasado por lo menos decimonónico. Y sin embargo todo era limpio, fresco, recién pintado. También nuestros amigos habían tenido la misma impresión y entonces uno de ellos se atrevió a contarnos algo extraño que le había sucedido.

Justo a unas dos puertas de la habitación que tenía asignada, había visto salir a una mujer vestida con ropas anacrónicas. Ella, en lugar de ir hacia la zona de los ascensores fue directamente hacia él y al cruzarse pudo percatarse de que se trataba de una mujer joven, rubia, de ojos verdes rasgados, felinos (el adjetivo es suyo), espléndidamente maquillados, que se fijaron enseguida en él al mismo tiempo que su boca grande y carnal le sonreía sin censura ninguna, la típica sonrisa de la mujer porteña. El saludo que emitió le comprobó que era porteña por el acento, su voz un poco ronca, pero espléndida (los términos, insisto, son suyos), era envolvente y el perfume discretamente dulzón, completaba la seducción con la que la escena se hizo fantástica. No se atrevió a voltear la mirada, sino unos segundos después del cruce de miradas y ya no la vio a pesar de que el corredor hacia el fondo era largo. Debió entrar a alguna habitación intermedia, dedujimos, pero quedamos todos maravillados con la imagen, que a todos nos enamoró, de esa mujer fantasmal.

Después de cenar fuera, volvimos los cuatro al hotel y subimos a la primera planta a beber unos tragos antes de dormir. En las mesas del bar había sólo ancianos, pero que se comportaban como jóvenes, reían y hacían ademanes un poco estrafalarios y lo más raro era que no parecía que se percataran de nuestra presencia, sólo los meseros nos atendían, pero fuimos incapaces de preguntarles nada.

Al otro día, para el desayuno se repitió la escena: el comedor estaba lleno de ancianos joviales que no nos miraban a pesar de que fuimos un poco más atrevidos esta vez, saludándolos. Nuestro amigo, el del encuentro fantasmal, aseguraba que durante la noche había oído música antigua y sintió ruidos como de baile justo abajo de su habitación, pero divertidos, echamos la culpa a un pequeño exceso suyo en la bebida. La verdad es que todos habíamos escuchado durante la noche ruidos como de risas y algunas veces gritos efusivos como de exaltación, que sin embargo no nos habían impedido tener un plácido y reparador sueño que nos diera la energía necesaria para realizar todas las caminatas que habíamos planeado hacer en nuestro último día en Montevideo

Durante el desayuno del otro día notamos que nuestro amigo no pronunciaba palabra y entonces lo interrogamos. Nos contó entonces que había descubierto lo que sucedía. Según él, la mujer de traje anacrónico con la que se había vuelto a cruzar la última noche le contó que estábamos en medio de una ceremonia especial de fantasmas que se daba allí en el hotel, razón por la cual  nos había sucedido todo aquello. Una especie de convención de gente antigua pero ya muerta que se reunía cada año a celebrar el aniversario de la fundación de ese hotel que en su época albergó las más famosas fiestas de la ciudad. No sabíamos si el hombre se nos había vuelto loco o nos estaba jugando alguna broma porque lo que dijo, lo dijo con toda la seriedad del caso. Lo cierto es que nos quedamos boquiabiertos y no le preguntamos por detalles a pesar de la gravedad del asunto. Más bien callamos y no volvimos a hablar de ello. Con el paso de los días, la anécdota se fue convirtiendo en un recuerdo privado de cada uno y no volvió a salir a flote. Se mezcló, se diluyó hasta trocarse en un bello secreto, que ahora, te revelo como un regalo especial, en medio de los acontecimientos banales de nuestro maravilloso viaje por la república oriental del Uruguay.

Una nueva mirada

Aún observo el vacilar de los pájaros en la mañana, mientras revolotean sobre el cielo, cantando la misma melodía que un día cuidado le preste. Camino sobre el prado y observo que todo continua, las flores siguen siendo hermosas, el verde sobre el que alguna vez me acosté para ver las nubes y buscar tu silueta permanece ilustrando cosas que enlazan el corazón de muchos cuando todo parece estar en armonía. Creo que  perduran grabadas bellas historias dentro de mis recuerdos, la melodía que hoy escuche al amanecer susurro en mi oído como aquella vez que le escribí una carta al viento, para que te deletreara cada palabra que grave con mis suspiros, todo inspirado en un grato momento de tenerte a mi lado. Ahora que me he levantado a caminar y conocer el mundo, veo con claridad lo que antes mi inmadurez se mantenía como un lienzo en el que dibuje un retrato de alguien que no soy yo, puedo palpar los sentimientos que se encuentran fuera de lo que alguna vez creamos, pero sin embargo me siento incompleto, cada día que pasa esa historia comienza a borrarse, a veces trato de buscar lo que queda, pero percibo claramente que ya lo has borrado por completo…

Mi semblante poco a poco recupera la calidez que perdió cuando quedo incompleta una parte de mi alma, continuo buscando razones para mantenerme despierto, llenándome de dones y destrezas para así apaciguar esa semilla que creció como una idea dentro de lo más profundo de mi ser, que plantaste aquella vez. Mientras tanto este relato que empuño con el corazón en la mano continuara llenándose de palabras, expresando poco a poco las heridas que ya ha logrado sanar sin dejar de lado la realidad, agradeciéndole la llegada de esa nueva mirada que permite encontrar un cálido sentimiento de que todo puede volver a comenzar, extendiéndome la mano para mostrarme que ella también sintió alguna vez…

Hace 25 años viajé a la Argentina, una Argentina que vivía entonces una especie de alborozo general por la superación de su terrible noche.

Haroldo Conti, Rodolfo Walsh y Daniel Moyano son apenas tres nombres en la larga lista de escritores argentinos afectados por el proceso, nombres que conocí allá en la argentina pos facto, porque circulaban mucho, porque todos los querían recordar, porque el asunto de la memoria era quizá lo que más importaba a la gente que vivía el nuevo amanecer de la democracia. En ese año del 86, leí el testimonio de  Marta Scavac, la mujer de Haroldo Conti, me emocioné con el Relato del falcón verde y la flauta maravillosa con el que  Daniel Moyano acababa de ganar el premio Juan Rulfo y me horroricé al conocer la forma como fue asesinado Rodolfo Walsh.

En el número 41 de la revista Crisis, de  abril de 1986, se había publicado el testimonio que la mujer del escritor Haroldo Conti diera a los pocos días de la detención arbitraria. Estaban por cumplirse entonces diez años desde cuando Conti fue secuestrado, en la madrugada del 5 de mayo de 1976, por una brigada del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército Argentino. Y para entonces, continuaba desaparecido. Marta Sacvac, narra allí que varios hombres, por lo menos diez, vestidos de forma rara los abordaron a ella, al escritor y al bebé de ambos, cuando entraban a su domicilio de Fitz Roy de la Capital Federal a medianoche, después de haber ido al cine.  Recuerda Marta que poco antes de entrar ella se había preguntado si aún estaría despierta la persona que se hospedaba con ellos desde hacía algunos días, un muchacho, un cordobés que, se enteró después, había pedido asilo en casa de Conti por ser también un perseguido del régimen. Al entrar, lo primero que ella vio fue precisamente que el muchacho se encontraba ya maniatado. Los hombres  los golpearon brutalmente y a ella la encerraron allí mismo, esposada y con la cabeza cubierta, mientras se peleaban por el reparto del “botín”: los sueldos de ambos, recibidos esa mañana, y efectos patrimoniales de toda naturaleza, dejando escasamente los muebles de gran tamaño. Robaron los originales de todas las obras de Conti, y documentación personal. Lo único que dejaron intacto, a pedido de ella, aunque de forma inexplicable, fue el cuento que estaba escribiendo Conti y la máquina de escribir que usaba, y eso porque Marta le suplicó a uno de los que  dirigía la operación, un hombre al parecer culto cuya forma de actuar  y de hablar contrastaba con las del otro, un patán que incluso le sugirió al primero que “bailara el vals con la elegante dama”. Le preguntaron sobre su viaje a Cuba, sobre la obra de Conti, sobre la presencia del muchacho, sobre su rol, pero ella apenas si respondía, aturdida como estaba; la acusaban de colaborar con la guerrilla de hospedar a un guerrillero, de meterse en “eso” y ella no imaginaba qué sentido tenía todo aquello, inocente de todo. El que ella llama en el testimonio el “bueno” accedió a preparar el biberón  para el bebé y se encargó de que no la ultrajaran, le informó que la otra hija se encentraba bien y hasta le permitió despedirse de su marido, todo lo cual la mantuvo en un estado de total desconcierto. De pronto el “malo” se acercó a ella y le informó que se llevarían a su esposo para hacerle unas cuantas preguntas. Ella les pidió que no lo sacaran de la casa, que le hicieran el interrogatorio allí mismo y entonces  el “malo” perdió el control y otra vez la insultó y la amenazó, lo que llevó a una nueva intervención del “bueno” quien convenció al otro para no llevarse a la mujer ni a los niños.

Pero se llevaron a Conti y al amigo, en varios automóviles, incluido el del propio Conti que tampoco apareció más. Después de un rato, Marta logró desatarse y salió  por una ventana con sus dos hijos, ya que la puerta fue dejada con llave, y el aparato telefónico había sido hurtado. Según versión de los vecinos, poco más tarde los captores regresaron, tal vez con el fin de llevársela a ella, pero Marta  había contado con la suerte de que un taxista  los recogiera y los llevara a casa de su madre. Es un dato que ella destaca en su testimonio, pues recuerda que el taxista fue muy amable y solidario y le contó que ya le había tocado varias noches recoger gente en las mismas circunstancias. Concurrió casi de inmediato a la Comisaría Seccional 29, donde la atendieron burlonamente y ni siquiera se trasladaron para verificar el estado en que había quedado la vivienda, donde todo estaba revuelto. Ante el Poder Judicial no tuvo mejor suerte, ya que en poco tiempo se archivaron las actuaciones.

El relato tiene varios aspectos interesantes. De un lado, denota la inocencia de Marta que ni siquiera sabía que Conti hospedaba a un guerrillero y mucho menos que su marido andaba en “esas”, cosa que ella se niega a aceptar. De otro, la forma como se presenta al “bueno” en el operativo, sugiere que puede ser un conocido de Conti o al menos un colega que  alcanza a expresar cierta solidaridad  y que se distingue claramente del  patán que va a lo que va. El hecho de que la defienda, de que se comporte tan paternalmente y de que hasta acceda a mantener intacto el borrador del cuento que por entonces redactaba del escritor, apunta a configurar la idea de que hubo colaboradores entre los intelectuales y que a lo mejor este conocía a Conti. Me gusta pensar que este misterioso personaje del relato de Marta es el mismo que brindó el informe a las agencias oficiales sobre el posible carácter subversivo de la obra de Conti. En efecto, según un artículo que circuló también por aquellas fechas, y que nos aterraba a todos, informes secretos de la dirección de inteligencia bonaerense puestos al descubierto mostraban cómo y por qué se censuraba a escritores y dramaturgos como el propio Haroldo Conti. En el artículo se detalla cómo en el oficio 2516, elaborado por la Asesoría Literaria de la Dipba (la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires) en 1975, se “analiza” Mascaró, el cazador americano, de Haroldo Conti. Según ese informe, la novela “propicia la difusión de ideologías, doctrinas o sistemas políticos, económicos o sociales marxistas tendientes a derogar los principios sustentados en nuestra Constitución Nacional”. Las actitudes del escritor –que se desprenden de la trama de la novela– son calificadas como apologéticas, respecto de los revolucionarios y guerrilleros, y como críticas o negativas, respecto de la represión, de la tortura indiscriminada y de la Iglesia Católica. Además de citar ejemplos textuales, el informante llega a una temeraria conclusión sobre los contenidos de Mascaró… Afirma que el libro “presenta un elevado nivel técnico y literario” y añade que Conti “luce una imaginación compleja y sumamente simbólica:  ”La novela consiste en las aventuras de un grupo de ‘locos’ que adquieren un circo (llamado Del Arca) y viajan por distintos pueblos (todos en estado de miseria y despoblación, donde aparece el ‘edificio’ de la Iglesia, pero nunca ningún sacerdote), y van ‘despertando’ en los pueblos que visitan el espíritu de una ‘nueva vida’ o bien podría interpretarse ‘una vida revolucionaria’ –precisa el asesor literario–. La novela es muy simbólica, contada además en un tono épico, no definida en sus términos, pero con significados que dan lugar a pensar en su orientación marxista (apoyada por la Editorial Casa de las Américas, de La Habana, Cuba). Y aunque hacia el final de las conclusiones el informante reitera que “no existe una definición terminológica hacia el marxismo”, el asesor literario dictamina que “la simbología utilizada y la concepción de la novela demuestran su ideología marxista sin temor a errores”. Para las circunstancias que se vivían,  para la cacería de brujas desatada, este dictamen era prácticamente una condena a muerte.

Pero aún hay más. La idea de que hubo un complot  preparado a la perfección contra Conti prácticamente se confirma con varios hechos recientes. Me gusta pensar que el malo, que el patán de la noche del atropello, es  ni más ni menos que el recientemente juzgado por el Tribunal Oral Federal 5,  general Jorge Olivera Róvere, quien en la actualidad tiene 83 años y está en libertad, y actuó como subjefe del Primer Cuerpo de Ejército en 1976 y fue mano derecha del temible Guillermo Suarez Mason , quien a su vez tuvo bajo su responsabilidad los centros clandestinos de detención Automotores Orletti, Pozo de Banfield, La Cacha y El Olimpo. Me gusta pensar que Juan Carlos Fabiani, el muchacho cordobés que Conti hospedaba por la época del secuestro es en realidad Rubén Osvaldo Bufano, perteneciente, según sus propias declaraciones, al Batallón 601 del Ejército y quien fuera detenido en 1982 en la ciudad de Ginebra, Suiza, junto con otros dos argentinos, quienes declararon pertenecer a grupos secretos de represión política, autores de secuestros extorsivos cuyos “rescates” cobraban allí, en Suiza, y que manifestaron estar en condiciones de proveer información sobre el destino de Conti. Según se sabe, con base en las fotografías difundidas en su momento de estos individuos, Marta lo reconoció como el “amigo” que se hallaba en el domicilio antes de que llegaran las fuerzas que capturaron a Conti. Alejandra, la hija del primer matrimonio, también lo reconoció como al muchacho a quien veía en la casa de su padre cuando iba a visitarlo.

Me gusta pensar todo esto, porque si bien nada se ha comprobado en firme, explica las cosas terribles que desató el régimen de facto, la degradación que generó en las relaciones humanas y familiares, hasta el punto de vulnerarlas al máximo y propiciar la traición, la desconfianza y hasta la búsqueda de beneficios económicos, entre otras caras de la peor abyección.

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En 1986 se completaron nueve años de la muerte del escritor y periodista Rodolfo Walsh, sucedida un día después de cumplirse el primer año del golpe de estado de Videla, un día después de que Walsh hubiera fechado la famosa Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar, que él redactara como reacción a lo que consideraba lo peor que le había sucedido a la nación argentina, tan llena ya de historias terribles. Y él tenía toda la autoridad moral para usar ese calificativo. Su oficio de periodista militante, su rol de censurador de la violación de los derechos humanos lo venía ejerciendo desde hacía más de veinte años, después de haber escrito ese famoso reportaje: “Operación masacre” que daba cuenta de los horrores del golpe militar contra Perón del año 55. Otras investigaciones del mismo talante como ¿Quién mató a Rosendo? (1969) y Caso Satanowsky (1973), lo convertían en un verdadero peligro para el llamado proceso de reorganización nacional, término inventado como eslogan por los militares para justificar matanzas, desapariciones y otros crímenes de estado.

La imagen que se me ha venido consolidando en la mente, después de escuchar innumerables veces el episodio de su asesinato, es la de un hombre que lleva en sus manos varias decenas de copias de la carta y después de haber certificado en la oficina de correos el envío de algunos ejemplares a los periódicos y medios de comunicación, muy a sabiendas de que lo más seguro era que nadie se atrevería a publicarla, empezó a entregar el panfleto en plena plaza constitución a los transeúntes. Algunos de ellos la reciben, otros la rechazan, unos más la leen y la botan al piso o a la caneca asqueados o escandalizados o apáticos, algunos la guardan en los bolsillos de sus gabanes sin leerla y otros más la devuelven a su dueño. Pero uno de esos, alguno de ellos, motivado por el odio, por la buena fe o por la abyección, lleva la información de lo que está sucediendo en Consitución a la sede de policía más cercana y desde allí se organiza el operativo que culmina unas horas después cerca del cruce de las avenidas San Juan y Entre Ríos cuando un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada le da la orden de entregarse, orden a la que Walsh no obedece. Veo en mi mente cómo el escritor corre unos metros, se parapeta detrás de un árbol y se defiende con una 22 que cargaba desde hacía varios días, hasta que, después de un más bien breve intercambio de disparos, cae herido de muerte.

Hay algo suicida en todo esto. Abrir la carta, querer asegurase de su recepción masiva, portar un arma. Me gusta pensar que Walsh estaba cansado y decaído. En cada uno de los contundentes seis puntos de la carta, la denuncia es directa, clara, sin ambages, llena de datos, pero también de ironía, analítica y  a la vez escéptica y sin esperanza, y de alguna manera anticipadora de lo que vendría enseguida. Me gusta pensar que Walsh no pudo soportar la muerte de su hija Victoria, sucedida unos meses antes, el 29 de septiembre de 1976.

Hilda, como se le conocía al  interior de  la organización Montoneros, murió en un enfrentamiento con el Ejército, el día posterior a su cumpleaños, en el llamado “combate de la calle Corro”. Dicen que al verse rodeada y sin posibilidad de escape en la terraza de la casa, ella y Alberto Molina, el último sobreviviente, levantaron los brazos y tras un breve discurso que finalizó con la frase “ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”, tanto Alberto como ella se dispararon en la sien. En diciembre de ese año Walsh publicó un mensaje -en el que relata las circunstancias del hecho- llamado Carta a mis amigos.

Me gusta pensar que Walsh sigue de algún modo lo hecho por su amigo Paco Urondo. En junio del mismo año en Mendoza, el poeta, de quien se dice que escribió alguna vez: “Empuñé un arma porque busco la palabra justa”, y  quien militaba también en Montoneros, murió en un enfrentamiento con la policía de la ciudad cuando, para evitar su posible detención, se había suicidado tragando una pastilla de cianuro.

Estos dos hechos pudieron haber desencadenado la secuencia inevitable que llevó a la muerte-suicidio de Walsh. No quiero con esta hipótesis, ni mucho menos, demeritar el carácter heroico del episodio, al fin y al cabo fue el mismo Rodolfo Walsh quien siempre dejó claro que él era un combatiente revolucionario antes incluso que un escritor.

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Lo de Daniel Moyano fue un poco distinto, pero no menos dramático. Fue detenido por la dictadura militar argentina en su casa de La Rioja, un día después de producirse el Golpe de Estado: el 25 de marzo de 1976. Luego de quedar en libertad se exilió definitivamente en España. Allí fue obrero en una fábrica de maquetas para poder subsistir. Durante su exilio publicó en Madrid la novela “El vuelo del tigre” –que había escrito y enterrado en La Rioja. Su detención según aclaró el propio Moyano fue algo kafkiano e inexplicable. Nunca estuvo comprometido políticamente con ningún partido, era músico  del conservatorio y jamás admitió la violencia, todo lo contrario, la condenó siempre en sus libros.

Existe la versión de que al escritor lo confundieron con otro Moyano, Jorge Daniel Roberto Moyano,  estudiante de la Escuela Superior de Periodismo y militante del PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores) que integraba el Centro de Estudiantes. A este Moyano lo secuestraron un mes más tarde, el  12 de mayo de 1976, cuando se encontraba en el domicilio de sus amigos, Víctor Manuel Sabatini y Nélida Lucía Allegrini de Sabatini ubicado en Chile 6565 del Barrio Santa Ana, Villanueva. En horas de la madrugada se realizó un operativo de fuerzas conjuntas en aquel lugar. Víctor Manuel, Nélida Lucía y Jorge Daniel fueron conducidos al Departamento de Informaciones (D-2) en el Palacio Policial. Sabatini y Moyano fueron alojados en el mismo sector y luego de ser llevados simultáneamente a los interrogatorios y a sesiones de tortura, Jorge no regresó a su celda. Desde ese momento se produjo su desaparición forzada, ya que nunca pudo saberse si fue trasladado a otro centro o si falleció como consecuencia de las torturas recibidas. Esta posibilidad sería la más acertada pues se desprende de los testimonios recopilados.

Pero, confusión o no, el resultado para el escritor fue el exilio definitivo, que si bien él pudo soportar, no sin graves síntomas como  el bloqueo de su escritura por siete largos años, no así otros exiliados que como Moyano vivieron en España. Es el caso, que él conoció de cerca, de Di Benedetto, quien después de salir de la cárcel empezó a padecer graves delirios de persecución, se envejeció prematuramente y sufrió problemas de memoria. Los militares, recuerda Moyano, lo acusaron de viajar a Cuba en busca de instrucciones para la guerrilla. Le preguntaban qué hacía en Cuba, si usaba el télex del diario Los Andes, donde fue subdirector, para comunicarse con la guerrilla. En los interrogatorios lo golpearon todo el tiempo. El grupo de exiliados lo acogió y trató de ayudarlo, pero su deterioro fue creciente y murió a los pocos meses de su establecimiento en España. Moyano siempre tuvo presente ese caso, porque fue el que le mostró la faceta más dramática del exilio, una pena realmente desproporcionada para cualquiera porque marca en forma definitiva. Según  contaba, cada vez que regresó a su tierra, Moyano se daba cuenta de que no regresaba realmente, de que lo que había dejado ya no existía, de que los hilos estaban cortados. El exilio parmente se volvió su verdadera identidad.

Durante los primeros siete años de exilio no pudo escribir nada. Había perdido toda capacidad expresiva. Lo que intentaba escribir, dice,  era visceral, patológico, mezclado con pesadillas que terminaban en un cuartel, no podía escribir porque todo lo que ponía sobre un papel estaba contaminado de esa desesperación. Hasta que intentó la re-escritura de El vuelo del tigre, que él había escrito en La Rioja. Cuando lo detuvieron, Irma, su esposa, enterró el original de la novela en el patio, por  miedo a que los militares la usaran como pretexto para desaparecerlo. Un cura amigo fue quien le dio el consejo y como no había copia, la tarea en España consistió en hacer una reconstrucción completa del manuscrito, aunque al final salió otra cosa distinta.

El día del golpe de 1976, Moyano estaba en Córdoba, intentando inscribirse en la Facultad de Filosofía, porque se le había ocurrido estudiar después de viejo. Cuando regresó a La Rioja había controles como si fuera una ciudad ocupada. Llegó a su casa y le dijeron que habían detenido a casi todos los intelectuales. Muchos eran del diario El Independiente. Además estaba detenido Ramón Eloy López, un poeta, un sacerdote, uno de los tres miembros del Partido Comunista, algunos de la Juventud Peronista y hasta el arquitecto que proyectó la cárcel. Todos fueron a parar a la guandoca

Esa noche durmió en casa, aunque dormir es un decir, pues la angustia que le producía la inminencia de su detención lo mantuvo entre pesadillas y desvelos. Había sido amenazado por la Triple A, y por LV14, la emisora local. Una locutora estaba leyendo un capítulo por día de El trino del diablo y le dijeron que si seguía leyendo iban a volar la radio. No pudo evitar el desastre, a pesar de que le habían puesto custodia policial en casa. Su hija María Inés, de siete años, dormía, su hijo Ricardo, que tenía catorce, estaba levantado junto a dos hijos de una familia amiga, y estaba también su mujer. Tres tipos golpearon a la puerta y él les abrió antes de que la derribaran. Preguntó si podía cambiarse de ropa. Aceptaron a regañadientes y lo acompañaron al dormitorio. ¿Llevo documentos?, preguntó, no los va a necesitar, dijo uno. Eso lo asustó y por eso no fue capaz de reaccionar. Lo llevaron hasta el cuartel a donde entró a los empujones. Así narra el propio Molano esos terribles instantes:

“Estuvimos desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde. Al mediodía trajeron esa polenta asquerosa de las comisarías que nadie quiso comer. Nos hicieron llenar una planilla, una tarjeta, donde teníamos que poner el nombre, profesión e ideología. Nunca me había planteado qué ideología tenía. Pa’ colmo no era ni católico. No sé qué disparate habré puesto. A las seis de la tarde nos arrearon a un autobús…, unas cincuenta personas. Los vidrios estaban tapados con papel pero a través del parabrisas del conductor yo veía la curva que llevaba a la Cárcel Provincial. Nos metieron contra una pared blanca, separados un metro de cada uno, y un hombre dijo: no miren la pared, miren fijo a la arañita (eso lo puse en El vuelo del tigre), busquen una arañita que hay en la pared, y no se miren ni hablen… ¡Las armas son muy celosas y se pueden escapar los tiros! Hicieron ruidos de armas, de sacar los seguros. Había un silencio terrible.”

“Duró, no sé cuánto…, de golpe se oyó una carcajada de treinta personas, una risa mecánica y fingida. Apareció un tipo y nos puso una cuchara, cosa que nunca me explicaré por qué: una cuchara entre el cinturón y el pantalón a cada uno. Y cuando terminaron de poner las cucharas, vino otro y las retiró, y largaron otra carcajada. La cuchara significaría que nos iban a dar de comer. Y no nos daban de comer. Fuimos pasando uno por uno, nos preguntaron nombre y profesión, me sacaron los cordones de los zapatos y el cinturón, y con el pantalón en la mano, me empujaron con la culata del rifle. Subimos una escalera hasta una puerta, me dieron un culatazo y me metieron dentro. ¡No entraba luz por ningún lado! Ahí estuve ocho días en esa celda de castigo, y me daban la comida por un cuadradito de quince por quince. A los ocho días, a otro calabozo. Tenía una ventanita y podía ver el patio. Empecé a medir la hora por la sombra del sol. Un pajarito venía todos los días a la misma hora, a la misma teja: lo conté en El vuelo del tigre. Salía con el mismo rumbo todos los días y así quizá toda la Eternidad. Un día viene un carcelero, que era oficial y riojano, y me dice Oiga, profesor –debía ser pariente de algún alumno del Conservatorio–, quiero decirle que su familia está bien. Me enteré de que mis libros los secuestraron de la librería Riojana y los quemaron en el cuartel, junto con los de Cortázar y Neruda. Qué honor. Bajé siete kilos en doce días: hacía gimnasia a escondidas. Cuando me dijeron que podía abandonar la provincia me fui a Buenos Aires, gestioné mi pasaporte, volví a La Rioja y en una semana levanté mi casa. Volvimos todos a Buenos Aires a esperar el barco. El 24 de mayo de 1976, tomamos el ‘Cristóforo Colombo’, y el 8 de junio comenzó el exilio en Barcelona.”

Su cuento El relato del Falcón verde y la flauta maravillosa es una pequeña obra maestra. Recuerdo todavía la revista Crisis de gran formato donde lo leí a poco de haber ganado el Juan Rulfo. La compré en uno de esos quioscos del barrio que me gustaba visitar todas las mañanas para ojear las maravillas que allí tenían. Recuerdo las calles adoquinadas del barrio (Núñez) donde vivía y hasta puedo sentir ahora el olor del aire bonaerense de invierno que me tocó respirar por aquellas épocas. Recuerdo que compré el ejemplar muy temprano, pero sólo hasta muy tarde en la  noche pude leerlo. Recuerdo que después de leer algunos artículos me sumergí en el mundo fantástico y tierno del cuento de Moyano, del que salí como transformado. Recuerdo que entonces decidí ser escritor.

El cuento narra la historia de un hombre al que le avisan que ha caído en desgracia y su detención es inminente. Carlos, un amigo, le consigue un escondite en un pequeño apartamento del barrio Once, un refugio que debe ser temporal, según le dice, porque la idea es que se pueda vincular muy pronto a una banda musical que al parecer tiene, ni más ni menos, que el poder de suspender todas los efectos del estado de sitio alrededor de los lugares donde realiza sus conciertos y durante el tiempo que duran estos. Pero debe aprender a tocar un instrumento y además esperar la confirmación del lugar donde la banda dará el concierto, porque ella aparece sin aviso en algún lugar de la ciudad, eso sí todos los jueves en la noche. Le hacen llegar una vieja flauta y un manual de lecciones musicales y tiene que rendir diariamente controles de su avance a través del teléfono, al que sólo hace llamadas Carlos, único contacto con el mundo exterior. Durante el encierro, que dura varios días, el hombre descubre que en las habitaciones que rodean la suya hay otros hombres y mujeres aprendiendo a tocar un instrumento como él, tal vez esperanzados en lo mismo, en integrarse a la banda musical salvadora. Después de estar seguros de que la banda tocará allí en la plaza de Once y a pesar de no haber logrado un buen nivel en el manejo de  la flauta, el hombre decide arriesgarse y salir de su apartamento, ir  a la plaza y tratar de integrarse a la banda antes de que termine el concierto. Comprueba que, efectivamente, a pesar de que hay policías y de que seguramente debe haber informantes mezclados entre el público que escucha el concierto, no hay ningún operativo. Sin embargo cuando el hombre intenta llegar hasta el sitio del concierto, lo descubre un falcón verde, un automóvil policial que se sabe que son de esos que usan para transportar a los que serán después desaparecidos. Como si el automóvil tuviera vida propia y supiera de sus intenciones, empieza una especie de cacería alrededor del círculo mágico que protege a la banda y al público. Después de rodeos y estrategias, el hombre logra llegar a la banda justo antes de que termine el concierto. El director,  al ver que él lleva una flauta, lo ayuda a subir a la tarima y le ordena que se integre a los acordes de un final de obra que se repite varias veces sólo para que él pueda tocar, cosa que se le complica, no sólo porque todavía no es un músico diestro, sino por los nervios que le causan las circunstancias. Por fin logra emitir un re que parece suficiente para que el director de la banda lo admita y con esto logra su salvación.

Bella metáfora en la que se condensan todas las sensaciones, conflictos y finalmente posibilidades de lo que muchos vivieron durante la dictadura militar. El final feliz del cuento es también una celebración del fin de la noche terrible que vivieron los argentinos durante más de siete años.

La función cultural del autor ha tenido dos tratamientos: uno de tipo popular, lo encumbra al estatus de “figura”, es decir, persona privilegiada, con capacidades de percepción, de inspiración, de expresión tan especiales que hacen que ese encumbramiento genere un tipo de recepción de la obra sesgada por lo que podriamos llamar el efecto “figura”. Pero existe también el tratamiento académico que precisamente ha  deconstruído esa figura y la ha reducido al rol de mediador, una más entre las diversas dinámicas culturales.

La empresa editorial aprovecha sobre todo la dimensión popular del autor: a las empresas poseedoras de la tecnología del libro, que invierten en el libro, les conviene mucho una manera de entender la literatura como conjunto de figuras especiales cuya expresión se les vende a los lectores que finalmente cumplen el rol de consumidores de los productos de estas figuras; es una dimensión del mercado, tecnológica, de industria cultural que no es reciente, viene desde el siglo XIX cuando las primeras editoriales empiezan a extenderse y a masificar su producción. Es un asunto muy complejo que impacta todavía hoy al imaginario más general, que termina incorporando la idea de que hay una figura que es especial y privilegiada en su expresión y que nosotros los lectores lo que debemos hacer es acercarnos a su obra para tratar de entenderla, venerarla a veces, como una gran obra y frente a la cual sólo podemos hacer venias o comentarios marginales

Esa dimensión es fuertemente afectada cuando aparecen las nuevas tecnologías que ofrecen facilidades de publicación. A través de estos medios ya no es necesario pasar por la editorial, ni por el editor, ni por la revisión de nadie; ahora se puede abrir un blog sin que nadie le diga a uno cómo se debe hacer, casi sin controles de calidad. Eso crea un efecto, rompe con una manera de entender la expresión como el encargo a unas figuras especiales, capaces de percibir y de dar una expresión a la realidad en términos literarios. Desde el punto de vista técnico, cualquiera puede escribir y eso crea condiciones que generan dinámicas muy distintas: la dinámica de la calidad, por ejemplo, ya no pasa por la editorial que hasta hoy es la que decide qué tipo de libros y con qué criterios se van a publicar, porque está haciendo una inversión que tiene que recuperar. La calidad en los nuevos medios la decide en principio el autor en su convencimiento propio y posiblemente con base en el contacto con los criterios heredados de la tradición literaria. Pero también los nuevos lectores inciden, a través de los comentarios, en las revisiones, extensiones o nuevos pronunciamientos del autor del blog y lo hacen de una manera más directa, pues basta con hacer uso de las plantillas de edición de comentarios para que este aparezca inmediatamente. Esa eficacia del impacto, esa facilidad de publicar, hacen que el lector mismo se anime a convertirse en autor.

En síntesis, toda esa facilidad con la que se pueden ahora publicar las cosas destroza la dinámica de filtros de selección, de calidad, de sublimidad, establecidos por la “lógica” editorial que siempre ha basado su estrategia en mostrar como escasa la posibilidad de publicar (y por derivación de producir textos de calidad) y por eso establecen todos los filtros mencionados. Cuando la figura de la escasez del recurso desaparece, esos filtros desaparecen así como todas las dinámicas amarradas a esa lógica.

Ahora, es inevitable pensar y hasta sentir (en) el efecto “figura” cuando se tiene tan cerca a uno de esos “dinosaurios” literarios, que se han hecho entrañables (casi se diría inevitables) a fuerza de leerlos, de escuchar sus nombres, de verlos en las portadas de los libros, en los estantes de las librerías y hasta en los programas de radio y de televisión. Es un poco lo que sucedió con la visita que hiciera el escritor mexicano Carlos Fuentes el pasado 13 de febrero a Bogotá. De un lado la asistencia al evento de firma de libros obedeció al deber, a la oportunidad, de ver y al menos saludar a un tipo que a lo mejor nos deja este mundo en pocos días (¡¡Fuentes ya cumplió 82 años!!) ; pero de otro, es un impulso casi ineludible: saludar al maestro, al gran escritor, honrar la figura. Y como eso, como figura fue su tratamiento. La cantidad de gente reunida en la librería del Fondo de Cultura Económica, la infaltable entrevista para la televisión, la fila para pasar a la mesa y encararlo, la sensación de aura que contagia; todo estaba preparado para asegurar el efecto figura. ¡Ah! y también para asegurar una venta mínima de sus libros (?).

Pero; ¿hasta cuándo las editoriales aguantarán económicamente basadas exclusivamente en un efecto que se difumina cada vez, ya sea porque las figuras escasean, ya sea porque se están encontrando otras maneras de asegurar las ventas? Del autor ya nadie se preocupa o, por lo menos, se preocupan menos. El día que las editoriales encuentren maneras para deshacerse de la cada vez más insostenible estrategia del efecto figura, pues el autor será abandonado. Así como surgió, así como sirvió para una eficaz y prolongada estrategia de mercado, así el mercado lo desechará cuando la formula ya no funcione. Libros colectivos, wikinovelas, remixes, serán las formas que las editoriales capitalizarán muy pronto para encontrar quién haga contenidos (baratos) y quien los consuma (convencido tal vez de que ha participado como un “casi  autor”).

Tal vez esto no deba llenarnos de nostalgia ni de alarmas, pero si nos obliga a preparar adecuadamente un honroso réquiem por el autor. Un réquiem que se sume al del editor mismo, al del lector y tal vez al de la literatura o al menos al de la ficción.

La nueva novela de Álvaro Pineda Botero El esposado, (Bogotá, Fundación Literaria Común Presencia, colección Los conjurados, 2011) nos ofrece una gama de posibilidades lectoras tan amplia como la que va de la novela histórica al relato policíaco, de la novela de aventuras al drama jurídico, del ensayo a la auto reflexión literaria. Se distinguen dos partes. La primera (130 páginas) corresponde al relato pormenorizado y secuencial de la vida de Juan de Urbina, un vizcaíno de fines del siglo XVI “de los afortunados que tenían letras”, aficionado a la lectura y ávido de aventuras, que logra cumplir su sueño juvenil de viajar a las Indias y después de unos pocos ires y venires se instala, primero en Cartagena de Indias y luego en “Tierra adentro”, más exactamente en Santafé de Bogotá y luego en Santiago de Tunja, para pasar más tarde a Cáceres de Indias (Antioquia), donde, como administrador de minas, se hace a una considerable fortuna. Al final de esta parte, vemos a un Juan de Urbina, ya maduro, realizado en todas sus demensiones, tranquilo por la labor cumplida, instalado de nuevo en una Cartagena de Indias que ahora es toda una metrópoli y la sede del Tribunal de la Inquisición (por el que él mismo había abogado unos años antes, cuando redactó la “súplica” que unos notables de Tunja le enviaron a Felipe II).

Hasta ahí la novela de Pineda Botero podría calificarse como novela histórica, un género sobre el que el propio autor ha reflexionado y que ya ha ejercido antes (me refiero a su magnífica, aunque poco ponderada, novela sobre Bolívar: El Insondable). Un relato que nos presenta una estampa muy completa de la Colombia de la época desde la perspectiva de Juan de Urbina. Relato que mezcla biografía con aventuras y reflexiones, muy bien desarrollado. Para destacar la narración de dos acontecimientos: el enfrentamiento naval entre la Armada española y los corsarios ingleses (paginas 30 a 35), en el que participa Urbina y que está descrita como para ser llevada a la pantalla grande;  y luego, años más tarde, otra acción en la que participa el portagonista: la guerra contra los “Pijaos” (páginas 79 a 87) y en la que se relata la muerte del mítico cacique Calarcá.

También resulta llamativa la relación que Pineda Botero novela entre Juan de Urbina y Juan de Castellanos el famoso autor de una de la crónicas de indias más conocidas: Elegías de varones ilustres de indias. Así también es bien interesante el intertexto que sirve para novelar uno de los episodios claves en la vida de Urbina: su relación con Arsenio de San Pablo, Ermitaño de los alrededores de Tunja a quien acude Urbina en busca de un milagro. Es un aspecto interesante de la novela de Pineda, pues él ha sido uno de los pocos estudiosos de la “primera novela latinoamericana (donde aparece el famoso ermitaño)”: El desierto prodigioso y prodigo del desierto, de Pedro Solis de Valenzuela, a la que Pineda Botero le dedicó un estudio muy importante para la historiografía de la novela colombiana.

Pero una vez agotado el esquema biográfico, la novela en su última parte cambia de ritmo y de formato, y en las 66 páginas finales se dedica a relatar los pormenores del juicio que le siguió, durante siete años, el Tribunal de la Santa Inquisición al pobre de Juan de Urbina por el delito de bigamia y que le da sentido al subtítulo de la novela: Memorial de la inquisición. Cartgena de Indias - Sevilla 1633.

A todas luces, se trata de un malentendido y de un complot con visos de chantaje del que sin embargo y debido a la manera como estaban diseñados los procesos del Tribunal no se pudo zafar el héroe, que aquí se transforma en vícitma que puede ser villano para la historia. Tiene en efecto todo a favor, incluso amigos en Cartagena. No obstante, todo indica que una vez que alguien es incorporado a los procesos de la inquisición no es nada fácil salir invicto de ellos. Los cuatro breves capítulos en los que se desarrolla esta última parte sirven no sólo para recapitular la vida de Juan de Urbina, sino para mostrar que no se podía terminar con un final feliz, porque, como afirma el propio narrador: “las historias que en las novelas tienen un final feliz, en la vida real continúan, a veces por senderos impredecibles”. Y en efecto, al final esperado,  justo y concluyente, se le sobrepone uno totalmente inesperado y sobre todo ambiguo.

Aquí unas últimas reflexiones. El drama jurídico que sufre Urbina, con todos los enredos entre jueces, abogados, testigos y demás elementos de la parafernalia inquisitoria,  y que necesitó de la parte biográfica extensa para crear el ambiente que hará participar al lector muy seguramente en favor del “esposado” (que por lo demás vive situaciones deplorables e injustas), resulta ser en realidad un memorial, una síntesis, una estrategia requerida por los jueces que en la instancia final reciben un caos de folios  que ya nadie entiende. Aparece entonces en todo su esplendor el poder del relato, la capacidad de la narrativa para hacer inteligible los hechos, más allá de toda consideración técnica o de cualquier racionalidad jurídica e incluso histórica. Pero, y con esto termino, ¿no es acaso excesivo otorgar todo el poder de la intelección al relato, no es a eso precisamente a lo que los historiadores (entre ellos Roger Chartier) reaccionan, a su reducción a la figura de simples narradores de hechos?

Estamos ante una obra maestra, no sólo por su confección impecable, por su estilo depurado y por su estrategia narrativa, incluso por la belleza del objeto mismo (el libro y su hermosa caratula), sino por el tremendo trabajo de investigación que hay detrás, por la diversidad de lecturas que exige y sobre todo por lo inquietante de su propuesta.

PD. Mi amigo Jaime Gonzalo Cordero, nos cuenta que la novela tiene versión e-book de Amazon para Kindle.

La conferencia con la que el poeta y profesor Carlos Fajardo Fajardo inauguró el primer semestre académico del 2011 del posgrado en educación y comunicación de la Universidad Distrital, me dejó a la vez impresionado e inquieto. Impresionado por la manera como Fajardo demuestra que lo sublime en arte no es, como lo afirmara Lyotard, una prerrogativa de lo moderno, sino que llega incluso hasta lo mediático (lo “sublime mediático”), siempre y cuando se admita que el hombre (moderno) necesita “sublimar” (atrapar, finitizar) aquéllo que lo sobrepasa: la naturaleza y la historia (hasta  ahí lo usual, lo consabido), pero también la condición sobrecogedora del mercado, de lo mediático y espectacular.

En efecto, el artista “sublima”, domestica lo que al hombre (occidental) sobrepasa y nosotros, los espectadores del arte, sentimos y admiramos (¿cómo dudarlo?) esa capacidad del artista y de alguna manera, también aliviamos nuestra pequeñez.

La pregunta, sin embargo, la que “por razones de tiempo” no le pude hacer a Carlos allí, en vivo, pero le hago ahora, es: ¿hay lugar para lo sublime en esta época en la que nos sobrepasa es lo tecnológico? Una respuesta lógica es sí, claro para eso está el artista, esa es su función, estaríamos entonces (lo ha dicho Fajardo, claro), ante una estética de la cibercultura; el artista hace alianza con la tecnología de punta y así domeña la nueva dimensión sobrecogedora y nosotros, los espectadores podemos sentirnos tranquilos (pequeños, pero tranquilos); hay manera, otra vez, como siempre, para inmanentizar lo trascendente, así la tendencia hoy sea la incapacidad para el sentimiento de lo sublime.

Pero, ¿y si hoy estamos ante una nueva posibilidad?

Lo sublime implica dos cosas: admitir que hay un trascendente (aunque éste sea histórico, mutable al parecer) y que hay seres privilegiados (los artistas) que son capaces de reducirlo, sea cual sea su faceta y que, por lo tanto, nosotros, los seres normales (¿incapaces?) tenemos la estética para aliviarnos.

Ahora, si seguimos a Lévy y su teoría de los espacios antropológicos, habríamos entrado a un cuarto espacio radicalmente inmanente en el que el imperativo no es ya el alivio que nos da el genio, sino la posibilidad de que cada quien tome el toro por los cuernos: la inteligencia colectiva. La inteligencia colectiva es una fuerza inmanente que nos permite asumir la terrible impotencia ante el frenético ritmo del cambio tecnológico, y que de otro modo nos aplastaría. La inteligencia colectiva, veneno y remedio de la cibercultura

Cito largamente a Lévy:

El cíberespacío como soporte de inteligencia colectiva es una de las principales condiciones de su propio desarrollo. Toda la historia de la cibecultura testimonia ampliamente este proceso de retroacción positiva, es decir, del automantenimiento de la revolución de las redes digitales. Este fenómeno es complejo y ambivalente. En un principio, el crecimiento del ciberespacio no determina automáticamente el desarrollo de la inteligencia colectiva, solamente le facilita un entorno propicio.

En efecto, comienzan a verse en la órbita de las redes digitales interactivas toda clase de nuevas formas…

- de aislamiento y sobrecarga cognitiva (estrés de la comunicación y del trabajo en la pantalla);

- de dependencia (adicción a la navegación o al juego en mundos virtuales);

- de dominación (refuerzo de centros de decisión y de control, dominio casi monopolistico de potencias económicas sobre importantes funciones de la red, etc.);

- de explotación (en ciertos casos de teletrabajo vigilado o de deslocalización de actividades en el tercer mundo);

- e incluso de tontería colectiva (rumores, conformismo de red o de comunidades virtuales. amontonamiento de datos vacíos de información, «televisión interactiva)

Después, cuando algunos procesos de inteligencia colectiva se desarrollan efectivamente gracias al ciberespacio, tienen notablemente por efecto acelerar de nuevo el ritmo del cambio tecnosocial, lo que hace tanto o más necesaria la participación activa en la cibercultura si uno no quiere quedarse atrás, y tiende a excluir de manera aún más radical a aquellos que no han entrado en el ciclo positivo del cambio, de su comprensión y de su apropiación. Por su aspecto partícípatívo. socializante, abierto y emancipador, la inteligencia colectiva propuesta por la cibercultura constituye uno de los mejores remedios contra el ritmo desestabilizador, a veces excluyente, de la mutación técnica. Pero, con el mismo movimiento, la inteligencia colectiva trabaja activamente en la aceleración de esta mutación. En griego antiguo, la palabra pharmakon (que ha dado la palabra castellana fármaco) designa tanto el veneno como el remedio. Nuevo fármaco, la inteligencia colectiva que favorece la cibercultura es a la vez veneno para aquellos que no participan (y nadie puede participar en ella completamente por lo vasta y multiforme que es) y remedio para aquellos que se sumergen en sus remolinos y consiguen controlar su deriva en medio de esas corrientes.

Hay entonces dos caminos: 1) el recurso a lo sublime que sería el camino tradicional, el que siempre hemos tenido a la mano, pero que deja las cosas como están: sobrecogimiento ante lo trascendente, domesticación de lo sobrecogedor por parte del artista y contemplación terapéutica por parte de los demás; y 2) la inteligencia colectiva como remedio a los sentimientos de aislamiento, dependencia, explotación,  dominación e incluso trivialidad (los nuevos síntomas, la nueva cara de lo trascendente)

Se trata en últimas, de los dos modos de la apropiación: la que hacen, la que han hecho siempre, los poderosos (sublimando), o la que podemos hacer nosotros, los mortales, el hombre común (mediante actos de inteligencia colectiva, mediante la conformación de colectivos inteligentes, participando).

Sólo con este último modo, las energías que hoy emergen en el ciberespacio pueden volver (bañar) nuestra cotidianidad…

Se equivocan quienes creen que el ciberespacio es un invento de hace unos pocos años
En 1984, casi diez años antes del desarrollo de la telaraña informática que conocemos como Internet, el escritor William Gibson utilizó el término ciberespacio en su novela Neuromante, y lo hizo anticipando lo que efectivamente hoy reconocemos como esa realidad virtual que se encuentra dentro de los ordenadores y redes del mundo.

En 1987, la holocubierta, una instalación de realidad simulada con hologramas que anticipa las actuales tecnologías de realidad virtual inmersiva, fue vista por primera vez en el primer episodio de Star Trek: la nueva generación.

En 1996, Neal Stephenson, publica la utopía novelada “La era del diamante”, en la cual imagina “la cartilla”, un artefacto de texto dinámico que se adapta contantemente a la personalidad y a las necesidades cambiantes del usuario y que le ofrece simulaciones de la vida real como estrategia educativa.

Mucho antes, en 1941, el argentino Jorge Luis Borges había ya imaginado la novela hipertexto en su famoso relato “El jardín de los senderos que se bifurcan”. Allí se lee a propósito del libro laberíntico de Sui Pen: “La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Sui Pen, opta —simultáneamente— por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también, proliferan y se bifurcan”.

Y en 1963, Julio Cortázar anticipa la escritura interactiva con la publicación de su novela “Rayuela”, en la que aboga por una creación colectiva de la literatura


Escritores y artistas imaginaron e inventaron muchas de los artefactos y prácticas que hoy configuran la llamada ciberliteratura, pero escritores y lectores tradicionales no acaban de acomodarse al nuevo panorama.

En un relato de 1940, del escritor argentino Adolfo Bioy Casares que fue calificado de perfecto, Faustine es una mujer que habita una isla perdida a la que llega un fugitivo que escapa de su condena a muerte y de la cual este hombre se enamora, sin que ella reaccione a su devoción. Sorprendidos descubrimos que la bella y enigmática Faustine es apenas una imagen viviente, un simple producto de los experimentos de Morel, un científico que prefigura los investigadores de la técnica holográfica de hoy.

Un hombre administra una biblioteca singular, la biblioteca de babel: en ella se encuentra reunido todo el conocimiento.

Otro, inventa un procedimiento para desintegrar los libros en partículas elementales con las cuales se pueden ensamblar infinitamente los contenidos que antes estaban confinado a un objeto clausurado. Llama a este procedimiento los libros de arena.

Hace 70 años, Borges nos regaló este par de imágenes de lo que hoy conocemos como internet, la biblioteca universal y el libro digital o más bellamente, el libro de arena

Quizá la literatura tenga mucho más que anticipar y nos siga regalando bellas y sorprendentes imágenes e ideas para el futuro. Esa seguirá siendo su principal función. Pero hoy se han abierto para ella nuevas posibilidades culturales y de expresión y quizás así se esté cumpliendo su verdadero destino

La membrana se hizo pedazos, ella emergió de entre los añicos y extendió sus brazos. Voló, voló como sólo en sueños recordaba haberlo hecho, sintió punzadas maravillosas de lluvia sobre su cara, se elevó más allá de los techos más altos, planeó como un pájaro sin peso, como un animal sin arraigos. Fue mariposa, fue abeja, fue colibrí, fue halcón, fue águila, fue cóndor y luego, extrañamente se transformó en una torpe gallina que ya no pudo controlar su vuelo

Sólo entonces miró hacia abajo, hacia su destino inevitable, y vio el auto volcado boca arriba al lado del puente y el vidrio panorámico hecho añicos y a su alma enredada todavía entre las telarañas del pánico. A punto de caer, recordó lo que Ángel, su novio, le dijera unos minutos antes de abordar el auto, “no olvides ponerte el cinturón de seguridad”.

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