En el comienzo…

Los viajes son una brutalidad. Le obligan a uno a confiar en extraños y a perder de vista toda la comodidad familiar de la casa y de los amigos. Se está en continuo desequilibrio. Nada le pertenece a uno salvo las cosas esenciales: el aire, el descanso, los sueños, el mar, el cielo y todo tiende hacia lo eterno o a lo que imaginamos de la eternidad.

Cesar Pavese

Hijo de desplazados sale desarraigado

Creía que todo había comenzado en el año 1986 con mi primer viaje fuera del país, pero no. Ese deseo casi desesperado por conocer otros ámbitos, por escuchar otras voces que llevo muy adentro desde niño tiene en mi caso un origen profundo y complejo que se conecta paradójicamente con el dolor de tanta gente desplazada de su hogar a lo largo de la historia de tanta violencia en mi país.

De niño escuché muchas veces el relato del nomadismo forzado que tuvo que sufrir mi madre cuando era apenas niña; una experiencia dolorosa que ella siempre describía con algo de nostalgia y mucho de fantasía, fantasía que la chiquita de entonces usaba a modo de defensa mental y que la adulta seguía insuflando para hacer significativo lo vivido. Pero la verdad es que no hay nada más absurdo que huir todo el tiempo de enemigos mortales e invisibles, nada tiene menos sentido que convertir la vida entera en una eterna zozobra. Sin embargo ella insistía en la imagen de un padre aventurero que por puro capricho emprendía correrías por los pueblitos más perdidos de los llanos orientales.

En mi mente infantil, se fueron formando estampas maravillosas de esas correrías, y también admiración por ese abuelo nómada que murió en forma insensata aunque en su propia ley. Imaginaba una niña delgada, tímida, pero valiente que seguía a pie el camino que su padre y su abuela realizaban a caballo o en mulas desde Cumaral hasta Aguazul y desde allí hasta Barranca de Upìa para seguir hasta Yopal y luego de vuelta a Cumaral o a Restrepo o a Medina, en una travesía que duraba meses y que podía convertirse en una auténtica pesadilla por efecto de la persecución de esos personajes malvados, llamados en el relato maravilloso de mi madre, los chulavitas.

El abuelo era un liberal extremista que en noches de tragos podía hacerse matar en defensa de unos ideales prestados que apenas podía comprender, pero cuya bravura le dio ese prestigio de hombre duro y medio loco que lo señaló hasta el día su muerte, una muerte estúpida ocasionada por la fanfarronería del viejo, quien ese día, empecinado en demostrar que solo un liberal verraco como él podía atravesar a puro nado ni más ni menos que un embravecido Humea, no contó con el efecto acumulado de un almuerzo opíparo y unos malos tragos de chirrinche que lo traicionaron a mitad de camino y le causaron ese ahogo inesperado, ese calambre maldito que lo condujo a la fatalidad.

Mi madre jamás se lo perdonó: en menos de nada se había quedado huérfana por culpa del padre loco. Seis meses antes, en medio de otra borrachera, el abuelo había pateado a la abuela que esperaba entonces un niño, el noveno de la prole, y esos golpes de borracho le causaron la muerte. Ahora, a orillas del Humea, ella apenas si podía tener conciencia de lo que significaba ser una huérfana, pero empezó a sentir una desolación y una vergüenza y una rabia que ya nunca la abandonaron. La imagen del abuelo se hizo oscura en su memoria, pero yo me quedé con la figura del loco aventurero que levantaba carpas y hacia viajes largos huyendo de unos enemigos mortales e invisibles, ganados por alguna imprudencia majadera.

De niño, mi padre me regaló algunas de las imágenes más terribles de Bogotá. Ese otro nómada forzado, fue testigo y sobreviviente de El Bogotazo. La historia del Ignacio de mi novela, la he escuchado muchas veces, y es la de mi propio padre. Llevaba apenas unos días viviendo en Bogotá, proveniente del campo. Su padre, quien trabajaba como secretario de un juzgado, le había prometido la gestión de alguna oportunidad de trabajo en la ciudad, una de las cuales era la posibilidad de vincularse a la policía o al ejército. Dos días después, en pleno nueve de abril, perdió el contacto con su familia y vivió las terribles experiencias transferidas en la novela a probables imágenes de la guerra de hoy. Poco tiempo después, fue reclutado inexcusablemente para la guerra civil que se extendió por todo el país y que hoy no acabamos de clausurar. Fue allí en esa Bogotá convulsionada que conoció a quien, años después, sería mi madre.

Así que soy hijo de desplazados, y lo que se vive todo el tiempo al lado de los desplazados es una terrible melancolía por el lugar de origen. Mis padres vivieron siempre con esa nostalgia que se expresaba menos como tristeza que como infelicidad, una infelicidad que se convertía en deseo de cambiar de lugar, en incomodidad por todo, en constante frustración. Fue algo extraño, pues por un lado, a causa de toda una propaganda ideológica que hacía del campesino un ser inferior, se había instalado una especie de vergüenza por el origen y por el otro lado vivíamos la tragedia de tener que habitar un lugar que nadie les había preguntado si querían habitar.

Y en mi conciencia infantil se fue configurando el pensamiento de que había que cambiar, había que huir, aunque no se supiera bien de qué, tal vez del vecino que se había convertido en enemigo o del amigo que de pronto nos había traicionado o de la ciudad que se había hecho insoportable, huir, cambiar de lugar, viajar, conocer otros lugares, con la promesa nunca cumplida de encontrar algo parecido a ese rincón del que fuimos desterrados.

Te busco de Celia cruz:

De viaje por otros mundos

Pero el desarraigo tiene sus ventajas, siempre y cuando se viva sin el dolor y el resentimiento inevitables del desplazado. Una de ellas es la capacidad de adaptación, la flexibilidad con la que se vive no sólo respecto a la tierra, sino con respecto a todo lo que ata: el trabajo, las relaciones, los conocimientos. Y de esa flexibilidad he tenido que hacer gala desde 1986, año durante el cual hice mi primer viaje fuera del país, es decir, desde el momento en que por fin me asomo a la respuesta de una pregunta fundamental: ¿hay en realidad otros mundos? ¿Se puede vivir de otra manera? ¿Cómo son esos otros mundos?

En junio de 1986, viajo a Buenos Aires y vivo lo que sería una correría de más de seis meses por La Argentina, que me llevaría a lugares como Córdoba, Mendoza, San Rafael, Malargüe, Bariloche, Mar del Plata, Montevideo y Punta del Este: todo un banquete de viajes, lugares y gentes que marcarían definitivamente mi vida. Una correría que, bien miradas las cosas hoy en retrospectiva, no termina, pues después de ese primer viaje maravilloso, he tenido (y digámoslo ya: he buscado) la oportunidad de visitar más lugares, de reconocer otros mundos, de relacionarme con otras gentes, con su singularidad, con su propia cultura: y ello ha permitido comprender mejor qué soy como individuo y como integrante de esa comunidad que ha predeterminado mis horizontes: la comunidad de colombianos, porque los otros mundos nos son sino eso: espejos en los que vemos reflejados lo que somos.

La llegada a Ezeiza, el 29 de junio (día de la final del campeonato mundial de fútbol) no pudo ser más curiosa: el aeropuerto estaba prácticamente vacío y cuando pasé por la aduana, el funcionario de turno me hizo seguir adelante sin siquiera sellar mi pasaporte (asunto que después me complicó un poco la vida), pero con una sonrisa abierta que contradijo la imagen que me habían anticipado colegas que antes habían hecho el viaje: la de unos porteños antipáticos y desconfiados especialmente con los cabecitas negras, es decir, con los turistas suramericanos. Yo, un poco desconcertado, recogí el equipaje y me dirigí en taxi a Núñez, donde me esperaba la dueña de un apartamento en el que se alojaban varios estudiantes. A poco de haberme instalado, recibí la llamada inesperada de un compatriota que se había enterado de mi llegada y que me invitó a pasear por las calles cercanas del barrio. Frente a una Quilmes negra, me enteré que la selección de fútbol había ganado el campeonato mundial y por eso la ciudad era una fiesta total. Eso explicaba la extraña atmósfera en Ezeiza y justificaba el carnaval (un poco peligroso para mi gusto) que habían armado ya las patotas de hinchas que celebraban la segunda copa y que se prolongaría por varios días.

Muchas cosas sucedieron en ese viaje y que vale la pena relatar en extensión (cosa que haré en otro espacio), pero me interesa sobre todo recordar el ambiente festivo y abierto que impregnaba al país y sus gentes. No era para menos: se vivía la esperanza que el retorno de la democracia había instalado después de la terrible noche de los gobiernos de facto que se sucedieron desde 1976 hasta 1983. Escuchaba por doquier historias que daban cuenta de la guerra sucia desatada. No había nadie que no hubiera sido tocado de alguna forma por el proceso: algún amigo o pariente desaparecido o muerto, algún otro exiliado, otro obligado al silencio o a la colaboración. Pero todo parecía ahora distinto y especialmente se notaba en el ámbito cultural. Florecían de nuevo el teatro, el rock en español, el cine, la canción popular y la literatura. Retornaban algunos de los más famosos exiliados y Sábato había asegurado el Nunca más en ese bello país que otrora fuera la quinta potencia del mundo.

Me impresionaba la cantidad de revistas que podía conseguir, la gran actividad cultural no sólo en Buenos Aires, sino en Córdoba y en Mendoza. Recuerdo todavía con emoción la llegada de Vuelta argentina, la revista que había fundado Octavio Paz y la lectura de los cuentos de Daniel Moyano, especialmente uno que narraba en forma metafórica el terror que representaban los Ford Falcon, autos en los que se movilizaban los oscuros agentes de la policía que secuestraban y desparecían “subversivos” (un término que se aplicaba inicialmente a los guerrilleros y que se fue ampliando hasta abarcar a cualquiera que no coincidiera con la idea arbitraria de lo que esperaba la junta militar que fuera el ciudadano argentino). No olvido mis compañeros de estudio y de trabajo, ni las correrías por el sur, ni al caleño, ni las extrañas vivencias en Montevideo, ni el apartamento en Palermo Viejo. No olvido la fiebre del futbol, ni el sorprendente sabor del vino argentino, ni la llegada de Yaneth y nuestra primera noche juntos, después de varios meses de separación, en un hotel de Chacharita; no olvido el tango, no olvido la Boca, ni el Caminito, ni el Rio, nada de ello se olvida, aunque la vida no me haya dado la oportunidad de volver.

Volví a Bogotá y me enteré enseguida de dos cosas: que el Banco de la República había emitido una nueva denominación (el billete de veinte mil pesos) y que Guillermo Cano el director del periódico de oposición acababa de ser asesinado por la mafia, dándose inicio a uno más de los oscuros ciclos de violencia del país.

Sólo diez años después volví a salir del país, de modo que por mucho tiempo, el viaje a la Argentina fue la única referencia de esos otros mundos que tanto me fascinaban. Pero desde 1997 y hasta la fecha he visitado muchos lugares en viajes con motivos académicos, patrocinados casi todos por la Universidad Javeriana y algunos de los cuales han sido asunto de registro en este blog (y corresponden a la sección: Otros ámbitos). He aprendido que no hay que cruzar fronteras para instalarse en otros mundos: “por acá no más”, en nuestro propio país, incluso en nuestra propia ciudad hay mundos diversos, desfases temporales, subculturas a veces incomprensibles. He aprendido que viajar no sólo es desplazarse geográficamente, hay “otros viajes” que generan los mismos efectos del contacto directo con otras gentes: aprendizajes y experiencias inéditas. He aprendido que nuestra vida, especialmente nuestra faceta sentimental, es un eterno viaje, una eterna formación, una constante mudanza.

Llanos orientales, 1936 – Buenos Aires, 1986

Bogotá, 2009

Europa amarga

Amarga Lisboa

Hacia el final del año, viajé a Europa a desarrollar actividades académicas dentro del programa Master Erasmus Mundos que se ofrece en siete universidades de un consorcio llamado el Cross Away European Humanities, y al que fui invitado por dos meses con la certeza de un estipendio que me permitiría vivir cómodamente en el ”venenoso” ambiente económico europeo. Pero ni comodidad, ni dinero y al poco tiempo de llegar las cosas empezaron a tornarse dramáticas.

Unas cuentas rápidas: el costo de alquiler de una habitación de hotel tres estrellas está en promedio en 70 euros y en unas residencias universitarias 35 euros, lo que quiere decir que el mes puede llegar a costar, sólo en hospedaje, más de 2000 euros, que es lo que yo gano como salario en Colombia. Pero allí tenía que comer y que comprar ropa para la estación y moverme, lo que hace que realmente, si uno no tiene plata suficiente, no pueda sobrevivir, al menos decentemente.

El asunto de la plata se enredó por procesos burocráticos y la prometida beca de sostenimiento no sólo no se hizo efectiva con la prontitud esperada, sino que el giro sólo llegó el último día de mi estancia, lo que me obligó (una vez agotados los escasos mil euros que llevé para sobrevivir unos días y que pasaron a la historia en menos de dos semanas) a acudir a un dinero que tomé prestado a las “malas” de un giro que yo llevaba para alguien en España, a  los euros que un amigo colombiano me prestó aquí y a una platica que me giraron mis papás (recurrir a los papás a los 50 años no deja de ser vergonzoso). Pero nada de eso vale para los burócratas; según ellos no se trataba de pulsar un botón y girar el dinero, no, había que cumplir con todos los trámites, que la carta del banco donde se me iban consignar, que la certificación escrita de mis actividades firmada por cuatro certificadores en cuatros países distintos, en fin…

La verdad es que estaba preparado para seminarios, tertulias, conversaciones académicas, clases, debates y me encuentro (¿debería sorprenderme?) con que la realidad está gobernada por un discurso y una lógica burocráticos tanto o más duros que en mi propio país al que consideraba como uno de los más oficinescos del mundo. Y todo fue para peleas, malos entendidos, incomunicación. Si: el discurso burocrático no está hecho para el diálogo sino para el sometimiento, para el sometimiento de quienes lo diseñan, atrapados en sus términos, para su voceros y custodios que se aferran a él con una energía perversa y, obviamente, para quienes lo sufrimos.

Todos los días miraba el correo electrónico, con dos sensaciones, una de temor, pues mis reclamos sólo produjeron la reacción desproporcionada de uno de los voceros de la burocracia europea, quien intentó por todos los medios hacerme sentir culpable, no sé si de un error lógico o de un error moral, y entonces sólo esperaba y recibía regaños de él; y otra sensación de impotencia y abandono, resultado de la estrategia final de la burocracia: el silencio. Ya ni siquiera fueron regaños, ya no llegaban mensajes, manifestación exquisita de la prepotencia.

En semejante ambiente de incertidumbre y angustia económica, el tan deseado paso por la mágica y amistosa Lisboa se convirtió en una experiencia cercana a la amargura. Había soñado tanto con pasear una y muchas veces por el centro histórico de la capital lusitana, subir las colinas que llevan a la vista del rio y del mar desde las alturas y fatigar las callejuelas estrechas del laberinto de Alfarma; había querido tanto disfrutar de las pintorescas escenas de sus casas viejas con ropas colgando de las ventanas y niños jugando en las callecitas, había deseado con tanta expectación beber cerveza helada en alguna terraza, que cuando al fin me atreví a ir, todo se redujo a un paseo de lo más simple, sin la emoción del que se sorprende de lo nuevo y bello de los otros mundos. No había cabeza, no había ánimo para pasear una ciudad tan bella como en realidad es Lisboa.

Si no hubiera sido por Flor Alba, la secretaria de la embajada de Colombia en Lisboa, a quien acudí casi con desespero para que me enseñara algo de la Lisboa que ella conoce desde hace 24 años cuando vino a Portugal a ensayar vida y se quedó, sino hubiera sido por ella, me habría quedado con esa visión un poco agridulce de un transeúnte amargado que ni siquiera alcanza la condición de turista. Nos citamos el domingo, víspera de mi viaje a Santiago en Corcobeles, el pueblito donde ella vive, a unos cuarenta minutos de Lisboa, con el objetivo de recorrer un poco ese camino costero que atraviesa las ciudades “dormitorio” y conduce a Cascais, un pueblito muy cercano a otro quizá más famoso, por aquello de su casino, de su autódromo y por haber sido escenario de películas conocidas: Estoril. Al pie de la bella bahía de Cascais probé las castañas, un fruto que se come en invierno, más exactamente a partir del 10 de noviembre, día de San Martín. Sentir allí el ambiente marinero en un tarde con clima agradable y vistas hermosas realmente me reconcilió con Portugal. Caminé un buen rato por las playas, por las callecitas y por las explanadas que cubren ese muito bonito lugar turístico.

Ya de vuelta, paramos en la playa de San Pedro, al frente de Estoril, donde al sabor de uma boa cerveja conversamos sobre nuestras vidas hasta ahora desconocidas para cada uno, pero llenas de esos trayectos maravillosos e insospechados que se cruzan sin saberlo y nos convierten en amigos para siempre. De ese modo, algo de lo que había querido hacer en Lisboa se pudo cumplir y me llevé unos pocos pero bellos recuerdos de Lisboa

El Coronel no tiene quien le escriba

La apremiante espera del giro de mi beca, me hizo recordar la situación que vivió García Márquez en París cuando quedó, según sus palabras “varado”, sin dinero y a la espera de un cheque que nunca llegaba, pero que esperaba ver todos los días en el buzón de la entrada del edificio donde vivía con su esposa. Es entonces que escribe esa gran metáfora del Coronel al que nadie le escribe, del héroe militar al que le han  prometido una pensión que nunca llega y que se encuentra en una situación tan dramática que termina centrando toda su confianza en el gallo de pelea (”heredado”) de su hijo, sobre cuya competencia cifra sus esperanzas, muy a pesar del escepticismo de su esposa.

keplerPues bien, guardadas las proporciones, una consecuencia de mi “varada” absurda en Europa, fue la reclusión casi permanente en mí cuarto, no sólo porque no tenía manera de hacer turismo por la falta de recursos, sino porque perdí el deseo de hacerlo. Así que al poco tiempo estaba metido en la escritura, no de una novela, sino del plan de una novela. Retomé ese proyecto narrativo que llevo ya varios meses trabajando y que comenzó como un intento por dar cuenta de la semblanza de tres de mis personajes más queridos: Hypatia de Alejandría, Johannes Kepler (de quien hice ya una biografía) y Ernesto Sábato (ese Sábato de “Antes del fin”), quienes representan para mí algo así como encarnaciones de tres momentos claves de la historia humana: el paso de la época clásica al medioevo, el paso del medioevo a la modernidad y el paso de la modernidad a la posmodernidad.

levyEncontré una buena alternativa de desarrollo cuando, tras releer la obra de Pierre Lévy (uno de los autores que esperaba exponer en el seminario que coordinaría en Santiago), me llegó la idea de construir una especie de metáfora “literal” de las relaciones que el filósofo argelino establece entre esos cuatro modos de vivir el mundo que él ha denominado, los espacios antropológicos de la tierra, el territorio, la mercancía y el conocimiento y que yo asocié en seguida con cuatro conceptos correspondientes: mito, modernidad, posmodernidad, cibercultura.

He querido leer como “sugerencias” al novelista o al narrador cinco asuntos que Lévy destaca en uno de los últimos capítulos de su famoso texto: Inteligencia colectiva, en relación con las complejas interrelaciones entre los espacios antropológicos. Son ellas:

1)  Ya que los contactos entre unos espacios y otros pueden ser de tipo armónico (gobernados por el deseo y el derrame) o cacofónico (gobernados por la violencia y el poder), ¿por qué no novelar entonces esos contactos? Ya que todos nos movemos en cada uno de los espacios (pues los espacios, aunque surgen uno tras otro y se instalan irreversiblemente, no se eliminan sino que coexisten); ya que cada uno de nosotros asume, con frecuencias y velocidades diferenciales, el movimiento y paso por los cuatro espacios (“Los humanos están inmersos a la vez en todos los espacios. Las situaciones y los seres humanos están sumidos en varias frecuencias a la vez, ningún ser real subsiste en un solo éter”). Ya que cada uno de los espacios está siempre activo (siempre en relación efectiva, percibida en la cotidianidad como separación y diferencia, o como deseo o como temor) en espera de una reactivación (“los ambientes afectivos, las configuraciones existenciales son puestas en reserva, en memoria… están disponibles para todos los retornos”); ya que esos contactos son invisibles, ¿por qué no presentarlos, creando personajes situados en esas relaciones complejas? ¿Por qué no tomar por ejemplo el caso de “las células durmientes” de Al Qaeda en USA y otros lugares del mundo (seres humanos que viven como si estuvieran muy bien integrados al tercer espacio, pero en realidad están arraigados en el primero y lo quieren de vuelta), como pretexto a desarrollar en el marco de una novela?

2) Narrar la metáfora de los cuatro puntos cardinales que Lévy ha propuesto para dar cuenta de la relación cacofónica entre los espacios:

El sur: voluntad de la tierra de dirigir los otros espacios. Novelar al jefe de clan que se convierte en jefe de gobierno, ocasionando guerras civiles, dictaduras, hambrunas. Novelar al jefe de clan que se convierte en jefe de comercio, actuando por depredación en vez de intercambio y desatando el bandolerismo y la mafia. Novelar al profeta new age que confunde conocimiento con fundamentalismos (ecológico, religioso, político).

El este: voluntad del territorio de dirigir la mercancía y el conocimiento. Novelar los desastres de una economía dirigida, de una pobreza planificada, del totalitarismo, de poner el espectáculo al servicio del territorio. Novelar el fracaso inevitable de quienes intentan mostrar en esos ambientes las posibilidades del espacio del conocimiento. Novelar los extremismos de las burocracias, de las rutinas administrativas, del mando autoritario

El norte: La mercancía pretende dirigir el espacio del conocimiento. Narrar la superficialidad de la sociedad del espectáculo, el pensamiento ahogado en los medios, en la publicidad, en la tecnociencia; narrar las consecuencias de una desterritorialización sin freno, la locura de las multitudes y de la velocidad, sin recuperación subjetiva; la expansión por todas parte del norte: solo se sabe abandonar el norte para ir al este, se oscila entre el estado y el capital o se vira hacia el sur, al deseo de dominio total de la tierra

El oeste: convocatoria para la partida, silencioso llamado para la apertura de un  nuevo espacio. Narrar ese espacio hoy desierto o abandonado pero requerido.

3) Usar la idea de la necesidad de un “pasador” entre los espacios

¿Cómo pasar de un espacio a otro? En lugar de aduaneros, pasadores, no sólo entre las fortalezas del territorio, sino para salir del laberinto territorial, para saltar de un espacio a otro. El pasador, dice Lévy,  es el pensamiento en el mismo seno del individuo, el intelecto colectivo entre los hombres divididos. ¿Cómo mostrar esto en una novela?

4) Ahora, si se tratara de novela, tendría estas opciones:

Recuperar la idea de los atrapados en Gabriella Infinita (mi primera novela) y hacer surgir de allí, esta vez, las armonías y cacofonías.

Ubicar el tiempo de la novela en un tiempo pasado, lleno de ilusiones y de ráfagas de imágenes sobre un futuro que no llega, pero se imagina. Rapto de imágenes anticipatorias de la cibercultura, por ejemplo: mostrar la ingenuidad de la búsqueda y la banalidad del encuentro, tipo Nowhere (el cuento de Carlos Fuentes)

O, al contrario, la llegada de un hombre del futuro para dar un empujoncito a la cibercultura

Otra: imaginar ese “país” del conocimiento, donde todo fluye armónicamente (como el país de los cronopios)

O, imaginar una posada, administrada por una anfitriona mezquina y chantajista,  a la que llegan personajes de los distintos destinos (sur, este, norte, oeste), que ella no reconoce pero nos presenta.

O quizás todo junto

5) Pero, si no fuera escritura individual, sino colectiva, imaginar una plataforma digital a la que le quepa cosmopédicamente todo y hacer la gestión para una “escritura” en red.

O tal vez algo más loco aún: desarrollar una metáfora literal y desarrollar una narrativa en tiempo real de los 4 espacios, imaginándolos, convocando desde la plataforma a una conquista de  ese espacio por llenar, de esa frontera que es el oeste

Con estas ideas en mente, la diversión fue grande, tanto como para sustituir la del turista que no pude ser.

Tres ángeles

Sin ángeles a mi lado no habría sobrevivido en una situación tan dramática como la que me tocó vivir en esta última travesía. El primero que apareció fue Guillermo, un antiguo compañero de colegio, médico radicado hoy en las islas canarias y con quien me he encontrado en España cada vez que hemos podido. Por gracia del internet Guillermo estuvo siempre enterado de mi situación y me tendió la mano enviándome varios giros de dinero cuando tuve necesidad de ello; fue él quien me animó en todo momento, quien estuvo pendiente de la evolución del drama, quien me aconsejó en forma permanente y aunque sólo nos pudimos ver al final, cuando fui a Madrid, sentí siempre el alivio de su solidaridad y de su fraternidad.

En Madrid, me acompañó otro ángel: Winston, un periodista colombiano que ya me había recibido en su apartamento en otras ocasiones. La verdad es que hasta última hora no estaba en mis planes ir a su casa, pues lo previsto es que él no estuviera por las épocas (épocas navideñas) en que tuve que viajar a Madrid, pero por alguna de esas razones inesperadas, resultó aplazando su viaje a Suiza para después de noche vieja y así pudimos vernos y yo pude pasar esos días acompañado por alguien que no sólo estuvo atento a ofrecerme lo mejor en mi estadía, sino que hizo que mi permanencia fuera lo más agradable y provechosa. Mi querido amigo vive desde hace varios años en el barrio de Lavapiés, muy cerca a la plaza Tirso de Molina, de modo que más comodidad no podía pedir: tenía a la mano el centro histórico, la plaza del sol, el corte inglés, las ventas de baratillos, varios restaurantes, los museos y hasta una sala de cine a donde asistí a los estrenos de diciembre. No tuve además necesidad de comprar muchas cosas, pues Wisnton me ofreció con una generosidad absurda desde su magnífica biblioteca (de la que devoré un par de libros), hasta los víveres con los cuales preparar las comidas. Si quería más que me picaran caña.

El otro ángel fue mi querido amigo portugués Rui Torres. Rui es poeta y profesor de la Universidad Fernando Pessoa de Oporto. Lo conocí en el año 2006 y desde entonces somos cómplices incondicionales de ese proyecto que consiste en conseguirle un sitio legítimo a la literatura digital. Nos encontramos por casualidad en Lisboa y allí planeamos nuestro encuentro en Porto. Eso que había esperado en las otras dos universidades a las que se me había invitado oficialmente y que no encontré, se dio de una manera sencilla, intensa y fluida. En efecto, viajé un viernes desde Santiago de Compostela hasta Porto y allí Rui me tenía preparado todo: desde un cómodo y amable alojamiento en las residencias para profesores (una bella casona recién restaurada en el foz frente al mar, ubicada en una calle, cuyo nombre presagiaba todo: Monte da Luz), hasta una conferencia a la que asistieron más de cincuenta personas entre estudiantes y profesores que fue grabada y registrada para su posterior difusión en el periódico cultural de la ciudad. Me reuní un par de veces con el equipo de investigación que dirige Rui, conocí sus innumerables y novedosos proyectos, fui testigo de excepción de la obra preparada allí, en ese escenario creativo del futuro, y que pocas semanas después sería premiada en Barcelona con una distinción internacional para poesía digital; acordamos también varias estrategias de colaboración, en fin, la más productiva de mis vistas académicas. Pero todavía más: en la noche fui invitado a cenar con todo el equipo y probé más de una delicia lugareña acompañada de su correspondiente ilustración: el sábado, para terminar, Rui me sirvió de guía erudito en el paseo por el puerto y por el centro de la ciudad. Es decir, en un par de días hice lo que habría esperado hacer, lo que le habría dado sentido a dos meses de alejamiento de la casa, y fui tratado más que como todo un profesor invitado, casi como una estrella, en una universidad que no estaba prevista en mi trayecto y que no tenía ningún compromiso previo conmigo, lo que de alguna manera fue un desagravio a tanta decepción Pero quizá lo más interesante de todo, el verdadero plus de mi paso por Porto fue conocer a Pedro Barbosa.

El plan extraterrestre

Pedro Barbosa es uno de los pioneros de la literatura cibernética. Ya en 1978, mucho antes que cualquier otro, publicó un libro que exploraba las tremendas posibilidades que había abierto la convergencia entre literatura e informática. Hace parte del equipo de Rui Torres y su famosa ópera cuántica es uno de los primeros artefactos que aprovecha el nuevo medio para hacer narrativa y poesía. Fue uno de los convidados a la cena en Oporto y estaba muy interesado en conocer los detalles de ese cambio que suena tan radical en mi vida (mi conversión a literato y escritor después de haber estudiado y ejercido la ingeniería química). Cuando le dije que de alguna manera había vuelto, con mi último proyecto digital, a la ingeniería (a la ingeniería de mundos virtuales), quedó todavía más impresionado. Pero lo que lo abrió definitivamente a exponerme su actual visión de mundo fue mi insistencia en crear una red virtual de personas y proyectos dedicados a la literatura digital y mi propia confesión de la carga que significaba para mi dirigir y hasta defender un programa de literatura tan poco proclive a las nuevas posibilidades. Entonces me comentó su experiencia con comunidades telepáticas, auténtica red que las comunidades virtuales apenas anuncian, y sentí que algo en mi discurso y en mi vida le había dado la seguridad de confiarme sus secretos, y sus secretos tenían que ver con su participación en lo que quiero llamar el plan extraterrestre.

En efecto, Pedro es un contactado, un ser (entre muchos privilegiados) que los extraterrestres responsables de la supervivencia de ese proyecto cósmico llamado planeta tierra han elegido en el intento de enderezar el dramático estado de deterioro de dicho proyecto. Su contacto, un ser multiforme que se le ha presentado en cuatro ocasiones, durante los últimos veinte años, siempre en lugares distintos y con apariencias distintas, lo ha mantenido informado de las señales del deterioro, pero también de las posibilidades de salvación (una de las cuales es lo que algunos, incluido él, llamamos la cibercultura, esa convergencia entre cultura y tecnología que constituye hoy el estrato cognitivo y afectivo más avanzado de la humanidad), así como de las acciones que debe emprender (acciones que me han recordado las de los misioneros religiosos). Pero aún más: desde hace quince años, Pedro vive con un elemento extraño en su cuerpo (bajo la piel del talón de su pie izquierdo). Ya se ha descartado que sea un cáncer y sus médicos le han sugerido no extraerlo, pues se encuentra demasiado ligado la capa nervosa y dado que no molesta ni duele ni cambia, se puede considerar benigno. Pero Pedro ha investigado y sabe hoy que el corpúsculo no es un tumor, si no un implante, un artefacto que los extraterrestres han introducido en un lugar que tampoco es arbitrario. A diferencia de lo que se cree en algunos ámbitos, el implante no es un ship electrónico, sino un nódulo casi orgánico que estimula centros neuronales específicos, en este caso las zonas del cerebro responsables de la creatividad, lo que explica esa capacidad que ha hecho de Pedro un artista sobresaliente. Pedro sabe sin embargo que debe enfocar su capacidad creativa menos a insuflar su ego y más a mostrar los caminos que la humanidad debe seguir si quiere realmente sobrevivir como especie.

Como el final de la cena interrumpió nuestra conversación, Pedro me visitó el sábado en las residencias y estuvimos conversando por más de seis horas, tiempo durante el cual me presentó pruebas de sus planteamientos, me ofreció detalles del plan extraterrestre, me listó varias de las señales del deterioro que han llevado a la intervención de los responsables del proyecto tierra, me expuso los fuertes argumentos que dan consistencia a sus ideas y me entregó su mensaje final. Fue una muy interesante plática al término de la cual, si bien pude debatir y hasta rechazar algunas de sus afirmaciones, llegamos a ese punto de toda discusión bizantina en la cual o se aceptan los axiomas de uno o del otro o se sufre el disenso. Al final creo que ambos flexibilizamos nuestras posiciones o, al menos, yo traté de incorporar algunas de las sugerentes visiones de Pedro a mi propio sistema de creencias. El imperativo, por ejemplo, de ampliar y desarrollar responsabilidad social consecuente con los niveles de conciencia y con las capacidades de las que hemos sido dotados, o la conveniencia de abrir cierta dimensión espiritual a proyectos aparentemente tan inmanentes como el de la cibercultura, fueron dos consensos interesantes.

Tras la consabida promesa de seguir en contacto, Pedro me entregó su propio imperativo: prepararnos, cada uno a nuestra manera, para lo que es el inminente golpe de timón que se dará en el año 2012 al proyecto tierra. De mi parte, en un ataque de honestidad, le advertí que la manera de agradecer su franca y honrosa confianza, así como el conocimiento nuevo que me había regalado, sería aprovechando la maravillosa experiencia de haberlo conocido en algún proyecto creativo.

Navidad virtual: bendito Internet

Tramité las reservas del transporte aéreo con suficiente anticipación, pero cuando tuve que hacerlas efectivas ocurrió un incidente de lo más desagradable: me habían saqueado la cuenta de ahorros y la consecuente demora de los pagos ocasionó la pérdida de las reservas. Al tratar de renovarlas me vi forzado a aceptar el regreso para el 27 de diciembre (estaba inicialmente previsto para el 21), lo que me obligaba a pasar la navidad en Europa. Intenté cambiar las fechas de regreso pero la verdad es que media España viaja en diciembre a Colombia y fue imposible. Amén de lo que significaban esos días extras en términos económicos, la perspectiva de pasar navidad tan lejos de casa terminó de amargarme el viaje.

Durante mi estadía en Santiago de Compostela, recluido en un pequeño cuarto de las residencias estudiantiles, sin televisión, redescubrí las posibilidades comunicativas de Internet. No sólo fue la posibilidad de consultar el correo electrónico o de escribir con disciplina entradas a mis blogs o de consultar información constantemente (estado del tiempo. Itinerarios de viaje, cartelera de cines, visitas virtuales a museos y a sitios turísticos), sino de conectarme vía web a las emisoras de radio que normalmente escucho en Colombia, prepararme un menú diario de televisión a la carta, descargar aplicaciones del más variado tipo y sobre todo, sobre todo, contactarme en forma directa y en tiempo real, con mi gente en casa, viendo sus imágenes, escuchando sus voces, percibiendo sus emociones.

Bendito Internet: sin esa herramienta, mi vida en esos días habría sido realmente desconsolada. Claro: nada reemplaza el turismo real, la televisión en directo o la comunicación cara a cara, pero ante la imposibilidad de esas interacciones, un sucedáneo maravilloso lo ofrece la comunicación virtual. Y después de dos meses ya habíamos sincronizado, a un lado y otro del océano atlántico, esas comunicaciones que casi nunca fallaron y produjeron el efecto mágico de fortalecer la relación. De modo que cuando se acercó la fecha, preparamos una navidad virtual.

Al comienzo, Winston, mi ángel en Madrid, se sorprendió cuando rechacé su generosa invitación a pasar la noche buena en compañía suya y de unos amigos (¡¿prefieres estar frente a un aparato que disfrutar una magnífica cena madrileña y una cava delicioso?!), pero después no sólo lo entendió sino que se hizo cómplice del plan: me ofreció su bodega, me dejó lista la cena, el queso, los encurtidos, el jamón y hasta un bello regalo de navidad. Con la gente de mi casa (Yaneth, mis hijos y el novio de Juliana) concretamos la cita, de modo que nos conectamos a las 11 de la noche, hora madrileña, 5 de la tarde, hora bogotana. Ellos tenían preparado el vino, los quesos, las carnes frías y los regalos. Yo estaba viendo por la televisión española el especial de los 50 años de vida artística de Raphael y a través de la webcam hice una transmisión directa de momentos del especial. Nos turnamos la transmisión de canciones desde nuestras memorias digitales y conversamos al ritmo moroso y tranquilo del consumo de una buena botella de vino por más de tres horas, tiempo durante el cual la tecnología no nos falló para nada, horas que nos conectaron más allá de lo físico, que nos permitió expresarnos con franqueza y emoción; una navidad, la más especial que hayamos vivido, que nos unió como nunca. ¡Bendito Internet!

Human de The Killeres



Lisboa, Oporto, Santiago de Compsotela, Madrid – 2008

Bogotá – 2009

tres canciones para mi amor

Te amaré de Silvio Rodriguez

El álbum de Aterciopelados

Con los años que me quedan de Gloria Estefan

¿TENEMOS UN REFERENTE O NO?

Por: Joao Galindo

Cuando nos situamos en un contexto real de nuestra sociedad y ver como se ha transformado desde sus inicios; nuestra relación con aquellos que tienen el “poder”, ese que juntos lo permitimos y que juntos lo reprochamos, abrimos un eslabón de lo que conforma nuestra identidad, una que jamás ha sido establecida pero que la iniciamos llamándolas como culturas. ¿Qué otra palabra mas inoportuna como identidad a lo que llamamos por ley derecho y que no se tiene?, pues bien, he aquí un mundo de ideas competentes, una simplicidad-compleja, es decir una mentalidad brillante que desde su visión puede o no responder a lo que el mundo nos llama, con sus prejuicios morales y clasistas. Es realmente fascinante saber que nuestro país se encuentra al margen de la neo tendencia juvenil, con sus “modas”, léxicos, actitudes morales y un sin numero de cosas que han perdido su referente absoluto, claro esta que ha sido todo un proceso (El cuerpo y la sangre de los gigantes se demora en enfriarse) y nos encontramos en algo como “una edad de adolescentes” la mas esclavista, pero la mas liberal, apartando lo censurado hasta el punto de afrontar temas como ateismo, sexualidad y otras cosas que antes con su referente absoluto llamado la religión y encabezado por la iglesia, eran prohibidas. ¿Somos rebeldes? Lo somos, queremos apropiarnos de las demás tendencias, ¿Cómo? Es simple, la globalización, es tanta la influencia de este termino que en los 90’s con su contaminación comercial y que de hecho hoy continua, nos han cambiado drásticamente lo que la cultura clásica había “establecido”, en un compilado de creencias, subculturas y costumbres nuevas que generan una problemática de lo que en verdad somos, un ejemplo, ¿como es posible que nuestra tradición como colombianos con costumbres normales tales como tomar café sea o este siendo ahora remplazada por costumbres de otros países como tomar vino?, he aquí una muestra de lo que puede ser una sociedad consumista, una que se preocupa por estar al margen ideológico, económico y político.

¿Que son las culturas “urbanas o juveniles”? son nuevas tendencias ideológicas que varían por su ropa, sus intereses, su música y muchas cosas, y que por lo general tienen roces por su manera de tolerar a los demás. Es cierto que existen determinados grupos que prácticamente manejan a los jóvenes, algunas con sus bases históricas como los Rasta-Faris con sus deseos de acabar con la babilón, sus costumbres como los dreaks representando la fuerza del león, etc. Otros como los Emos, que se basan en la época de el esplendor del romanticismo, con su sensibilidad hacia el mundo y la naturaleza pero que en realidad no cumplen con patrones serios para considerarse algo “permanente” sino una “moda” o comúnmente algo pasajero o temporal. Es aquí donde miramos a nuestro alrededor y no nos hallamos dentro de un referente cultural, dentro de las tendencias de nuestras generaciones anteriores, sino en una red global que nos mantiene ocupados a cada uno de nosotros para jugar a quien es quien o quien queremos ser.

Atardecer en Alejandría

(El presentimiento)

Por Alicia Contursi

 

Sabes padre mío, lo supe al atardecer de ayer  -¿puedo decir ayer o fijar el tiempo es tan sólo una  ilusión más de la existencia, ya que el tiempo es un fluir, un devenir sin más?- lo supe, lo presentí. El momento ha llegado. Estoy dispuesta. Estoy fuera del tiempo y puedo convocarlo, conformarlo y plasmarlo.

Pero déjame decirte, déjame relatarte cómo fueron esas horas graves. Necesito desprenderme de esas sensaciones, permitir que esos vahos se alejen de mí.

Hécate presente, noche sin Luna, convocando al final  y a la ultimidad fecunda. La Diosa se hacía sentir, ominosa. Su presencia estaba por doquier. En el Sol que se ocultaba, largando rayos rojizos, ensangrentando las nubes. En mi garganta, en los ojos, en las manos tensadas. Como si  fuese a hundirme en un abismo. Subí a mi carro y conduje azuzando a las nobles bestias. El viento arremolinaba el polvo de las calles y seguí, haciéndolas ir más rápido todavía. Quería sentir el aire salado golpeándome el rostro para limpiarme de impurezas. Para borrar lo vivido. Para afirmarme en mi voluntad e independencia. Para alejar de mí la repugnante experiencia de ese hombre de instintos reprimidos y sucios, que se había atrevido a poner sus manos en mis pechos sin mi consentimiento. Intentaba someter mi cuerpo y también someter mi entendimiento. Quería que abjurara de mis creencias, de mi razón, de mi sagrado intelecto. Qué negara a Isis, a Atenea, a Sophia. Pretende decir que sus enseñanzas son de amor y lo único que hay en él es soberbia, lujuria y violencia.

Tú me formaste en mis ideas, querido padre. ¿Te acuerdas? ¿Recuerdas cuando caminando nos acercábamos al Mare Nostrum, aspirando su aroma fuerte y vital y con los pies descalzos hundidos en la arena dorada me enseñabas a enfrentar las olas y a permanecer incólume ante los embates, gozando la cercanía de las ninfas y a Eolo susurrante? Llegó una oleada muy fuerte y pude resistirla, entre risas. Al retirarse dejó una conchilla blanca brillando entre la arena y la tomé entre mis manos. Sin querer me corté con ella. Aún puedo ver las carnes abiertas por el filoso borde. Lloré y me enjugaste las lágrimas y besaste mis manitas. Seguimos jugando y pude volver a tomarla. Era sólo una niña, pero me grababas en el alma las virtudes y despertabas en mí la fuerza de Artemisa.

Añoro esos días de calor, de dicha cuando estabas cerca de mí y te preguntaba por el mundo y me respondías, dulce y tierno pero también con el rigor de la Lógica y la Episteme. Espirales dibujadas en la arena, mensajes descifrados, triángulos y círculos, vuelo de pájaros en el horizonte, sabor a miel en los labios y tu figura señera, con el resplandor del Sol volviéndote fulgurante.

Mi pensamiento se desarrollaba, razonaba, discurría. Nos adentramos en las enseñanzas pitagóricas. Dibujaste un triángulo rectángulo y me enseñaste cuál era la hipotenusa. Proyectamos su cuadrado. No sé si te entendía con la mente o sólo con el corazón. Un día me hablaste del Topos Uranus. Mi intelecto infantil imaginaba un gran lugar, una inmensa casa y dentro nubes redondas o alargadas recortando las letras de los nombres de las Ideas. Llegué a verlas vívidamente. Te pregunté qué era Arqué. Te sorprendiste. “¿De dónde has sacado ese nombre, niña? Arqué es el principio de las cosas, aquello de dónde surge todo” “Vi ese nombre, padre, lo vi dibujado en el aire. Dime, ¿también las olas tienen su arqué?. Sí, también las olas, mi pequeña” “¿Y hay una Idea que reina sobre las otras?” “Sí, pequeña, flotando por encima de todas las Ideas está la del Bien.”

A veces cuando entro en la Biblioteca o en el Museo me siento en el Topos Uranus. Simplemente camino en ese templo que guarda los tesoros de los maestros y a veces acaricio los rollos. Prefiero los antiguos de papiro. Su olor me acerca más al agua. Los pergaminos me resultan más ásperos al tacto y pienso en los corderos. Un día te pregunté cuál era el arqué de los pergaminos. Cuando me lo explicaste lloré mucho. 

Me hacías sentir segura, certera. Nunca me abandonó ese sentimiento. Me diste una niñez feliz, aun sin mi madre, que se nos fue hace tanto. ¿Está contigo? Casi no la recuerdo. Tengo de ella tan solo un aroma fresco y unos pechos cálidos en donde me hundía confiada y arrobada. Su voz suena muy lejos y se va, perdiéndose cada vez más. Nunca te lo había dicho. Juntos la dejamos en el silencio de lo que no se habla. Cerramos un cofre y tiramos la llave en la inmensidad de la noche. Nunca tampoco te pregunté por que tuvimos que velarla cubierta de pétalos de rosas y largarla a las aguas, entregándola a Poseidón. Has venido quizás a contestarme esa pregunta… Creo que sí, pero aguarda. Todavía no. Deja que te relate esas horas.

Los caballos corrían casi desbocados -como Cirilo al acecharme-  y tuve que tomar con mucha firmeza las riendas para hacerles sosegar el paso al acercarnos a mi casa. Se lastimaron mis manos al tirar de los tientos. Por un momento creí que iba a soltar esos lazos que me unían al dominio de mi carro e iba a salir disparada. Sostuve la respiración. Aminoraron la marcha, y se detuvieron, sudorosos y extenuados. Bajé a acariciarlos y quitarles el peso del arreo.

El Sol se había terminado de ocultar y un resplandor grisáceo coloreaba uniformemente la incipiente noche. Brillaban estrellas y a su luz las formas se desdibujaban en un juego de sombras que  volvía inciertas las figuras. La servidumbre dormía y no quise despertarlos.

Guiaba a las bestias hacia el cobertizo sin saber que un augurio terrible me esperaba. Mi corazón casi se paralizó al entrever lo que luego comprobé: una paloma yacía ante mi puerta. No veía bien o quizás no quería ver. Tuve que acercarme y  tomar entre mis manos el cuerpo. Sí: una pequeña paloma blanca con algunas plumas grises estaba fría, yerta. Todavía me ardían las manos por el esfuerzo realizado durante la carrera y el plumaje duro me estaba lastimando aun más. Las alas inútilmente desplegadas marcaban su postrer vuelo, interrumpido. Su cuerpo enjuto y frío y el pico clavado hacia abajo en el aire como intentando horadar su propio corazón. Gotas rojas aparecían  cerca de su garganta, como dejando escapar un último zureo. Estaba congelada en el tiempo. Pensé que unas horas antes se movía, volaba, comía. La vida estaba en ella y desplegaba por tierra y aire toda su belleza, sus arrullos, su canto interior y su sino. Ahora en quietud, era solo una sombra de lo que había sido, clavada en un momento puntual sin más devenir que la podredumbre. Imaginé el ruido de sus alas batiendo en el final, desplegándose por última vez, inútilmente.

No pude dejar de sentirme identificada con el ave de Afrodita. En el Museo había visto especimenes semejantes pero ésta tenía algo distinto. ¿Qué estaban tratando de decirme los Hados? Que mi voz no iba a resonar más ante la plaza llena de estudiantes… que nunca más iba a proferir arrullos de amor… que todo lo que amaba iba a silenciarse… Pájaros agoreros. Quietud y silencio en las venas. ¿Era quizás yo esa paloma?

¿Hay entonces una Idea de la Muerte que se vuelve realidad existente o la muerte es tan sólo un momento más en el panta rei, como enseñaba el viejo Heráclito…?

Los caballos relinchaban, nerviosos. Les di agua y los guardé. Luego, casi trémula, enterré la paloma. No quise embalsamarla. Busqué un lugar mirando al Este, por donde al día siguiente aparecería el Sol. Quería que los primeros rayos la entibiaran. Cavé y ahondé con mis propias manos que empezaron a sangrar y así la entregué a Gea.

Entré a mi cuarto y ante la figura de la Madre Isis, iluminada por una lámpara de aceite, vi mis manos y mi túnica, sucias de tierra y sangre y lloré. Busqué una jofaina llena de agua y me lavé, ritualmente. Ya en mi aposento, sintiéndome en los brazos alados de la Diosa me quedé entre desvanecida y dormida por unos breves instantes. Ahí apareciste por primera vez, padre mío. Me turbé ante tu figura vívida. Te vi blanco y efímero. Encendí una candela y desapareciste. La noche estaba en todo su negro esplendor. La llama formaba halos que me hacían ver en la penumbra formas extrañas, sugerentes, atemorizantes.

El ruido de los golpes en la puerta me trajeron secamente al mundo físico y terminaron de despabilarme. Fui hasta la entrada de la casa. Uno de los servidores se levantó para ver quién llegaba a esas altas horas. Le dije que yo me ocuparía. Abrí una mirilla y reconocí a uno de los enviados de Orestes.

-¿Qué quiere el Gobernador de mí, a estas horas, buen hombre? le pregunté.

-Te envía este pergamino, noble señora. Dice que espere hasta tener una respuesta tuya.

Abrí la puerta no sin cierto temor. Podía ser una emboscada. Pero sólo estaba el soldado. La noche brillaba de estrellas. El aire era penetrante y traía efluvios marinos, insondables. Tomé el pergamino. El tacto me hizo recordar a los corderos y tu explicación cuando era pequeña.

Leí el mensaje que me enviaba mi amigo y protector. Las palabras de Orestes eran directas, entre oficiales y privadas. “Amada Hypatia: (nunca me había llamado amada por escrito) te ordeno como tu Gobernador y te suplico como tu amante que partas mañana apenas salga el Sol con mi fiel soldado Lucio rumbo a Constantinopla. Allá tengo amigos influyentes que te protegerán. Te daré un rollo para que les entregues y que sólo ellos deben abrir. Tu vida corre serio peligro. No puedo detener las artimañas del Obispo. Oscurece tu piel y cubre tu exquisita belleza y tus cabellos tras túnicas y mantos que te hagan parecer como una peregrina etíope o una judía conversa. En corto tiempo me comunicaré contigo. Buen viaje. Que tus dioses te sean propicios. Orestes”

Le respondí sin dilatar, llevada por el estado de angustia en el que había caído.

-Fiel Lucio, te espero mañana antes de la salida del Sol. Estaré preparada para partir. Díselo a Orestes.

 

Quedé una vez más sola ante la imagen de la Madre Isis. Algo no estaba bien.

 

¿Debía escapar, como una liebre asustada ante un lobo hambriento… ? En esto terminaría mi misión como directora de la biblioteca; ¿qué haría con mi corona de laureles, podría seguir llevándola? Mis estudiantes pensarían que todo lo que les había enseñado eran mentiras.

El instinto de conservación del que hablaba el Estagirita se manifestaba en mí con mucha intensidad.

Cirilo me aterrorizaba. El y sus sucias manos. El y sus imposiciones dogmáticas. Me quería destruir no sólo a mí, sino a todo lo que yo encarnaba. Ya había destruido templos, estatuas, prohibido ritos, declarado heréticos y matado a buenos hombres sólo porque no pensaban como él.. Utilizaba el poder a su favor y ventaja. 

Qué terrible sería el orbe en manos de esa gente.

Entre medio de esos pensamientos me quedé dormida.

Atardecer en Regensburg

Sé que estás ahí, Susana, te he oído, he escuchado el inconfundible sonido que hacen tus pies cuando caminas sobre las hojas secas. Has venido a cuidarme a pesar de mis estrictas instrucciones  No lo puedes negar. He visto tus ojos azules en mis sueños iluminando los senderos oscuros por los que suelo perderme en las horribles pesadillas que ahora me atormentan cada noche. He visto tu rostro asomarse por la ventana de esta habitación apestosa donde recuesto mis dolores. He oído tu risa de niña ingenua retumbando en las paredes como un eco desquiciado que perfora mi cabeza. He gritado que pares que no rías más y tú, como siempre, obediente hasta la sandez, dejas de hacerlo, pero cuando ya no te oigo, me hundo en la tristeza más grande y entonces te llamo, te llamo a voces y tú no llegas, no te acercas, no me acaricias, me abandonas y te reprocho ahora que no estés junto a mí, cuidando estos achaques de viejo, pero ya no me oyes, ya no me oyes,  no me oyes, Susana y entonces parece que enloquezco, veo a mi madre aquí, entrando por la desvencijada puerta que aísla esta habitación, la veo acercarse y es como si la viera aquella tarde nefasta, recién salida de su celda de tortura con esa cara demacrada que le acentuaba su facha de  bruja, con esos ojos desorbitados y ojerosos, la pobre, con esa boca reseca  y hundida en medio de una quijada tan grande que parecía otra cara, pero al aproximarse  no es ella, se transfigura en Bárbara, es Bárbara la que se  allega mirándome con sus ojos de loca de arriba hasta abajo, como reprochándome no se qué cosa, la misma cosa que siempre me reprochó en silencio y que nunca supe qué era exactamente. Me mira, se ríe, sale, vuelve a entrar, me atormenta.  No sé qué es lo que no le gusta de mi, nunca me lo dice, poco me habla a pesar de lo dicharachera que es, no me habla, solo me mira, me examina, me dice con su ojos que soy culpable de algo, de sus tristezas, tal vez, de sus desencantos, de su vida malograda, quizás. Ella nunca me comprendió como tú, Susana,  mi  pequeña, mi refugio… y pensar que estuve a punto de elegir a otras…

Deben ser ya las cinco, atardece aquí en Regesnburg, ciudad mezquina  e impasible a pesar de su gran alcurnia; llueve y las temperaturas han descendido más de lo acostumbrado para estas fechas, el desastre flota en el aire, lo huelo, lo percibo en cada bocanada; sobre la piedra de las calles veo el agua que se encharca y se pudre casi inmediatamente, veo la gente corriendo para guarecerse y es como si sólo actuara para alguna mala comedia, el cielo está oscuro y no hay que ser astrólogo para saber que las cosas no van a cambiar por muchos días y que cuando lo hagan va a ser para empeorar, nieve, frío atroz, tal vez muerte, nos espera un duro invierno, ¿nos espera? ¿Por que hablo es plural? Estoy solo, nadie aquí se ha percatado de mi presencia, nadie sabe quién soy yo, la miserable residencia donde me albergo, donde he tenido que parar más días de los necesarios a causa de este malestar inesperado, está llena de gentuza que sólo está de paso, con sus afanes, con su arrogancia, como si su vida fuera la más importante de todas, como si sus asuntos fueran a transformar el mundo, nadie sabe quién soy yo, el servidor de Dios, el agrimensor de sus cielos, su intérprete, su mejor mediador; son días de locura, son días de guerra, son días sin Dios.

kepler-viejo3Estoy viejo, no sólo son estos dolores insoportables en el pecho que confirman que mi cuerpo se deteriora a grandes pasos, es la miopía que avanza sin piedad y me sumerge en un mundo de sombras impredecibles, es mi rostro que ha perdido la firmeza de otros días, son mis manos que ya no asen las cosas sin temblor, es, sobre todo, mi alma que ya no encuentra paz, ni siquiera con las oraciones. Algo se avecina, pero no sé qué es, quizá una crisis médica, o tal vez la locura, esa locura de familia que no ha perdonado a ninguno de sus miembros, tal vez es ella que llega con el rostro de la enfermedad, la muy ladina, eso es, quiere atacarme, traicionera, como lo hizo con el pobre Heinrich, muchacho precoz, inteligente y vivaz, cuya vida debió ser la mía, a él debieron becar, al pequeño de la familia, y no a mí, a él debieron apoyar, por su capacidad, por su inteligencia por su fervor religioso, pero no, la locura llegó a su voluntad siendo un niño y sólo lo abandonó a su muerte. Heinrich, mi querido hermano, sé que de alguna manera la vida me entregó tu posta y por eso prometí llegar hasta el final, hasta ese final al que tú habrías llegado tan fácil, tan rápido, si no te hubieran cegado las luces del terror, si no te hubieran enloquecido las voces de tu talento. Por eso y porque Dios me confirmaba con sus infinitas señales bondadosas la tarea que debía emprender para remediar lo que la vida malogró, hice lo que hice, me jugué lo que me jugué, y ahora que me encuentro en este trance puedo ofrecerles a ambos, a mi Dios geómetra y a mi hermano querido, el balance  de mi obra; solo espero poder llegar al final de este día, recuperar por fin mis fuerzas y arribar a Estrasburgo, donde la suerte tiene que cambiar.

Si al menos estuvieras tú a mi lado pequeño Johanes, querido hijo, ¿por qué tuviste que partir tan pronto? Han pasado casi veinte años desde tu muerte en ese fatídico año del 1611, ha corrido tanta agua y sin embargo cada día de mi vida te recuerdo, y la memoria de tu corta vida es como una bola de fuego que nace en mi cabeza y pasa hasta mi pecho y se queda allí dando vueltas, rebotando, causando dolor, un dolor que no curan  las hierbas, ni la magia, ni siquiera el paso del tiempo, porque es el dolor de la ausencia que no tiene remedio, Eras tan parecido a mí, eras la miniatura de mi ser, su espejo inocente, eras la oportunidad de ser más que lo que pude llegar a ser, por tus capacidades, por tu obediencia, por tu genio, porque estabas a mi lado, porque me entendías y me mirabas trabajar con esos ojos llenos de alegría y de entusiasmo. Cómo jugábamos, cómo bromeábamos, como si fuéramos realmente amigos y qué raro era todo eso, incluso para tu madre Bárbara que no entendía por qué su Johanes tenía que parecerse a su padre, por qué tenía que ser otro bicho como su padre, pero ella no podía comprenderlo, yo te quería formar, te quería alistar en el ejército de los intérpretes del mundo, y tú y yo sí lo sabíamos, tú y yo, sin muchas palabras de por medio, éramos cómplices de un secreto que nadie más compartía. Hasta que enfermaste, extrañamente, enfermaste y en pocos días se fue apagando tu alma, y tu cuerpo quedó reducido a huesos y no pudimos hacer nada y no pudimos salvarte y te fuiste en una tarde como ésta, fría, lluviosa terriblemente triste. Si al menos estuvieras aquí a mi lado, hijo mío.

regensburg4Si pudiera alcanzar la ventana, podría ver los dos grandes símbolos de esta ciudad vanidosa, sede del imperio y por eso demasiado pretensiosa, podría ver la  Catedral de San Pedro y el puente de piedra que cruza el Danubio, Tal vez, con un poco más de suerte y algo de sol podría ver también los bellos vestigios de la Porta Praetoria que da entrada a la ciudad desde el flanco norte. Pero no, no tengo fuerzas, no recupero la energía que necesito para seguir adelante, Bernegger me espera y yo te he prometido, mi bella Susana, que después del fracaso de Sagan acabaría con este nomadismo infecundo que me pone a dar vueltas como un caballo ciego; Estrasburgo es la meta, unos días más y echo raíces definitivamente, es lo que mereces, es lo que merecen nuestros hijos, es lo que necesito, no más incertidumbres, no más errajes,  no más errores, por eso debes ayudarme, como has prometido, debes traerme unas pócimas para aliviar estos dolores y luego, tal vez mañana temprano o el siguiente día, continuaremos el viaje, falta poco, realmente falta poco y yo ya no estoy para andariego, mis hemorroides son una tortura cada vez que monto, no sirvo más, pero debo hacer este último esfuerzo, debo llegar como has dicho hace poco… pero ¿dónde estás Susana?, no estoy para juegos, no estoy para chiquilladas, ven de nuevo como hace un momento a mi cama, ven que te necesito, ven y ayúdame a recuperar el ímpetus, ven que quiero alcanzar la puerta de una vez, ven Susana, ven…

 Para qué dar más vueltas: atardece en Regensburg y yo me muero

Bogotá es como Buenos Aires (Para leer escuchando La ciudad de la furia, de Soda Stereo)

Me verás caer sobre terrazas desiertas, me refugiaré antes que todos despierten.

Con su letra, entre poética y patética (como es toda expresión urbana), esta canción me llena de imágenes y sentimientos que confirman mi naturaleza citadina, esa que me impide quizá reconocer los valores de los mundos pequeños de los que habla Berman cuando se refiere al Fausto; naturaleza citadina que me lleva a veces a tomar riesgos innecesarios como cuando camino por lugares peligrosos, laberínticos, en esta otra ciudad de la furia que es Bogotá. Bogotá, como Buenos Aires, es también un ser susceptible, es también un destino de furia, es también un lugar par dormir al amanecer entre las piernas de esa mujer que necesitamos más como refugio que como compañía; una Bogotá donde también niebla, donde también hay hombres alados que vuelan de noche, donde la oscuridad es el mayor vínculo; una ciudad que sólo recibe seres desesperados, angustiados, felices en su miseria, necesitados de un sexo duro y fugaz que oculte nuestras vulnerabilidades

De la euforia a la melancolía (para leer escuchando Soledad, de Jorge Drexler con María Rita)

Esa soledad que se siente al alejarse de aquello que más quieres. De esa soledad implacable, que a base de convivencia acaba siendo una compañera de viaje refunfuñona, pero a la que te acostumbras. De esa soledad, habla y siente esta canción que me inunda de soledad.

Digamos que de la euforia a la melancolía median pocos escalones: Cuando la euforia deja de nublar al resto de los sentidos se percibe una ligera inquietud. Esta deja paso al realismo, que suele venir acompañado de cierta dosis de tristeza. De ahí a la melancolía sólo queda un peldaño más. En cambio, el camino inverso es mucho más corto. De la melancolía a la euforia sólo hay un paso: el que separa a tus ojos de los míos.

En esa distancia, tan corta y tan infinita a la vez, sólo me acompaña la soledad.

“Ya pasó
ya he dejado que se empañe
la ilusión de que vivir es indoloro.
Que raro que seas tú
quien me acompañe, soledad,
a mi, que nunca supe bien
cómo estar solo”.

(Soledad. Jorge Drexler)

La verdad sobre el operativo de liberación de los secuestrados

No nos consta
Por: Tola y Maruja

— Ay, Tola… ¡Qué emoción el rescate de Ingris y los muchachos!

— Pero lo mejor, Maruja, es que fue una cosa de pura inteligencia. — ¿Y verdá que el plan venía de hacía tiempo?
—Pues claro… Todo comenzó cuando Juan Manuel Santos llamó al 113 y preguntó por el teléfono del Bloque Oriental de las Far… Entonces se comunicó con el comandante César y le dijo que soltara los secuestrados y pidiera lo que quisiera.
— ¿Y qué pidió ese vergajo?
— Una Notaría… Pero Santos le aclaró que ya las Notarías se habían repartido hasta agotar esistencias.
~~~
— ¿Alias César era el infiltrao?
—Esperate… Pensaron varias opciones pa infiltrar la guerrilla… Hasta Sabas llamó desde Roma a proponer que soltaran a Yidis en la selva y que la hicieran pasar como la Madremonte.
— ¿Y no pensaron en camuflar a Holguín Sarni como un pericoligero o Valencia Cossio como un verrugoso?
—Se propuso de todo en esa lluvia de ideas del Gobierno: ofrecerle a alias César la embajada en Sudáfrica, nombrarlo como Zar antisecuestro… Hasta se pensó infiltrar un vendedor de helados y darle unabanana esplit con burundanga.
~~~
— Pero Tola, ¿cómo logró el Gobierno meter un espía en el Secretariao de las Far, sabiendo que la guerrilla es tan rosquera?
— Las palancas, mija… Ya lo decía Arquímedes: “Dadme una palanca y consigo puesto”.
— ¿De cuál Frente era ese alias Arquímedes?
—Cuando el Gobierno supo que la chusma quería reemplazar al difunto Raúl Reyes en la cópula de las Far, mandó una terna, en la que incluyó el nombre del ministro Arias, Andrés Felipe… Pero fueron muy vivos y cambiaron el apellido Arias por Alias.
~~~
— Ole Tola, ¿no te parecen sospechosamente atembaos esos guerrilleros que se comieron el cuento de los helicóteros?
—Es que el infiltrao César la supo hacer: les dijo a los demás guerrilleros que con la jefatura de Cano las cosas estaban cambiando y que tenía orden de darle a los secuestraos un paseo en helicótero paque vieran la selva desde arriba.
— ¿Y se la creyeron?
— Es que los guerrilleros rasos son muy ingenuos: empezando porque creen en un mundo mejor… ¡Carcule!
~~~
— Un momentico, Tola… César no puede ser el infiltrao porque está detenido y le pusieron un ojo colombino.
— Entonces a lo mejor el espía es alias Gafas, que se hizo “el de las gafas”.
— Yo sospecho de alias Cusumbo, el animalito que trajo de mascota uno de los liberados… ¿Has notado que es el más callado?
— Claro… Y el que calla, otorga… Y además todos volvieron muy uribistas, menos el cusumbo.
~~~
—En fin… Como dijo el presidente Uribe: esto no se hubiera logrado sin la ayuda del Espíritu Santo… Y esa palomita tiene la ventaja de que no la cogen los radares.
— Bendito sia mi Dios… Los colombianos descansamos con el regreso de Ingris y con el pronunciamiento de la Corte Costitucional diciendo que no se repiten las votaciones del 2006.
— Oites Maruja, yo me quedé sin entender: ¿La repetición de esas elecciones quería decir la repetición de todo lo que pasó?
—Todo: Uribe iba a tener que volver a dormir en el apartamento de Jorge Noguera en Santa Marta, el DAS tendría que repetir los falsos atentados al candidato-Presidente…
— ¡Qué salvada se pegó Uribe de volver a echar los mismos discursos y hablar otra vez de meritocracia y tramparencia!
— Trasparencia.
~~~
— Oites Tola: Si vos, Dios no lo quiera, estuvieras secuestrada, ¿cuando te suelten qué te gustaría comer?
— Prójimo.

Instinto natural

Vaca y ternero

El instinto natural no se rige por normas, tampoco las de circulación. Por eso, en medio de una carretera, una vaca alimenta a su ternero y los coches esperan. Hay prioridades.

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